Cuando se busca referencias acerca de este mundo en crisis, se suele decir que tiene parecidos con el período de entreguerras. Son aquellos primeros años del siglo XX en que, luego de la firma del Tratado de Versalles, Alemania aceptó oficialmente su derrota en la Primera Guerra, en los términos que le impusieron sus adversarios, lo cual, al mismo tiempo, sentó las bases para el inicio de la Segunda Guerra.
A pesar de la brevedad del período, las dos décadas entre el armisticio de 1918 y la invasión a Polonia en 1939, que marca el inicio de la Segunda Guerra, hubo una época de significativos cambios en todo el mundo. Fue una etapa de inusitada prosperidad; ascenso de los fascismos y regímenes autoritarios; modificación de la relación entre los poderes internacionales; avances tecnológicos; desarrollo económico; y, cambios sociales: los “felices años veinte”. De pronto, se presentó una de las peores crisis del sistema económico moderno: el período de la “gran depresión” de los años 30.
En este deseo de encontrar orígenes a los acontecimientos de hoy, se reitera que el gran apogeo de los Estados Unidos emerge al finalizar la segunda conflagración, dado que consolidó su hegemonía y modeló el mundo conforme principios delineados por los prohombres de su independencia.
Ahora, en cambio, existe la percepción de que ese auge ha entrado en decadencia. Que el predominio que forjó a partir de la primera gran guerra ya no existe más. Y que la crisis de las instituciones internacionales que surgieron a impulso de la potencia americana, después de la Segunda Guerra, han entrado en crisis y son inútiles para los objetivos para los que fueron creadas.
Esa impresión de declive es lo que ha obsesionado a Donald Trump. Ese sobresaltado sentimiento es el que lo ha llevado a repetir obstinadamente que busca hacer de su país “grande y rico otra vez”.
Para concretar su tenaz empeño, pocos días después del inicio de su segundo mandato, ha recurrido a un arma: a la mejor palabra del diccionario, dice: los aranceles. Con su utilización, ha provocado, a todo lo largo del planeta, un trastorno de dimensiones.
Esa impresión de declive es lo que ha obsesionado a Trump. Ese sobresaltado sentimiento es el que lo ha llevado a repetir obstinadamente que busca hacer de su país “grande y rico otra vez”.
A pesar de que constituye una acción que envuelve a toda su administración, que comenzó con un respaldo popular de gran dimensión, se puede resumir que es un conflicto de él, Donald Trump, contra el mundo.
Connotados especialistas en materia económica, gerentes de las más grandes empresas, mercados de valores del mundo y dirigentes de todos los países concuerdan en que es una barbaridad lo hecho y todo lo que ocurre. Cualquier buena intención que hubiera tenido, si alguna, es una insensatez.
De manera unánime, los críticos concuerdan que la brutal imposición —unilateral, arbitraria e indiscriminada— utilizando de manera irresponsable el gran poder con el que cuenta una potencia como los Estados Unidos, no va a resolver su enorme déficit, ni repotenciar su sector industrial en el mediano plazo. En medio de la trifulca que se ha generado alrededor del mundo, tampoco va a reforzar con facilidad sus intereses nacionales y geopolíticos, que es otro de los objetivos.
Uno de los actos de mayor valor para la consolidación del poder de los Estados Unidos fue el perfilamiento institucional del actual sistema multilateral. En julio de 1944, al final de la Segunda Guerra, en Bretton Woods (Estados Unidos), los Aliados en la guerra contra el Eje se reunieron para acordar un sistema económico internacional. Una de las cuestiones más relevantes fue el establecimiento de los pilares del futuro orden mundial: las finanzas, la cuestión monetaria, y el comercio.
De las virtudes que se atribuye a ese sistema es que las naciones del mundo cuenten con un esquema con reglas acordadas por todos los miembros. El compromiso implicaba que cualquier modificación se haga mediante diálogo y consenso.
