Cuando siento una necesidad de religión, salgo de noche para pintar las estrellas
Vincent Van Gogh
Desde el amanecer de los tiempos la prolífica imaginación de los seres humanos ha forjado realidades imaginadas, incrustadas en la realidad objetiva, que han condicionado la evolución de las sociedades y culturas. Las realidades imaginadas generan órdenes sociales respaldados en comunidades imaginadas.
Este artículo presenta un análisis no religioso de la religión, el más antiguo, pero actual, tipo de comunidad imaginada. El Foro sobre Religión y Vida Pública del Pew Research Center estima que 84% de la población mundial se encuentra afiliada a alguna religión (https://bit.ly/3ZqPfvm). El grupo más numeroso es el cristiano, con unos 2.590 millones de feligreses, seguido del musulmán con 1.910 millones. El tercer grupo es el de los no creyentes, con 1.340 millones de personas, cifra cercana al total mundial de católicos (cálculos a partir de la investigación del Pew Research Center y el informe La verdadera crisis de fecundidad. Estado de la población mundial 2025 del Fondo de Población de las Naciones Unidas UNFPA, por sus siglas en inglés).
Para la doctrina liberal, lo espiritual debe ser una experiencia personal y privada; las únicas experiencias universales son las emanadas de la ciencia y de la ética, hijas predilectas de la razón seglar. No se equivocó Martín Lutero cuando dijo que la razón nos impide tener una fe perfecta.
La siguiente sección contiene una aproximación, a partir de la neurociencia, de la propensión de las personas a lo espiritual y religioso, y una reconsideración del ateísmo. A continuación, se considera la religión (en especial la cristiana), bajo la hipótesis de las comunidades imaginadas. Por último, se destaca la necesidad de los órdenes imaginados, a pesar de los esfuerzos represores de los regímenes totalitarios.
Creer o no creer… esa no es la cuestión
En este tema lo usual es oponer teísmo (la creencia en un ser superior, divino, creador del universo) a ateísmo (la negación de la existencia de dios). Esta dualidad es maniquea, pues, como diría una creyente, el diablo está en los detalles.
En las culturas tradicionales conviven chamanes, brujos, curanderos y hechiceras iniciados en ritos que les faculta conversar con los muertos, hablar en lenguas o convertirse en los plenilunios en lobos protectores de su gente. Son personas extravagantes pero veneradas, a cargo de la religiosidad de sus pueblos. Los antropólogos suelen suponer que los chamanes alternan entre la locura y la cordura. Y en el extremo, el psicoanalista y etnólogo Georges Devereux cree que las religiones primitivas son “esquizofrenias organizadas”.

Robert M. Sapolsky, especialista en neurociencia del comportamiento y biología del cerebro, sostiene que estas percepciones son chovinistas, pues se expresan desde una base cultural de racionalidad aparentemente impecable (https://bit.ly/43UXNNF). En realidad, en la —por antonomasia— racional cultura occidental campea la irracionalidad. Casi la mitad de la población mundial cree en espíritus sobrenaturales. Para 40% de la población estadunidense los fantasmas existen; y en España y Argentina ese porcentaje baja al 20%, pero en Inglaterra sube al 50%. En una investigación realizada en 36 países, Ipsos encontró que, en promedio, 18% de los encuestados cree que la Tierra también está habitada por extraterrestres. Entre 25% y 50% de los adultos estadunidenses opina que los ovnis son naves extraterrestres. Casi la mitad de la población mundial cree en el diablo, siendo esta una creencia muy variable: 56% en México, más de 70% en Turquía, Brasil y Sudáfrica, 61% en Colombia y 59% en Perú [información tomada de Ipsos, Meteored, Statista, Magnet y El Confidencial].
Según Sapolsky las personalidades propensas a tener ideas y creencias inusuales, percepciones alteradas, ansiedad social, introversión y comportamientos excéntricos son esquizotípicos. Son personas con tendencia a involucrarse en la ciencia ficción y la fantasía, a creer en cosas extrañas, en la telepatía o en los ovnis. El chamanismo sería una forma controlada y contextualizada de este trastorno de la personalidad.
