jueves, abril 30, 2026
Ideas
Apawki Castro

Apawki Castro

Ex dirigente de la Conaie, comunero de Salamálag Grande y comunicador social, Kichwa y Panzaleo

Deshumanización y servidumbre voluntaria en la izquierda ortodoxa

¿Acaso este acto de poner a un lado la parte humana es la mejor forma de hacer política, o acaso la política debe ser el timón de la deshumanización?

El análisis de la práctica política dentro de las facciones de la izquierda más ortodoxa o radical revela un profundo y alarmante divorcio entre la retórica emancipadora y la realidad organizativa, cotidiana y vivencial. La premisa que nos ocupa señala la limitación de estos planteamientos a la deshumanización, donde los atributos de dureza, rudeza, frialdad e insensibilidad se elevan, paradójicamente, como marcas de una supuesta militancia eficiente. Esta frialdad impuesta no es un mero estilo, sino el síntoma de una patología política que merece una exploración profunda a la luz de la teoría crítica.

Con este texto hago un abordaje sobre las percepciones y limitaciones que existen al interno de las izquierdas, lo que no ha permitido tejer un proyecto de país desde la realidad y el sentido común desde un posicionamiento ideológico y político definido.

En el corazón de este problema yace el mecanismo de la sumisión y obediencia ciega hacia el «líder». Este comportamiento niega la posibilidad de un pensamiento crítico o de cuestionar las directrices establecidas, configurando una estructura que se asemeja peligrosamente a un Aparato Ideológico de Estado (AIE) en miniatura, más aún represivo de manera directa o indirecta.

Desde la perspectiva de Louis Althusser, la ideología no es simplemente un conjunto de ideas sino una práctica que interpela a los individuos para que se reconozcan como sujetos dentro de un sistema. En la militancia ortodoxa, la «ideología de la dureza» interpela al individuo a renunciar a su subjetividad sensible y a adoptar el rol de un instrumento frío. Althusser diría que la militancia «funciona» cuando el sujeto acepta su sujeción. La dureza se convierte así en la prueba de que el militante ha sido eficazmente interpelado por el aparato del partido. El líder se instituye como el depositario del «saber verdadero», y el militante se somete voluntariamente, negando su capacidad de ser crítico. La deshumanización ortodoxa lleva a un sectarismo, haciendo alejarte de las demandas de la necesidad desde la realidad, aislarte de la sociedad misma.

La pregunta es devastadora: ¿Acaso este acto de poner a un lado la parte humana es la mejor forma de hacer política, o acaso la política debe ser el timón de la deshumanización? La respuesta nos lleva a la filosofía existencialista.

Para Martin Heidegger, la existencia humana auténtica (el Dasein) se da cuando el individuo asume su propia posibilidad y finitud. La deshumanización en la militancia, por el contrario, fuerza al individuo a vivir en el modo de lo «impropio» o «inauténtico». El militante que asume la frialdad y renuncia a la crítica vive no como un Ser-para-sí (la propia existencia), sino como un Ser-para-el-Líder o Ser-para-el-Partido. Su existencia se disuelve en el «se» (el Man heideggeriano), en lo que se espera de un militante «eficiente».

En paralelo, Jean-Paul Sartre nos recuerda en El Ser y la Nada que el hombre está condenado a ser libre y, por lo tanto, es responsable de sus elecciones. La obediencia ciega es un acto de «mala fe» (mauvaise foi), una forma de autoengaño en la que el militante se niega a asumir su libertad de juicio y su responsabilidad de cuestionar, escondiéndose detrás de la necesidad del partido. Criticar la línea del líder se percibe como una amenaza a la estructura, pero, en realidad, es una amenaza a la propia «mala fe» del militante que prefiere la comodidad de la orden a la angustia de la libertad y el juicio.

Esta crisis ética se manifiesta en la hipocresía del eslogan. Muchos militantes repiten el postulado de «ni calco ni copia» —un claro llamado a la autonomía ideológica y a la creación de una praxis original—, pero se olvidan de esta máxima cuando deben aplicarla a su propia conducta interna, convirtiéndose en el calco de una ortodoxia rígida.

El problema escala a la dimensión ética cuando se observa la reacción ante el disenso. La izquierda radical critica, con razón, que se haga política desde el odio, pero cuando una acción contraria a su pensamiento recae en ellos, la respuesta está marcada por el odio, el revanchismo y la venganza.

Antonio Gramsci, con su concepto de hegemonía, nos enseñó que el poder no se sostiene solo por la coerción (el dominio), sino por la dirección intelectual y moral. Una clase o grupo social solo es hegemónico cuando logra establecer un consenso activo y ejemplificar una superioridad ética y cultural.

Si la respuesta de la militancia al disenso es el odio revanchista, está renunciando a su dirección moral. En lugar de construir hegemonía —la capacidad de atraer y persuadir—, se sumergen en la lógica de la mera dominación interna. ¿Es esa la forma ética de hacer política? Definitivamente no. El uso del odio como herramienta deslegitima cualquier proyecto transformador, pues destruye la base moral necesaria para construir una sociedad justa. La ética de la política revolucionaria debe ser la de la fraternidad, cordialidad, no la del linchamiento,

La crítica a la deshumanización y la obediencia ciega no implica la renuncia a la lucha ideológica. Al contrario, es un llamado a elevar la calidad moral y estratégica de esa lucha, a elevar el nivel de debate desde la argumentación. La superación de la ortodoxia reside en la capacidad de construir una unidad real basada en la humanización, la autocrítica y la ética de la responsabilidad.

Se debe plantear la posibilidad de construir una unidad real sin renunciar a la postura ideológica y política, pero sí renunciando a la rigidez inauténtica. Esta unidad debe articularse entre las y los empobrecidos del campo y la ciudad contra las y los acomodados, la oligarquía.

Esta articulación, para ser sólida y hegemónica, debe ser el resultado de un bloque histórico gramsciano genuino, donde la dirección moral no se base en la coerción emocional ni en la dictadura del líder, sino en la participación crítica y la sensibilidad a las necesidades reales de la y el marginado, excluido, empobrecido y de las clases subalternas. Es la recuperación del sujeto sartreano —libre, responsable y humano— en el corazón de la política de masas. Solo una izquierda que es auténticamente humana y crítica consigo misma podrá ser verdaderamente liberadora para los demás.

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