La mayoría de artículos que escribo en Plan V son coyunturales. Este no, aunque tal vez sí, si contamos con que la coyuntura general y permanente es el tiempo. Y aunque ese es el tema, el presente es un artículo atemporal.
El tiempo puede ser la medida de todas las cosas. Todo lo que damos, trabajamos e invertimos se puede medir en tiempo. Todo lo que perdemos se puede cuantificar en función del tiempo: el tiempo que tardamos en obtenerlo y el tiempo que tardaremos en recuperarlo; también, el tiempo de regeneración física e incluso emocional. Del otro lado, lo que eventualmente podríamos quitar o sustraer de las personas es cuantificable con las mismas variables.
Todo lo que tenemos, tal vez sólo lo que tenemos, es el tiempo. Bien le dice Gandalf a Frodo, en El Señor de los Anillos, La Comunidad del Anillo: “la única decisión posible es qué hacer con el tiempo que tenemos”.
La mayor pérdida, estaremos de acuerdo, es la muerte, justamente cuando se detiene el tiempo de una persona en esta vida terrenal. No en vano el mayor crimen es el asesinato. La gravedad de un crimen podría medirse en función del tiempo que el acto criminal le quita a otra u otras personas; tiempo de recuperación física o emocional, sea en ataques directos, secuestros, violaciones, abusos, robos y demás. Los crímenes, de hecho, se castigan con tiempo: tiempo en situación de privación de libertad.
En temas más banales o cotidianos pero muy extendidos, como el fútbol, se discute actualmente si, en el caso de un jugador que lesiona gravemente a otro, la sanción debería ser que el agresor permanezca fuera de las canchas durante el tiempo que el lesionado tarde en recuperarse.
Si el tiempo es lo más importante, o lo único que tenemos, es lo que más debemos cuidar. A riesgo de sonar a obviedad y a libro de autoayuda, no deberíamos dar nuestro tiempo a personas que nos tratan mal, no deberíamos perder tiempo en relaciones que no son recíprocas, no deberíamos perder ocho horas diarias en trabajos que no son satisfactorios o peor aún, en trabajos donde nos explotan… Y, ya que está de moda, deberíamos incorporar en nuestras rutinas cotidianas todo aquello que alarga nuestro tiempo de vida y mejora su calidad: alimentación sana, actividad física, meditación… A fin de cuentas, todo se resume en alargar el tiempo de vida, de vida de calidad.
Igualmente, a riesgo de sonar a libro de mindfulness o a coach empresarial, es fundamental vivir el tiempo, es decir, vivir el ahora, ser conscientes de cada instante, concentrarnos y disfrutar cada milésima de segundo; si el Universo está hecho de instantes, cada instante es universal. Como dijo Eleanor Roosevelt, escritora y activista política estadounidense, “el ayer es historia, el mañana es un misterio y el hoy es un regalo… por eso se llama presente”.
El género y el uso del tiempo
Pero quiero llegar a un tema menos obvio, repetitivo y común; pido paciencia (tiempo). Se trata de la brecha de género en el uso del tiempo; quizá la brecha menos analizada o de más reciente análisis por ser, justamente, menos obvia. Y tal vez, entendiendo que el tiempo es lo más preciado, una de las más importantes de trabajar y superar.
A partir de datos de 83 países, ONU Mujeres indica que las mujeres dedican tres veces más tiempo al trabajo doméstico y de cuidados —no remunerado— que los hombres. En Ecuador, los datos de la última encuesta del uso del tiempo muestran que las mujeres trabajan casi 18 horas más que los hombres por semana; 15 horas más en la zona urbana, 23 horas más en la zona rural. La sobrecarga de trabajo está determinada por la desigual repartición de las actividades domésticas y de cuidados. En el trabajo remunerado, los hombres dedican cinco horas más por semana que las mujeres; sin embargo, en el trabajo no remunerado doméstico y de cuidados, las mujeres dedican 30 horas más por semana que los hombres. Esto se traduce en que los hombres tengan más tiempo para actividades de aprendizaje, estudio, convivencia, recreación, lectura, meditación y descanso… en fin, más tiempo. Para las mujeres, el no tener la misma posibilidad para realizar actividades personales significa pobreza del tiempo. En general, los hombres, al tener menos carga de trabajo, pueden satisfacer de mejor manera varias necesidades humanas esenciales, como el ocio o recreación, entendimiento, creación y participación.

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Se estima que nuestro planeta tiene 4.600 millones de años; el ser humano, 200.000 años. Magnitudes incomprensibles para una especie cuya esperanza de vida promedio rebasó los 40 años recién durante el último siglo.
Ahora que se habla más de la desigualdad en el uso del tiempo, es importante plantear dos cuestiones. La primera es la necesidad de visibilizar y valorar el trabajo doméstico y de cuidados como aquellos que sostienen y regeneran la vida; dimensionarlos, además, como trabajos productivos e indispensables para la economía de un país, desnaturalizando la idea de que el trabajo productivo es únicamente el que se hace fuera de los hogares. La segunda es el tema de la corresponsabilidad de los hombres en este tipo de tareas: no se trata de que los hombres ayudemos en las actividades domésticas y de cuidados, sino de que seamos, simplemente, responsables, junto con las mujeres: adultos y adultas funcionales… Y no solo adultas y adultos; todas las personas que conforman un hogar deberían aportar en su cuidado, en medida de sus capacidades, y eso incluye a niñas, niños y adolescentes. Qué mejor forma de aprender la importancia de las actividades del cuidado que realizándolas desde que somos wawas y luego wambras. Mientras no haya una repartición justa y equitativa de la carga laboral doméstica y de cuidados, la sobrecarga de trabajo para las mujeres, su pobreza del tiempo, se mantendrá.
