La actual actividad del volcán Cotopaxi se inició a finales del 2001. Lo recuerdo pues en la alcaldía de Paco Moncayo, al preparar insumos para el Plan Bicentenario, hicimos un ejercicio completo del conocido FODA, identificando las fortalezas, oportunidades, debilidades y amenazas del Distrito Metropolitano de Quito. A base del plan de campaña de Moncayo, se investigó cada uno de los aspectos a profundidad, con bibliografía del acervo municipal, nuevos libros y monografías y entrevistas a conocedores de los temas.
Para aclarar las amenazas telúricas sostuvimos reuniones con Hugo Yépez, entonces director del Instituto Geofísico de la Escuela Politécnica Nacional, y fue él quien confió al alcalde y a su equipo, lo tengo muy presente, que no solo el Pichincha, la caldera del Chacana y el Atacazo resultaban amenazas para el DMQ sino que el Cotopaxi se había desperezado de su quietud de varias décadas y que, en esas precisas semanas, los sismógrafos habían empezado a registrar actividad. Se trataba de sismos de largo período y muy variables, que no representaban riesgo inmediato, pero había que tomarlos en cuenta. Allí comenzó una colaboración entre el MDMQ y el IG porque Hugo (que hoy está haciendo su doctorado en Grenoble) nos dijo que no tenían recursos para hacer suficientes labores de monitoreo.
La Municipalidad introdujo estas amenazas (los fenómenos naturales pasan a ser amenazas cuando su potencial para desequilibrar el sistema natural aumenta), junto con las antrópicas (o producidas por la actividad humana), en toda su planificación posterior y en su actuación, en especial a través de la Dirección Metropolitana de Seguridad Ciudadana, la Corporación de Seguridad Ciudadana, las administraciones zonales y las empresas. Más aún, el MDMQ colaboró con el Geofísico, el Instituto Geográfico Militar, el Institut de recherche pour le développment de Francia, la Embajada Alemana en Quito y otros gobiernos seccionales, para la publicación en 2004 del primer mapa de riesgos del Cotopaxi a escala 1:50.000.
Con el instituto francés ya mencionado se continuó un proyecto iniciado en 1999 sobre la vulnerabilidad de Quito, producto del cual son los dos libros de Robert D’Ercole y Pascale Metzger Los lugares esenciales del Distrito Metropolitano de Quito (2002) y La vulnerabilidad del Distrito Metropolitano de Quito (2004).
Entre aquellos primeros esporádicos tremores y los 3.000 sismos que se registraron en mayo de este año transcurrieron más de 13 años. Desde entonces, el IG nos dice que la actividad interior del volcán está en niveles de alta intensidad, que hemos visto confirmarse con las fumarolas de julio y las grandes emisiones de gases y ceniza del viernes 14 y sábado 15 de agosto.
(Por cierto, aunque los científicos del IG siempre han insistido que para Quito también hay peligro en volcanes más alejados como el Quilotoa, no recuerdo que el 2001 hayamos registrado al Reventador como una amenaza, cosa de la que nos vinimos a enterar con sorpresa al año siguiente cuando, de manera súbita y después más de cinco lustros de quietud absoluta, se presentó la erupción del 3 de noviembre de 2002. Fue tan rápida esa erupción que las estaciones sísmicas del volcán solo detectaron una sismicidad anómala cuatro horas antes de la confirmación visual del inicio de la erupción, a la que el IG considera una de las más poderosas de los últimos 100 años en el Ecuador. Como se recuerda, la inmensa columna de ceniza de más de 20.000 m de altura, se dividió en dos segmentos por la dirección de los vientos, viniendo una parte sobre los valles de Tumbaco y Cumbayá y la ciudad de Quito sobre la que arrojó millones de toneladas de ceniza, depositando también capas más leves sobre El Carmen, Portoviejo y Manta; mientras que de la parte superior de la columna, es decir de la que superó los 16 km de alto, la ceniza alcanzó el sureste de Colombia y el noroccidente de Brasil).
