Hace más de 80 años, los de la Gran Nación Siekopai fuimos desplazados de Pë’këya, nuestro territorio ancestral y centro de nuestra cultura y espiritualidad, por una guerra limítrofe con el Perú en la que nosotros nada teníamos que ver. Han sido décadas de lucha constante por retornar a nuestro hogar, de aguantar constantes violaciones a nuestros derechos y discriminación hasta 2023, cuando conseguimos una sentencia judicial que obliga al Ministerio de Ambiente, Agua y Transición Energética, MAATE, titular a nuestro favor más de 42 mil hectáreas de nuestro territorio Pë’këya (cantón Cuyabeno, provincia de Sucumbíos). Han pasado 16 meses y el MAATE ha puesto toda clase de excusas para no cumplir, pero aquí estamos y no descansaremos hasta que el título de propiedad colectiva esté en nuestras manos.


Por el año 1935, cuando mi abuelo, José Cecilio, vivía en la comunidad de Kokaya, cerca del río Pë’këya, en la Amazonía, fue testigo de cómo personas ajenas a nosotros los Siekopai llegaban de diferentes lugares sin saber para qué, hasta que en 1941 estalló la guerra entre Ecuador y Perú por sus límites territoriales.

Para ambos países éramos invisibles y extraños en nuestro propio territorio. Nuestros territorios se convirtieron en objeto de disputa, aunque los clanes Siekopai ya habitábamos siglos antes de la misma conformación de los Estados. Sobrevivimos a la evangelización y al caucherismo, que diezmó nuestra población mientras que Ecuador y Perú se beneficiaron. Con la guerra nos desplazaron, dispersaron a nuestras familias, nos dividieron y tomaron decisiones sobre Pë’këya sin consultarnos. Hemos sido violentados y discriminados, incluso ahora cuando el Estado ecuatoriano se niega a cumplir una sentencia que podría, en parte, reparar tanto sufrimiento.
Sobrevivimos a la evangelización y al caucherismo, que diezmó nuestra población mientras que Ecuador y Perú se beneficiaron. Con la guerra nos desplazaron.
Pë’këya es el corazón de nuestra cultura Siekopai, es el lugar donde nuestro Dios Ñañë-Paina nos creó. El lugar donde nacieron los mitos de nuestros abuelos y abuelas, donde están sembrados sus ombligos y sus huesos, y donde podemos reconectar con los seres espirituales del agua, del bosque y al mundo superior donde habitan nuestros grupos clánicos después de trascender de este mundo. Pë’këya es nuestro sitio sagrado al que jamás hemos dejado de regresar.

Pero el Estado ecuatoriano constantemente impedía nuestro regreso, puso un destacamento militar que limitaba nuestra movilidad. En los años 70 declaró el sector como área protegida, lo que ahora es la Reserva de Producción Faunística Cuyabeno, y restringió aún más nuestra presencia. En los años 90, el Estado permitió el ingreso de empresas de turismo cuya basura sigue ahí, firmó convenios de uso y manejo con comunidades de otras nacionalidades como la kichwa de Zancudococha, con quienes convivimos en paz por mucho tiempo, pero que a raíz de estos convenios generaron conflictos que siguen vigentes y de los cuales el Estado no quiere hacerse cargo.
En innumerables ocasiones nos hemos dirigido al Estado ecuatoriano para exigir el reconocimiento de nuestro territorio. En 2017 presentamos una solicitud formal ante el entonces Ministerio del Ambiente, presidido por Tarsicio Granizo, acompañada de toda la documentación necesaria: mapas, polígonos y estudios antropológicos que demuestran que ese es nuestro territorio ancestral y el único espacio donde nuestra cultura puede reproducirse. Sin embargo, nuestra petición fue ignorada.
Claramente, para el Estado ecuatoriano los pueblos indígenas somos invisibles hasta cuando quieren algo de nosotros, y para conseguirlo no le importa ir por encima de nosotros, crear conflicto entre comunidades, endosarnos la responsabilidad de lo que ellos provocan. Hemos llevado esta lucha de manera pacífica, en su lenguaje ante los tribunales, hemos ejercido nuestro derecho a ser escuchados en nuestro idioma, de que nuestros abuelos sean escuchados, hemos jugado limpio en cancha inclinada y aún así logramos rebatir todas las mentiras del MAATE.
Para el Estado ecuatoriano los pueblos indígenas somos invisibles hasta cuando quieren algo de nosotros, y para conseguirlo no le importa ir por encima de nosotros.
A pesar de toda evidencia presentada: testimonios de nuestros abuelos y abuelas, declaraciones de expertos en historia Siekopai, amicus curiae, informes y mapas, y pese todo intento de deslegitimación, la falta de sustento y los argumentos discriminatorios del MAATE y de terceros interesados, en noviembre de 2023 la Corte Provincial de Sucumbíos reconoció que durante décadas fuimos víctimas de la violación de nuestros derechos. Además, ratificó que somos los dueños legítimos y ancestrales de Pë’këya y en consecuencia, ordenó que se nos debe entregar el título de propiedad colectiva.
Una sentencia histórica y sin precedentes, que no solo beneficiaría a los Siekopai sino a otras nacionalidades indígenas en similares condiciones, es decir a quienes el goce de sus territorios ancestrales está limitado por la declaración inconsulta de áreas protegidas, como ocurre con nosotros. Una sentencia que beneficia también a la misma comunidad kichwa de Zancudococha, de la que ciertos personajes, han decidido actuar con violencia en nuestra contra.

