Si bien el elector no considera la geografía al momento de marcar la cruz donde considera su mejor alternativa, el mapa del Ecuador se tiñó de morado por la sierra y de azul por la costa, mientras la amazonía se partió en dos: norte azul, centro y sur morado. Si el consenso entre analistas es que el factor “anti” dominó como determinante para decidir el voto, será preciso señalar la fundamentación de los rechazos a uno y otra tendencia.
En el imaginario ciudadano y en general, se ha posicionado al correismo como corrupción e impunidad. Decenas de casos sobre contratos de inversión pública sobre todo en infraestructuras han sido denunciados y han entrado a trámite para estudio y juicios de rigor; ahí la justicia aun con vaivenes y malabares por injerencia de los acusados ha determinado culpabilidad en varios casos, de ahí la cárcel para Glas y solicitudes fallidas de repatriación a Correa. Las impertinencias de estos dos actores protagónicos con declaraciones y actuaciones han agudizado mucho más el rechazo hacia su tienda política.
La atorrante personalidad de su líder marcada por un ego de alta intensidad, el autoritarismo, el desprecio y confrontación por la opinión ajena, son valores negativos que persisten en la memoria de las generaciones boomers y X; a las nuevas generaciones de votantes como los centennials los medios y redes sociales se han encargado de ubicar en su imaginario esto como “hecho histórico irrefutable”; así, el anticorreismo es una constante nacional aunque sé exprese más en una región que en otra.
Si bien la demagogia y el populismo calan en un alto segmento de la población, la costa tradicionalmente ha sido más proclive o vulnerable a estas dinámicas sociopolíticas que borran los pasados inmediatos y parecerían inaugurar cada cuatro año nuevos ecuadores; esa es la lucha que libran en la memoria medios y redes sociales, de la cual grandes segmentos poblacionales de todas las regiones son envueltos, sobre todo jóvenes y personas con bajo conocimiento de datos objetivos de la realidad pasada y presente.
En el antinoboismo resuena aquellos slogans del “antes estábamos mejor”, se añora estabilidad, empleo, salud pública, mejores condiciones de educación frente a la nula gestión publica de los tres últimos gobiernos, incluyendo al año y medio de Noboa. Pero más concretamente, en el antinoboismo, resalta al primer plano la tragedia de la inseguridad, donde delincuencia organizada y callejera, y el narcotráfico al corte de las elecciones le tienen ganada la batalla al Estado y su gobierno; esto es lo fresco y lo evidente y más allá, la descomposición de las instituciones penetradas por esas agrupaciones, donde la justicia no pinta para nada en la solución y las fuerzas del orden se han desvirtuado por sus abusos como en el caso de los chicos de las Malvinas y otros caso menos publicitados.
Se agrega a estos despropósitos, la nula inversión pública, los recortes presupuestarios para salud y educación, la pésima gestión sobre apagones, la debacle de la infraestructura vial, el incremento del desempleo y la subida de indicadores de pobreza, las permanentes violaciones a la constitución, las rabietas con la vicepresidenta y cuando no, con la Asamblea; las decisiones insensatas en política internacional como la sumisión a Trump y la subida de aranceles a México sin ton ni son; las intenciones sobre Galápagos y el campo Sacha en la Amazonía, entre otros efectos del día a día que pesan a la hora de votar.
Ahí las razones de los “anti” que puesta en balanza se nos dibuja un mapa regionalizado, donde se combinan un conjunto de factores que escapan al simplismo de una sola respuesta.
Corresponderá a los estrategas de cada partido finalista gerenciar el adecuado tratamiento a los “anti” del otro bando y de manera convincente para rasguñar votos, pero fundamentalmente de ese 5% % del tercero (Isa hacia Gonzalez) y el 2.5% del cuarto (A. Gonzalez hacia Noboa); los 12 restantes son casi insignificantes y seguramente dividirán votos para uno u otro lado.
Por último, es importante señalar que más allá de las estrategias comunicacionales es fundamental el diseño de la gestión de gobierno entendiendo el contexto y el momento de Ecuador: se trata de gerenciar la crisis. Esta crisis tiene aristas complejas e interrelacionadas que se debe considerar: en primer término, la inseguridad, delincuencia, narcotráfico, cárceles justicia, inteligencia, FFAA y policía.
Pero de manera simultánea hay que focalizar atención en la economía, el empleo y la migración. El fomento de emprendimientos y economía popular con crédito barato y accesible, la inversión en obra pública, atención prioritaria al sistema de energético, el fortalecimiento a la salud y educación pública del Estado, el desarrollo tecnológico, la protección ambiental con compromiso serio en respetar y preservar la naturaleza contra el extractivismo y el desarrollismo desenfrenado de grupos de acumuladores sin escrúpulo social ni ambiental; soberanía nacional contra intentos de usurpación territorial (Galápagos) y plurinacionalidad son puntos no menos sustanciales.
Un diseño estratégico que junte voluntades y fuerzas desde lo público, lo privado y lo social-comunitario es lo que sin duda Ecuador requiere y por tanto este será clave en la decisión electoral de abril. De hecho y si bien, cada cual maneja esbozos de un modelo de desarrollo, pero ese análisis lo dejaremos para una entrega posterior.
