jueves, mayo 14, 2026

China y su nuevo orden mundial

Desde el inicio del conflicto en Ucrania, China ha comprado el 47% del petróleo crudo ruso, el 44% de su carbón y el 30% de sus exportaciones de gas natural por gasoducto. Un recorte de una quinta parte de estos volúmenes habría bastado para frenar la maquinaria bélica del Kremlin.

Por: Ugo Stornaiolo

China, la economía más grande del mundo, con influencia e impacto en todos los continentes, ahora tiene su mira puesta en la ONU. No sería algo extraño, pues desde su fundación en 1945, el organismo internacional tiene al gigante asiático entre los miembros del Consejo de Seguridad, instancia definitiva en donde se deciden los principales asuntos, especialmente los que atañen a la paz y seguridad internacional, como señala la carta constitutiva de la organización.

Y China, así como EE. UU., Rusia, Francia y el Reino Unido, como miembros permanentes, tienen un poder de veto, que no lo tienen otros países que integran este consejo en sus períodos como miembros no permanentes y que es de dos años. El Ecuador ha sido miembro no permanente e incluso, en algunas ocasiones, ha presidido el Consejo de Seguridad.

Una primera prueba de la estrategia china es la Asamblea General anual, celebrada en la ONU que se está realizando entre el 9 al 29 de septiembre, con la celebración del octogésimo aniversario de las Naciones Unidas. El tema central de este encuentro, que reúne incluso a mandatarios de varios países, aborda la cuestión israelí-palestina, como uno de los principales puntos de una abultada agenda que incluye, durante varios días, discursos presidenciales.

Xi Jinping, el poderoso líder chino, ha relegado a Donald Trump a segundo plano. Desde hace meses el presidente estadounidense no es la noticia más importante del mundo. Pero ¿qué busca el líder chino cuando señala que quiere crear un nuevo orden internacional diferente del ahora dominado por EE. UU., Europa y sus aliados? El mandatario chino suele acompañar sus palabras con hechos. Dejando a un lado su poderío militar, que se va incrementando cada vez más, para erigirse también como potencia en este ámbito, el trofeo que pretende conquistar en un futuro próximo se llama Organización de las Naciones Unidas.

Por supuesto que China va a seguir apoyando foros con países del sur centrados en Beijing, pero también desarrollará nuevos bancos de inversiones evitando la interferencia de Washington para así seguir tejiendo la red de la Nueva Ruta de la Seda. Pero, para consolidarse en el centro del mundo, debe conquistar la ONU.

Se teme que la ONU esté, gracias a la falta de renovación o de cambios, en un lento proceso de extinción que puede dejar al mundo sin un órgano de mediación universalmente reconocido.

Sí, es verdad que las Naciones Unidas son actualmente una sombra de lo que fueron, sin las ambiciones ni los propósitos con las que fueron creadas en 1945 —el mantenimiento de la paz y la seguridad internacionales— y se encuentran estancadas en relación con sus primeras décadas, cuando el Consejo de Seguridad y sus secretarios generales con negociadores de mucho peso intervenían y ayudaban a resolver crisis muy graves.

Hoy en día, se teme que la ONU esté, gracias a la falta de renovación o de cambios, en un lento proceso de extinción que puede dejar al mundo sin un órgano de mediación universalmente reconocido. Sin embargo, el mayor problema actual de este organismo se centra en los intentos de la República Popular China por dominarla, imponer sus objetivos a una organización que fue creada para unir al mundo, no para dividirlo.

El plan del gigante asiático sería paralelo o similar al rol que cumplieron tras la segunda guerra mundial los países ganadores del conflicto, que se repartieron algunas zonas de Europa y manejaron el mundo en tiempos de la disputa de dos bloques —capitalista y comunista— durante la Guerra Fría.

