La posdemocracia es otro concepto creado en tiempos de la posmodernidad y la posverdad, para entender o dejar de entender esa especie de caos en el que se convirtió el mundo, con guerras en muchas partes sin que se sepa exactamente cuál va a ser el final de las mismas. Rusia ocupando el 20% de Ucrania, Israel el 70% de la franja de Gaza y Estados Unidos desplegando a su poderosa flota militar en las costas del Caribe, cerca de Venezuela, buscando, ¿la caída de Maduro? o ¿controlar las rutas del narcotráfico generado desde ese país por el Cartel de los Soles?
¿Es el fin de un orden mundial o el inicio de un nuevo desorden mundial? Hoy pareciera que la democracia ya no es ni el paradigma ni el motor del desarrollo político como pasaba hasta hace solo medio siglo. Hay señales que así lo evidencian, porque el papel de las organizaciones internacionales creadas para prevenir conflictos y resolverlos por la vía pacífica, como las Naciones Unidas, la OEA o la Unión Europea han dejado de tener sentido.
El mundo está en la disyuntiva entre gobiernos democráticos y autocráticos, algunos con velo democrático, como El Salvador, y otros con un estilo totalmente dictatorial (como la Rusia de Putin, la Norcorea de Kim, la Turquía de Erdogan, el Irán de los ayatolas, entre otros). Por eso no sorprende la declaración reciente del presidente estadounidense Donald Trump, que sostiene que a muchos de sus compatriotas “no les desagradaría tener como gobernante a un dictador”.
La última reunión de Trump con Putin en Alaska dejó en claro que ambos líderes son lo suficientemente fuertes y tozudos como para no permitir que se cambie su visión del mundo y que una tregua o un acuerdo de paz con Ucrania es casi imposible de lograr si es que el presidente Zelenski (que no es del agrado de ninguno de los dos líderes) no cede a todas las pretensiones de Moscú y entrega todos los territorios que Rusia ha conquistado, deja el poder y abre el espacio a un líder títere de los rusos en su país.
El orden mundial establecido tras la Segunda Guerra Mundial vislumbraba que la democracia debía ser la forma ideal de gobierno a través de elecciones libres, división de poderes y expansión de los derechos humanos dentro del Estado de derecho, reconociendo al pluralismo como la mejor forma de coexistencia. Esa gran utopía se ha desvanecido.
El mundo está en la disyuntiva entre gobiernos democráticos y autocráticos, algunos con velo democrático, como El Salvador, y otros con un estilo totalmente dictatorial.
El historiador estadounidense Samuel Huntington en su obra El choque de las civilizaciones se refería a la “tercera ola”, que comprende los procesos democratizadores de las dos últimas décadas del siglo XX separando a los países del sur de Europa con los del Este. También hablaba del fracaso del comunismo, del militarismo desarrollista de los modelos de gobiernos sultanistas, pero la tendencia de este tipo echó raíces en algunos regímenes adscritos al socialismo del siglo XXI en Latinoamérica, sin que lo pueda vislumbrar este autor.
La transformación de la que hablaba Huntington, a finales del siglo pasado, se tradujo en un impulso novedoso en la política y en una agenda de la “calidad de la democracia” consistente en la medición de su comportamiento de acuerdo con aproximaciones teóricas iniciadas y desarrolladas por Guillermo O’Donnell y Leonardo Morlino. Hubo avances en materia de análisis de la democracia a partir de la evaluación de sus componentes. Freedom House, The Economist Intelligence Unit, la Fundación Bertelsmann, IDEA Internacional y el Proyecto V-DEM encaminaron dichos estudios.
Sin embargo, ha surgido otra forma de caudillismo, avalado por el voto de los ciudadanos, posibilitando la eternización de líderes de características mesiánicas, como Hugo Chávez (Venezuela), Evo Morales (Bolivia), Rafael Correa (Ecuador) o los Kirchner (Argentina).
Entretanto, luego de la pandemia apareció una especie de fatiga en algunos países del llamado marco democrático. Surgió la desconfianza en las instituciones, la democracia perdió valor y la crisis de la representación política caracterizada por la polarización y la crisis de los partidos políticos fueron patentes. Esto, sumado a líderes poco capaces surgidos de coyunturas del momento, así como los pésimos resultados en la lucha contra la inseguridad y la penetración de los modos de delito internacionales como la trata de personas, el narcotráfico y el tráfico de armas ayudaron al descrédito de la política.
Este escenario se completó con una sociedad transformada por la revolución tecnológica: individualismo, identidades diferentes en las recién surgidas redes sociales (cambiando formas de interacción social previas), los nuevos mecanismos de información y comunicación personalizados, inmediatos y virales, y el imperio de la posverdad (con la presencia de formas de manipulación de la realidad a través de las fake news y el Deep fake).
Así se fue consolidando la denominada “sociedad del cansancio”, como la señala Byung-Chul Han, que profundizó los conceptos de “sociedad líquida” planteados por Zygmunt Bauman y la democracia en su forma tradicional dejó de ser el motor del desarrollo político.
