viernes, septiembre 4, 2026

Relato de una insurrección fallida en Venezuela

Es la primera vez que el sargento de la Guardia Nacional Bolivariana, de Venezuela, Juan Francisco Toledo, cuenta su historia sin llorar. Al calor de la insurrección que dirigió Juan Guaidó, Toledo fue uno de los cientos de militares que desertaron del ejército de Nicolás Maduro. Así fue la insurrección fallida, y el escape, contado por su protagonista.

Por: Iván Andrés Gutiérrez González / Periodista - Magíster en Comunicación Corporativa

Mientras escapaba pensaba en los 23 años de carrera militar que dejaba atrás. Toda una vida al servicio de las armas y ahora esas mismas armas lo perseguían. Tanto tiempo en la milicia le enseñó a estar preparado, inclusive para cuando tuviera que dejarla sin avisar. Acostumbraba llevar puestas una pantaloneta y camiseta debajo del uniforme verde oliva de la Guardia Nacional Bolivariana de Venezuela por si se veía en la obligación de quitárselo por asalto, como ocurrió aquella madrugada. Escapaba y se desvestía. Escapaba abriéndose camino entre árboles de pino. Escapaba en la oscuridad. Escapaba sin saber a dónde ir. Escapaba.

El sargento Juan Francisco Toledo Martínez era uno de los guardias de más rango en el Escuadrón Montado ubicado en el barrio caraqueño de Cotiza y que apenas unas horas antes se había levantado en armas contra el gobierno de Nicolás Maduro. Aquella sublevación del pasado lunes 21 de enero nació del desespero de 42 militares agotados de ver cómo los oficiales y altos grados eran los únicos que se beneficiaban de un régimen que –según Toledo- hace tiempo le dio la espalda a la tropa. “Había varios compañeros que llevaban más de 45 días de servicio sin descanso. Yo veía mucha arbitrariedad y cosas como esas nos tenían muy desmoralizados”, dice.

Memorando de la Dirección de Migración de Venezuela notificando las prohibiciones para los militares que salen del país.

Y recuerda el caso de un sargento de apellido Ávila. Resulta que su esposa tuvo un parto prematuro y el bebé no sobrevivió, entonces él había pedido varios días de permiso para hacerse cargo. Durante una revista a la tropa su ausencia irritó al oficial  al mando de la unidad y éste decidió declararlo desertor, abrirle una investigación y retenerle el sueldo.

El domingo previo a la revuelta, Toledo –adiestrado en labores de inteligencia- había estado de civil haciendo contactos entre los pobladores de Cotiza, un barrio popular de Caracas que a sus espaldas limita con las montañas del Parque Nacional El Ávila y cuyos vecinos están acostumbrados a la lucha. No parece casualidad que el municipio al que pertenecen se llame El Libertador, y que uno de sus alcaldes entre 1995 y el 2000 fuera el reconocido opositor Antonio Ledezma, hoy asilado en España.

Antes de regresar a la base, el sargento Toledo había concretado el apoyo de cerca de 200 personas, la mayoría armadas por su cuenta. “Les habíamos dejado claro que nadie iba a disparar, y mucho menos los civiles. Si pasaba algo los únicos que podían usar las armas éramos nosotros. No queríamos una masacre”.

Con el paso de las horas la situación empezaba a salirse de control. Primero por los vándalos llegados de otros barrios que se habían infiltrado en la protesta para saquear los comercios.

Cuando anocheció todo estaba preparado. Lo último que hicieron los 42 guardias como compañeros dentro de la disciplina militar fue comer. Hubo sándwiches y café. Tras pasar por el depósito de armas, encender los Jeeps y las tanquetas y ponerle un candado –más simbólico que seguro- a la puerta del comando se marcharon calles arriba para tomar posiciones y asegurar el barrio.

El sargento Toledo portaba su arma de reglamento, una Browning 9 mm con 13 cartuchos en el cargador, y un fusil Kalashnikova (más conocido como AK 47) junto con tres proveedores, cada uno con 30 proyectiles. Algunos de sus compañeros llevaban fusiles de asalto, escopetas y lanzagranadas. “No teníamos más armas –aclara- porque nuestra intención no era batirnos a plomo con nadie”.