Han pasado 16 meses en los que nuevamente hemos tenido que soportar discriminación. Las autoridades del MAATE no nos toman en serio. Se han realizado dos audiencias en la comunidad de San Pablo, convocadas por el Juez de Shushufindi, quien está encargado del seguimiento del cumplimiento. Se han hecho acuerdos de cumplimiento, parece que empiezan a cumplir, luego retroceden. La ministra María Cristina Recalde tiene una sanción económica que se va acumulando cada día mientras la sentencia no se cumpla, y su respuesta es decir que la sentencia no se puede cumplir por el conflicto con Zancudococha. Ahora pretenden elevar el caso a la Corte Constitucional.
El MAATE simplemente se niega a hacerse cargo de los mismos problemas que ocasionó, pero somos nosotros quienes vivimos las consecuencias: hemos sido violentados, nuevamente nos han restringido el paso a Pë’këya con violencia por parte de ciertos habitantes de la comunidad Zancudococha, han quemado nuestras casas, han amenazado a nuestra gente. El MAATE ha favorecido los intereses económicos de la comunidad Kichwa de Zancudococha y no así a nuestros intereses de carácter espiritual y de permanencia y reproducción cultural.
No podemos seguir así. Apenas quedamos 828 Siekopai. Sin nuestro territorio nuestra gente seguirá viviendo, pero nuestra cultura corre el riesgo de morir, no podremos seguir viviendo como Siekopai. Nuestro gran sabio Cesario decía que todo el mundo se iba a inundar y que solo Pë’këya iba a quedar. En su visión él nos advertía que si no regresamos a nuestro hogar, el mundo occidental nos iba ahogar y eso es lo que queremos evitar. Nuestro propósito en Pë’këya es meramente espiritual y cultural, frente al interés económico que ha sido el argumento presente para Zancudococha. Seguramente no todos regresaremos a habitar permanentemente ahí, pero sí volveremos para sembrar y tomar Yagé y conectar con los espíritus.

A pesar del desgaste que ha representado para nosotros esta lucha de años, he empezado a ver cuánto ha valido la pena. Cuando yo era joven llegué a sentir un poco de vergüenza de mi cultura, hasta que mi padre insistió en llevarme a Pë’këya. Hoy, los jóvenes que han crecido en medio de la lucha llevan con orgullo sus túnicas, sus coronas, se pintan ellos mismos la cara, se preparan espiritualmente, se dejan crecer el cabello, recuperaron la nariguera. Es decir, estamos recuperando nuestra cultura antes de desaparecer, y cada paso que demos será destinado a ello. Por ellos, por las futuras generaciones, seguimos en pie de lucha. No hay manera de que el MAATE no cumpla con la sentencia, aquí estamos y no nos iremos.
