sábado, junio 13, 2026

Nosotros los de siempre (V)

La publicación por capítulos de la novela de Carlos Vásconez, Nosotros los de siempre, es un experimento decimonónico que se ancla en la modernidad. Vásconez ha confiado en Plan V para publicar una novela por entregas, como un ensayo en el cual los lectores son los beneficiarios. Quinto capítulo. Él juega a que no juega.

Carlos Vásconez

Por: Carlos Vásconez

Capítulo 5

Él juega a que no juega

Mientras tanto, traté a toda costa de quitarle la idea del ajedrez, aunque este no desaparecía de las mesas del vagón de esparcimiento, iluminadas por la luz de tubos fluorescentes, al que por lo menos yo no iba más sino de pasada, ya que casi siempre quedaba antes del comedor. Qué mala manía, pensaba yo, que en los comedores del primer mundo nadie coma. El exceso de café y vodka creaba un olor predominante que era un insulto a mi olfato refinado. Siempre estaba sentada ahí una mujer, tocada por un sombrero que ocultaba su calvicie, que parecía estar dispuesta a apostar su virginidad con el primer iluso que se le cruzara por el frente, y que siempre estaba dispuesta a perder. Tenía las manos cuarteadas, como si hubiese cosechado maíz desde los diez años. En esas manos, era imposible leer el futuro porque el pasado estaba muy marcado. Creo yo que en realidad no se divisaba futuro alguno porque el pasado rotundo y trágico lo había difuminado. Quiero decir que esa mujer estaba viviendo tiempo extra, que debió haber muerto muchos años antes y que en el único lugar en el que se encontraba a sus anchas era en los brazos de hombres de paso. Ya no cabía ella en sus propios brazos, dependía de ajenos.

Caminábamos juntos con Jagord y le exponía mis especulaciones, no solo sobre la crupier del comedor, como se me dio por llamarla, sino de todo viajante; paseábamos, ida y vuelta, yo dicharacheaba. ¿Dónde estaba el maldito minotauro de ese laberinto recto para que endulzara sus fauces con mi amigo? A ratos me entraba el diablo y quería un violín, como el de Oscurimbad, o una flauta, como el de Hamelin, que hiciera cantar a todo el mundo hasta los desafueros. Lo meditaba y caminábamos, juntos y solos, como sugiere el filósofo. Me asombraba su capacidad atlética. Dondequiera que haya estado antes, caminaba todo el día, y le sentaban bien los lugares estrechos. Soportaba mejor que yo cualquier clima. Se manejaba mejor que yo entre las personas, pasaba por los espacios que dejaban sin apenas rozarlos, contorsionándose, aguantando la respiración, espectralmente. Yo siempre he tenido que pedir permiso o abrirme paso a empujones. Quizá era esa manera suya de sentirse ausente la que de verdad lo ausentaba del sitio, acostumbrado a no estar en ninguna parte en específico. A veces lo encontraba yo mientras detenía su mirada sobre un objeto casual, un florero, una aldaba, el marco de una ventana. Veía las cosas con dulzura, como decía mi ex mujer, acariciándolas con la mirada. Claro que ella se refería en esos términos a la manera de ver de los perros. Me preguntaba si donde sea que hubiese estado antes habría habido una flor arrimada a la pared que él mimaba y cantaba y le daba agua, de su agua, para sentir su propia sed convertida en la saciedad de la flor, convirtiéndose sin saberlo en un economista. Mi boca se entregaba al privilegio de pronunciar palabras y poderle decir a una puerta, puerta, y llamarle con autoridad a un dolor, dolor. ¿Cómo alegar que entre Jagord y un servidor se instalaba con frecuencia un silencio significativo y en definitiva interesante? Llegué a sentirme ante un extraordinario psicólogo que oía sin prejuicios de índole alguna, por lo que es probable que me hubiese sentido en deuda con él. Incluso le hablé de mi ex mujer mientras tomábamos aire por una ventanilla y el sol nos daba bofetaditas en las mejillas caldeando nuestros poros mal afeitados. Borracho por la situación, le conté que fui un hombre demasiado íntegro y que ella no soportaba tanta lealtad. Que ella terminó creyendo en poliamores y esa serie de envidias al prójimo para esconder que lo suyo era solo promiscuidad detrás de un velo de pulcritud. Lo dije sin el coraje con el que me lo decía a mí mismo y por eso aquella confesión salió por sí sola. Siempre de buen humor, Jagord no posaba su atención en mí, sino que se perdía en el horizonte. Al oírme en mi insensatez pensaría en las razones que lo obligaban a volver para esta vez ser prisionero de una mujer. Quizá el hábito lo superaba o, simplemente, Sogria merecía todos los sacrificios. Y ella, ¿lo estaría esperando? ¿Qué sabía de esa mujer, para mí más próxima al mito que a lo que implica ser una mujer atravesada por el sentido de la evolución, además de que era alguien que usó sus brujerías sobre mi buen amigo?

