“Desde el cielo, el cielo no se ve”
Juan Gustavo Cobo Borda
Existe una vivencia del tiempo en el vértigo, y hay una vivencia del vértigo en la desmemoria. Una sucesión de imágenes y testimonios vienen transcurriendo desde 2013. Han pasado seis años que, si bien son pocos, la escalada de la crisis socioeconómica y política brida la falsa sensación de que son muchísimos más. Venezuela es una percepción que se intuye con gafas radicalmente distintas entre connacionales que llegaron en 2014, entre quienes llegan ahora, y entre una sociedad de ecuatorianos que aun siendo testigos de la continua sucesión de imágenes y testimonios que persiste vertiginosa y desmemorizadora, vive en un solo estado vital: abstracción.
Parte I: Declaración de intenciones
Ésta es una entrevista realizada en junio de 2018. La coyuntura del momento fue el incremento de llegada de ciudadanos venezolanos, cuando los arribos diarios del éxodo crecieron de mil a tres mil personas diariamente. Entonces, los cancilleres de los Estados miembros de la Organización de Estados Americanos, aprobaban una resolución que declaraba como carente de legitimidad el proceso electoral del 20 de mayo que reelegía a Nicolás Maduro; a la vez que instruía al Consejo Permanente para que, en coordinación con las instituciones interamericanas e internacionales competentes, identifique las medidas apropiadas para apoyar a los Estados Miembros que están recibiendo un creciente número de migrantes y refugiados venezolanos.
Una resolución difícil de creer por su contundencia y a la vez, por las oportunidades que ofrecía para la diplomacia y para la reacción regional ante una más que evidente emergencia humanitaria.
Ésta entrevista que se publica dos meses y medio después de haber esperado momentos más felices e integradores que nos permitieran dar cuenta y poner en valor la riqueza de la diversidad en un país encerrado en su abstracción. En agosto, el vértigo informativo se estrelló con una reacción del Gobierno nacional tan polémica como contradictoria: la solicitud del pasaporte como único documento de viaje admisible; la facilitación de un corredor humanitario entre Rumichaca en la frontera con Colombia y Huaquillas, en la frontera con Perú; y la convocatoria para los próximos 3 y 4 de septiembre a trece gobiernos de Centro y Sudamérica para analizar el éxodo de ciudadanos venezolanos y cuál es la respuesta en cada país.
Se publica tras una arremetida de la agenda del miedo en el Ecuador, racista, aporofóbica y xenófoba; con la habilidad de correr como los propios vientos agostinos del verano andino: rabiosa y eufórica. El periodismo en el que creemos no es neutral ante esta agenda y quiero colocar todos los espejos frente nosotros. Como nos dice, Arturo Serrano, parafraseando al poeta colombiano Cobo Borda: “Desde la xenofobia, la xenofobia no se ve”.
Parte II: Ecuador o la xenofobia ingenua
Arturo Serrano, investiga la estética de la violencia en el cine y reflexiona sobre la violencia como fenómeno cultural desde 2009, y escribe entro otras tres publicaciones “El cine de Quentin Tarantino”. Reside en Ecuador hace cuatro años, siendo catedrático en la Universidad de las Artes, donde dirige la revista especializada “Fuera de Campo” y colabora en la fundación de la Escuela de Cine; y además en la Universidad Nacional de Educación.
¿Cuál es tu valoración crítica de tus primeras semanas en el Ecuador?
Intensas. A la semana de llegar, estaba reunido con el Ministro del Conocimiento, la viceministra, el equipo de la universidad. Durante cuatro días pasamos en sesiones de trabajo de seis, siete horas, y me preguntaba ¿Dónde caí? ¿Esto siempre es así? Llegué al vendaval, al menos académicamente, era el centro de la tormenta: el despegue de actividades de la primera universidad pública de las artes. Luego la llegada de la Comisión Gestora puso mayor y mejor orden desde el minuto uno en todos los sentidos: administrativa y académicamente. Entonces, yo ya era profesor de Historia del Cine.
Hace dieciséis años, llegaron 300 mil colombianos que huían de violencia tras los efectos del Plan Colombia. Ellos no se parecen a los cerca de dos millones de ecuatorianos que puso la crisis financiera en Estados Unidos, España e Italia. A quienes vemos llegar desde Venezuela al puesto de control migratorio en Rumichaca, también son diferentes por las motivaciones que les trae hasta aquí… ¿Los gobiernos de los países de acogida tendrán que tomar alguna decisión?