Casi la mitad de la población mundial cree en el diablo, siendo esta una creencia muy variable: 56% en México, más de 70% en Turquía, Brasil y Sudáfrica, 61% en Colombia y 59% en Perú.
Este científico de la Universidad de Stanford destaca que el mismo “hilo conductor de esquizotipia recorre todos los sistemas de creencias de las sociedades humanas, incluidas las occidentales”. Sostiene que estamos impregnados de irracionalidad, desde disparates recientes hasta creencias milenarias que organizan algunos de los valores más preciados de occidente.
Antes de hacerse famoso, por sugerencia de su padre, el joven Charles Darwin estudió teología en el Christ’s College de Cambridge. Pero más le atraía la naturaleza. Entre 1831 y 1836 participó en la expedición del HMS Beagle, ocupado en observar la biología, la geología y la antropología. Estas observaciones le sugirieron las ideas plasmadas en On the Origin of Species by Means of Natural Selection, or the Preservation of Favoured Races in the Struggle for Life (1859). En 1880, dos años antes de su muerte, en carta dirigida a un asiduo admirador de su obra, escribió: “Lamento informarle que no creo en la Biblia como revelación divina y, por lo tanto, no creo en Jesucristo como hijo de Dios” (https://bit.ly/4kAWYzc).

¿Puede un creyente ser científico? Se cuenta que en la primera guerra mundial, antes de ordenarse jesuíta, y de terminar sus estudios de matemáticas, astronomía y física en Cambridge (Inglaterra), Harvard y el MIT, entre combate y combate, el joven soldado belga Goerges Lemaitre leía el Génesis y el trabajo de Henry Poincaré. Fue uno de los pocos de su época con el conocimiento y la capacidad necesarios para entender las teorías de Albert Einstein. Fue profesor de relatividad general y cosmología en la Universidad de Lovaina, y el autor de la teoría del “átomo primigenio”, hoy conocida como la teoría del Big Bang.
Lemaitre fue un apasionado de la ciencia y ejemplar sacerdote jesuíta. Pero siempre se mostró contrario a mezclar esos dos universos en un mismo proyecto. Se resistió a condicionar el avance de la ciencia según la doctrina católica, a pesar de ser el padre de la noción del átomo primigenio (https://bit.ly/44ahBLT).
En las últimas décadas se pueden contar por miles los artículos científicos sobre espiritualidad y psicología. Así como se ha investigado el teísmo, también ha crecido la curiosidad sobre el ateísmo. D.E. Krueger, de la Universidad de Arkansas, define a este último como la “postura intelectual y afectiva” que niega la existencia de dios y de todo proceso que implique un mundo sobrenatural (What is atheism? N.Y. Prometheus Books, 1998). Menos concluyente es el agnosticismo. Para un agnóstico es imposible demostrar la existencia de dios, dada la insuficiente o equívoca evidencia disponible (filosófica, histórica y científica).
Los países con las tasas más bajas de disfunción social (de acuerdo con una métrica desarrollada por el PNUD, que incluye homicidio, aborto, ETS, desempleo, pobreza…) son los más seculares del mundo..
La psicología tradicional ha tratado de convertir el ateísmo en una patología. La psicoanalista lacaniana Julia Kristeva afirma que la típica persona deprimida es un ateo radical y amargado. Y el psicólogo existencialista Rollo May cree que los ateos demuestran tendencias inequívocas a la neurosis (véase M. Martin ed., The Cambridge companion to atheism, Cambridge University Press, 2003). Estas percepciones no han sido corroboradas empíricamente.
Los países con las tasas más bajas de disfunción social (de acuerdo con una métrica desarrollada por el PNUD, que incluye homicidio, aborto, ETS, desempleo, pobreza…) son los más seculares del mundo. Y en sentido inverso, los países con más disfunción social se encuentran entre los más religiosos (medido por creencias auto-profesadas, asistencia a la iglesia, hábitos de rezar y otras actividades relacionadas con la religiosidad). Países como Noruega, Suecia, Australia, Canadá y Holanda, desarrollados y con altos índices de bienestar humano, son eminentemente seculares. Por otro lado, los países con más problemas sociales son esencialmente religiosos y con tasas de ateísmo que llegan al 1% (M. Martin, op cit.).