Jagord se obstinaba en el horizonte con los ojos entornados, con una pasividad que vista desde cierta óptica calzaría muy bien como violencia velada, se fijaba en las luces de las villas, se adentraba en las vidas de los habitantes de esos andurriales inmundos y desaseados que solo soñaban con un entusiasmo que hacía que sus pasos fueran muy lentos que un día de esos llegara un extraño y que les pidiera posada. Soñaban en servir de algo, pero el temor a la extranjería les congelaba los huesos y ni bien una silueta desconocida doblaba alguna esquina cerraban con postigos puertas y ventanas. Pero Jagord se encaprichaba en estudiar la historia de esas luces, igual a un astrónomo que estudia con ahínco las que vienen de un poco más lejos que el horizonte.

En ese momento me di cuenta que es el instinto animal del hombre al aflorar el que nos ahuyenta de las palabras no dichas pero que, aún así, nos hace verlas salir del gaznate, listas para hacer su aparición feroz.

Y lo que pasaba, pasaba rápido, como si no quisiera pasar. Pasaba como si estuviera desatado y no le gustara estar en el lugar en el que le había tocado en suerte.

Era viernes y, para colmo, parecía viernes. Lo leí en un periódico de paso. Motivo de examen es eso de ir de un lado al otro, enterándonos de noticias que nos son del todo ajenas. En un tren, las cosas se disipan, pierden corporalidad. El tiempo es el que sale peor parado. Jagord, o J, u Oliver, en fin, ese individuo que me cortaba la respiración para ingeniármelas para darle mi aliento y suelte una perorata, le ofreció a un minino un pedazo de pescado de su almuerzo. El felino dudó, temía en lo más profundo a ese ser. Supe, muy en lo profundo, cosa que no me quedó más que exteriorizarlo, que el gato lo temía. Temía algo que estaba en la punta de su lengua. Una palabrota que solo el instinto de esos animales es capaz de distinguir. En ese momento me di cuenta que es el instinto animal del hombre al aflorar el que nos ahuyenta de las palabras no dichas pero que, aún así, nos hace verlas salir del gaznate, listas para hacer su aparición feroz.

El gato se llamaba Durán. Tenía un pelaje abultado, no le hacía falta comer, hubiese devorado lo que le pusieran en frente. El pescado debe estar podrido, le dije a Jagord. Él sabía lo que pasaba.

A la mañana siguiente se bañó en el vagón sanitario. Su ropa pasó por las manos de los lavanderos, dos chinos desdentados. Estaba listo para enamorar a la crupier; esperaba al gato y le ofreció de nuevo el pescado. El gato, astuto, ni siquiera se acercó a nuestra mesa. Jagord no probó bocado. No era sacrificio de su parte. No comer para él parecía lo normal. Menos normal era verme sin saber qué decirle, cómo justificar al animal.

En la tarde, como todas las tardes, recogía los periódicos que ya nadie leía y que en los trenes nadie recorta. Se hallaban impolutos y, en varias lenguas, le leía a Jagord mientras el horizonte cambiaba de colores a una velocidad de nave espacial. Nuestro viaje era anti todo. Antihorario, antiguo, hacia nuestros antepasados, porque, de una manera nueva o por lo menos misteriosa (lo que quiere decir justamente “nueva”), lo que tratábamos de encontrar era un lenguaje prebabélico, o por lo menos anterior al esperanto. Leía los periódicos y a ratos me detenía en una consonante o una vocal y le pedía que la dibujara con el dedo sobre el cristal empañado o en el aire, y mi amigo trazaba un garabato que nunca se parecía a esa letra. Era como si pintara una letra, no como si la dibujara.

Pronto pero mal descubrí que viajar bajo una consigna como la que me había impuesto a mí mismo era una suerte de no-viaje, o viaje al interior, por más que afuera pasaran poblados, ciudades y naciones en un suspiro. Eso era lo que quería decir mi ex acerca de que lo que yo hago es hundirme en mis propias excrecencias para, sencillamente, no oler las de los otros.