«Esto no tiene nada que ver con Maduro, no tiene nada que ver con Chávez. Esto tiene que ver con que en este momento, estás (los gobiernos) recibiendo a decenas de miles de venezolanos todos los días que entran sin un dólar en el bolsillo y tu tienes que hacer algo. Esto es como ver entrar a zombis».
A mi esa es una cosa que me parece tan dolorosa. En los tres casos. Me parece doloroso que la gente se mueva, me parece doloroso cómo tratan a la gente. Me parece doloroso familias de seis, siete miembros, que caminan más de diez horas seguidas, por ejemplo, para llegar a Brasil. Creo que esto tiene que ver con movilizar a los decisores políticos de los países de acogida para que admitan que se requiere respuesta ante una emergencia humanitaria aunque el gobierno de Venezuela no lo admita. Esto no tiene nada que ver con Maduro, no tiene nada que ver con Chávez. Esto tiene que ver con que en este momento, estás (los gobiernos) recibiendo a decenas de miles de venezolanos todos los días que entran sin un dólar en el bolsillo y tu tienes que hacer algo. Esto es como ver entrar a zombis. No tienen dinero ni tienen dónde quedarse. En las páginas de redes de acogida y afecto de venezolanos, yo leo: “Acabo llegar a Cuenca. Estoy en una estación de autobuses. No tengo dinero, alguien tiene que ayudarme”. Tu te das cuenta que la desesperanza es absoluta. Yo llevo cuatro años fuera de Venezuela, y por lo que leo, ya no reconocería nada de Venezuela. El otro día, una amiga que vive en Estados Unidos escribió: “Extraño Las Mercedes, extraño salir a mis lugares favoritos, hacer la compra”, y alguien que vive en Caracas le dijo: “Yo también extraño todo eso”. La sensación es que ese país ya no existe. Ese país se fue.
Hace un año (2017) yo tenía una visión muy distinta. Yo sentía que la gente era muy aventurada, que la gente no se pensaba las cosas, y ahora entiendo que la gente escapa de la absoluta miseria. Un amigo mío que acaba de volver a la Universidad, me dijo: “No te lo creerías. Todo el mundo tiene diez kilos menos. Todo el mundo.” Como no hay harina, no hay pan; como no hay harina pan, entonces no hay arepa, no hay carbohidrato, la gente consume la proteína que puede conseguir y claro, adelgazan a unas velocidades…
¿Dirías que la situación empeoró desde hace un año?
No. Quien cambió fui yo, fue mi visión. Yo no me había involucrado tanto en el asunto… Es que ser inmigrante es una cosa muy extraña… Por ejemplo: la solidaridad automática, que es una cosa que yo no comparto. Esa idea de que tu vas por la calle, y entonces el venezolano que te pasa por al lado considera que somos amigos de toda la vida. Yo le huía a eso, me parecía que no tenía ningún sentido. Yo no quería involucrarme mucho con nada. Cuando decidí hacerlo, me di cuenta de la desgracia, a través de una amiga que está trabajando con una ONG que tiene que ver con los venezolanos que están llegando. Ahí me di cuenta que la cosa era mucho peor, que era terrible, que la gente está literalmente huyendo. Una familia no deja su casa con sus hijos para irse caminando a Brasil porque quiere ver nuevos mundos. Se va por la desesperanza absoluta.
Ahora que estás involucrado, ¿Cómo crees que Ecuador se está viviendo la llegada masiva?