Serían las 2 o 3 a.m. Contenedores de basura y llantas ardiendo bloqueaban las calles de ingreso a Cotiza y las manifestaciones de los vecinos llamaban la atención y rompían con el silencio habitual de esas horas.  Los videos grabados con el celular en los que uno de los sargentos, Figueroa, pedía apoyo a los venezolanos se difundían con rapidez en las redes sociales. “Decidimos grabar los videos cuando vimos que un general que nos había prometido su apoyo ahora nos dejaba solos. Necesitábamos que la gente supiera lo que estaba pasando. Que supiera que había militares que respaldábamos al pueblo”.

Cotiza ardía por dentro. Con el paso de las horas la situación empezaba a salirse de control. Primero por los vándalos llegados de otros barrios que se habían infiltrado en la protesta para saquear los comercios. Segundo, porque a la avanzada de policías que había madrugado para hacerse cargo de la asonada ahora se sumaban efectivos de la misma Guardia Nacional enviados para repelerla por las buenas o por las malas. Los militares sublevados ahora estaban acordonados y los vecinos empezaban a echarse hacia atrás.


Los documentos que acreditan su pertenencia a la Guardia Nacional, que lo acompañaron en su escape de Venezuela hacia España.

“Los primeros en llegar fueron policías del sector. Cuando nos vieron pensaron que nosotros también estábamos tratando de controlar la manifestación, pero les explicamos la situación y los invitamos a unirse. No aceptaron y entonces les advertimos que si nos atacaban o atacaban al pueblo les responderíamos con fuego”, recuerda Toledo.

Cuando amaneció el lunes, la imagen con la que se despertaban los venezolanos era la de una pequeña revolución fallida en Cotiza. Los medios de comunicación –como pudieron- transmitieron pedazos de noticias. A esa hora los gases lacrimógenos lanzados por la Guardia Nacional ya habían logrado su cometido: dispersar la revuelta y arrinconar a los militares.

“Nos vimos rodeados y decidimos negociar. Nos prometieron que respetarían nuestros derechos, y que no nos llevarían ni a la Prisión Militar de Ramo Verde ni al Helicoide, donde funciona el servicio de inteligencia”, relata Toledo, quien admite que este último es escenario de torturas y vejámenes. Justamente allí fue trasladado hace varias semanas Édgar Zambrano, el vicepresidente de la Asamblea Nacional de Venezuela y aliado de Juan Guaidó.

Tras la rendición, al sargento Toledo y sus compañeros los mantuvieron bajo vigilancia durante todo el día en el mismo alojamiento que solían ocupar en la unidad militar de Cotiza. No habían probado bocado desde la noche anterior y apenas tenían acceso a un dispensador de agua y a un televisor en el que veían las secuelas de su sublevación. Los videos grabados por el sargento Figueroa se repetían una y otra vez en los informativos.

“Yo sabía que a mí me iban a matar porque uno sabe cómo es el asunto. Yo soy militar y sé que no puedo confiar en los militares. Y menos en un oficial”.

Acta notificación de la Cancillería de Colombia para el sargento Toledo.

Precisamente esas imágenes ahora se volvían en su contra: “A Maduro no le gustó el video que grabamos y cuando se dio cuenta del alcance que había tenido entre los venezolanos entonces decidió desconocer las negociaciones –asegura Toledo-. Supimos que nos iban a mandar para Ramo Verde y que nos querían quitar el fuero militar para juzgarnos por rebelión como civiles. Todo por el video”.

Reunidos en un costado del alojamiento, los militares tuvieron que decidir cuál sería el siguiente paso. Unos, los de más trayectoria, votaron por fugarse, y otros, los de menos años en el servicio, por quedarse, confiar en el trato que habían hecho y esperar un juicio justo. Toledo estaba entre los que decidieron escapar. “Yo sabía que a mí me iban a matar porque uno sabe cómo es el asunto. Yo soy militar y sé que no puedo confiar en los militares. Y menos en un oficial”.

Fueron unos 20 los guardias que alistaron la huida. Esperaron bien entrada la noche, quitaron dos ventanas del baño y saltaron a un estacionamiento ubicado en la parte trasera de las instalaciones. Apenas una malla con lona verde los separaba de las montañas. Mientras la cruzaban, los dos centinelas de las garitas que custodiaban cada extremo parecían no verlos. “Hubo militares que se dieron cuenta que nos estábamos fugando y nos apoyaron mirando para otro lado y no haciendo nada”.

