Las evaluaciones de la gestión de gobierno de Daniel Noboa apuntan a un descenso de la esperanza. Los tres años y medio que le faltan pueden ser una oportunidad para construir un espacio de profesionalización de la política. Muchos de los tropiezos sufridos en este año por Noboa son una reedición de errores del pasado. El gran desafío de los ecuatorianos consiste, entonces, en arrimar el hombro para que la política encuentre nuevos caminos para dejar atrás la improvisación de una actividad que no debe ser librada a su suerte.
Son pertinentes al respecto las declaraciones de Alexandra Villacís en la entrevista de Diario Expreso. “El país necesita una oportunidad para cambiar. Si no apostamos por gente preparada, capaz, seria, responsable y con principios y valores, no saldremos de esta crisis”. Y ello no solo se aplica al caso de la Judicatura. Ecuador necesita un perfil técnico en la política.
En la democracia cualquier ciudadano puede hacer política. No es una profesión cerrada a los iniciados. También ello ocurre en las artes y en los deportes. Son actividades libres, pero en ellas se destacan los que hacen de ellas una profesión. Igual ocurre en la política. Por eso se han destacado los líderes que cultivaron su afición a la política como profesión. Y, por cierto, la política como profesión exige arte, estudio, experiencia y soporte académico y científico.
Cuando no existen estas cualidades el estilo de hacer política se deteriora. La crisis que vive el Ecuador atraviesa todo el espectro público. De ello sin duda el gobierno de turno es el principal responsable, pero también la llamada clase política que está compuesta por aficionados, no por profesionales. Los gobiernos y los partidos carecen de estructuras organizativas, los proyectos de gobierno son deficientes. En este campo rige un burdo pragmatismo, con el foco de atención puesto en la micro política y miopía en el análisis de la macro política.
Cuando iniciamos un nuevo año debemos pensar no en lo inmediato, en el corto plazo. Nos urge avizorar lo que vendrá en un futuro cercano. Francisco Chahuán, en El País de España, desea a los chilenos y a los latinoamericanos un feliz año 2050. Aunque parezca una expresión extraña, Chahuán la considera un acto político. El 2050, dice, no es un horizonte lejano, es el tiempo en el que vivirán, gobernarán y tomarán decisiones quienes hoy se están formando y participando por primera vez en la vida pública.
Nosotros, ecuatorianos, siguiendo ese ejemplo, deberíamos desearnos, al menos, un feliz 2029. En este lapso los que aspiren a gobernarnos deben tener y familiarizarse con conceptos técnicos. Y no solo ellos, sino los ciudadanos que vayan a elegirlos. La academia igualmente está llamada a contribuir con estudios anticipatorios que permitan comprender tendencias, riesgos y oportunidades.