Creo que no muy bien, si me preguntas a mí… Es complicado… Yo no te voy a decir que no lo entiendo, yo entiendo a la gente. Yo ahora estoy viviendo en Cuenca. Cuando yo digo esto, la gente se ríe mucho, pero yo digo mucho que lo que más me sorprende de Cuenca es que lo que más hay son cuencanos. La gente se ríe pero es que lo digo de verdad: es una ciudad donde el panadero es cuencano, el que te vende en la despensa es cuencano, el que te limpia el vidrio en el semáforo es cuencano. Todo el mundo es cuencano. Yo entiendo que una persona que se ha criado en ese ambiente se siente amenazada cuando de repente son dos venezolanos, luego tres, ocho, diez, veinte, cuarenta; y claro, llega un momento en el que se sienten literalmente invadidos. Yo lo entiendo pero al mismo tiempo, yo creo que la gente tiene que entender que esta es una situación que requiere compasión. Yo entiendo que puede ser incómodo y extraño. Les decía a mis estudiantes en la universidad: “Ustedes no pueden pretender pasar a una modernidad que vaya mucho más allá, tener las mejores universidades de América Latina, ser prósperos, que el sueldo mínimo sea el mayor de América Latina. Ah! Pero que aquí no venga nadie. Eso es una fantasía que no existe.” Y añadí: “Si en diez años Ecuador pasa a ser un país de primer mundo, y América Latina sigue así, ustedes se van a convertir en los nuevos Estados Unidos, y van a tener que construir una muralla siete veces más alta que la de Trump. Por eso es que todos los latinoamericanos tenemos que luchar por la paz, la prosperidad de todos nosotros”. Creo que no se puede compartamentalizar la paz, no se puede decir “yo tengo paz y no me importa lo que pasa en Colombia”. ¡Mentira! ¿Qué pasó cuando el conflicto en Colombia estuvo en su nivel máximo? Ecuador y Venezuela recibieron hermanos que huían de la muerte.
Cuando yo camino por el centro de Cuenca, siento algo increíble. Me recuerdo a los quince años, caminando por el centro de Caracas, y el ochenta por ciento de personas que estaban en la calle eran colombianos: el que te vendía, el que estaba caminando con sus niños. Bueno, ¡el centro de Cuenca es así! ¡En Quito es igual! Yo siento que la gente en Cuenca todavía está en shock con toda la cantidad de venezolanos. Es interesante que la ciudad sea considerada uno de los destinos más importantes para los expatriados estadounidenses, jubilados con rentas altas que también han llegado a vivir a la ciudad. Ahí te das cuenta que el problema no es xenofobia sino aporafobia, o sea, tu problema no es con el migrante, sino con el migrante que no es rubio, no tiene los ojos azules y no tiene dinero. Ese es tu problema.
«Yo entiendo que una persona que se ha criado en ese ambiente se siente amenazada cuando de repente son dos venezolanos, luego tres, ocho, diez, veinte, cuarenta; y claro, llega un momento en el que se sienten literalmente invadidos. Yo lo entiendo pero al mismo tiempo, yo creo que la gente tiene que entender que esta es una situación que requiere compasión».
¿Y tú, que eres rubio y de ojos azules? ¿Lo notas?
Si. En Cuenca y Guayaquil, donde he vivido desde que estoy aquí. A mi lo que me sorprende mucho es algo que llamo “la xenofobia ingenua”, porque te lo dicen en tu cara. A mi han dicho en mi cara que en la universidad donde trabajo hay demasiados extranjeros. Claro, yo digo, bueno, ¿qué no se dan cuenta que eso es xenofobia? O sea, ¿cómo que hay demasiado? ¿Qué fórmula usaste para calcularlo? Se parece a este tema de si los extranjeros podemos o no opinar sobre la política ecuatoriana, me lo sacan siempre. Yo le dije una vez a un estudiante: yo amo aquí, lloro aquí, me río aquí, pago impuestos aquí, mi cuenta de banco está aquí, mi carro está aquí, mi casa está aquí, pero ¿yo no puedo opinar sobre la política ecuatoriana? ¿Por qué?
En otra ocasión, una taxista me dijo: “Mire, yo le quiero hacer una recomendación. Cuando le pregunten de dónde es, diga que es de la costa”. Yo venía en ese taxi con un amigo y los dos nos quedamos estupefactos… o sea, ¿qué le digo?… Porque no hay maldad, eso es lo otro, es xenofobia ingenua. Y como no hay maldad no quiero responder, aunque me haga pasar molestia. No quiero ser ese activista que siempre está enojado, vivir así sería agotador.
Yo intento encerrarme. Yo me monto en un taxi y prefiero no hablar para que no me reconozcan el acento. Me han pasado momentos incómodos. No te dicen nada, pero ves la cara. Me pasa sobre todo con los taxistas, no porque sean particularmente malosos, sino porque es gente con la que yo comparto mucho.
