domingo, abril 5, 2026
Ideas
Richard Salazar Medina

Richard Salazar Medina

Antropólogo y politólogo. Docente universitario

América para los americanos

Sería ingenuo pensar que la sola afinidad política con EEUU bastará para reducir la influencia de China en la región. La realidad es que hoy la gran mayoría de países sudamericanos tiene a China como su principal socio comercial y no a EEUU.

Resulta increíble pensar que cuatro palabras redundantes resulten tan inquietantes. Pero, como señaló Ferdinand de Saussure, las palabras no solo denotan, connotan. Y la connotación de estas, en las circunstancias actuales, ha renovado el debate, tanto en lo teórico —en las ciencias políticas— como en el pragmático. En esas connotaciones se enfrentan visiones opuestas de América y del mundo.

La doctrina del presidente James Monroe, que en 1823 proclamaba “América para los americanos”, afirmaba que el territorio de las Américas no podía ser colonizado nuevamente por potencias europeas, sino ser soberano y gobernado por sus pueblos (argumento en el que Bolívar no creyó, por lo cual llamaba a una confederación latinoamericana, pero, en sus propias palabras, aró en el mar); la proclama connotaba ya mucho más 80 años después, en tiempos de Theodore Roosevelt. Y hoy, 200 años más tarde, connota mucho, mucho más…

Connotaciones aparte, lo cierto es que durante el siglo XX el intervencionismo estadounidense en América Latina estuvo siempre presente. Copiosa literatura y memoria colectiva al respecto. La diferencia ahora es que el presidente Trump lo ejerce sin ocultar sus propósitos ni alegar argumentos del derecho internacional.

En ese contexto, la Estrategia de Seguridad Nacional de los EEUU, publicada a finales del año pasado, rescata la Doctrina Monroe añadiendo el corolario Trump. Allí se establece con claridad que el hemisferio occidental (léase, el continente americano) constituye el espacio prioritario de interés estratégico de la potencia norteamericana. Así, afirma:

«Queremos garantizar que el hemisferio occidental siga siendo razonablemente estable y esté lo suficientemente bien gobernado como para prevenir y desalentar la migración masiva hacia los Estados Unidos; queremos un hemisferio cuyos gobiernos cooperen con nosotros contra los narcoterroristas, los cárteles y otras organizaciones criminales transnacionales; queremos un hemisferio que siga libre de incursiones extranjeras hostiles o de la propiedad de activos clave, y que apoye las cadenas de suministro críticas; y queremos garantizar nuestro acceso continuo a ubicaciones estratégicas clave. En otras palabras, afirmaremos y aplicaremos un «corolario de Trump» a la Doctrina Monroe».

Muestra de ese renovado y decidido interés fue lo ocurrido el 3 de enero en Venezuela. El vertiginoso bombardeo de instalaciones militares de Caracas para la extracción de Maduro y su esposa dejó a la región perpleja. Pese al poderoso despliegue militar de meses anteriores en el Caribe, nadie anticipó ese giro. No obstante, a pesar de los elementos expuestos para justificar dicha operación, que evidenciarían la participación del régimen de Maduro en actividades ilícitas, resulta difícil creer que ese haya sido el móvil de fondo. Entre otras cosas, es bien conocido que la mayor cantidad de fentanilo que llega a EEUU proviene de México y que más de las tres cuartas partes de la cocaína ingresan desde el Pacífico, partiendo, tristemente, del Ecuador.

Pero la Estrategia de Seguridad Nacional es manifiesta en este sentido; menciona a China y su influencia, connotando amenaza, alrededor de 25 veces. Esto es mucho decir, tomando en cuenta que a sus vecinos, Canadá y México, los menciona una y dos veces, respectivamente. Es por ello que en su primer apartado, dedicado al hemisferio occidental, describe el corolario de la siguiente manera:

«Tras años de abandono, Estados Unidos reafirmará y aplicará la Doctrina Monroe para restaurar la preeminencia estadounidense en el hemisferio occidental y proteger nuestra patria y nuestro acceso a zonas geográficas clave en toda la región. Negaremos a los competidores no hemisféricos la capacidad de posicionar fuerzas u otras capacidades amenazantes, o de poseer o controlar activos estratégicamente vitales, en nuestro hemisferio. Este «corolario de Trump» a la Doctrina Monroe es una restauración sensata y potente del poder y las prioridades estadounidenses, coherente con los intereses de seguridad de Estados Unidos».

