Escribir aquí las vidas y avatares de Inodoro Pereyra, de Fontanarrosa, y Ediciones de La Flor se me hace tan promisorio y sugerente, que me resulta imposible evitarlo. Así pues, lector, si hoy llegó usted aquí sin conocer a Inodoro Pereyra, puedo afirmar, sin dudarlo, que usted frecuentó las Ediciones de La Flor, que durante muchos años nos entregó enteros y verdaderos a Mafalda, Manolito, Miguelito, Felipe, Libertad, Susanita, Guille, lo que muestra su profunda e irredimible seriedad.
Así que sin saberlo, como de refilón y de soslayo, usted, lector, tendrá que aceptar conmigo que existieron y existen esos niños, como sabemos que existieron y existen aún Ediciones La Flor e Inodoro y Mendieta, el perro de Inodoro, de modo que siguen por este mundo en el inseguro destino de caminar, soñar e intentar vivir a como dé lugar.
De repente, encontré un viejo texto de Inodoro Pereyra en su quinta edición de 1998, volumen casi devorado por las polillas, que se lo habrían tragado entero si no se hubiesen detenido tan gustosas en la cubierta, pues no pasaron de allí. Y agujereada por todas partes, la palabra Fontanarrosa quedó reducida a una E mayúscula sin la raya de abajo ni la de más arribita —así decimos cuando sabemos que algo no queda demasiado lejos—; a la O disminuida y convertida en un pequeño pondo; la primera ene y la última ese adivinables, gracias a memorias que no se dejaron vencer por las polillas y sabían que su creador, el humorista, se llamaba Fontanarrosa y que lo que perduraría de él [acabo de saber que murió con la misma terrible enfermedad con que morirá el querido editorialista de El País, Martín Caparrós; pero no hablemos de tristezas hoy, porque Fontanarrosa y Caparrós siguen entre nosotros y seguirán en su creación que dura y durará]; y, por si acaso, todos, todos hemos de morir, pero antes, aquí estamos… —¿O tal vez usté no?, preguntaría a Inodoro su perro, Mendieta, que hace siempre preguntas inteligentes. Pues aquí seguiremos, a pesar de este triunfalismo asustadizo que quiere gobernarnos y a veces lo logra.
Así que de quien quiero hablar un ratito, lector, o sea, lo que avance, lo que quiero decir será algo que, sin olerlo ni comerlo, como dicen los que saben, para expresar que apenas saben algo o que no saben nada, pero que de algo quieren hablar aun con el riesgo de equivocarse, de quien quiero hablar, decía, no es de mí, ni de ni de Fontanarrosa, sino de Inodoro Pereyra, su héroe pre-dilecto, y de Mendieta, su perro, (no el suyo, el de don Inodoro); y que quede aquí, porque capaz que llamar Mendieta a un perro nuevo, llegue de donde llegue, aunque fuera de la Argentina gaucha, lo vuelva a usted, lector, como lo hizo con Mendieta, interlocutor de personas como Inodoro Pereyra y, por lo visto, de personas como yo, que tiene [tengo] a Rodolfo y a Bolt, dos perros, a los que hago caso apenas en sábado y domingo.
Todo, para homenajear a Alemania, ese país que hoy teme manifestar claramente su sufrimiento por Palestina, pero que sufre por ella, como todos entendemos y, a la vez, eludimos, —porque la historia nos obliga a olvidar, pero andamos dándole vueltas y yo me cuento aquí, porque todo es contarnos a nosotros mismos, rememorar y agradecer. Sí: y Fontanarrosa e Inodoro Pereyra y Mendieta no me llegaron de la Argentina: se dieron una vuelta hasta Alemania y vinieron de ahí, cuando mi querida hermana Alicia, pianista, me mandó de Munich dos o tres volúmenes de Fontanarrosa, de entre los cuales hoy me queda uno, maltrecho pero entero, como quiero estar yo.
