viernes, junio 5, 2026

América Latina: del destino manifiesto al MAGA

La guerra arancelaria ha demostrado que en el mundo real los aranceles son mucho más que instrumentos distorsionadores del mercado. Son armas estratégicas usadas por los poderosos para reformular el escenario comercial del mundo. EE.UU. se ha valido de su poder para «direccionar» el mercado y conseguir acceso preferencial para sus empresas.

Por: Julio Oleas-Montalvo

Cuando Mao Zedong se enteró del contenido del discurso de Nikita Kruschev en el 20º Congreso del Partido Comunista de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), EE.UU. y la República Popular China formaron un frente común contra la URSS. Al colapsar el bloque soviético finalizó la guerra fría y China ya no era necesaria para controlar los despojos del Pacto de Varsovia. Entre 1991 y 2017 EE.UU. miró con buenos ojos el milagro chino. Los norteamericanos creyeron —incluso halcones como Henry Kissinger— que China podía desarrollarse, integrarse a la institucionalidad diseñada por occidente y «convertirse» a la democracia. Y al final todos felices. Todo esto habría sido un disparate, en opinión del politólogo de la U. de Chicago John Mearsheimer, pues el resultado real ha sido un país que sigue siendo comunista, y …. más grande que el mismo EE.UU, medido por el PIB expresado en paridades de poder adquisitivo.

Según Mearsheimer, el cambio en el equilibrio del poder mundial ya era evidente en 2017. «Ahora China y Estados Unidos son rivales acérrimos […] está interesada en dominar Asia de la misma manera que Estados Unidos domina el hemisferio occidental. Esto tiene mucho sentido desde la perspectiva de China, pero desde la perspectiva de Estados Unidos es completamente inaceptable», afirmó en una entrevista en Oxford Political Review (https://bit.ly/4lk3l9K). No es aceptable por muchas razones, comenzando por la irrenunciable pretensión china a reincorporar Taiwán. Pero también porque China ha osado invadir el espacio comercial de América Latina, lo que viene a ser como que el nuevo vecino del barrio invada el patio trasero del antiguo propietario.

Este artículo describe cómo se forjó la ideología del destino manifiesto, antecedente indispensable para aquilatar la molestia norteamericana provocada por la invasión comercial de China en una región muy sensible de su hemisferio occidental. A continuación, se revisa los efectos de la guerra arancelaria en América del Sur, recurriendo a tres materias primas representativas: soya, petróleo y cobre. Por último, se propone algunas perspectivas de mediano plazo en el nuevo escenario mundial.

La frontera del destino manifiesto

La forja de la ideología del destino manifiesto —la convicción de que EE. UU. tiene el derecho y el deber de expandirse en el continente americano— comenzó mucho antes de que John O’Sullivan publicara su famoso artículo en Democratic Review. El 4 de marzo de 1791, los 13 estados originarios anexaron Vermont. Doce años más tarde, en 1803, Estados Unidos de América compró la Luisiana en 15 millones de dólares, con lo que duplicó su territorio y controló el río Misisipi. En 1819 anexó la Florida mediante el Tratado Adams-Onís. En 1845 incorporó la República de Texas, desprendida de México desde 1836. En 1846 aseguró el control sobre Oregón, Washington e Idaho, y definió la frontera con Canadá.  En 1848 despojó a México de California, Nevada, Utah, Arizona y partes de Nuevo México, Colorado y Wyoming. En 1853 compró territorios al sur de Arizona y Nuevo México. En 1867 adquirió Alaska al imperio ruso en 7,2 millones de dólares. Y en 1898 anexó Hawái.

Las intenciones expansionistas, aparentemente anestesiadas durante la era del multilateralismo, han reaparecido, en los hechos, en Ucrania y en la franja de Gaza y, por el momento en la retórica de Trump, sobre el canal de Panamá y Groenlandia.

