lunes, julio 27, 2026
Ideas
Valentina Zárate

Valentina Zárate

Abogada, consultora en asuntos públicos

Cuarenta años de tiza y silencio

Ningún docente puede resolver las desigualdades del Ecuador, pero todos los días entran a un salón donde esas desigualdades se sientan en cada pupitre.

Mi tía se jubila después de cuarenta años como profesora de un colegio público. Mientras me contaba que alistaba los documentos para solicitar su jubilación y preparaba su discurso de despedida, yo no podía dejar de pensar: ¿qué significa en realidad dedicar cuatro décadas a enseñar en el Ecuador?

Todos recordamos a algún profesor. Al que nos inspiró, al que nos hizo perder el miedo a una materia o al que, sin saberlo, nos ayudó a descubrir algo de nosotros mismos. Pero pocas veces pensamos en cómo transcurrieron esos mismos años desde el otro lado del escritorio.

A lo largo de su carrera, mi tía me fue revelando fragmentos de una realidad que rara vez aparece en los discursos sobre educación. Me habló de ascensos y escalafones prometidos que nunca llegaron; de salarios que difícilmente reflejan la responsabilidad de formar generaciones enteras; de la escasez de incentivos para seguir capacitándose. También me habló del desgaste, de colegas que, cansados o resignados, preferían promover a un estudiante antes que enfrentarse a nuevos conflictos disciplinarios o a interminables trámites administrativos.

Sería ingenuo negar que existen malos profesores. Los hay, como existen malos servidores públicos en cualquier institución, que perdieron el sentido de servicio o terminaron absorbidos por luchas sindicales que los alejaron del aula. Pero reducir la educación pública a esos casos sería tan injusto como juzgar a todo un país por sus peores ejemplos, pues también existen miles de docentes que sostienen en silencio un sistema lleno de dificultades.

Con los años, los desafíos dejaron de ser únicamente académicos. Mi tía me confesó, con miedo, que algunos estudiantes llegaban a amenazar a los profesores diciendo pertenecer a grupos de delincuencia organizada para exigir mejores calificaciones o recibir un pase de año. Las autoridades conocían varios de esos casos, pero la sensación entre muchos docentes era que enfrentaban solos una situación para la que nunca fueron preparados.

Sería injusto cargar toda la responsabilidad sobre esos jóvenes. Muchos llegan a las aulas después de crecer entre violencia, abandono, pobreza o familias profundamente fracturadas. La escuela termina convirtiéndose en el lugar donde todas esas heridas aparecen, y el profesor, en la mayoría de las ocasiones sin psicólogos, sin suficientes herramientas y sin el respaldo necesario, intenta hacer mucho más que enseñar una asignatura: escucha, orienta, contiene conflictos y trata de mantener viva la idea de que el futuro todavía puede escribirse de otra manera.

Ningún docente puede resolver las desigualdades del Ecuador, pero todos los días entran a un salón donde esas desigualdades se sientan en cada pupitre. Quizá por eso nos conmueven historias como Los coristas, esta película francesa que, más allá de la música, habla de un profesor que decide no mirar solo la indisciplina y descubre el talento de un niño al que casi todos habían dado por perdido. Los buenos maestros tienen esa rara capacidad de ver posibilidades donde otros solo encuentran problemas.

Pensé en esa historia mientras escuchaba a mi tía despedirse de la docencia. Durante cuarenta años intentó convencer a sus alumnos de que estudiar podía abrirles oportunidades que tal vez nadie más les mostraría. Mientras esperaba ascensos que no siempre llegaban, ella también estudió, con mucho esfuerzo, una maestría por las noches y los fines de semana. No porque alguien se lo exigiera ni porque existiera la certeza de una recompensa, sino porque seguía creyendo que un mejor profesor podía ofrecer un mejor futuro a sus estudiantes.

Probablemente muchos de ellos ya no recuerden su nombre. Es la paradoja de la docencia: quienes enseñan casi nunca llegan a saber el verdadero alcance de lo que enseñaron. Pero estoy convencida de que algunos estudiantes sí la recuerdan, que hubo quienes encontraron en ella la primera persona que creyó en sus capacidades, que les habló de un futuro distinto o que les hizo entender que el lugar donde uno nace no tiene por qué determinar el lugar donde terminará viviendo.

En Cinema Paradiso, Alfredo anima a Totò a abandonar su pequeño pueblo para perseguir una vida más grande que la que el destino parecía haberle reservado. Tal vez esa sea también la misión más profunda de un maestro: ampliar el horizonte de sus estudiantes, ayudarles a imaginar posibilidades que todavía no alcanzan a ver y darles las herramientas para construirlas.

En un país con desigualdades tan profundas como el Ecuador, esa tarea trasciende el aula. Para millones de niños y adolescentes, la educación pública no es una alternativa entre varias; es la única oportunidad real de romper el círculo de pobreza, violencia o exclusión en el que nacieron. Cuando funciona, la escuela pública puede convertirse en el mecanismo de movilidad social más poderoso que tiene una democracia. Cuando falla, las desigualdades se convierten en una herencia.

Por eso, cuidar la educación pública no consiste tan solo en construir escuelas, reformar currículos o discutir presupuestos. También implica reconocer, apoyar y exigir a quienes dedican su vida a enseñar en ellas.

Mientras mi tía cierra esta etapa, me doy cuenta de que el país suele hablar de sus profesores cuando hay huelgas, conflictos o resultados académicos preocupantes. Pero casi nunca nos detenemos a pensar en aquellos que, lejos de los titulares, consagraron su carrera a crear oportunidades en silencio, con una convicción y una vocación de servicio encomiables.

Quizá nunca sepa cuántas vidas transformó, pero estoy segura de que hoy alguna persona que pasó por sus aulas pudo torcer el rumbo de su historia, gracias a esa maestra que durante cuarenta años dio, hasta el cansancio, lo mejor de sí. Esa es, al final, la mejor jubilación que puede tener una profesora: saber que sembró futuro, aunque nunca llegue a verlo florecer.

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