El tiempo de la Tierra
Y una cosa más sobre el tiempo… Vamos de la igualdad de género al equilibrio ecológico. Hablemos del tiempo de la Tierra.
Se estima que nuestro planeta tiene 4.600 millones de años; el ser humano, 200.000 años. Magnitudes incomprensibles e insondables para una especie cuya esperanza de vida promedio rebasó los 40 años recién durante el último siglo. Para comprenderlo mejor, Miguel Ángel Sabadell comprimió la historia de la Tierra en un año, resultando la siguiente analogía:
El 1 de enero a las 00:00 horas se formaría el Sistema Solar. El 25 de enero, la Tierra contaría con su núcleo formado y el consecuente campo magnético. El 9 de febrero caería la lluvia por primera vez, lo que duraría varios segundos (siglos, pues). El 13 de marzo aparecerían las primeras formas de vida. El 29 de marzo, las cianobacterias iniciarían un acto suicida que cambiaría toda la atmósfera del planeta, al sintetizar dióxido de carbono y liberar oxígeno; justo lo contrario a cierta especie que hoy está volviendo a liberar cantidades ingentes de dióxido de carbono, con la diferencia de que a las cianobacterias les tomó cientos de millones de años… y no tenían cerebro. En fin, para el 24 de junio, el 99% de seres vivos morirían y solo sobrevivirían los que estén adaptados al letal oxígeno.
El 18 de julio, más allá de la mitad del año, harían su aparición los primeros organismos multicelulares. Recién el 7 de agosto aparecería la primera célula con núcleo (eucariota). El 6 de noviembre aparecería el primer hongo y el 11 de noviembre los primeros organismos multicelulares complejos. Solo el 19 de noviembre en la madrugada ocurriría la gran explosión de la vida: la del Cámbrico, y para las 22h00, la vida abandonaría los mares. Sí, ¡recién el 19 de noviembre!
Apenas en diciembre se aceleraría la formación de la biosfera. El 12, con las primeras plantas vasculares; el 21, con las primeras plantas con flores, el 26, con la expansión de la hierba. Las hormigas aparecerían el 18 de diciembre y las abejas en nochebuena. Durante el 27 de diciembre, cerca de terminar el año, aparecerían los dinosaurios y mamíferos. Recién el 30 de diciembre se levantarían los Himalayas, los Pirineos y, ya cerca del final del día, la cordillera de los Andes.
Lo que hoy estamos haciendo con nuestras últimas horas o minutos en la historia de la Tierra, al desestabilizar todos y cada uno de sus sistemas biofísicos con nuestras actividades es, en primer lugar, suicida, como les ocurrió a las -descerebradas- cianobacterias.
31 de diciembre, 17h00. Tres Australopithecus afarensis dejarían huellas similares a las nuestras sobre un manto de cenizas volcánicas en Kenia. Y en esas últimas 7 horas se desarrollaría, recién, toda la historia humana.
En una analogía aún más comprimida, si la vida de la Tierra tuviera la duración de un día, el ser humano habría llegado en el penúltimo minuto de la última hora, más o menos entre las 23h58 y las 23h59.
El tiempo que tomó al Universo y a la Tierra crear la vida que conocemos: crear las plantas, los animales, los seres humanos, nuestro cerebro, es descomunal y fascinante. Habíamos dicho que todo lo que perdemos se puede cuantificar en tiempo: el tiempo para obtenerlo y el tiempo para recuperarlo.
Lo que hoy estamos haciendo con nuestras últimas horas o minutos en la historia de la Tierra, al desestabilizar todos y cada uno de sus sistemas biofísicos con nuestras actividades es, en primer lugar, suicida, como les ocurrió a las -descerebradas- cianobacterias. En segundo lugar, es una pérdida de tiempo para la Tierra; los millones de años que tardó en crear la biosfera, en estabilizar el ciclo del agua, el nitrógeno y el fósforo, en regular la acidez oceánica, entre otros sistemas globales, y los milenios que le tomaría recuperarse de nuestro efímero paso. Hay que decir que su capacidad de recuperación, de resiliencia, es enorme, y que la vida se seguirá adaptando, incluso después de la masiva extinción y desequilibrio que estamos causando. Probablemente, de seguir el rumbo que seguimos, en unos cuantos minutos cósmicos la Tierra estará repoblada por nuevas especies, acaso más (¿?) inteligentes o conscientes. Pero también, y en tercer lugar, ¡qué perdida de nuestro tiempo! Del tiempo que costó a la Tierra y nos costó desarrollar el neo córtex; del tiempo que nos llevó caminar, pensar, reflexionar, admirar los atardeceres, transformar las plantas y los alimentos, crear música, amar…
Como hemos dicho, toda pérdida, individual, colectiva o global, es de tiempo. Puede no ser pérdida si existe aprendizaje. Estamos caminando hacia nuestra propia extinción, y tal vez todavía hay tiempo para retomar el rumbo evolutivo que seguían la Tierra y el Universo hasta nuestra llegada; de cumplir, es más, nuestro rol en la evolución. Recordando, además, que nuestra situación actual se sustenta en la predilección que tenemos por la producción económica, en lo poco que valoramos el trabajo del hogar y los cuidados, y en la sobrecarga de trabajo, traducida en pobreza de tiempo, para la mitad de nuestra especie.
¿Estamos a tiempo?