Yo siempre le pido a la gente que recuerde cuando los ecuatorianos fueron a España. Una parte de mi familia es de ahí. Yo viví una época en la que el taxista era madrileño, el del bar era madrileño, el del restaurante era madrileño, y también viví la época cuando el del bar era ecuatoriano, y seis meses después eran dos, y seis meses después eran diez, y de repente llegó un momento en que tu entrabas a un restaurante y el cien por ciento de los empleados eran ecuatorianos. En esa época era abrumador, era demencial. Recuerdo que los locutorios se adaptaron a su público ecuatoriano, no había módulos unipersonales, sino salas enteras para ocho y diez personas donde había un teléfono en medio y se ponía manos libres. En Lavapies, junto a la boca del metro, había una boutique que cerró, y en el local se montó un locutorio. Caminando por ahí, mi mamá señalando el escaparate me dice: “Mira”. Una familia como de once personas, los once llorando.
(Arturo se quiebra, llora, y continúa). Ser migrante es una vaina. Y es una vaina porque la gente te hace sentir mal. A raíz de ese video viralizado de una mujer venezolana vendedora de helados que dijo que las mujeres ecuatorianas no son bonitas, un hombre en la calle me ofreció caerme a golpes. Me dijo: “¿Qué, tu también vendes helados en los semáforos?”. Y yo le respondí: No. Yo vine aquí a fundar una escuela de cine en la Universidad de las Artes. Y me empezó a decir: “¿Quién te crees tu? ¡Como todos los venezolanos que se creen bellos!” Y no se qué otras cosas más. Y uno podría decirse a sí mismo: “Pasa de eso”. Pero no, pasa de eso no. Yo seré rubio, de ojos azules y lo que tú quieras… a mí, en España, una señora me dijo en una parada de autobús: “Ojalá que se mueran todos los latinoamericanos en este país”. Bien… mis padres son españoles. Mi madre me reclamó: “¿no se lo dijiste?” y le respondí: “¿Por qué se lo voy a decir? ¡yo soy un ser humano!”
Yo llevo ya cuatro años aquí, y todavía la gente me dice: “bienvenido a Ecuador”. Yo siento que ya pasé la etapa del bienvenido.
“Yo no soy ecuatoriano de nacionalidad porque no tengo el papel que lo diga, pero no podemos olvidar que hace doscientos años esto era el mismo país que Venezuela. No nos podemos comportar como si Venezuela está en oriente y Ecuador en occidente. Éramos lo mismo, era la misma cosa”.
El taxista te pone mala cara pero hay quien te sigue diciendo “bienvenido”…Aunque pudieran ser una minoría terminan dándote una fotografía de cómo estamos…
Me dicen: “¡que te vaya chévere!” y yo ya siento que me está yendo chévere. Yo siento que ya pasé por todas las etapas del bienvenido. Yo sé que lo hacen con su mejor intención, pero llega un momento en el que estás harto. No es que sea un mal agradecido y no quiera que me den la bienvenida, pero ¡yo ya llevo cuatro años aquí!
Ciertamente ahora juegas más de local que de visitante…
Claro, ahora soy yo el que da la bienvenida. Mis estudiantes en Cuenca se mueren de la risa cuando yo digo “nosotros los ecuatorianos”. Y les digo: “yo no soy ecuatoriano de nacionalidad porque no tengo el papel que lo diga, pero no podemos olvidar que hace doscientos años esto era el mismo país que Venezuela. No nos podemos comportar como si Venezuela está en oriente y Ecuador en occidente. Éramos lo mismo, era la misma cosa”. Recuerdo que desde la ventana de mi oficina en Guayaquil yo veía a mi derecha la estatua de Antonio José de Sucre, y a mi izquierda, la de Vicente Lecuna, ambos venezolanos. Tengo estudiantes a los que he tenido que recordarles que la moneda oficial de este país, se llamó sucre.
La experiencia de la llegada al Ecuador, es distinta para quien llega en 2014 y quien llega ahora…
Yo poco te puedo decir sobre la experiencia de toda esta gente que llega ahora este Venezuela. Yo tomé un vuelo para mudarme con un contrato de trabajo con la Universidad por un año, sabía a donde llegaba, cuánto iba a ganar. Yo no tuve que montarme en un autobús con cien dólares en el bolsillo y una estampa de San Antonio, rogándole a Dios que me consiga un trabajo. Yo no voy a cometer el atrevimiento de suponer que yo he vivido eso.