Los ateos y agnósticos son más frecuentes entre intelectuales y científicos. Solo 30% de los estudiantes de la Universidad de Harvard cree en dios, el 32% en UCLA, el 36% en Yale y el 42% en Cornell. El 60% de científicos de la National Academy of Science (en un sondeo con más de 1.000 científicos) confiesa no creer en ningún dios (E. J. Larson y L. Witham, Nature nos. 386 y 394; Scientific American, 1999).
Al comparar ateos, agnósticos, creyentes en dios y fundamentalistas religiosos, Robert Altemeyer, de la Universidad de Manitoba y Bruce Hunsberger de la Universidad de Waterloo (Canadá) encontraron que los ateos son menos dogmáticos y más flexibles con personas de otras etnias y con personas homosexuales (Atheists: A Groundbraking Study of America’s Nonbelievers, 2006).
En medio del predominio de las religiones, los ateos han sido discriminados y estigmatizados, percibidos como inmorales y como personas ajenas a un estilo de vida deseable. Pero en realidad suelen ser responsables, educados y tolerantes. Philip Zuckerman, profesor de sociología y estudios seculares del Pitzer College ha demostrado que las sociedades eminentemente seculares, donde la mayoría no cree en dios, son las que mejor salud pública tienen, con bajos niveles de criminalidad, pocas ETS y menos injusticia social entre otros factores de bienestar (Society without God, New York University Press, 2008).
Ritos, TOC, religiosidad y religiones
La ejecución constante y sostenida de ritos en ámbitos específicos –el hogar, los templos, iglesias, sinagogas, mezquitas– es indispensable. “Dios está en los detalles. La religión está en los pequeños actos de los rituales cotidianos”, dice Sapolsky. Las creencias religiosas expresadas en esos rituales pueden fructificar, incluso si el contexto histórico no es propicio, hasta convertirse en religiones con una estructura nuclear, una comunidad de fieles, una motivación fundamental (hacer el bien, por ejemplo).

Los rituales abundan en todas las ramas ortodoxas de las religiones con más practicantes (hinduismo, islamismo, cristianismo). El judaísmo está repleto de rituales. Son conductas ceremoniales que giran en torno a cuatro temas: la limpieza del cuerpo, la preparación y consumo de los alimentos, la entrada y salida de los lugares sagrados, y la numerología.
Estos cuatro temas, sobresalientes en los ámbitos religiosos, son los mismos en los estudios de trastornos obsesivos compulsivos (TOC). Los TOC son intentos de imponer la previsibilidad y control en un mundo que despierta una sensación de enfermedad, incertidumbre y ansiedad. Sigmund Freud dijo que un TOC es como una religiosidad individual y que la religión es como una compulsión obsesiva generalizada (https://bit.ly/43UXNNF).
En el medioevo, a quienes realizaban rituales religiosos por el simple hecho de realizarlos, sin pensar en su contenido, se los llamaba escrupulosos. En inglés, “scrupulous”, del latín “scrupulus”, que quería decir piedra pequeña y afilada, y que más tarde llegó a significar “fuente de ansiedad y desasosiego” (https://bit.ly/4j9jpKn).
Repetir las oraciones es un rito aparecido tempranamente en la tradición cristiana. Los cordones de oración se remontan al siglo III. En el siglo XIII San Buenaventura era tan escrupuloso que rezaba el Ave María hasta 1.000 veces por día. Dos siglos más tarde el monje cartujo Domingo de Prusia inició el “Rosario de la vida de Jesús”, una práctica de meditación mientras oraba Avemarías. La victoria católica en Lepanto (1571) fue atribuida al rezo del rosario, y poco después se fijó la fiesta de Nuestra Señora del Rosario. La bula papal Consueverunt Romani Pontifices (1569) estableció la devoción al rosario y 433 años más tarde, en 2002, Juan Pablo II modificó la forma de rezarlo mediante la carta apostólica Rosarium Virginis Mariae.
La humanidad vive más de una realidad desde hace muchos siglos: una realidad objetiva y otras realidades imaginadas habitadas por dioses y divididas por credos y nacionalidades.
