domingo, marzo 15, 2026

Zarigüeya: oda al marsupial que no es terrorista

El pequeño mamífero es una especie amenazada. Las declaraciones del Ministro de Energía, sobre zarigüeyas potencialmente saboteadoras, aumentan el estigma contra el animal.

Redacción Plan V

Por: Redacción Plan V

“Pasan cosas raras: hubo un accidente que fue una falla humana o vino una zarigüeya y quemó la subestación o un globo metálico topa una línea de 69kw”. A todas luces, se trató de un lapsus o una salida desesperada del ministro de Energía, Antonio Gonçalves.

Así trató de explicar la militarización de las centrales eléctricas, en vísperas del apagón nacional del miércoles 18, para evitar cualquier acto de sabotaje. Todo un ejército en contra de una humilde zarigüeya… Pero eso dijo en Teleamazonas, en entrevista con Milton Pérez.

La incomprendida zarigüeya, también conocida como raposa, tiene detractores no solo en el Gobierno. En las carreteras del noroccidente de Pichincha, la calzada se cubre con espantosas alfombras hilvanadas con los cadáveres atropellados de esta especie aún común en Ecuador.

En las ciudades, en cambio, los vecinos que habitan en faldas de montaña o a la vera de quebradas todavía las confunden con ratas gigantes y les caen a palazos. Y en los valles, no faltan agricultores que lanzan a sus perros contra las zarigüeyas para evitar que se coman los huevos de sus gallinas.

Y ni hablar de los pirómanos: los incendios en los cerros orientales de Quito han convertido esas tierras en camposantos de zarigüeyas, puercos espín, conejos, ardillas, armadillos y demás mamíferos menores, amén de anfibios y reptiles.

En verano, particularmente, llegan dos zarigüeyas a la semana a centros de rescate como el Zoológico de Guayllabamba o al Hospital Veterinario de la Universidad San Francisco de Quito. Quemaduras, mordeduras letales y traumas craneoencefálicos ponen sus vidas al límite.

Capítulo aparte merecen ciertas prácticas en que se usa al marsupial para «actos de brujería» o se consume su carne para «curar» algún mal.

La mamá de esta cría de zarigüeya fue atropellada en Lita, Imbabura. El animalito fue atendido por el Zoo de Quito. Foto: http://www.quitozoo.org

Un gran propagador de semillas

Todos estos estigmas, mitos, desconocimiento o lapsus oficiales aumentan el nivel de riesgo de un animal que, pese a sus innumerables servicios ambientales, se encuentran en la lista roja de los mamíferos de Ecuador aún con un nivel de preocupación menor.

En defensa de la humilde e incomprendida zarigüeya hay que decir, de entrada, que no se trata de un roedor sino de un marsupial. En el país, dos especies son las más comunes: Didelphis marsupialis, en las zonas bajas, y Didelphis pernigra, a partir de los 2.000 m.s.n.m. Didelphis quiere decir dos úteros.

Mapa de distribución potencial de Didelphis pernigra

Es un animalito de hábitos nocturnos, diestro para trepar por los árboles, pero muy asustadizo ante la presencia humana. En el día se esconde en troncos huecos, grietas de peñas y quebradas, o entre rocas. Es un verdadero espectáculo verlo caminar con sus múltiples crías en el lomo.

Las zarigüeyas tienen hábitos nocturnos, son muy asustadizas ante la presencia humana y trepan árboles con destreza. Foto: Canva

La zarigüeya común es un controlador biológico: se alimenta de escorpiones, arañas, frutos, vegetales, flores y muy eventualmente de vertebrados menores, como un ratón. El largo y erizado pelaje de su lomo es un magnífico transportador y propagador de semillas.

Un tesoro antiofídico

El sistema inmunológico de este marsupial es un prodigio. Por ello, desde los 90 se desarrollan estudios de antídotos contra veneno de serpientes, a partir de dos proteínas en su sangre, la DM43 y la DM64, las cuales las protegen de mordeduras de, por ejemplo, las temibles cascabel tropical o la yarará: un verdadero demonio para la gente del Chaco y el Paraná. Aunque aún no se ha comercializado un suero desarrollado a partir de tales proteínas.

En Ecuador, en los últimos cinco años, se ha registrado un promedio de 1.100 mordeduras de serpiente anuales, de las cuales alrededor del 13,5 por ciento corresponde a mordeduras graves. Manabí, Morona Santiago, Guayas y Los Ríos son las provincias de mayor incidencia.

El animal mimado por la luna y las estrellas

Piezas arqueologicas de zarigueyas
Una bellísima alegoría a la zarigüeya en esta pieza Jama Coaque, que pertenece a Casa del Alabado. A la derecha: réplica de un figurín de tlachuache, de los mexicas del 1.200 d.C.

La cultura Jama Coaque, en lo que hoy es Manabí, era una civilización de navegantes y alfareros. Miraban más a la luna que al sol, en sus largas noches de pesca en alta mar. Asociaban los ciclos del satélite con los ciclos de fertilidad y gestación de las zarigüeyas (en su caso Didelphis marsupialis). Y miraban al pequeño mamífero como un símbolo de la vida que se destruye y se recrea, pues uno de los mecanismos de defensa del marsupial es la tanatosis o inmovilidad tónica, un comportamiento en que todos los músculos se contraen, como si el animal hubiese alcanzado ya la rigidez cadavérica.

En las provincias de Morona Santiago y Zamora Chinchipe, en cambio, la memoria de los ancianos y maestros shuar recuerdan al guerrero Kujamchan: el hombre-zarigüeya. Una noche en la profundidad de los tiempos y entre lianas, pambiles y altos romerillos, Kujamchan trepó hasta la luna. Las sombras de los cráteres y valles que vemos desde la Tierra son las pisadas del hombre-zarigüeya, quien trepó al satélite para proteger los ciclos de vida de las más de 2.030 especies de flora en la cordillera del Cóndor.

En Centroamérica, en cambio, la zarigüeya es como un Prometeo de cuatro patas, porque también robó el fuego para disfrute del resto del mundo. Por esas tierras se lo conoce más como tlacuache. Y una leyenda náhuatl dice que el fuego cayó de una estrella y era custodiado por gigantes de las montañas que habían formado ejércitos de jaguares para que nadie robara ni una llama. El astuto tlacuache encendió su cola en la brasa, burló a los jaguares y llevó el fuego al resto de humano. Tlacuache, de hecho, viene de la palabra náhualt tlacuatzin, que quiere decir “el pequeño que come fuego”.

Si ves una zarigüeya herida, puedes comunicarte con los siguientes teléfonos:
Unidad de Policía Ambiental: (02) 219 0039
Zoológico de Quito: (02) 359 1142
Hospital Veterinario USFQ: 098 735 3821.

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