Actualmente, quienes gobiernan el mundo son los conglomerados tecnológicos empresariales, cuyo poder económico es indescriptible, y han aprovechado que los comportamientos de los seres humanos se han vuelto impredecibles y tras estar encerrados en sus hikikomoris o celdas, como plantea Byung-Chul Han, han desarrollado nuevas formas de acción colectiva incompatibles con una democracia hoy desarticulada, abriendo las puertas a un escenario de posdemocracia donde la polarización afectiva es la regla.
Disrupciones y polarización
Hoy ya no se habla del multilateralismo como vía a un orden mundial mínimamente operativo, sino que han surgido con mucha fuerza tres fenómenos, a los que se suma la inteligencia artificial (IA).
El primero es la capacidad autodestructiva propia de la democracia. Hay actores cuyo comportamiento es desleal o “semileal”, como pasa con Vladimir Putin, presidente gracias al voto popular, pero hoy un autócrata que controla todos los poderes en Rusia. Lo mismo que sucede con el chavismo y con Maduro en Venezuela, Daniel Ortega en Nicaragua y Nayib Bukele en El Salvador, que no han dudado en hacer cambios a las constituciones para perennizarse en el poder, sean de la ideología política que sean.
El segundo se relaciona el camino que tomó el presidente estadounidense Donald Trump y muchos de sus simpatizantes en Europa y América Latina. Su comportamiento contrario a los derechos humanos y a agendas sociales diversas, así como la creación de chivos expiatorios para volcar la ira de una ciudadanía seducida por esta denominada “verdad alternativa” o posverdad. La proclama nacionalista y el ataque a los medios de comunicación independientes, a los intelectuales y opositores yéndose contra el pluralismo.
En tercer lugar, el modelo de éxito económico y la transformación social en educación y salud de China. De esta manera, el sistema autoritario chino (una especie de monstruo de dos cabezas, con un sistema político y uno económico) con una penetración intensa en muchas partes del mundo.
La IA es un instrumento disruptivo que incide en la desinformación e impulsa el conocimiento de las preferencias de la gente a través de algoritmos, volviendo obsoleta la participación política tradicional. No será raro que la forma en la que el electorado vaya a las urnas cambie, así como la elección de sus representantes. La posdemocracia es un espacio incierto que es consecuencia del asedio histórico contra la democracia representativa.
Hoy ya no se habla del multilateralismo como vía a un orden mundial mínimamente operativo, sino que han surgido con mucha fuerza tres fenómenos, a los que se suma la inteligencia artificial (IA).
Para Joaquín Hernández, filósofo y catedrático, “vivimos en un mundo enrarecido donde no se defienden causas ni ideas sino gustos y nos contradecimos sin problema”. Es decir, en el mundo contemporáneo «se vive sin poder dar explicaciones a lo que está pasando. El rumbo que está tomando el mundo parece no tener una dirección clara”.
Agrega Hernández que “inevitablemente, nos preguntamos: ¿hacia dónde vamos?; ¿va a haber tiempos mejores?; ¿hemos en realidad dejado atrás los horrores y las barbaries del pasado hasta el punto de que podemos asegurar que no serán repetibles? El mundo actual es un mundo en guerra: Ucrania, Gaza como ejemplos”.
Para el académico “también hay otro tipo de guerras no menos letales, las del narcotráfico en Colombia, México, Ecuador, Perú, Chile, en diferentes intensidades. O las que protagonizan multitudes de seres humanos, migrantes, en búsqueda desesperada de otra forma de vida”.
Parafraseando al autor, hay un sentimiento de orfandad, con la certeza de que se vive una época diferente a todas las anteriores de la historia de la humanidad
El sentimiento de orfandad que se vive surge de la convicción de que nuestra época es absolutamente distinta a las anteriores. No existen referentes del pasado a los que se puede acudir (como en la metáfora del anciano de la tribu). Como consecuencia, el presente no es inteligible hay que vivir la dictadura de los hechos sin saber si los sacrificios de hoy permitirán un mañana mejor.
En el diario El País, de Madrid Wolfram Eilenberger, filósofo y escritor alemán, en el artículo La agonía de la libertad, basado en la trilogía de las grandes novelas de Thomas Mann, Los Buddenbrooks, La montaña mágica y Doctor Faustus, diagnostica estos síntomas: la permanente irritabilidad de los ánimos; la imposibilidad de discutir sin terminar en pelea; el fracaso para construir consensos y la preferencia por el autoritarismo. “La victoria del primitivismo más arcaico”, como Mann anticipó en Doctor Faustus.
El nuevo desorden mundial
Una cosa es Rusia y otra muy diferente fue la Unión Soviética. Rusia es un gran país, con grandes extensiones de tierra que, en su tiempo, abarcaron tres continentes. Gran parte de ese territorio es de estepas heladas. Llenas de hielo, pero con minerales, gas y petróleo. Algún analista dijo que, en su momento, Rusia tenía más territorio que historia. El ruso es mestizo, una mezcla de vikingo, mongol y eslavo (este término que deriva de la palabra esclavo, de los antiguos germanos), un país profundamente místico, de espíritu muy oriental y bárbaro, con la huella de las hordas de Gengis Kan.