Vamos, pues, Inodoro y Mendieta, a revivir sus talentos, presunciones y preguntas indiscretas y rotundas, aunque prescindiendo ¡qué pena! del imprescindible dibujo que les dio vida y apariencia mortal, —como a nosotros, pura apariencia, y mortal— aunque no hayan muerto desde que los conozco y aquí seguirán usted y Mendieta, como decimos en mi tierra que no es la de Fontanarrosa, pero que es: Capaz que sus historias, sus palabras seguirán en otras manos y otros ojos cuando a mí me haya tocado la guadaña indiscreta, la hoz o la segur, como dicen los cultos, que ese día y esa hora llegarán.
Vayamos, pues, a un diálogo entre Inodoro y Mendieta, que no siempre son diálogos aunque intenten serlo, como cuando nosotros dialogamos y resulta que hablamos solitos, sólidos como una piedra sola en el camino, solos como cuando escribimos o soñamos.
No sé pa qué hace ese curso de lectura veloz… Se le mezclan tuitas las noticias, piensa Mendieta, y pregunta: —Y a usté no lo invitaron este año a la Rural, don Inodoro? E Inodoro: No. Se ve que no les gustó nada cuando el año pasáu sacamos el gayo campión y dimos la güelta olímpica. —Y güeno, Mendieta, hay que tomarlo con Filosofía. Me ricuerda al Viejo Vizcocho, pensador gaucho, una vez la preguntaron: “¡puede definir la pampa en dos palabras?” El Viejo pensó… pensó… y dijo: “No puedo”…
Y Mendieta: Dos palabras justas: una luz, el viejo. E Inodoro: —So mesmo decía—Quiero ser una luz alumbrando las tiñieblas del intelecto. Yo lo conocía ya viejo tembleque, muy tembleque. A la mañana le ponían en las manos una oya é leche y pal mediodía tenía una horma de queso. Era medio filósofo. Mitá filósofo, mitá vago. Nunca trabajó. En su tumba pusieron: El Viejo Vizcocho aquí reposa. En su vida, jamás hizo otra cosa.
—Profundo, opina Mendieta. —Sí, como a tres metros lo enterraron, dice Inodoro. Y había sido boyero de gurí, pero endijpué, se dedicó a sus pensamientos. —Sus conclusiones, piensa Mendieta. —No… Pensamientos, hortensias, se hizo jardinero.
—Era tan abandonáu que hasta los cáctus se le secaron. Pero eso jué hace añares, sigue Inodoro, Y fíjese Mendieta, que con esta cuestión de la crisis energética, estuve leyendo que el pitrólio se forma con capas fósiles, con güeserío… Y se me hace que el Viejo Vizcocho ha hecho realidá el sueño de alumbrar las tiñieblas… creo que la yama de este candil es el Viejo Vizcocho. Ya hecho kerosén, claro; – ¿Y cómo lo conoce, don Inodoro? –Por lo tembleque, Mendieta.
Güeno, Mendieta. La Primavera me hace sentir joven. Hasta me da tanas de trabajar. Vamos a ver si me dan ese puesto é capataz en la estancia e los Morales.
—Muy bien, muy bien Pereyra, le dice el contratista: Usté es un hombre joven, emprendedor, con ideas renovadoras. Usté tiene audacia y las características propias de la edad, Inodoro:
—No es patanto, responde ruborizado por las alabanzas, Inodoro Pereyra… —Por todo esto, vuelva a verme dentro de diez, quince años y hablamos… Inodoro.
E Inodoro: —Alguien dijo, Mendieta, que la juventú es una enfermedad que se cura con el tiempo. Y Mendieta: —La vejez, entonce es incurable, don Inodoro
Así andan en sus diálogos, búsquedas y esperanzas, Inodoro Pereyra y su perro Mendieta, en santa paz y entendiéndose siempre, y nosotros balbuceando, buscando, esperando confiados, hasta que las polillas, que no pudieron acabar con Inodoro ni peor, con Mendieta, se nos coman las eses, las íes y las aes, y nos dejen, al menos, las rayas de la E y la media O de los antiguos pondos.
¡Y abur, que si me pago de mí misma, me adeudo (dicen que dijo Inodoro).
