La lucha contra el poder es la lucha de la memoria contra el olvido.
Milan Kundera
Primero de enero de 2025, cementerio del suburbio, Guayaquil. Día soleado. Entre arrullos, tambores y lágrimas son enterrados Ismael, Josué, Steven y Saúl, víctimas de la violencia de un Estado aporofóbico y racista. Cientos de personas del barrio Malvinas, acompañan a padres y familiares de estos niños soñadores que vieron truncadas sus vidas después de ser capturados por las fuerzas armadas. Luis Arroyo, padre de dos de los menores, lleva en su pecho las medallas ganadas por su hijo Ismael en varios campeonatos de fútbol. Llora desconsoladamente, su llanto trasciende lo real, es una bofetada volcánica al poder.
Daniel Noboa, apareció en un acto público, en Tumbaco, el 3 de enero de 2025, cuatro días después de confirmarse que los cadáveres carbonizados en Taura, correspondían a los niños desaparecidos de Malvinas. Noboa se veía nervioso, mirada esquiva y algo lacónico. No quiso dar declaraciones sobre el crimen de estado en contra de Ismael, Josué, Steven y Saúl. A ratos, parecería que la única estrategia que posee es evadir la realidad jugando con artificios como tatuarse un ave Fénix en el brazo. Sus publicistas apelan a las noticias falsas que tratan de crear una imagen delincuencial de los menores. Mórbido.
Siguiendo el guion de sembrar miedo en la población, con el que gobierna Noboa, el 6 de enero de 2025, apareció en cadena nacional un desafiante ministro de Defensa. Loffredo, un tipo malencarado, rodeado de militares, intentó ofrecer disculpas públicas a los familiares de los niños desaparecidos, cumpliendo la sentencia de la jueza Tanya Loor. Al final, Loffredo dejó fluir su lado más miserable, al amenazar a la jueza por desprestigiar a las “gloriosas fuerzas armadas”. Noboa quiere imponer respeto a como dé lugar porque no posee la capacidad de reflexión ni de autocrítica. Es un dictadorzuelo, como lo es para ONU, UNICEF y el mundo civilizado, que tiene claro cómo actúa este déspota.
El 9 de enero de 2024, el actual candidato Noboa, decretó el estado de conflicto armado interno en Ecuador. Desde ese momento, el ejército se encargó del patrullaje de ciudades, pueblos y localidades en nuestro país. La medida extrema fue apoyada por la mayoría de la población, sin embargo, algunos especialistas en seguridad se mantuvieron escépticos porque consideraban que el ejército no estaba preparado para enfrentar a las bandas de narcotraficantes. El año pasado se registraron 7000 asesinatos a nivel nacional y más de 800 desapariciones.
Fernando Carrión, uno de los expertos en seguridad más reconocidos a nivel nacional e internacional, fue enfático respecto al publicitado Plan Fénix, dijo que el mismo, simplemente no existía, y que era parte de una estrategia electoral de Daniel Noboa. Lo cierto es que el asesinato a los niños de las Malvinas reflejó la improvisación mórbida del gobierno. Los estados de excepción son una herramienta bélica delicada que requieren de una estrategia bien definida. Si las fuerzas armadas actúan con tan poco sentido común, como se observa en el video donde una patrulla militar captura a menores de edad, entre ellos un niño de 11 años, como si fueran objetivos de guerra, es evidente que la estrategia bélica implementada representa un peligro para la población.
Aparentemente, el ejército, no diferencia entre ciudadanos inocentes y narcoterroristas. ¿O es que acaso un niño y un adolescente, desarmados, pueden ser enemigos internos del Estado, a los que hay que apresar, torturar y asesinar? Parecería que si es eres negro, mulato, cholo o indio te conviertes, inmediatamente, en otro enemigo para el gobierno del bananero. La racialización de la delincuencia y la aporofobia, han sido los estereotipos con los que se han manejado las políticas de seguridad en los últimos años.
“Reconocí a mi hijo por sus callos en los pies, porque su cabeza ya no estaba.” Así comienza el estremecedor testimonio de Luis Arroyo cuando tuvo que reconocer los cadáveres de sus hijos. Sus palabras removedoras, dejan claro que las fuerzas armadas no están preparadas ni militar, ni éticamente para asumir un reto tan complejo como enfrentar a la delincuencia organizada en las ciudades. El paradigma de seguridad de Noboa, se asemeja al modelo genocida de Álvaro Uribe, con su política de “falsos positivos”, en Colombia. Lo que hizo Uribe fue matar y torturar, indiscriminadamente, a campesinos inocentes acusándolos de terroristas para exhibirlos como bajas de combate. Hoy, Uribe, está siendo juzgado por crímenes de lesa humanidad.
Guayaquil es una ciudad donde existen dos realidades opuestas: la de Samborondón, y la de “Las cruces sobre el agua” de Joaquín Gallegos Lara. Puedes recorrer kilómetros de parajes majestuosos, repletos de palmeras, acacias, ceibos y guayacanes donde funcionan suntuosos clubes de golf y polo. A pocas cuadras, separadas por murallas, aparecen sobre lomas secas, decenas de favelas construidas con caña, cartón y crónica roja. Ambas ciudades respiran y se invocan, se complementan y destruyen; ambas ciudades componen una fábula violenta porque “La perla del Pacífico” es la metrópoli con más abismos económicos y culturales de nuestro país.
No creo que el asesinato de Estado a los niños del barrio Malvinas sea un hecho aislado. Lamentablemente, es el resultado de utilizar el miedo como ingrediente fundamental para someternos a políticas de seguridad híper represivas. Estas políticas de seguridad inmovilizan conciencias y le dan más poder a los grupos oligárquicos, permitiéndoles continuar con sus proyectos de acumulación capitalista que distan mucho de un paradigma democrático para avanzar como nación. Lo sucedido con los niños de Malvinas es una pesadilla no solo para sus padres, sino también para quienes nos indignamos ante la crueldad ilimitada del poder.