El deterioro venezolano avanza a una velocidad increíble. En 2014, yo vine a Ecuador con un dólar a 132 bolívares. Hoy está a 1’760.000 bolívares. No hay dólares porque son carísimos. Si no hay dólares, no hay importación. La emergencia en el sector salud dio las primeras alertas: no hay medicinas, el gobierno lo niega, es un estado de guerra.
Parte III: La construcción del relato
Eso va a ocurrir, yo siento que eso va a ocurrir gracias a los jóvenes. Siento que esta generación de los más jóvenes va a cambiar cosas. Le comentaba a una colega hace poco: “Yo no sé si esta va a ser la generación de la revolución académica, yo no sé si esta va a ser a generación de los grandes científicos, no sé. Pero yo si te digo algo, ésta es la generación que va a cambiar Ecuador desde el punto de vista de los paradigmas sociales”. Yo siento que esta es, por ejemplo, la generación que se va a enfrentar abiertamente contra la violencia de género. Yo me sorprendo al ver a mis estudiantes lo abiertos y frontales que son. Esa es la generación que tiene un profesor venezolano, un profesor cubano, uno colombiano…
Pasa también que la xenofobia es ignorancia. A mí me han dicho en la universidad: “ya es hora que vengan los profesores ecuatorianos”. Y reflexiono: “¡aquí hay profesores ecuatorianos! Siéntete privilegiado de que tu estás conociendo un mundo llamado Venezuela, un mundo llamado Cuba, un mundo llamado Francia, un mundo llamado España… ¿o tu qué quieres? ¿Qué solo los cuencanos te den clase para seguir viviendo de Paute a Cuenca, de Cuenca a Paute? ¿Ese es el mundo, esa es la Atenas el Ecuador?” Esa actitud limita la curiosidad, limita plantearse desafíos, hace que no estudies, que respondas al mandato de ser el pro hombre de tu ciudad por ti y ante ti.
Ésta es la generación que en la mesa del almuerzo va a empezar a decir a sus papás: “no papá, eso no es así, yo tengo un profesor venezolano, un compañero venezolano”. También se los digo a mi estudiantes en la Universidad Nacional de Educación: “a mí no me importa lo que ustedes piensen de los inmigrantes, pero ustedes van a ser maestros. ¿Ustedes creen que no les va a tocar en sus aulas niños venezolanos, niños colombianos? Me sorprende que en las escuelas en Cuenca todavía no haya muchos niños venezolanos. Hago prácticas en una escuela de educación inicial donde la mayoría de niños son cuencanos, bueno, hay una niña de Guayas, y es una extraterreste, ¡si llega un compañerito venezolano les da un infarto! Están poco acostumbrados a la diversidad. Creo que en todo el sistema educativo, incluso en la universidad, hay que enseñar a los estudiantes a lidiar con la diversidad y ya está; más en este país que empieza a ser uno de muchas nacionalidades. Siento que ha salido una cara antipática de la gente que yo nunca me lo hubiera imaginado, te lo confieso. Yo nunca me habría imaginado que la xenofobia que llegué a ver en España, la iba a ver aquí en América Latina.
Y en la convivencia, ¿cómo crees que se está construyendo el relato?
El otro día pensaba, echando broma, que tendría que hacerse la segunda parte de Prometeo Deportado (Fernando Mieles, 2009): “Prometeo Deporta”. Ahora Prometeo ya logró la prosperidad, regresó a su país, ya le va chévere, trabaja en Inmigración y ahora él deporta a la gente porque Ecuador es para los ecuatorianos. Y eso es lo terrible: “cuando yo estoy mal, ábreme los brazos, pero cuando yo estoy bien vete a fastidiar a otro, no me vengas a molestar”. Paralelamente, te digo una cosa: yo entiendo perfectamente que para el Estado este es un problema gravísimo. Yo entiendo que medio millón de venezolanos van a requerir médicos, medicinas, profesores, etcétera. Las alcaldías van a tener que regular las ventas ambulantes. Cuando veo en las calles de Cuenca pegatinas de “Ecuador para los ecuatorianos” me pregunto: ¿qué proponen? Me asusta. Pero creo, también, que la convivencia nos transformará a todos para bien. Espero sinceramente que esta llegada masiva cambie la idea de identidad ecuatoriana. Lo triste es que sabiendo las razonas por las que la gente viene, parecería que piensan “ahora que yo tengo un poquito de prosperidad, yo no quiero compartirla con nadie”. No vamos a salir ni ilesos ni inmunes a todo esto.