En el siglo XIX el mundo era británico, por lo que EE.UU. tenía que esperar su turno. Primero debía cultivar la persuasiva diplomacia del panamericanismo, así como perfeccionar el uso de su creciente poderío militar en lo que sería su patio trasero, corolario natural del destino manifiesto. En la primera mitad del siglo XX la influencia norteamericana fue creciendo al ritmo permitido por una atmósfera convulsionada por dos guerras mundiales, el fracaso de la Sociedad de Naciones, la Gran Depresión, el fascismo y la consolidación del régimen comunista en Rusia.

En diciembre de 1902 se creó la Organización Panamericana de la Salud (originalmente como Oficina Sanitaria Internacional). La Fundación Rockefeller organizó múltiples misiones para combatir el paludismo, la fiebre amarilla y la anquilostomiasis. También contribuyó a fortalecer la infraestructura de salud pública. Esta cooperación, presentada como genuino altruismo, estaba ligada a los intereses estratégicos de EE.UU. y a la protección de sus inversiones, en especial en el área de influencia del Canal de Panamá. También son dignas de mención las misiones monetarias encabezadas por Edwin W. Kemmerer, profesor de la U. de Princeton, para asesorar las reformas de los sistemas financieros y crear bancos centrales basados en el patrón oro en Colombia (1923), Chile (1925), Ecuador (1926), Bolivia (1927) y Perú (1931).

En la segunda mitad del siglo XX el ámbito de acción de EE.UU. ya tenía dimensiones planetarias. Las «rondas» del Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y Comercio (GATT, por sus siglas en inglés), promovieron la progresiva apertura del comercio mundial, sobre la base del principio de la nación más favorecida, culminando en los acuerdos de Marrakech y la creación de la Organización Mundial de Comercio (WTO, por sus siglas en inglés). Parecía el triunfo definitivo del capitalismo liberal; EE.UU. era el paladín de la globalización impulsada por los acuerdos de libre comercio. Se consideraba que estos eran menos complicados y más directos que la estrategia de la zona monetaria óptima elegida por los europeos.

Mientras China protagonizaba la mayor proeza de un país subdesarrollado en la historia del capitalismo, EE.UU. enfocaba sus mejores energías en cazar terroristas y en inventar enemigos para justificar sus incursiones militares.

En la Primera Cumbre de las Américas celebrada en Miami, en 1994, el presidente Clinton lanzó formalmente el proyecto de una Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA) –excepto Cuba. EE.UU. quería extender hacia el sur condiciones comerciales similares a las del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (NAFTA, por sus siglas en inglés), en vigor desde el 1 de enero de1994. Pero estas negociaciones fracasaron en 2005, en Mar del Plata, sede de la Cuarta Cumbre de las Américas, gracias a la oposición de Argentina y Venezuela.

De concretarse, el ALCA habría plasmado la unión aduanera anhelada por Washington desde la Primera Conferencia Panamericana (1889-1890). A partir de esa conferencia la doctrina Monroe (América para los (norte) americanos) dejó de ser un enunciado defensivo para constituirse en una activa política externa de largo plazo: entre 1898 y 1948 EE.UU. auspició nueve conferencias panamericanas que confluyeron en el Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca, TIAR (Rio de Janeiro, 1947) y la Organización de Estados Americanos (Bogotá, 1948).

Disputa comercial en el patio trasero

China se unió a la WTO el 11 de diciembre de 2001. Tres meses antes, los atentados del 9/11 alteraron las prioridades de la política exterior norteamericana. Mientras China protagonizaba la mayor proeza de un país subdesarrollado en la historia del capitalismo, EE.UU. enfocaba sus mejores energías en cazar terroristas y en inventar enemigos para justificar sus incursiones militares —desde verdaderas guerras hasta misiones de fuerzas especiales y de apoyo logístico a ejércitos locales— en Afganistán (2001), Irak (2003 y 2014), Pakistán (2004), Somalia (2007), Yemen (2009), Libia (2011), Siria (2014)…

Al comenzar el siglo XXI el mercado chino representaba 2,8% de las exportaciones totales de América del Sur, según The Atlas of Economic Complexity de la Universidad de Harvard. Esta base de datos no permite agregar los datos correspondientes a América Latina, que incluiría a México, país que desde 1994 condicionó sus relaciones comerciales al TLCAN. Según señalan los expertos, al firmar el TLCAN México decidió dar las espaldas a América Latina.