Cuando un creyente ejecuta sus rituales en entornos religiosos no lo hace para conjurar su ansiedad; lo hace para compartirla, en el tiempo y en el espacio, con una comunidad más amplia. Como que tratara de complacer a la fuente del miedo. Pero, pregunta Sapolsky, ¿por qué nos sentimos mejor cuando los rituales se practican en el contexto de una comunidad? ¿Por qué funciona? ¿Por qué necesitamos chamanes?
Sapolsky no afirma que para ser una persona creyente sea necesario estar loca. Tampoco que las personas religiosas sean sospechosas de padecer algún defecto psiquiátrico. Pero hace notar que es “absolutamente fascinante que los mismos rasgos que, en un contexto secular, destruyen la vida y te separan de una comunidad [los TOC], en el entorno adecuado sean el núcleo de lo que se protege, se sanciona, se recompensa y se valora en los entornos religiosos con tanta frecuencia, y que pueda haber una biología subyacente a esto…”
Ese entorno lo promueven los líderes religiosos, personas empáticas, capaces de valerse de la tradición espiritual que abrazan para que la feligresía se trate mejor, para consolar a los sufrientes… Son, además, personas hábiles para conducir rituales. El éxito de una religión se debe, en gran parte, a la institucionalización de la ritualidad y las liturgias.
Martin Luder, más conocido como Martín Lutero, tuvo un padre agresivo y violento, que le inspiraba un miedo terrible. Tras sobrevivir a una tormenta eléctrica, ese joven ansioso y psicosomático decidió hacerse religioso. El entrenamiento ritualista de los agustinos lo paralizó. Pasaba horas enteras confesándose de faltas irreales, y otras tantas horas lavándose las manos. Pensaba que todo lo hacía mal, para disgusto de Dios. Lutero escribió: “Cuanto más me lavo, más sucio estoy”. Padecía de TOC, lo que no le impidió imaginar una nueva comunidad religiosa (https://bit.ly/44d0PvF).
La humanidad vive más de una realidad desde hace muchos siglos: una realidad objetiva y otras realidades imaginadas habitadas por dioses y divididas por credos y nacionalidades. La historia está tejida de complicadas realidades imaginadas –ficciones creíbles por cualquier persona– que, al ser compartidas y persistentes, interactúan con el mundo real e influyen en él.
Mientras la evolución biológica de la humanidad ocurre lentamente, la imaginación humana es capaz de elaborar sorprendentes redes de cooperación e interacción estructuradas como órdenes imaginados, regidos por normas sociales cimentadas en mitos compartidos. Los babilonios creían que el código de Hammurabi (~1750 a.C.) fue inspirado por Anu, Enlil y Marduk. Así mismo, según los patriotas de Filadelfia la declaración de independencia norteamericana (1776 d.C.) fue inspirada por Dios.
Ambas normas dicen promover principios de justicia universales y eternos: los babilonios se inspiraron en la idea inmutable de jerarquía mientras que los estadunidenses en la idea inmutable de igualdad. Los primeros dedujeron que los seres humanos no son iguales; los últimos, que son iguales (al menos en el papel). Sin embargo, el único lugar en el que existen esas ideas ‘universales’ es en la fecunda imaginación de la mente humana y en los mitos que inventa. Son ideas sin validez objetiva.
Por otra parte, el orden de la naturaleza es objetivo: las leyes de la gravitación universal no dejarán de regir el universo porque la gente deje de creer en ellas. Mientras que los órdenes imaginados –el conjunto de reglas, valores y jerarquías que solo existen en la imaginación colectiva de los seres humanos– siempre están en peligro: dependen de mitos, y los mitos se desvanecen si la gente deja de creer en ellos. Cualquier orden imaginado es creíble no porque sea objetivamente verdadero, sino porque su credibilidad facilita cooperar para lograr un futuro que se espera mejor, aunque sea después de la muerte.
Lo primordial para asegurar la credibilidad en los órdenes imaginados –como la democracia, el capitalismo o el cristianismo– es jamás admitir que son imaginados.