¿Qué me dices de la narrativa del migrante agradecido?
Me parece terrible. Siempre que abro la boca tengo que empezar con frases como “Yo amo el Ecuador”, “A me encanta el Ecuador”. ¿Quién habla así? ¿Quién empieza todas las frases así? Yo ya llevo cuatro años aquí, aquí me dejo la vida, aquí trabajo como un loco. El otro día me explicaron la frase y la canción “Mi lindo Ecuador”. En los días radiantes, en Cuenca se acostumbra a hacer la comida frente al río. La gente no recoge los desperdicios y pienso ¿cuál lindo Ecuador? ¿Ellos pueden descuidar su entorno pero yo, porque soy migrante, me tengo que ir? Cuando en la puerta de mi estacionamiento alguien desconsiderado deja su auto y le pido moverlo porque tendré que salir me grita: “vete para tu país”. Esa gente no termina de entender que yo ya no tengo país para donde regresar.
Yo te voy a resumir mi historia, mira: yo estaba en Venezuela, veo un anuncio de prensa buscando profesores en América Latina para una Universidad en Ecuador. Yo mando mi aplicación y mis papeles, me contratan, vengo y trabajo. O sea, ¿agradecido por qué? Yo apliqué a un trabajo y me lo dieron. Yo me pregunto: ¿tu consideras que todo empleado debe vivir agradeciendo al empleador que le dio un trabajo? ¿No, verdad? ¿Por qué yo sí tengo que hacer eso? Y es más, ¿agradecerle a quién? ¿En abstracto? Claro que amo Ecuador, ¿no estoy cuatro años aquí? A mi me gustaría sentirme ecuatoriano ¡pero no me dejan! ¡Yo, por supuesto que me siento agradecido!
Yo vengo de un país como muy homogéneo, todo es igual. Tu vas a Margarita, vas a Caracas, vas a Bolívar, vas a Maracaibo, todo el mundo es dicharachero, fiestero, no sé qué. ¿Esto? ¡Esto es otra cosa! Tu vas a una comunidad indígena y puedes ver en sus caras todo el conocimiento milenario. Tu te montas en un autobús de Cuenca a Guayaquil y de repente ¡estás en otro mundo! Con gente que se viste distinto, se mueve distinto, mueve las manos, distinto, habla distinto, te sientas a hablar con ellos y ven el mundo de otra manera, oye, ¡que conjugan los verbos distinto! El castellano del Cuenca no tiene nada que ver con el castellano de Guayaquil. Incluso me parece súper interesante todo lo que está pasando en la política. Claro que amo y que me gusta el Ecuador, me encanta estar aquí.
En el ámbito de la cultura, de la creación audiovisual, ¿vamos a poder ficcionar esta realidad?
Tu puedes mostrar el mundo perfecto, y también lo terrible que puede ser el mundo. El cine es ese lugar posible en el que puedes ficcionar la realidad. Creo que el cine documental tiene un papel importantísimo, sé que se lo quiere mucho en el Ecuador. Pero también soy de los que creen que la ficción pega más duro que el documental. Yo sé que decir esto es muy polémico y hay gente a la que no le gusta. El documental es tan expresamente una lección, que ya el espectador sospecha; mientras que la ficción te impacta despacito y tu no te enteras, y sales «contaminado» por la película. Fíjate, ¿qué está absolutamente ausente del cine ecuatoriano? Los personajes extranjeros. ¿Dime una película ecuatoriana con un personaje extranjero, un migrante, un venezolano, un cubano? ¿Dónde están esos personajes? Un personaje normal, que no es alegórico, que vive, que llora, que ama, que es vecino. Como en todo: representarnos como lo que somos, hermanos. Creo que la iniciativa de ficcionar este éxodo va a llegar poco a poco. Primero hay que mostrar los personajes extranjeros, y segundo, pensando en eso que decía Sartré: “cuando me elijo, elijo al mundo”; haciendo películas donde elijo mostrar la cara fea y la cara bonita de la relación con los extranjeros, la confrontación la su xenofobia, cuando lo diga, tiene que preguntarse sobre sus prácticas. En el cine va a pasar lento. Quizá en la televisión pueda pasar antes, pero incluso en las series de televisión nacional que tienen este corte más de pueblo, donde hay el personaje no hay la confrontación con la xenofobia.