El Consejo de Seguridad se encuentra bloqueado desde hace muchos años por el derecho de veto de sus cinco miembros permanentes -EE. UU., Rusia, China, el Reino Unido y Francia-, que difícilmente se ponen de acuerdo e incluso han actuado por fuera del organismo. Como no hay forma de cambiar esta situación creada al final de la Segunda Guerra Mundial, Xi quiere conquistar otros espacios de la ONU: sus agencias operativas y la Asamblea General, que no tiene poderes ejecutivos, pero sí influencia política y en donde votan 193 países, en su mayoría del Sur Global, a los que Beijing intenta poner de su lado.

La Asamblea General anual, que se está realizando, es un espacio en donde se intenta celebrar los 80 años de una institución que fue creada con unos objetivos que parecen haberse perdido de vista.  El tema central a tratarse es la cuestión israelí-palestina y una oportunidad para que China supere en votos a Washington y a aquellos países aliados de Israel. Con Netanyahu o sin él, la mayoría votará condenando a Jerusalén.

También será una oportunidad para dividir a los occidentales entre quienes exigen que se reconozca un Estado palestino y los que se oponen a él. La guerra en Gaza y la condena a Israel son una oportunidad crucial que Beijing no desaprovechará para reiterar el colapso de la hegemonía occidental.

En cuanto a las organizaciones internacionales y las agencias de la ONU, China está buscando ganar influencia, mientras EE. UU. las desprecia e incluso se ha salido de algunas de ellas.

En esta transición, Xi y sus aliados no tendrán la oposición del secretario general de la ONU. António Guterres quien, desde las primeras semanas tras el ataque de Hamás del 7 de octubre de 2023, es un adversario de facto de Israel. Y en la cumbre de Tianjin el 31 de agosto y el 1 de septiembre, el líder chino invitó no solo a Putin, Modi, Erdogan y otros, sino que ofreció una cálida bienvenida a los jefes de diez organizaciones internacionales, encabezadas por Guterres quien, en una entrevista en la televisión china, dijo que las iniciativas propuestas por China «corresponden a las realidades que enfrenta el mundo» y que Xi «tiene una clara visión estratégica».

En cuanto a las organizaciones internacionales y las agencias de la ONU, China está buscando ganar influencia, mientras EE. UU. las desprecia e incluso se ha salido de algunas de ellas. China coloca a sus ciudadanos en puestos de liderazgo, envía funcionarios para dotarlos de personal y los financia con subvenciones especiales. Hasta los ’90, China era indiferente con el organismo, pero luego llegó a la cima de la FAO (organismo de la alimentación y la agricultura) y durante un tiempo dirigió la Organización de Aviación Civil Internacional (OACI), la Unión Internacional de Telecomunicaciones (UIT) y la Organización de las Naciones Unidas para el Desarrollo Industrial. Ha puesto, también, la mira en la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual.

Un exempleado de la ONU denunció que, dentro de las estructuras que controla, Beijing intimida a defensores de los derechos humanos, soborna y altera las relaciones que considera indeseables. El gran objetivo de China, en resumen, es establecer su hegemonía en la ONU, transformándola en una entidad antioccidental y pro-china, a la espera de una reestructuración del Consejo de Seguridad, probablemente aumentando los países con derecho a veto y rompiendo el orden de 1945.

Beijing se enfrentará a una segunda prueba, aún más crucial, para alcanzar sus objetivos el año próximo, cuando se elija al nuevo secretario general de la ONU (el mandato de Guterres termina a finales de 2026). Hay varios candidatos no oficiales, encabezados por el director general del Organismo Internacional de Energía Atómica, Rafael Grossi, quien ha confirmado su interés.

Otros nombres que se barajan incluyen a la ex primera ministra neozelandesa Jacinda Ardern, la directora del FMI Kristalina Georgieva y quien fue presidenta de la Asamblea General de la ONU, la ecuatoriana María Fernanda Espinosa. Pero se espera que Xi tome la iniciativa, y se guarda sus cartas en secreto: la elección del próximo director general podría ser un paso significativo en la larga marcha para relegar a Washington a un segundo plano, incluso en el Palacio de Justicia de Estados Unidos.