Los órdenes imaginados no son conspiraciones maléficas. Aunque protegerlos demanda esfuerzos continuos, muchas veces violentos y coercitivos. Policías y tribunales trabajan sin descanso para preservarlos. Pero la violencia no es suficiente; los auténticos creyentes son indispensables. La cristiandad no habría durado tantos siglos si la mayoría del clero hubiera dejado de creer en Cristo, el Mesías prometido en el Viejo Testamento.
Lo primordial para asegurar la credibilidad en los órdenes imaginados –como la democracia, el capitalismo o el cristianismo– es jamás admitir que son imaginados. El libre mercado es el mejor sistema económico no porque lo dijera Adam Smith, sino porque cumple las leyes inmutables de la naturaleza. Las personas son iguales no porque lo dijera Thomas Jefferson, sino porque Dios las creó iguales.
Tres factores evitan que la gente comprenda que el orden organizador de sus vidas solo existe en su imaginación: i. Los órdenes imaginados están incrustados en la realidad objetiva; existen solo en la mente, pero se alojan en la realidad material circundante; ii. Las personas nacen en medio de órdenes imaginados; desde su nacimiento sus deseos serán modelados y condicionados por los mitos dominantes. Las defensas más tenaces de esos órdenes son esos deseos individuales; y iii. Todo orden imaginado es intersubjetivo, existe en la imaginación de cada persona y en la imaginación colectiva de miles y miles de personas. A diferencia de lo objetivo, que existe independientemente de las creencias y de la conciencia humanas, lo subjetivo existe en la conciencia y creencias de cada persona, y se esfumará si cambian sus convicciones.
Mientras que un orden imaginado –el sistema de creencias intersubjetivas– es un concepto abstracto, una comunidad imaginada es algo concreto: es el grupo de personas que se reconoce y cohesiona alrededor de ese sistema de creencias. La comunidad imaginada es “una comunidad de personas que no se conocen, pero imaginan conocerse […] Reinos, imperios e iglesias han funcionado durante milenios como comunidades imaginadas”, sentencia Yuval Noah Harari, siguiendo al historiador Benedict Anderson, autor de Imagined Communities: Reflections on the Origin and Spread of Nationalism (Verso, 1991).

En 1905 el sociólogo de la religión Max Weber publicó La ética protestante y el espíritu del capitalismo, ensayo que sostiene que las ideas religiosas del protestantismo, en especial del calvinismo, influyeron en el desarrollo del capitalismo. Casi un siglo antes de que Anderson y Harari usaran la noción de comunidad imaginada, Weber estudió la relevancia de la comunidad protestante para la historia de Occidente.
La mentalidad capitalista no es el reflejo de factores económicos, únicamente, sostiene Weber. Los valores culturales y religiosos que promueven el trabajo, la moderación, el ahorro y la acumulación de capital son los pilares de esa mentalidad. El protestantismo no menosprecia las actividades mundanas y la búsqueda de riqueza. Su ascetismo incentivó el trabajo secular y el ánimo empresarial. Esta moral del trabajo, prosaica comparada con la moral católica, sumada a la doctrina de la predestinación, hicieron que el éxito económico fuera visto como una señal de aprobación divina.
Estas creencias fomentaron la acumulación y la reinversión del capital, esenciales para el “espíritu” que animaba el capitalismo moderno. A diferencia de Sapolsky, que devela la irracionalidad del mundo moderno, Weber afirma que el espíritu del capitalismo promueve un “desencantamiento del mundo”, impulsado por la racionalidad y el desapego de las tradiciones mágicas.
El mundo desencantado de Weber estaría en la antípoda de un mundo como el del Egipto antiguo, en el que una teocracia absolutista dictaba leyes, organizaba el ejército y dirigía la religión. El faraón era considerado un dios y la figura central de una comunidad imaginada atiborrada de otras deidades (Ra, dios del sol; Osiris, dios de la muerte y resurrección; Isis, diosa de la vida; Horus, dios de la guerra; Set, dios del caos…). La economía, básicamente agrícola, dependía del Nilo y sus avenidas, y los excedentes se empleaban en la construcción de complicados monumentos funerarios de forma piramidal, con el esfuerzo de multitudes de esclavos.
