Del 19 al 23 de enero, en Davos (Suiza), se desarrolló el 56º Foro Económico Mundial, evento al que asistieron alrededor de 3.000 personas entre las que destacaron jefes de Estado y Gobierno; representantes de organismos internacionales; líderes empresariales y del campo tecnológico. En la cita también se escucharon voces de la sociedad civil y del ámbito académico, espacio en el que se abordaron temas vinculados, entre otros aspectos, con el crecimiento económico, la cooperación e inversión, las nuevas tecnologías e impacto de la inteligencia arficial; la transición energética y, desde luego, la geopolítica y los cambios que vienen operando en el nuevo (viejo) orden internacional.
Este último punto, sin duda, concitó especial interés dada las tensiones existentes entre EE.UU y sus socios europeos, así como en general con el resto del mundo, en el que el hegemón pretende imponer su voluntad y condiciones por fuera del marco normativo que define a un mundo multipolar y, sobre todo, civilizado. Un escenario en el que, para alcanzar una convivencia pacífica y ordenada, se ancla a conceptos fundamentales como la igualdad entre países, el respeto a la soberanía y al derecho de autodeterminación de los pueblos, la no utilización de la fuerza y la solución pacífica de las controversias.
Pero una atroz realidad supera hoy esos enunciados que, en muchos casos, terminan siendo papel mojado, más aun cuando se toman decisiones abiertamente abusivas, incluso ya sin el uso de máscaras ni discursos enredados en los hilos de una diplomacia acartonada, dejando en claro que el ordenamiento internacional sustentado en las reglas, simplemente ha quedado herido de muerte. Basta mirar lo que ocurrido con Venezuela y los intereses del gobierno de Donald Trump y de las grandes corporaciones petroleras, por acceder al crudo y a ‘invertir’ en infraestructura, así como controlar el acceso a recursos estratégicos.
A esto se suman las amenazas directas realizadas por EE.UU a países como Colombia, Cuba y México, cuyos gobiernos les resultan incómodos, así como a la propia Dinamarca y el irrefrenable deseo del presidente Trump de apropiarse, por las buenas o por las malas, de Groenlandia, alegando cuestiones de seguridad nacional.
Así las cosas, todo apunta a que, poco a poco y de no mediar ninguna acción que logre confrontar tanto desafuero, las superpotencias terminarán imponiéndose en función de sus propios intereses y al margen de la normativa global.
Así las cosas, todo apunta a que, poco a poco y de no mediar ninguna acción que logre confrontar tanto desafuero, las superpotencias terminarán imponiéndose en función de sus propios intereses y al margen de la normativa global. Es decir, vamos peligrosamente de regreso a etapas prehistóricas en las que se imponía la fuerza, afectando con ello a los más débiles.
De ahí que Mark Carney, Primer Ministro de Canadá, en un discurso ampliamente aplaudido en el Foro Económico Mundial de Davos, destacó con claridad la ruptura del orden mundial, subrayando que estamos ante el ‘… fin de una ficción agradable y del comienzo de una realidad brutal en la que la geopolítica de las grandes potencias no está sujeta a ninguna restricción. Pero también les diré que los demás países, en particular las potencias medias (…), no son impotentes. Tienen la capacidad de construir un nuevo orden que integre nuestros valores, como el respeto de los derechos humanos, el desarrollo sostenible, la solidaridad, la soberanía y la integridad territorial de los Estados. El poder de los menos poderosos comienza con la honestidad…’.
Es fundamental entender la profundidad y alcance de esta reflexión que desnuda a un orden internacional moribundo, que exige la unión –en lo global– de los países en función de alcanzar acuerdos mínimos que permitan enfrentar de mejor manera los devaneos de las superpotencias y sus ansias de actuar desde el unilateralismo y los nacionalismos exacerbados. Como advierte Mark Carney, la necesidad de agruparse, de apostarle en definitiva al multilateralismo, como respuesta a los desafueros de las superpotencias, resulta determinante ya que ‘…si no estás en la mesa, estás en el menú’.
Esta visión esperanzadora resulta interesante constatar que, en la ciudad de Loja, valga citar, hace décadas atrás, en la administración municipal de José Bolívar Castillo Vivanco, estuvo ya plasmada en el diseño del Parque Recreacional ‘Jipiro’, como un espacio temático, y en uno de cuyos letreros informativos se lee: «La paz sólo podrá ser el resultado de la equidad, brotada del aprecio y respeto a la diversidad cultural. Esta pluralidad está representada en este Parque por las réplicas de las construcciones históricas más características de cada uno de los nueve grandes troncos etnoculturales de la humanidad, en base a los cuales es urgente reestructurar la comunidad internacional eliminado las prerrogativas de veto de ciertas potencias bélicas o la pretendida unipolaridad que desconoce la indispensable diversidad, fuente de la vida y la equidad y antídoto para toda forma de exclusión social, miseria, racismo y dominación económica».
«Queremos que la familia venga al parque. Que los padres enseñen a sus hijos que el mundo es diverso, que hay diferentes culturas, diferentes pueblos y naciones y que, sin embargo, la humanidad es una sola y solidaria en su destino».
El mundo pese a los momentos de gran incertidumbre por los que atraviesa, guarda ilusión, anclada a la educación y al cultivo de valores dentro de una sociedad que privilegie la cooperación y confianza mutuas, lo que permitirá construir robustas redes de comunicación y respeto hacia los demás y a la propia naturaleza.