La apuesta china por un nuevo orden mundial

Desde su llegada al poder hace más de una década, quedó bastante claro que con Xi Jinping comenzaba una nueva etapa en China. No solo fue su campaña anticorrupción dentro del Partido Comunista neutralizando a quienes podían desafiar su liderazgo, sino que incluyó su pensamiento en la constitución, equiparándose a Mao Zedong y Deng Xiaoping para convertirse en el gobernante chino más poderoso de las últimas tres décadas.

Acabó, además, con la limitación de únicamente dos periodos presidenciales de cinco años para los gobernantes. Como señalaba un analista británico, los principios que guían al gobierno de Xi se resumen así: “Mao hizo que China se levantara, Deng los hizo ricos y él los hará fuertes”.

Así, lo sucedido en Tianjin, en la 25ª cumbre de la Organización de Cooperación de Shanghai (OCS) en Beijing y el masivo desfile militar por los 80 años del fin de la Segunda Guerra Mundial, son dos hitos clave. El líder chino reunió en su país a más de 20 jefes de Estado y de gobierno —el 50% de la población del planeta con igual porcentaje del PIB mundial—, entre ellos el primer ministro de India, Narendra Modi que, pese a las históricas tensiones de su país con Beijing, asistió al encuentro y podría reforzar sus alianzas tanto con Xi como con Putin.

Este ha sido un claro indicio de poder de parte del líder chino en su apuesta por redefinir el orden mundial, desafiar a occidente y acabar con las lógicas predominantes tras el fin de la segunda guerra mundial.

Para alcanzar este objetivo cuenta con dos aliados clave: justamente el gobernante ruso -que busca acabar con una “injusta” hegemonía occidental en el mundo- y el líder indio Narendra Modi, embarcado en una cruzada por relevar el llamado sur global.

lo sucedido en Tianjin, en la 25ª cumbre de la Organización de Cooperación de Shanghai (OCS) en Beijing y el masivo desfile militar por los 80 años del fin de la Segunda Guerra Mundial, son dos hitos clave.

“Debemos seguir teniendo una postura firme contra las políticas hegemónicas y de poder, y practicar un verdadero multilateralismo”, dijo Xi, en un claro mensaje contra el orden predominante en las últimas décadas, agregando que “la gobernanza global se está enfrentando a una encrucijada”.

Para la consolidación de este nuevo orden, que Xi está dispuesto a diseñar y a liderar, por lo mostrado en la exhibición del poderío militar chino en la Plaza Tiananmen, los analistas sostienen que la presidencia de Trump termina siendo funcional para estos fines.

Esto, por las críticas del mandatario de EE.UU. al sistema internacional surgido en 1945, y por su agresiva política arancelaria, que alejan a muchos países de su órbita económica y, en algunos casos, también política, lo que Beijing busca aprovechar. El caso más relevante es el de India, que tras recibir la noticia del aumento del arancel de 50% por parte de EE.UU. viajó a China por primera vez en siete años para estrechar lazos con Xi. Por esto, para la planificada estrategia del gobernante chino de crear este nuevo orden, el presidente de EE.UU. es un “aliado” inesperado.

El plan chino también es económico

Si con los EE. UU. y Europa la disputa es por la hegemonía política, con otras potencias como Rusia, el panorama del gigante chino tiene otras consideraciones. Vladimir Putin depende de China para sostener su economía, afectada por la invasión de este país a Ucrania. Putin ha perdido el 35% de sus ingresos por decisión directa de Beijing a Moscú de entregar al país asiático descuentos en gas y petróleo

Días antes del viaje de Vladimir Putin a Beijing, China lanzó un desafío a Europa y EE. UU. El buque cisterna Arctic Mulan LNG atracó en la terminal de gas licuado de Beihai, en Guangxi, procedente del Ártico ruso. Fue el primer envío a China del gigante gasístico moscovita Novatek, sujeto a sanciones de todos los gobiernos occidentales. El mensaje de Xi Jinping fue claro: el líder de Beijing no se dejará intimidar ni por Europa ni por EE. UU. y trabajará con Rusia según sus propios intereses.