Viajar, entonces, era un riesgo. Pero para él más que para mí. Lo confundían con alguien más. Así aprendió Jagord a ser todos y a ser un poco de todo. Fue un empresario disfrazado de su más miserable empleado. Fue el carpintero de una gran firma de muebles innovadores. Fue el pianista del restaurant a bordo. Fue un poeta melancólico y suicida que ama tanto la vida desordenada que teme no hallar a la mujer que le dé sentido. Fue el capitán del barco que sabía que pronto caería sobre ellos una tormenta devastadora. Fue el futbolista que hace tres años falló el penal decisivo del campeonato de Europa y que ya nadie recuerda. Fue el periodista del Times que inculpó sin fundamentos al presidente y que ahora hace reportajes en altamar, como paga por su error y que busca al Fastitocalón o a Moby Dick para resarcir su nombre, aunque no al Fastitocalón ni a Moby Dick les importe cómo se llama. Fue un vendedor de medicamentos efectivos para dolencias que ya no existen. Fue un hombre llamado Amadís y un sujeto extraño de nombre Sídama, que además era detective privado. Fue un ex campeón de Peso Mosca que se había operado tanto la cara que ya era irreconocible, pero al que le faltaba un golpe certero para encontrar por fin en el espejo a quien debe ser.

He conocido a personas, en particular políticos, que hablan mucho y nunca se sienten otro, que son demasiado ellos mismos, lo que les impide distinguir los problemas ajenos.

Lo suyo en el tren no era sentirse desubicado, como la mayoría de los pasajeros, entre los que me incluyo. Él, cuando se trasladaba de un vagón a otro, en realidad paseaba. Los lugares estrechos son y siempre serán su sitio favorito, ahí se encontraba bien. Es probable que en lugares abiertos y amplios no supiera quién era, que se sintiera otro, y quizá sentirse otro le fuera necesario para recuperar el habla, eso me dije. Va a volver a hablar el rato menos esperado. Aunque quién sabe. He conocido a personas, en particular políticos, que hablan mucho y nunca se sienten otro, que son demasiado ellos mismos, lo que les impide distinguir los problemas ajenos. Y yo lo que quería era encontrarme. Ah, Jagord sería un político fenomenal, sin el habla que entorpece cualquier indicio de buen pensamiento.

Frido era malayo. Hablaba un inglés que creo que solo Jagord entendía. Con él nos sentamos una tarde. Yo me tomé una copa de vino, la secundé con una de whisky para decidir que las remataría con una bebida original de los Urales cuyo nombre se me enredaba en la lengua.

—¿Y entonces?—, preguntó Frido, quien ladeaba la cabeza a cada trago, como si fuera esa la única forma de que el alcohol tomara en ducto adecuado. —¿Jagord estaba siempre ebrio?

Yo ya lo estaba y me dolió, como solo duele la sobriedad súbita, descubrir que no lo había sospechado antes. Vi a mi amigo como Frido al beber, reclinando la cabeza.

Jagord no se inmutó. En el universal Catálogo de las Ambigüedades Humanas, nadie sabe que un borracho lo que anhela es el silencio, porque lo que busca en el fondo de una botella es la palabra exacta, y da, al cabo de muchos años de preparación etílica, con una sola palabra que lo define todo: deseo. Pero deseo es una palabra que no se puede decir ni antes, ni durante y ni siquiera después de que lo encontremos. Por eso Jagord no se inmutó. Porque era deseo en estado puro. Y yo resolví que no podía tratarse de otra cosa que un bebedor consuetudinario que, como tal, sabía esconder su manjar a la vista de todos. ¡Cómo no me percaté que de tanto no decir la palabra deseo él mismo era esa palabra!

Si me esfuerzo, veo la instantánea de Jagord llevándome al camarote, para enseguida ver en la que Jagord figura cantándome una canción de cuna y culminar con Jagord mofándose de mí. Tanto deseaba que eso sucediera, que no podía hacer más sino aceptarlo. Pasó y fui el hazmerreír de alguien que, a pesar de haber bebido copiosamente, no sabía ya rendirse a los efectos del licor y se aprovechaba de su condición. Y si siempre estaba borracho, pues entonces siempre estaría detrás de burlarse de mí, en un delirium tremens continuo y malévolo.

Sí: el demonio se había cansado de tratar de convencer a las personas mediante esa cosa insulsa llamada lenguaje. Era ahora una palabra andante.

