miércoles, mayo 20, 2026
Ideas
Rodrigo Tenorio Ambrossi

Rodrigo Tenorio Ambrossi

Doctor en Psicología Clínica, licenciado en filosofía y escritor.

¿El fracaso del economista?

No se construyó un gran fondo de contingencia cuando los precios del petróleo llenaban las arcas del gobierno. ¿Es que se presupuso que nunca acontecería algo grave, que lo obligue a mirar de otra manera el país? ¿Así pretende ser presidente por toda la eternidad?

Es necesario ir a los efectos de significación que se construyen cuando se habla de la economía, no como disciplina académica, sino como aquello que implica el manejo social de los hechos reales y cotidianos de las finanzas públicas y privadas.

Luego de escuchar el plan de contingencia planteado por el presidente Correa para hacer frente a reconstrucción de todo lo que destruyó el terremoto, se impone una conclusión sencilla y fatal: el gobierno del economista Correa no ha sabido manejar ni profesional ni políticamente la economía del país. Los bolsillos del país están vacíos y, además, rotos.

El terremoto llega en el peor momento de las finanzas del país. Según los entendidos, no precisamente ni tan solo por el bajón del precio del petróleo, sino por un gasto dilapidador que abarca tanto lo que se tuvo como lo que se soñó tener. El presidente es economista y, sin embargo, no habría ahorrado para el tiempo de las vacas flacas y peor aun para los grandes imprevistos del país. ¡Para qué quieren que tenga la plata guardada! Lo decía con cierto sarcasmo y dando clases de economía a sus propios colegas. Por lo mismo, no se construyó un gran fondo de contingencia cuando los precios del petróleo llenaban las arcas del gobierno. ¿Es que se presupuso que nunca acontecería algo grave, que lo obligue a mirar de otra manera el país? ¿Así pretende ser presidente por toda la eternidad?

¿Cómo es posible que los economistas del gobierno no hayan sido previsivos y suspicaces ahorradores, que no cuiden los dineros del país pensando en el mañana que siempre ha sido, es y será impredecible? ¿Cómo no pensar que los dineros del Estados son de todos los ciudadanos y no del grupo de poder?

Cuando asumió el gobierno, se convenció de que era presidente de un país con el apelativo de nuevo rico y vivió y gastó a su antojo. Desde ahí armó una inmensa burocracia a la que también acostumbró a una vida de ricos, desde la ostentación de nuevos edificios hasta la creación incontenible de cargos, algunos de los cuales son importantes tan solo por sus bizarras nominaciones. Como el ministerio de Buen vivir, es decir, del vivir bien gracias, a un presupuesto que pertenece a todos los ciudadanos, grandes y pequeños, ricos y pobres. ¡Ah la bizarría de los lenguajes políticos de este gobierno!

De ninguna manera se trata de desconocer lo bueno que se ha producido en estos años. Pero el terremoto no solo ha puesto en evidencia la labilidad de las construcciones que derribó sino también la labilidad de la economía nacional que ya se hallaba por los suelos y que ahora está en agonía.

¡Cómo ha menospreciado el presidente Correa, no solo a sus adversarios políticos, sino a todos aquellos que le han llamado la atención sobre su manejo de la economía nacional! En esto nada tienen que ver las vías remozadas ni las nuevas centrales hidroeléctricas ni los nuevos hospitales. Hay que aclarar, sin embargo, que casi todo esto se ha hecho con deuda pública. Por ende, lo que se ha criticado es el dispendio incontenible y megalomaníaco. Tan solo como ejemplo paradigmático: el avión extra que lo acompaña a China lleno de ciudadanos personalmente invitados por el presidente Correa a costilla del dinero de todos. Son los dos aviones para su uso personal. Un presidente que funge de millonario en un país tercermundista en el que todavía hay demasiados niños que viven precariamente. Un presidente que no solamente no soporta la diferencia sino que propositivamente la persigue para eliminarla. ¿No armó, acaso, una inmensa burocracia encargada de perseguir la libertad de expresión condenada a la guillotina?

El presidente se pensó a sí mismo como el multimillonario atrapado por la urgencia de gastar a manos llenas para demostrar, no su generosidad, sino su opulencia, no su apropósito de manejar de otra manera la inequidad social sino su afán de parecer dadivoso y benefactor. Como si nunca hubiese oído aquello de que no me regales un pez sino enséñame a pescar.

Ciudades y pueblos han sido barridos por el terremoto que ha llegado justo cuando las arcas del Estado se encuentran vacías. Y, como ya lo ha hecho en otras oportunidades, se ha propuesto que el país entero pague una reconstrucción que debería salir de los fondos ahorrados en los tiempos de las vacas gordas. ¿Cómo es posible un gobierno sin un importante fondo de contingencia? ¿Cómo es posible que un economista que maneja la riqueza del Estado no sepa economizar? Evo Morales, que no hizo ningún postgrado, ha ahorrado lo suficiente para vivir sin amarguras los tiempos de vacas flacas. Asunto de sentido común.

No es cuestión de solidaridad, de la que el país entero ha dado y seguirá dando maravillosa cuenta. Se trata de la audacia de meter nuevamente las manos en nuestros bolsillos, algunos ya rotos por el peso de los impuestos. Se trata de las manos y bolsillos vacíos de un gobierno dispendioso hasta el extremo e incapaz de ahorrar, como manda el sentido común. Más aun, un gobierno enemigo acérrimo de todo ahorro tal como lo demuestran, por ejemplo, sus tomas por asalto, como si le perteneciesen, de los fondos ahorrados por el IESS y por la UNE.

No se ahorró porque nunca se pensó en el futuro en tanto impredecible. Al revés, al negar lo impredecible, se vivió la farra de un presente perpetuo. El terremoto ha echado por los suelos todas las categorías que han sostenido el edificio de la política económica del gobierno. También ha evidenciado lo perverso de ciertas propuestas que desconocen a los sujetos y que solo piensan en el Estado, en tanto poder.

Ahora todos debemos pagar los efectos de la falta de previsión y del dispendio gubernamentales. Y lo peor de todo, nada asegura que no aparezcan quienes hagan flores con los fondos destinados a la reconstrucción de los pueblos aniquilados por el terremoto. En esos fondos, la corrupción vive como en su propia casa.

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