Los egipcios creían que la muerte era una transición hacia una forma diferente de existencia: la vida eterna en el más allá. Los calvinistas creen que la muerte es el tránsito hacia el juicio final y la vida eterna; que la salvación es un don soberano de dios otorgado a los elegidos; y que la muerte física es el fin de la vida en la Tierra, pero el comienzo de la existencia eterna en presencia de dios. Dos caminos muy diferentes para llegar al mismo destino.
Las comunidades imaginadas más antiguas son las religiones politeístas. De ellas no quedan más que restos arqueológicos y abundantes mitos. Hoy prevalecen las religiones monoteístas. .
Poder y comunidades imaginadas
Las comunidades imaginadas más antiguas son las religiones politeístas. De ellas no quedan más que restos arqueológicos y abundantes mitos. Hoy prevalecen las religiones monoteístas. En general son de dos tipos: unas se basan en la fe y otras en la ilustración. Las primeras se edifican sobre verdades reveladas contenidas en escrituras consideradas sagradas; las segundas se cimentan en la iluminación emanada de la experiencia individual. Nadie ha declarado la guerra en el nombre de Buda o de Lao Tse, pero no hay día que no se asesine en el nombre de Jesucristo, de Yahvé o de Alá, dioses de religiones con profeta: Jesús, Moisés o Mahoma, (https://bit.ly/3ZpSOln).
La historia de las religiones monoteístas ha evolucionado en paralelo con la historia de Occidente, desde el imperio romano. El último hito de esta relación ocurrió el 8 de mayo de 2025: la fumata blanca en la chimenea de la Capilla Sixtina anunció la elección del pontífice número 267. El estadunidense-peruano Robert Francis Prevost fue elegido con más de 100 de los 133 votos de los cardenales convocados al cónclave, la forma de elegir al papa, vigente desde hace 749 años.

Prevost asumió el nombre de León XIV para representar a dios en una comunidad de más de 1.400 millones de fieles, cifra del Annuarium Statisticum Ecclesiae 2023 de la Oficina Central de Estadísticas Eclesiásticas de la Santa Sede. La avalancha de noticias sobre este evento no fue suficiente para anular la necesidad de tomarlo con sentido crítico. “¿Será progresista? ¿Será continuista? ¿Será conservador?, se preguntó la escritora y periodista española Nuria Labari. Cuando todos (sobre todo, todas) sabemos que da igual: será anacrónico” (https://bit.ly/4j7BhWd).
El papa es el infalible líder de una institución que, de muchas formas, choca con varias aspiraciones y valores de la modernidad, lo que la hace muy afín a las ideologías políticas conservadoras y reaccionarias.
En opinión de Labari el catolicismo es una comunidad imaginada contracultural. La fumata blanca es importante, pero “la fumata rosa que prendieron un grupo de mujeres en el Vaticano para reclamar la igualdad en la Iglesia debería serlo más”. Y no lo es, en buena medida, por el empeño del establecimiento mediático en opacar y difuminar los anacronismos del Vaticano.
El catolicismo Se opone al derecho a morir dignamente, defendido por quienes desean poner fin a su sufrimiento. Según la Iglesia Católica, la vida es un regalo de dios, sagrado desde la concepción hasta la muerte natural.
La Iglesia Católica está manchada “con tantos casos de pederastia que no pueden considerarse hechos aislados, sino una pauta de comportamiento que debe erradicar de forma urgente”, dice Labari. Y al otro lado del mundo, en Chile, el periodista Daniel Matamala acota que, durante años, esa iglesia ha dejado a miles de niños en manos de abusadores encubiertos por la jerarquía eclesiástica, generando un “sistema óptimo para el abuso”: niños cuidados y educados en la cultura de la culpa por hombres impedidos de tener actividad sexual, a quienes muchas veces deben confesar sus pecados, prevalidos del secreto de la confesión (https://bit.ly/3ZaY5x5).
Es una institución machista que no reconoce la igualdad de las mujeres dentro de la Iglesia y menos el derecho a decidir sobre sus cuerpos fuera de ella. También es homófoba, no acepta el matrimonio homosexual y condena la identidad de millones de fieles.