Las horas corrían en contra. Ya era martes de madrugada. Cuando encontraron una carretera, –la mayoría en camiseta, pantaloneta y botas dobladas hacia abajo- se dividieron en dos grupos: los que se refugiarían en Caracas y los que, como Toledo, irían para el oriente del país. “Éramos siete los que nos montamos en la parte de atrás de un camión lleno de verduras que iba para Puerto La Cruz. Hicimos hueco y nos camuflamos. También aprovechamos para comer algunos plátanos”.

“No teníamos dinero y caminamos un tramo largo hasta que vimos un bus estacionado y convencimos al conductor para que nos llevara. Cuando llegué a mi casa eran casi las nueve de la noche»,

Varios de los que eligieron Caracas fueron arrestados en las horas siguientes y algunos se entregaron voluntariamente. Actualmente, 24 sargentos están presos y acusados.

El recorrido a bordo del camión entre Caracas y Puerto La Cruz duró algo más de cinco horas. Por el camino se habían bajado varios de los guardias, así que Toledo y los que quedaban decidieron pasar la tarde cerca de un estadio de béisbol para no llamar la atención mientras oscurecía. Otra vez necesitaban la noche.

“No teníamos dinero y caminamos un tramo largo hasta que vimos un bus estacionado y convencimos al conductor para que nos llevara. Cuando llegué a mi casa eran casi las nueve de la noche. Tomé mis documentos personales y me fui”, recuerda el sargento Toledo. Y añade: “Después supe que a las seis de la mañana del siguiente día la Guardia había allanado al mismo tiempo mi casa, la de mi mamá y la de una hermana”.

La decisión de salir de Venezuela estaba tomada. La pregunta era cómo. Desde noviembre de 2018 las autoridades migratorias habían expedido un memorando en el que todo militar activo que quisiera cruzar la frontera terrestre, marítima o aérea debía presentar “una hoja de comisión o autorización para viajar al exterior”. Ese requisito se hacía extensivo también para los militares retirados en situación de reserva activa.

En el caso del sargento Toledo, además de no tener dicha autorización, era buscado, primero por desertor y luego por fugitivo. La opción más viable era desplazarse a la frontera con Cúcuta y tratar de cruzar por una de las tantas trochar utilizadas por los que hacen negocio contrabandeando mercancía y pasando personas. Un compañero activo dentro de la Guardia Venezolana lo ayudó.

“En Venezuela muchos militares no están conformes con el gobierno, pero saben que o se pasan al otro lado a huir o siguen aguantando. Aguantan, pero no están bien”.

“En la frontera —relata Toledo— me encontré con mi hija, mi yerno y mis dos nietos. Ellos también decidieron irse del país. Pagué 250 dólares para que nos pasaran al otro lado”. Primero los pasaron a ellos y luego a él. El camino para cruzar duró algo más de una hora porque les tocó dar un rodeo y detenerse en un retén de un grupo armado. “Nos pidieron vacuna para dejarnos pasar. A algunas personas que no tenían dinero para pagar las requisaron y robaron”.

Cuando llegó a Cúcuta aún no se sentía a salvo. Pensaba en los militares venezolanos que —según Toledo— cruzan como infiltrados. También en la forma de llegar a su destino final: España. Cuenta que tuvo que servirse otra vez de su compañero dentro de la Guardia y de 500 dólares para que un contacto en las autoridades migratorias de ambos lados le pusiera en el pasaporte los sellos como si hubiera salido de Venezuela y entrado a Colombia legalmente. Así, tras más de un mes escondido, pudo comprar un tiquete aéreo y viajar hacia Madrid desde Medellín, a mediados de marzo pasado.

Ahora, sentado en un parque, vestido con la camiseta de la selección de fútbol de su país, y sosteniendo una maleta azul en la que carga fotografías y documentos que atestiguan más de dos décadas entregadas a su país, relata su historia. La ha contado varias veces, algunas a funcionarios encargados de los trámites de asilo y otras a personal de apoyo psicológico y social. Dice que ésta es la primera vez que la cuenta sin llorar.

“En Venezuela —finaliza el sargento Toledo— muchos militares no están conformes con el gobierno, pero saben que o se pasan al otro lado a huir o siguen aguantando. Aguantan, pero no están bien”.

Texto y fotos: Iván Gutiérrez Marrtínez, periodista colombiano, desde Madrid, España. Especial para Plan V

Iván Andrés Gutiérrez González / Periodista - Magíster en Comunicación Corporativa

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