Al día siguiente, con la resaca, que es una excelente consejera, indagué –no mucho– sobre lectores del tarot, adivinadores, hipnotizadores o cuenteros. Leí un manual (breve) de otorrinolaringología que derivaba la falta de la comunicación oral, como todo, a patologías mentales o emocionales. Me enteré, por el Reader’s Digest, que el récord del mundo registrado de alguien que no habló por voluntad propia, era de veintiséis años, dos meses y nueve días.

Por varios rumores, resolví que llevaría a mi cofrade a un mentiroso compulsivo. Supe que había uno en el camino, a quien, para sanar su compulsión, le habían recetado mentir todo el tiempo, porque así llegaría a cansarse de hacerlo, o, en su defecto, por lo menos las personas que lo oían sabían que mentiría. Por una ilusión patética y cursi, se me cruzó por la cabeza que ese tipo debía rozar la genialidad. Se lo conté a Jagord, quien no podía mentir. Mostró algo parecido a curiosidad, aunque siempre difuminada rápidamente por la ansiedad que tenía de llegar a su destino, que era el mutuo. Pero, como yo era quien pagaba los tickets del tren, los alimentos y a la postre me constituía en su entretenimiento, aceptó y en un andén, sin más, empezamos a buscarlo.

No me había percatado, pero, desde que lo conocí, empecé a pensar. Su presencia me inspiraba y motivaba. Sentía que podía darle vida, como si le estuviera suministrando rcp. Digo pensar como si dijera sentir, vivir. Antes, carecía de disciplina mental. Era desordenado o unilateral, lo que se traduce en idiota o demencial.

Atrapar en la mirada una silueta femenina, esa geometría, es jugar a que acariciamos. Hemos olvidado los hombres que las curvas de sus cuerpos no denuncian docilidad y blanda disposición para alguna mano cariñosa, sino elasticidad para el salto.

Los caminos de esa ciudad innombrable no nos llevaron adonde el mentiroso. La ciudad era la que mentía. La leyenda era la que mentía. Lo que hacían, como un muy maltrecho ardid para generar turismo, era provocar que la gente descendiera del tren de paso para dar con esta atracción. A veces, supe luego de caminar por horas y notar que Jagord no se cansaba por nada del mundo, era que, si se nos anuncia algo, lo más probable seas que nos encontremos con su opuesto. ¿No soy yo prueba fehaciente de esta verdad?

A veces Jagord veía alguna mujer. Yo estaba desentrenado para esas artimañas benefactoras. Benefactoras porque sin duda que sirven para desentenderse de la mujer que nos apresó alguna vez. Atrapar en la mirada una silueta femenina, esa geometría, es jugar a que acariciamos. Hemos olvidado los hombres que las curvas de sus cuerpos no denuncian docilidad y blanda disposición para alguna mano cariñosa, sino elasticidad para el salto. Son felinas. Van de un tejado a otro, si se me dispensa la brusca metáfora, por más que sin metáforas no habría sobrevivientes masculinos.

Estar así en el tren, o sea, estar sin querer salir, era una especie rara de afrenta contra las afueras, contra lo que podía depararnos el destino, y es que en el tren, como en casi todo medio de transporte, las cosas pasan sin mediar el tiempo en ellas. Pienso en cierta ocasiones que el tiempo se rompe cuando alguien viaja, que el tiempo deja de burlarse de nosotros y que nuestra movilidad termina por engañarlo, aunque nosotros no nos percatemos de ese ardid. Aquello lo supieron solo quienes lo inventaron en los peregrinajes, en las odiseas, en los éxodos contados por los rebisabuelos, cuando pasaban décadas y se habían olvidado de padecer las afecciones que carcomen con la edad. Y nosotros, los de siempre, veíamos subir y bajar a los pasajeros. A veces sonaba una canción que unos parlantes destartalados repetían. Esas veces eran las que hacían que mi sentir por Jagord se desbarrancara por el desfiladero de mis agonías hasta, luego de tanto golpe, parecerse a ternura. Ternura me causaba. Pero me causaba también extrañeza. Y es que Jagord sabía habitar las canciones, sin importar el género, la instrumentalización, la voz de la cantante o lo que la letra que acompañaba a la música trataba de decir. Jagord estaba en las canciones a la manera en que un pájaro está en el cable del teléfono, a cuyos pies pasan las voces de los otros. Diría yo que lo más importante de las conversaciones telefónicas de otros tiempos era que calentaban las patas, sin saber, de algo que volaba.