Durante la primera década de este siglo, el comercio entre América del Sur y China creció en promedio alrededor de 30% cada año (IDB, Ten Years After the Take-off, 2010). Luego de la pandemia de 2020, las exportaciones de América del Sur a China representaron más del 25% del total exportado a China por todo el mundo. En la actualidad China es el principal socio comercial de América del Sur y el segundo de América Latina después de EE. UU —es decir, incluyendo a México—.

Según los medios estatales chinos, en el 2024 las exportaciones de América del Sur a ese país habrían superado los USD 518 000 millones, y se estima que hasta el 2035 alcanzarán los USD 700 000 millones

Si se exceptúa a México, EE.UU., que en 2000 recibía más del 30% de las exportaciones totales de América del Sur, en 2023 solo recibió 13% del total exportado (Gráfico 1.)

Según los medios estatales chinos, en 2024 las exportaciones de América del Sur a ese país habrían superado los USD 518 000 millones, (https://bit.ly/4ol0GiQ), y se estima que hasta 2035 alcanzarán los USD 700 000 millones. Las principales exportaciones de América Latina hacia China incluyen soya, productos animales, cobre, petróleo y otras materias primas indispensables para el desarrollo industrial chino.

Estas commodities se intercambian por productos manufacturados de más valor agregado (desde textiles hasta automóviles eléctricos). Beijing ha firmado tratados de libre comercio con Chile, Ecuador y Perú, lo que no ha sido óbice para que las importaciones de América del Sur provenientes de China hayan crecido desde 2,6% del total importado en 2000 hasta 24,1% en 2021.  En el mismo periodo, las importaciones de América del Sur provenientes de EE.UU. decrecieron desde 25,8% hasta 20,5% (Gráfico 2).

Guerra arancelaria… con ganadores y perdedores

No es verdad que una guerra arancelaria no tiene ganadores. El proteccionismo unilateral no es el opuesto simétrico del libre comercio —generador, supuestamente, de resultados «ganar-ganar»—. A menos que EE.UU. pretenda aislar herméticamente la región que desde fines del siglo XIX ha considerado su patio trasero (siempre dispuesta al intercambio comercial), en el mundo multipolar del siglo XXI China aprovechará estratégicamente la guerra arancelaria para ganar presencia comercial.

Con el fin de corroborar esta afirmación, a continuación, se revisan tres commodities que en 2023 representaron 27,7% del valor total exportado por América del Sur al mundo: soya (7%), Petróleo crudo y refinado (12,6%), y mineral de cobre y refinado (8,1%).

Soya

El mercado mundial de soya es un buen ejemplo de las consecuencias del despotismo arancelario norteamericano. En 2023 los productores de Iowa, Illinois, Minnesota y demás estados del corn belt exportaron a China USD 14 700 millones (poco más del 50% de la cosecha de ese año). En 2024 exportaron el 30% de la demanda china total y Brasil exportó el restante 70%. En 2025, al fragor de la guerra arancelaria, Beijing impuso un arancel de 125% en respuesta al arancel de 145% de Trump (https://bit.ly/3Jh9rdB). Esta situación dejaría fuera del mercado a los productores de soya del corn belt. Brasil, sancionado con un arancel del 50% por juzgar y condenar a un exmilitar golpista, está más que dispuesto a tomar el lugar de EE.UU. Pero, para hacerlo, sería necesario intensificar la deforestación de la Amazonia. Por su parte, Argentina —tercer productor mundial— ya acordó exportar a China USD 900 millones en soya, maíz y aceite vegetal, a pesar de las estridencias del presidente Milei (https://bit.ly/3H8uhLM).