Un país que fue víctima del ensayo marxista (que es una ideología apátrida), concebida para ser aplicada en países industrializados como Inglaterra o Alemania, pero aplicado en un país agrícola, que saltó del sistema feudal al socialismo, saltándose el capitalismo, como Rusia.
El marxismo soviético derivó en dos vertientes: la de carácter nacional (representada por el nazismo alemán) y la de carácter internacional (el Soviet). Por ello se considera que la Segunda Guerra Mundial fue la última guerra ideológica donde ganaron los Internacionalistas que impusieron el nuevo orden Mundial, el de la ONU, el FMI, el Banco Mundial y Bretton Woods. Allí se comprende el apoyo que recibió Rusia por parte de EE.UU. que le dio las armas para que los rusos pongan los muertos.
Por eso el Globalismo tiene dos vertientes: el comunismo y el gran capital. Los unos utilizan las tarjetas de crédito y los otros las tarjetas de racionamiento. Hoy domina el mundo el supra capitalismo de las off shore y el marxismo cultural reencauchado en la cultura woke. Parecería que la democracia dejó de ser el motor del desarrollo político que fue durante el último medio siglo y hay señales que así lo evidencian.
Hoy domina el mundo el supra capitalismo de las off shore y el marxismo cultural reencauchado en la cultura woke. La democracia dejó de ser el motor del desarrollo político.
¿El mundo está condenado a la posdemocracia?
La democracia sigue siendo atractiva para pueblos con regímenes autoritarios, pero tanto las viejas como las nuevas democracias están en crisis. La democracia en el Norte global es solo parcial y las democracias reales son híbridas y “mestizas”. Los cambios sociales y los nuevos desafíos del siglo XXI son demasiado fuertes para repetir viejos modelos.
Tras la caída del Muro de Berlín, en uno de los ensayos políticos más exitosos a escala mundial de fines del siglo XX, El fin de la Historia, Francis Fukuyama escribía: “que la democracia liberal podía constituir “el punto final de la evolución ideológica de la humanidad, la forma final del gobierno humano, y como tal marcaría el «fin de la Historia”.
Mientras las anteriores formas de gobierno tenían muchos defectos e irracionalidades que condujeron a su colapso, las democracias liberales estaban libres de esas contradicciones. Si bien algunos países pueden no alcanzar una democracia liberal estable y otros pueden caer en formas más primitivas de gobierno, como la teocracia o la dictadura militar, no se puede mejorar el ideal de la democracia liberal, decía Fukuyama.
Menos de tres décadas más tarde, esto suena poco real. Desde mediados de la década de 2010 hay una paradoja: muchos pueblos sometidos a regímenes autoritarios buscan volver a la democracia. En contraste, la crisis de los regímenes representativos, tanto en las viejas democracias como en las más jóvenes, se ha generalizado y afecta a todos los continentes. En este plano, como en otros, es un cambio de época pero no se sabe a cuál.
La representación política basada en los partidos está en crisis en los países donde hay multipartidismo, pero también en una China gobernada por un partido único. Se suele decir que la democracia es un sistema en crisis perpetua, lo que implica una crítica permanente de sus propios fundamentos.
Muchos indicios señalan que es una era de ruptura. Además de las variantes autoritarias como el Partido Socialista Unido de Venezuela, el Partido de la Justicia y el Desarrollo turco o el Partido Comunista chino, los partidos de masas de las sociedades occidentales que se extendieron en regiones como Sudamérica, China, la India y el sudeste de Asia casi han desaparecido.
Desde mediados de la década de 2010 hay una paradoja: muchos pueblos sometidos a regímenes autoritarios buscan volver a la democracia.
El Estado de bienestar sigue en retirada. Se apoyaba en un fuerte movimiento obrero, hoy desorganizado, pero también en el hecho de que lo que se llamaba Occidente permitía políticas distributivas significativas. La globalización, con hegemonía del capital financiero, socavó los Estados de bienestar occidentales y favoreció a sectores sociales privilegiados.
La situación del Sur global es más heterogénea. En los países emergentes, el capitalismo salvaje y el establecimiento de Estados de bienestar más bien modestos coexisten en tensión. El contraste se establece entre los países en los que las clases dominantes tienen un proyecto real de desarrollo y aquellos donde los Estados (autoritarios o democráticos) están en manos de depredadores. Que los regímenes sean democráticos o autoritarios no hace diferencia, porque la pobreza estructural y las tensiones dan lugar a mayores crisis, guerras, incluso colapso de países. Las migraciones a gran escala son una de las consecuencias.
El nuevo desorden mundial provincializa el Norte global y su modelo político. Hay una crisis de identidad por las migraciones desde países africanos o árabes a Europa. El Brexit, la presidencia de Donald Trump y el ascenso de la derecha son parte de los efectos. En Europa y en EE. UU., las respuestas ante la crisis son cosméticas, limitándose a medidas oportunistas o reformas marginales contribuyendo al cortocircuito de los partidos respecto a movimientos ciudadanos y a la mayoría de la población.