Me sorprendería pensar diferente a lo que pienso. Es que yo pienso que Jagord era todo lo contrario a un escritor, por ejemplo. Los escritores, sin distingo, son charlatanes, son patanes ocultos, usan el lenguaje como camuflaje y se ocultan detrás de sus silencios, porque entienden inequívocamente que el vocabulario es la estrategia para no decir nada. Jagord había llegado a la conclusión que solo los Shakespeares, luego de demasiados Hamlets, alcanzan. Que el mundo no se debe contar si no hay nada interesante que decir de este. Si no te sabes el nombre secreto de Dios, lo que sea que digas sería puro desahucio. No era la boca, eran los ojos de Jagord los que lo hundían. Esos ojos no habían visto una mujer desnuda en demasiado tiempo, lo que significa que sus manos huesudas no habían acariciado la piel tersa de una mujer en demasiado tiempo, lo que quiere decir que sus oídos no habían sido el albergue único de gemidos, gritos y llantos, los mismos gemidos, gritos y llantos que hacen que un hombre cierre los ojos a la fuerza y recite un poema que ni hecho a propósito para esa ocasión habría encajado en la escena a la perfección, con la enloquecida vastedad que solo la sangre refregada le regala al hombre. Un poema que se desliza por la comisura de los labios y que cae en la boca gimiente como una música nueva para esa lengua suya. Así se devuelven las lenguas robadas. Volvía a prestar atención a mi amigo en su no hacer nada y sospechaba algo que no me cabía por ninguna parte: que no conocía a mujer alguna, que apenas una caricia, acaso un beso, y que ir en busca de la tal Sogria era un gesto de ingenuidad que solo lo dan los adolescentes ante su primer enamoramiento.

Todo lo que descubrí con mi amigo en el inicio de esta travesía me convenció que yo estaba celoso de él. Sus virtudes eran múltiples, las había agudizado, tal vez por no hablar. Por doquier se propaga que cuando se pierde un sentido, otros se incrementan. Pero él debió perder más de un sentido, porque tenía algunos que incluso no entran en el listado habitual. ¿Adivinatorios, condescendientes, repelentes, atrayentes, atemporalizadores? Todo esto em distrajo tanto que me había olvidado de llorar. Al principio de mi peregrinaje a las tierras más lejanas posibles, lloraba todos los días. Lloraba día y noche. Quería llorar y hablar. Cuando los hombres han estado en una guerra, callan. Gritan cuando duermen. Padecen múltiples pesadillas. Jagord ni eso. Y temía, al despertar, haber revelado datos de mi guerra interna mientras me hallaba sumido al sueño. Y en el tren, en el camino, esas sinuosidades femeninas, nos hallábamos a nuestras anchas, porque esa es tierra de nadie. Nadie podía echarnos de ahí.

Descendimos en Novosibirsk. Había que estirar las piernas. Había que cambiar el trayecto de alguna manera. Debía yo imponer algo en ese itinerario para que mis tratamientos consiguieran algún beneficio. La estación del Transiberiano era gigantesca, ideada para humanos superdotados, mejorados genéticamente. ¡Y yo venirme a sentir cómodo en ese lugar! Me fascinan los rusos y los descendientes de rusos y los que se creen rusos. Todo lo llevan a los extremos. Nos alojamos en un hotel cerca de la estación del tren de dimensiones igualmente descomunales, o por lo menos desproporcionadas. Pensé y le dije lo que pensaba a mi humilde escudero que esa táctica publicitaria turística de provocar en el visitante la sensación de estar en un sueño era no solo ingeniosa sino que además del todo práctica. Como en los sueños, al subir o bajar por escalones como esos, que obligaban a dar zancadas, agotaría a cualquiera y lo obligaría a descansar. Ya me estaba acostumbrando a pronunciar mis pensamientos, a sentir a Jagord como parte mía, mas no como un ser humano distinto. El Transiberiano, para ser precisos, que fue el que nos dejó ahí mismo. Le comenté mi plan, el cual era ralentizar un poco el viaje, volverlo más placentero, para que luego no se llevase ninguna sorpresa. Su gesto de indiferencia me explicó que eso era totalmente innecesario, que se moría de ganas de ver de nuevo a Sogria y que la palabra que mejor decía en el mundo encajara por una buena vez. Que ella lo escuchara decirla. Pero se impuso mi bolsillo y mi buen ánimo.