El 11 de agosto, un día antes de vencer una tregua arancelaria pactada entre Washington y Beijing, Trump instó a China a “cuadruplicar” sus importaciones de soya… y luego prorrogó 90 días más la tregua arancelaria (https://bit.ly/4fEiWQu). ¿Demagogia? ¿Fanfarronería? En cualquier caso, debilidad externa e incertidumbre auto infligida. ¿El apalancamiento de la política comercial norteamericana no es otro que su supremacía militar, de eficiencia más que probada contra países pequeños, pero inocua contra China?

Brasil, sancionado con un arancel del 50% por juzgar y condenar a un exmilitar golpista, está más que dispuesto a tomar el lugar de EE.UU. en la exportación de soya a China.

Petróleo

El sector energético presenta un panorama con implicaciones climáticas globales. El super ciclo del petróleo de los últimos 20 años, que ha alimentado el auge económico de China, estaría por terminar. Más del 70% del petróleo demandado por la economía china es importado, pero en 2024 esas importaciones cayeron por primera vez en 20 años. Xi Jinping impulsa una revolución tecnológica que ha convertido a China en el mayor productor mundial de automóviles eléctricos y paneles solares. Ya ha desplegado 40 líneas de transmisión de ultra tensión para conectar gigantescas granjas solares con los centros industriales. En los próximos cinco años invertirá USD 800 000 millones para consolidar la red eléctrica y reducir la dependencia del petróleo sin afectar el crecimiento económico (https://bit.ly/45slcFs). China está construyendo una economía movida por electricidad, lo que distenderá la demanda mundial de crudo.

En la otra orilla del Pacífico, una de las primeras órdenes ejecutivas de Trump declaró la emergencia energética nacional. El 9 de abril expidió otra orden para «liberar la energía estadounidense», dando un plazo de un año a diez agencias del gobierno para desmontar las regulaciones energéticas vigentes. Gracias al fracking y al shale oil, EE.UU. es desde 2017 el mayor productor mundial de petróleo (13 millones de barriles/día) delante de Arabia Saudita (9 millones de barriles/día) y Rusia (9 millones de barriles/día). A esto se suma la propuesta de reducir 55% (de USD 9 100 millones a USD 4 200 millones) la asignación presupuestaria de 2026 para la Agencia de Protección Ambiental (EPA, por sus siglas en inglés). Trump niega apoyo a la energía limpia, relaja los controles ambientales y ha ofrecido financiamiento por más de USD 200 000 millones para reactivar la extracción de carbón mineral (https://bit.ly/3HuBk1n).

Según el Atlas of Economic Complexity, en 2023 el 12,4% del valor de todas las importaciones de China provenientes de América del Sur fueron de petróleo. 86 centavos de cada dólar de petróleo exportado por América del Sur a China se originaron en Brasil, 7 centavos en Ecuador y poco menos de 5 centavos en Colombia.

En 2023 las exportaciones de petróleo (crudo y refinado) de América del Sur a China fueron de USD 21 754 millones. Sin embargo, la extracción actual de Colombia está en franco declive, debido al envejecimiento de los campos y a políticas restrictivas. Algo similar ocurre en Ecuador, debido a la crisis de gestión del sector. Las expectativas de China están enfocadas en las grandes reservas recientemente descubiertas en Guyana y en Argentina, dependiendo esto último del éxito de la asociación de empresas como Sinopec con la estatal YPF, así como del rendimiento real de los yacimientos de gas y petróleo no convencional de Vaca Muerta.

La guerra arancelaria también afectará a las exportaciones de petróleo (crudo y refinado) de EE.UU. hacia China, que en 2023 alcanzaron los USD 12 845 millones (Gráfico 3). Es necesario señalar que los valores consignados por el Atlas de la U. de Harvard podrían ser inexactos. Según Reuters, con TankerTrackers.com como fuente, entre julio de 2024 y marzo de 2025 varios intermediarios hicieron pasar por brasileños más de USD 1 200 millones de petróleo ultra pesado venezolano enviado a China, eludiendo las sanciones estadunidenses a Venezuela (https://bit.ly/44ZTAZw). La capacidad de EE.UU., de penalizar el mercado mundial de petróleo, es cada día más incierta, como lo prueban, además del caso venezolano, los desvíos de crudo hacia China provenientes de Irán y Rusia, que también han sido sancionados.