Es posible que esto también se esté debatiendo en Washington en el grupo de trabajo de la Comisión Europea con sus representantes de la administración de Donald Trump. El secretario del Tesoro, Scott Bessent, sostiene que su gobierno estaba «preparado para aumentar la presión económica sobre Rusia, pero», añadió, «necesitamos que nuestros socios europeos hagan lo mismo».

La acusación, repetida con frecuencia por Trump en los últimos días, es que las economías de la Unión Europea siguen financiando a Moscú mediante la compra de gas, petróleo y combustible rusos. Esta acusación, en sí misma, no carece de fundamento. Solo en julio, los importadores europeos pagaron 1.100 millones de euros a los productores rusos de gas, gas licuado, petróleo crudo y combustible, según el centro de estudios CREA, con sede en Helsinki.

China aprovecha su posición de fuerza para obligar a Rusia a ofrecer descuentos; esto se evidencia en la caída de casi el 8% en el valor de las exportaciones rusas a China este año.

Alrededor de la mitad de esa cifra es atribuible a la Hungría de Viktor Orbán (incluso a través del gasoducto «Druzhba» de la era soviética a través de Ucrania); aproximadamente 200 millones de euros a la Eslovaquia de Robert Fico a través de los mismos canales; pero otros 239 millones de euros de ingresos rusos en Europa en julio fueron generados por la planta de regasificación de Dunkerque, del norte de Francia, que abastece a parte de la industria alemana.

Estos volúmenes han sido muy limitados a partir de 2022 (la Unión Europea no absorbe más del 6 % de las exportaciones de petróleo ruso en 2025) y será difícil reducirlos significativamente a corto plazo. Porque las compras a Moscú no dependen únicamente de las preferencias de Orbán y Robert Fico: Hungría y Eslovaquia no tienen salida al mar y están rígidamente vinculadas en lo que respecta al suministro a los gasoductos y petróleo construidos por los soviéticos hace más de medio siglo.

El papel de Beijing en la absorción del petróleo y el gas que financian aproximadamente el 40% del presupuesto de Moscú es mucho más significativo: una cifra aproximadamente equivalente a la proporción del gasto público absorbida por el aparato represivo y bélico de Vladimir Putin.

Desde el inicio del conflicto en Ucrania, según CREA, China ha comprado el 47% del petróleo crudo ruso, el 44% de su carbón y el 30% de sus exportaciones de gas natural por gasoducto. Un recorte de una quinta parte de estos volúmenes habría bastado para frenar la maquinaria bélica del Kremlin.

Sin embargo, el papel de la República Popular es tan decisivo que sus importadores pueden imponer condiciones draconianas a Moscú. El acuerdo supuestamente «vinculante» para el suministro del segundo gasoducto desde Siberia (el «Poder de Siberia 2») fue anunciado por la rusa Gazprom durante la última visita de Putin, pero nunca fue confirmado por China: sus negociadores esperan obtener precios aún más favorables y, en cualquier caso, nunca comprarán ni la mitad de los 200 millones de metros cúbicos anuales que Gazprom vendió a Europa hasta 2021.

En cuanto al petróleo, también China aprovecha su posición de fuerza para obligar a Rusia a ofrecer descuentos; esto se evidencia en la caída de casi el 8% en el valor de las exportaciones rusas a China este año. Así, gracias a la caída general del precio del barril de petróleo, los ingresos del Kremlin por combustibles fósiles este año ya son un tercio inferiores a los de 2024. Moscú debe recurrir a los limitados recursos de su fondo soberano para seguir financiando su guerra.

Esto es lo que discuten estos días estadounidenses y europeos: los primeros quieren que los segundos los apoyen en la imposición de aranceles a China, pero los europeos quieren que los estadounidenses los ayuden a cortar las fuentes de financiación de Moscú. Un acuerdo no es descartable, porque Europa lleva mucho tiempo pidiendo a Trump que reduzca el precio máximo al que los rusos pueden vender su crudo (USD 45 por barril).

Ugo Stornaiolo

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