Mira, cuando la gente dice que una nacionalidad u otra tienen derecho a escoger quien entra porque ese es “su” país, yo no estoy muy seguro de eso. Yo no estoy muy seguro de si Venezuela es de los venezolanos y si tenemos derecho a no dejar entrar a alguien. Los países son países por unas características políticas muy específicas, los países se inventaron hace poquito, o sea, a mí no me vengan con que los nacionalismos son de toda la vida, esa es una cosa nueva.
«Mira, cuando la gente dice que una nacionalidad u otra tienen derecho a escoger quien entra porque ese es “su” país, yo no estoy muy seguro de eso. Yo no estoy muy seguro de si Venezuela es de los venezolanos y si tenemos derecho a no dejar entrar a alguien».
Aquí he aprendido que la interculturalidad es un tema muy importante. Cuando tu intentas decir que eso incluye al migrante me dicen: “No, no, no, no. Eso incluye a las nacionalidades indígenas y punto, ni se te ocurra plantearte que la interculturalidad incluye a los cubanos y a los venezolanos, porque eso no es nuestra cultura”. El día que todos entendamos que todos somos hermanos latinoamericanos (yo sé que suena cursi), esto cambiara para mejor, para todos. Yo tardé mucho en sentirme extranjero en Ecuador, trabajaba como loco, no tenía mucho tiempo de sentirme ajeno. En ese momento, tampoco había tantos venezolanos en Ecuador, yo todavía era exótico. En ese momento no me habría pasado lo de la taxista que anta la pregunta de mi nacionalidad es mejor que diga que soy de la costa.
¿Cómo crees que el cine ecuatoriano puede contar este éxodo?
El tema de la identidad es fundamental en el cine ecuatoriano. La gran mayoría de películas ecuatorianas que yo he visto va sobre reflexionar acerca de la nacionalidad ecuatoriana. Pienso por ejemplo en Qué tan lejos (Tania Hermida, 2006), que es un viaje hacia adentro y hacia afuera, y todo esto de costa, sierra, amazonía, hace que el ecuatoriano tenga como esa visión. Es un cine que nunca va a desaparecer. Ahora lo que está pasando es que los inmigrantes, extranjeros y ecuatorianos conviven aquí, y el que está reflexionando sobre sí mismo no quiere reflexionar sobre el otro. Eso también tiene que ver con la compasión, con el entender que ninguna persona es ilegal, una persona es un hecho.
¿Qué crees que va a pasar con los países acogientes del éxodo venezolano?
Creo que ya están preocupados por las llegadas masivas de venezolanos, creo que una resolución como la que acaba de aprobar la OEA, es un llamado de atención cada vez más presidentes lo van a hacer por su propia cuenta. Pienso que el presidente Moreno pronto va a reclamar a Maduro por la emergencia humanitaria. Muchos países han tenido gestos importantes, Colombia y Perú con los permisos especiales y Chile con el inmediato reconocimiento de toda titulación académica. Estos gestos se agradecen pero también me preocupan, temo que terminen provocando odio a los migrantes. Muy seguramente están preocupados también porque ante tal cantidad de personas que llegan, también tienen que asegurar servicios y prestaciones. Lo que de momento no me explico es cómo el gobierno ecuatoriano no ha salido en campaña de sensibilización masiva a explicar que no se puede ir por la vida odiando a la gente, recordar que este mismo país es un país de migrantes que expulso a dos millones tras una crisis financiera, se tiene que salir y explicar que somos hermanos.
Si a todos quienes llegan les dices mañana que pueden volver a Venezuela con un trabajo medianamente decente, no lo piensan dos veces y regresan. Yo pido a la gente tener paciencia, toda esta gente se va a ir de regreso en cuanto tengan un país al cual volver, y mientras tanto, este país se va a contagiar del virus de la integración de las culturas, de la integración de las diversidades. El Ecuador se convertirá en un país cosmopolita.