En 2024 Chile aportó el 24% del total mundial de cobre. Sus exportaciones de este metal (crudo y refinado) representaron 40% del total de bienes exportados. Las reservas chilenas se estiman en 190 millones de toneladas.

Cobre

El mercado internacional del cobre es el mejor ejemplo de complementariedad comercial o intercambio desigual.  Gemini, la plataforma de IA de Google (https://bit.ly/4fx14qu), estima que América del Sur produce 40% del total mundial de ese metal. Chile y Perú lideran un mercado al que en un futuro próximo se podrían sumar Argentina y Ecuador. Dependiendo de la calidad de sus instituciones, los exportadores de cobre podrían estar entre los ganadores del nuevo escenario internacional. En 2024 la producción mundial de este metal alcanzó los 23 millones de toneladas, pero la demanda fue mayor, lo que generó un incremento de sus precios internacionales. En 2025 la demanda sigue siendo superior a la oferta. La participación de América del Sur en la producción total podría subir al 60% del total mundial. Bajo estas condiciones, la región sería fundamental para la estabilidad económica global. Eventualmente, esto podría elevar el interés geopolítico y la competencia entre los principales consumidores: China, EE.UU. y Europa.

En 2024 Chile aportó el 24% del total mundial. Sus exportaciones de este metal (crudo y refinado) representaron 40% del total de bienes exportados. Las reservas chilenas se estiman en 190 millones de toneladas (hasta 23% de las reservas mundiales). La empresa estatal Codelco es la mayor productora del mundo, con 1,44 millones de toneladas extraídas en 2024. Sobre esta base, en 2024 China recibió 52,3% del valor total exportado por Chile, mientras EE.UU. recibió 11,4%.

El segundo productor sudamericano, y tercero en el mundo, es Perú, con reservas probadas cercanas a los 120 millones de toneladas. El cobre también es el principal producto de exportación del Perú, pues representa 35% del valor de los bienes exportados en 2024. Al menos 77% del mineral de cobre exportado por el Perú se dirigió a China. La mayor dificultad que enfrenta el Perú para consolidar su posición exportadora es la inestabilidad política.

El Gráfico 4 ilustra la preponderancia de China en el espacio sudamericano: si en 2000 compró en América del Sur cobre (en bruto y refinado) por USD 630 millones, en 2023 compró USD 39 000 millones. Las compras de EE.UU. crecieron con menor intensidad: de USD 916 millones hasta USD 5 860 millones en 2021. La diferencia entre estos dos compradores no solo es cuantitativa: entre 2000 y 2023 el 43% del valor exportado a China correspondió a productos refinados de cobre, en tanto que el 99% del valor exportado a EE.UU. correspondió a productos refinados.

Perspectivas de mediano plazo

Hace poco, Foreign Affairs publicó un artículo firmado por Michael Froman, ex director del U.S. Trade Representative (entre 2013 y 2017). Su opinión es lapidaria: el sistema de comercio global que conocíamos está muerto; la OMC ya no negocia, no supervisa y no sanciona. El principio fundamental de nación más favorecida, eje de las negociaciones comerciales desde el siglo XIX, ha sido obliterado por Trump «asignando» a su antojo aranceles que van desde 10% hasta 145% a docenas de países. El America First de EE. UU. y la estrategia Made in China 2025 desprecian el sistema de comercio mundial basado en normas; China y EE.UU. ahora prefieren que sean sus objetivos geoestratégicos los que definan las condiciones que regirán sus relaciones comerciales (https://bit.ly/4mJXmfA).