De los casos de mayor interés es el de la Organización Mundial de Comercio (OMC). Su génesis también se encuentra en la Conferencia de Bretton Woods. Era una de las tres grandes entidades a ser establecidas, junto al Fondo Monetario Internacional y al Banco Mundial. Se llamó Organización Internacional de Comercio (OIC).
En 1948, poco después de la creación de Naciones Unidas (ONU), en la Conferencia sobre Comercio y Empleo de La Habana, se aceptó un documento que tenía por objeto la constitución de la planeada organización multilateral de comercio. Por las grandes dificultades que se presentaron en alcanzar un acuerdo -precisamente, sobre reducción de aranceles- no prosperó. No obstante, quedó el “Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y Comercio” (GATT), con reglas aplicables a varios sectores del comercio mundial, con miras a su paulatina desgravación, por medio de concesiones, base de la actual OMC.
En los años ochenta del siglo pasado, el republicano Ronald Reagan y la conservadora británica Margaret Thatcher, combativamente acabaron con la idea de una intervención keynesiana del Estado, a fin de facilitar la participación privada y la libre empresa, principio que se ha seguido con veneración hasta hace unos días.
El funcionamiento de la OMC constituyó la concreción de un largo esfuerzo efectuado bajo el liderazgo de Estados Unidos. A través de este logro alcanzó una anhelada liberalización global de la economía.
La OMC solo inició su funcionamiento en Marrakech, Marruecos, en enero de 1995, tras la conclusión de negociaciones de la larga “Ronda Uruguay”. Incorporó materias que le otorgaron un enorme dinamismo al comercio. Añadió al comercio de mercancías, los acuerdos de servicios y la novedosa inclusión de los derechos de propiedad intelectual. Esa agregación y la nueva normativa significó la mayor reforma del comercio internacional basado en reglas de la historia.
El funcionamiento de la OMC constituyó la concreción de un largo esfuerzo efectuado bajo el liderazgo de Estados Unidos. A través de este logro alcanzó una anhelada liberalización global de la economía: eliminar barreras al comercio y cualquier fórmula de protección. Ese paso, coincidía con la finalización de la Guerra Fría, la unipolaridad y la plena vigencia del “neoliberalismo”.
Seis años después de ese triunfal comienzo institucional de la entidad que dio el mayor de los impulsos a la globalización, en 2001, fue aceptada como miembro pleno la República Popular China, con el particular empeño de seguir las reglas establecidas por Occidente de la competencia del mercado.
Hasta la llegada de Trump, Estados Unidos fue un defensor a ultranza del sistema multilateral de comercio basado en normas. Lo impulsó con fuerza; negoció acuerdos para abrir mercados; redujo barreras a las exportaciones y promovió la libertad comercial.
Ahora, en un acto de aislamiento, Estados Unidos se ha abierto varios frentes: el comercial -con la intención de superar sus problemas económicos y “volverse rico otra vez”; el geopolítico -ante un eventual conflicto con China, su rival tecnológico, científico y comercial; el migratorio -para eliminar la ilegalidad de una supuesta competencia laboral, deshacerse de pandillas vinculadas al narcotráfico; y, por constituir un factor cuestionado de inseguridad. A estas acciones se califica de “guerra”, para justificar varias medidas adoptadas.
El argumento que invoca Trump para imponer elevados aranceles es que “todos se han aprovechado” de su país, especialmente China y Europa. Así, al insertar una política proteccionista ha dado un golpe de gracia a la globalización tal como venía funcionando. Fueron los mismos Estados Unidos los que impulsaron y promovieron ese régimen que ahora ha quedado atrás.
En los años de mayor entusiasmo del neoliberalismo esa era una fórmula impuesta que, al no ser acogida se sometía a la exclusión de “los multilaterales”. En ese entonces se combatió con virulencia las ideas proteccionistas -atribuido a la política nacionalista de izquierda- que hoy, en cambio, son adoptadas por la derecha estadounidense con la misma intensidad con que antes fueron combatidas. ¿Paradojas de la Globalización?
(*) Ex vicecanciller