Se opone al derecho a morir dignamente, defendido por quienes desean poner fin a su sufrimiento. Según la Iglesia Católica, la vida es un regalo de dios, sagrado desde la concepción hasta la muerte natural; la eutanasia y el suicidio asistido son considerados homicidio, bajo cualquier circunstancia.
Durante más de dos siglos la ideología del laicismo, originada en la Revolución Francesa, ha intentado separar al Estado de las comunidades religiosas. La iglesia católica no levantó la prohibición de votar hasta 1919 (http://bit.ly/4mt8oXm) y en la actualidad siguen vigentes más de 200 acuerdos (incluso concordatos) con unos 50 estados, además de extensas relaciones diplomáticas a nivel mundial.
En el siglo XX los países comunistas persiguieron, controlaron y en varios casos captaron a las iglesias cristianas. Trataron de abolir la religión, hostigando a sacerdotes y feligreses, asesinándolos, encarcelándolos y sometiéndolos a trabajos forzados. En Rusia habrían sido asesinados unos 200.000 miembros del clero ortodoxo. En Rumania y Bulgaria los líderes religiosos fueron obligados a una sumisión absoluta. En Checoeslovaquia y Polonia los gobiernos clausuraron conventos, disolvieron órdenes religiosas y controlaron la jerarquía eclesiástica. Sin embargo, a pesar de todos los esfuerzos del establecimiento comunista, en la Europa oriental contemporánea el porcentaje de la población que profesa algún culto religioso oscila entre un 28% en los países más secularizados como la República Checa, hasta más de 80% en Rumania (https://bit.ly/3Zn8tSz).
La República Popular China, con casi 18% de la población mundial, es un régimen totalitario de partido único oficialmente ateo, empeñado desde la época de Mao Zedong en suprimir cualquier forma de religión organizada. Tal vez el caso más conocido es la represión del budismo tibetano. El Dalai Lama huyó de esa región autónoma en abril de 1959 (https://bit.ly/4n6zZhq). Durante el dominio chino habrían muerto entre 200.000 y 800.000 tibetanos, lo que ha sido negado por las autoridades. Lo que no han podido negar es la destrucción de la mayoría de los monasterios durante la Revolución Cultural, en los 60 y 70 del siglo pasado.

La represión fue especialmente intensa en1993-1994. Cientos de activistas a favor de la independencia fueron encarcelados. La mayoría eran monjas y monjes budistas detenidos por apoyar pacíficamente la independencia. Unos permanecieron detenidos sin cargos ni juicios durante largos periodos; otros fueron condenados a prisión tras juicios evidentemente injustos. Muchos fueron torturados (https://bit.ly/449ThKa).
Se podría decir que la República Popular China ha tenido éxito en extirpar la religiosidad y las religiones. Sin embargo, “ahora se encuentra atrapada en una oleada de superstición […] creciendo en el vacío dejado por la fe institucional y ampliado por una sociedad de Internet hiperconectada”, dice Ansel Li, politólogo y cinólogo (https://bit.ly/3HwvvQO).
En 2021 China prohibió todo contenido religioso en los sitios de comercio electrónico. Hoy en día los artículos espirituales más preciados son objetos pequeños, en especial cristales que supuestamente atraen riqueza, bloquean la mala energía y equilibran las fuerzas internas. Los lectores del tarot se autopromocionan como “consultores emocionales”, y los vendedores de horóscopos operan desde sitios web extranjeros. Desde finales de 2024 la plataforma de IA DeepSeek comenzó a participar en el comercio espiritual, llegando en solo 20 días a registrar 20 millones/día de usuarios activos. “En un momento dado, sus servidores se bloquearon por el volumen excesivo de personas que solicitaban horóscopos”, escribe Li.
El auge de la superstición se ha convertido en una olla de presión en la que se cuecen problemas profundos: desaceleración económica, estrés laboral, agotamiento, agresividad en línea y, sobre todo, una desesperada necesidad de significado. Esta ola de supersticiones “muestra que cualquier espacio vacío de significado será llenado rápidamente por algoritmos más inteligentes, y que el precio de estas ilusiones siempre recaerá sobre los más preocupados, los más desequilibrados y los más ansiosos por creer”, concluye Li.