Si China y EE.UU. optan por seguir sus propias reglas (en esencia, unilateralismo transaccional, por un lado; subsidios, exportaciones predadoras y coerción económica, por otro), y asumen que el poder es la única restricción real, los demás países también preferirán operar al margen de un sistema basado en normas. Y las relaciones internacionales habrán involucionado hacia una condición de naturaleza, pre hobbesiana.

La sabiduría convencional enseña que, en el mejor de los casos, los aranceles son un segundo óptimo, pues la situación óptima –la que maximiza el bienestar del consumidor y no tiene pérdidas irrecuperables de eficiencia– siempre será la transacción realizada en un mercado sin aranceles. Es decir, el libre comercio y el multilateralismo. Esta es una verdad teórica incontrovertible. Pero la guerra arancelaria ha demostrado que en el mundo real los aranceles son mucho más que instrumentos distorsionadores del mercado. Son armas estratégicas usadas por los poderosos para reformular el escenario comercial del mundo. EE.UU. se ha valido de su poder para «direccionar» el mercado y conseguir acceso preferencial para sus empresas. Su objetivo prioritario ni siquiera es corregir el déficit comercial; es preservar su dominio tecnológico, restringiendo el acceso a tecnologías avanzadas a todo el mundo en desarrollo, incluso China —aunque con poco éxito, en este último caso—. Lo está haciendo mediante normas de propiedad intelectual «cada vez más restrictivas que buscan privatizar el conocimiento a través de patentes, derechos de autor y diseños industriales» (https://bit.ly/4fqfoBa). Más restrictivas que los ADPIC de la OMC, cabría puntualizar.

El objetivo prioritario de EE.UU. ni siquiera es corregir el déficit comercial; es preservar su dominio tecnológico, restringiendo el acceso a tecnologías avanzadas a todo el mundo en desarrollo.

Esta estrategia ya está ejecutándose. En un reciente acuerdo marco «negociado» con Indonesia, normas de propiedad intelectual –que podrían llamarse ADPIC Plus– limitarán la capacidad de ese país para incursionar en industrias intensivas en conocimiento. Pero esto no es todo. Indonesia eliminaría hasta el 99% de sus aranceles sobre bienes industriales, agrícolas y alimentos importados desde EE.UU., mientras que las exportaciones indonesias a EE.UU. sufrirían un arancel de 19% en promedio. De concretarse este acuerdo, los agricultores indonesios competirán con productores estadounidenses subsidiados. Tanto o más inicua es la cesión indonesia de todos los requisitos de contenido para productos fabricados en EE.UU.; el reconocimiento de extraterritorialidad para las decisiones de la Administración de Alimentos y Medicamentos y la aceptación de las certificaciones estadounidenses para cárnicos, lácteos y productos avícolas; la eliminación de aranceles para bienes intangibles y el apoyo a una moratoria global sobre derechos aduaneros digitales; y, la facilitación a las empresas norteamericanas para explotar el conocimiento tradicional sin consentimiento ni compensación (Joint Statement on Framework for United States-Indonesia Agreement on Reciprocal Trade -22 de julio de 2025, https://bit.ly/4lduX0g). El segundo acto de la política comercial de Trump, luego del sobresalto provocado por la guerra arancelaria, ha comenzado en Indonesia, al margen de la normativa de la WTO.

En este nuevo orden, el poderoso siempre avasallará al débil, y este no tendrá apelación posible. Al menos mientras los débiles sigan atomizados, lo que no cambiará mientras se siga creyendo que un poderoso puede ser preferible a otro. Como bien lo expresa Mearsheimer, «… a mis interlocutores chinos les gusta argumentar que China es una cultura confuciana y que el confucianismo es una ideología defensiva —los chinos nunca son los agresores, siempre las víctimas—. Suena mucho al excepcionalismo estadounidense: a los estadounidenses también les gusta pensar que son los buenos, que nunca hacen nada malo, que siempre es el otro lado el que se porta mal. Así pues, la ideología es el instrumento que disfraza la realpolitik en todas las grandes potencias».

 

Julio Oleas-Montalvo

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