En coherencia con ese objetivo, el primer viaje al extranjero del segundo mandato del presidente Trump lo realizó Marco Rubio, secretario de Estado, destino a Panamá. Allí logró que el presidente panameño, José Raúl Mulino, cancele el acuerdo de la iniciativa de la Franja y la Ruta de China (conocido como la Nueva Ruta de la Seda), al cual pertenecen, fuera de Panamá, 21 países de la región. De igual manera, exigió la salida de empresas chinas de la zona del Canal de Panamá. A ello se suma el apoyo frontal de Trump al recientemente electo, con final de fotografía aún polémico, Nasry Asfura en Honduras, quien en campaña prometió romper relaciones con China y restablecerlas con Taiwán (rotas en 2023), un movimiento que, de concretarse, sería significativo.

Luego de Maduro, Trump ha presionado con amenazas al presidente de Colombia, Gustavo Petro, quien ha mantenido una posición tirante con Trump y que firmó el acuerdo de la Franja y la Ruta con Beijing. No obstante, hace pocos días sostuvieron una llamada telefónica que ambos calificaron como positiva; incluso Trump sugirió una invitación a Petro a Washington. Esto resulta desconcertante, tomando en cuenta que a mediados de este año habrá elecciones en Colombia y que casi con certeza, la oposición a Petro —que estaría alineada con Washington— volverá al poder.

Otro gobierno relativamente resistente a Washington ha sido Brasil. Lula, sin embargo, ha optado por una estrategia cautelosa, intentando equilibrar su relación con China -su principal socio comercial- y con EEUU. El resto de Sudamérica presenta hoy gobiernos alineados con Washington: Noboa en Ecuador, Kast recientemente electo en Chile, Milei en Argentina, Peña en Paraguay, Paz en Bolivia y, ahora, también la Venezuela de Delcy Rodríguez.

Pero sería ingenuo pensar que la sola afinidad política con EEUU bastará para reducir la influencia china en la región. La realidad es que hoy la gran mayoría de países sudamericanos tiene a China como su principal socio comercial y no a EEUU, como ocurrió históricamente. Brasil y Chile, en particular, valoran francamente esa relación. A ello se suma el puerto de Chancay, construido por China en Perú en el marco de la iniciativa de la Franja y la Ruta; será manejado por el gigante asiático durante 30 años. Este representa un factor determinante para los próximos años en Sudamérica y en toda la región. Este puerto reduce entre 12 y 15 días los tiempos de transporte en comparación con la ruta por el Canal de Panamá, con lo cual, además, los costos de transporte se reducen significativamente. Por esta razón, está planificada y en fase inicial una red ferroviaria que conectará Brasil con Chancay, con inversión china (esto recuerda al tan mentado eje Manta-Manaos, que se mencionaba tanto en Ecuador desde los años 80 y nunca se concretó). No es casualidad; Brasil es hoy el principal proveedor de soya de China. Y Chancay es solo la guinda. La región latinoamericana está llena de inversiones e infraestructura en sectores estratégicos, como petróleo y minería, de capitales chinos.

A esto se suman las importantes deudas que muchos países de la región mantienen con China. Ecuador es un buen ejemplo de ello. Y pese al alineamiento político del presidente Noboa con el gobierno de Trump, promueve relaciones fluidas con Beijing. El año pasado, Noboa viajó a China donde se reunió con el mandatario, Xi Jinping, y sostuvo diversos intercambios diplomáticos particularmente cordiales. Poco después, China otorgó a Ecuador un nuevo préstamo de alrededor de 400 millones de dólares. Parte de este se destinaría a la reestructuración de la hidroeléctrica Coca Codo Sinclair por parte de la empresa Power China. La verdad que, en caso de concretarse esto último, sería luz para el Ecuador…

Si EEUU realmente quiere reducir (o competir con) la influencia china en la región no bastará con declaraciones doctrinarias, sino que requerirá una inversión continua, más allá de un período presidencial al que le restan tres años. Podría, por ejemplo, proponer inversiones en un país vecino del Pacífico para construir un puerto que compita con el de Chancay. Hay que recordar que China -y los países del Asia oriental- planifican pacientemente a plazos no menores a 20 años.

En definitiva, si EEUU busca mayor presencia en la región deberá hacerlo, no desde la fuerza sino desde la diplomacia, algo que hoy se vislumbra bastante improbable cuando Trump amenaza con tomar por la fuerza Groenlandia, justificando su posición con que no se le haya conferido el Premio Nobel de la Paz.

El orden liberal internacional, ese conjunto de normas e instituciones que pretendían garantizar mínimos de organización y respeto en el sistema internacional, agoniza. Uno de los pocos cuidados intensivos que ha recibido es el acuerdo de intercambio comercial entre la Unión Europea y Mercosur (Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay), firmado el 17 de enero tras más de 25 años de negociaciones. Este podría traer interesantes repercusiones en un contexto en que se asume cada vez más como incuestionable al retorno a un mundo sin reglas, regido por no más que por la imposición de la fuerza. Son los tiempos del post fin de la historia (Francis Fukuyama).

 

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