Volviendo al Cotopaxi, este ha tenido en la época histórica, 14 erupciones importantes, debiendo destacarse el primer gran período eruptivo que coincide con el inicio de la conquista española (1532-34), luego los dos del siglo XVIII (1742-44 y 1766-68) y los dos del XIX (1853-54 y 1877-80). En ellos se generaron grandes caídas de ceniza, piedra pómez y escoria, flujos de lava, flujos piroclásticos y flujos de lodo (lahares), que afectaron severamente las áreas aledañas del volcán, causando importantes daños a propiedades, pérdidas de vidas humanas, de ganado y crisis económicas regionales. Hay que recordar, por ejemplo, que en abril de 1877, las crónicas de la época hablan de tal oscuridad en Quito por la cantidad de ceniza que “impedía saber si era de día o de noche”. Luego el mes de junio de ese año hubo nuevas emanaciones fuertes, cuando la ceniza no solo llegó a Quito, sino a Manta y a Guayaquil, y siguieron otras de relativamente menor intensidad hasta 1880.
En una eventual nueva fuerte erupción del Cotopaxi los principales efectos dañinos que podrían producirse serían la caída de ceniza y, en especial, los lahares, producto del derretimiento de los glaciares (en los que hay más de 600 millones de metros cúbicos de hielo) y que podrían descender como flujos de lodo y escombros por los cursos de los ríos que drenan el Cotopaxi hacia el norte (el valle de Los Chillos), sur (Mulaló, Lasso y Latacunga) y este del volcán, como lo muestran los mapas de riesgos ya mencionados del IG. Se calcula que en las riberas de esos ríos viven más de 300.000 personas, que son las que más tienen que saber actuar en el caso de una erupción de esas características.
Nadie sabe a ciencia cierta lo que sucederá. Pero la ventaja es que el Cotopaxi es también uno de los volcanes más vigilados del Ecuador y a su monitoreo se han dedicado recursos importantes. En una época, los del propio MDMQ, a través de Corposeguridad, y en estos últimos años de centralización, los del Gobierno nacional. De hecho, como lo recuerdan en el IG, “la primera estación sísmica permanente dedicada a vigilar un volcán en Sudamérica fue instalada en el Cotopaxi, en 1976. Desde entonces, la red de monitoreo ha crecido constantemente hasta la configuración actual, que asegura una vigilancia adecuada de este peligroso volcán”.
Pero, y recuerdo que esto constaba en los planes de Quito, los flujos de lodos y la caída de ceniza volcánica son impactos que deben y pueden ser mitigados, y que lo primero es contar con alertas tempranas y efectivas. Hugo Yépez insistía en que las alertas tempranas, como parte de la mitigación del riesgo tienen tres componentes: uno científico, uno de difusión y uno de comprensión de los receptores establecidos. Se debe informar y capacitar a la ciudadanía respecto a lo que significan los flujos piroclásticos, los flujos de lava, los escombros de cenizas, los flujos de lodo (potenciales, iniciales y los posteriores o secundarios). El gran reto es que los procesos de información y capacitación logren una difusión efectiva entre la ciudadanía, que la comprensión sea medida de varias maneras, es decir con parámetros a ser superados semana a semana, con metas por sectores, en un proceso permanente de educación y alistamiento ciudadano. Hoy el uso de los celulares y las redes sociales es clave y a todos debe capacitarse en su uso.
Los actores del componente científico han hecho su parte y en este proceso han llevado la delantera, desarrollaron los mapas de amenazas desde hace más de una década (del Pichincha se los tiene desde el gobierno de Rodrigo Borja). El centralismo absolutista del actual Gobierno, que ha llegado a implantar estado de excepción y censura previa, no debe impedir que los actores sociales lleven adelante procesos de información y de capacitación para enfrentar el riesgo volcánico del Cotopaxi. Los pobladores, no sin razón, piden sirenas, que las rutas de evacuación estén señalizadas adecuadamente y que los sitios seguros estén claramente identificados y aperados. Todo esto es factible cuando existe voluntad política de las autoridades y voluntad social de la población.
