Etimológicamente, cinismo proviene del genitivo de la palabra griega kiynos (del perro). Es cínico aquel sujeto que de modo alguno se inmuta ante la evidencia del mal que ha cometido o ante la acusación por el mismo. Las acusaciones le resbalan como agua en pluma de ganso, ni le van ni le vienen. Hasta podría dibujar una perruna sonrisa de quemeimportismo con la que pretendería, no solo deshacer las acusaciones, sino también y sobre todo despreciar al acusador.
Desde hace mucho tiempo al alcalde de Quito se le ha acusado de múltiples infracciones administrativas e inclusive de acciones y actividades claritamente culposas. Su ingreso a la Alcaldía, si bien fue legítimamente lograda, fue también legítimamente mal vista y muy criticada por quienes conocían de antemano la vida y milagros de este empresario de medios de comunicación que habría engordado sus bienes gracias al correato.
Mucho de su gestión ha sido seriamente criticada y censurada. Entre los primeros motivos de preocupación de los concejales apareció la gestión de su director de salud. Un personaje que dio mucho que decir y criticar por el dudoso manejo económico en la organización de eventos en los que se invertían desproporcionadas sumas de dinero nunca justificado.
Los corruptos casi nunca andan solos. Su actuar ilegal requiere del eficiente y constante apoyo de otros con poder. Los corruptos poseen abogados especializados en ese campo que, a su vez, cuentan con fiscales y jueces que forman parte activa del mal-hacer y del mal-juzgar. Un maravilloso equipo para la impunidad.
Los corruptos casi nunca andan solos. Su actuar ilegal requiere del eficiente y constante apoyo de otros con poder. Los corruptos poseen abogados especializados en ese campo que, a su vez, cuentan con fiscales y jueces que forman parte activa del mal-hacer y del mal-juzgar. Un maravilloso equipo para la impunidad.
La corrupción es esencialmente perversa y cínica. Al cínico se le puede demostrar con todos los argumentos y pruebas su corrupción, pero eso a él ni le va ni le viene. Como si las acusaciones no estuviesen dirigidas a él, sino a otro, a un desconocido. Por ello no se inmuta. No, él no es el ladrón, ni el estafador, ni el corrupto. Los acusadores se hallan seriamente confundidos e incluso engañados: no es de él de quien hablan.
N sí misma, la corrupción es podredumbre social y moral. Las normas y principios que la rigen pertenecen a un sistema particular de significaciones y de valoraciones. De esta manera, robar, estafar, enriquecerse ilícitamente, les pertenece de suyo, además da cuenta de su inteligencia para de organizar el engaño disfrazándolo hasta de santo.
De entre todas las corrupciones, la ejercida por el poder constituye la peor de todas pues posee un grado de perversión que la hace absolutamente repudiable. En efecto, allí entran en juego dos realidades complejas y de inmensa significación. En efecto, se trata de un ciudadano elegido por el pueblo para ejercer una función de servicio. Se trata de una autoridad que posee un poder delegado. Esta delegación implica que los electores colocaron en él su confianza civil.
A Yunda lo eligió apenas un 20 por ciento de votantes porque lo creyó social y políticamente apto para desempeñar las funciones de alcalde de la capital del país. Porque lo juzgó moralmente competente. Ese pequeño grupo creyó que sería un alcalde que se dedicaría a tiempo completo al servicio de la ciudad, que cuidaría sus bienes con la mayor pulcritud y delicadeza posibles. Que se preocuparía a tiempo completo de los bienes de la ciudad y no de los suyos propios. Los electores se equivocaron.
Yunda no ha respondido ni remotamente a las expectativas de la ciudad. Al contrario, repetida y fundadamente ha sido acusado de una corrupción múltiple: ética, jurídica, administrativa, económica. Esto lo convierte en mal ciudadano y lo inhabilita, no solo para seguir siendo alcalde, sino también para en el futuro desempeñar cualquier cargo público.