Pasamos toda la tarde paseando y por la noche visitamos el barrio turístico. Una chica me miró, loca por mí a primera vista, y Jagord me miró, expectante a ver si lo dejaba por ella. El teatro de Ópera y Ballet de Novosibirsk era de una exquisitez sobrecogedora. La ciudad lo tenía todo grande, sus habitantes medían un poco más que el resto de la humanidad. Yo, que soy alto, me empequeñecía a su lado. Cruzar una avenida era cosa de héroes. Cada veinte o veinticinco minutos Jagord tenía que sentarse en donde estuviere a atarse los cordones de sus zapatos. Mataba algún mosquito contra su cuello y se lamía la palma de la mano, saboreando la sangre de la última víctima del insecto. A mí me causaba una repulsión tremenda, pero, por curioso que suene, me enternecía cada acto que llevaba a cabo. Sé que se moría de ganas de detenerse y pedir una moneda, solo por hacerlo. De vez en cuando miraba atrás, pero no al atrás remoto. Miraba a ver si alguien, o quizá más de uno a quienes conoció en este viaje, nos pisaba los talones. Mis antenas recién calibradas gracias al asueto y a que en verdad respirar otros suspiros es de mucha utilidad para sanar al alma, me alertaban de que así como mi hermano de travesía buscaba a una mujer, había alguna que suspiraba por él. No lo calificaré de maniático ni paranoico. Yo mismo lo soy. La presencia de mi ex esposa en mis palabras, me recuerda con nitidez que nunca supe decírselas, que lo mejor habría sido organizar entre los dos, ni bien casados, un gran robo a una empresa multimillonaria y escapar. Y acaso ser atrapados. Y vivir confinados, extrañándonos. O mejor, vivir atados en una celda conjunta en la que iríamos conociéndonos a la fuerza. Tal vez esto no ha sido pensado por quienes tienen la obligación moral y política de pensarlo, pero vivir eternamente con una prisionera sería un excelente reformatorio. Aislamiento, sí. Se lo recomiendo a quien fuere para solventar sus problemas maritales antes de que estos ocurran.

Mataba algún mosquito contra su cuello y se lamía la palma de la mano, saboreando la sangre de la última víctima del insecto. A mí me causaba una repulsión tremenda, pero, por curioso que suene, me enternecía cada acto que llevaba a cabo.

Lo desperté temprano y fuimos a pescar. Había alistado una fiambrera. Me hizo alguna mueca. Me enorgullecí ante mi inteligencia para la pesca, que estaba intacta. El viento se afanaba contra el cabello enmarañado de Jagord. El olor de la ciudad en su cabello. El abandono gatuno al Padre Todopoderoso. ¿No lo he subrayado antes? Jagord era muy devoto. Tanto que se creía con permiso a hablarle a gritos a su padre o incluso a callar. No sé cuál sería un arrebato más indisciplinado y pecaminoso. Me irrité cuando descubrí que no se comía las galletas que compré para untarles atún, que las lanzaba a las aguas y daba ligeros golpes en el lago estático, causando círculos hipnotizadores que, sumados a las migas, llamaban a los peces que yo del otro lado sacaba con el pecho hinchado.

Vimos el crepúsculo y nos aferramos a mis maletas. Empezó a hacerse de noche y comenzaron a disparar los juegos artificiales. No tardamos en ver las candelas romanas y los cohetes surcar el cielo y pensé que de todo ese viaje no tenía regalos para nadie y que, claro, mi psiquiatra me había aconsejado que no comprara nada porque de hacerlo habría pensado de inmediato en uno para mi ex esposa, cosa imperdonable. Cenamos y sin verlo le dije que no habría otra escala hasta llegar a nuestro destino, o el suyo, que eran los brazos de su amada. Lo dije con una mala saña que a mí mismo me perturbó pero no me retracté ni acomodé lo dicho. Solo limpié mi boca con una servilleta de tela y me disculpé por tanta brusquedad.

Nos dirigimos al hotel y mi encono prosiguió:

—Tranquilo, yo pago la cuenta.

Creo que por fin los súper poderes de Jagord empezaban a flaquear porque no mostraba indicios de rencor, ni siquiera de entender lo que estaba haciendo. ¿O es que acaso solo entiende lo que nace con buenas intenciones? En ese caso, pobre chico, pensé, porque no va a comprender nada de nada de este mundo.

De camino a la estación del tren, yo fui adelante. Había un viento que agrietaba los labios. Se sentía el olor del invierno. Estaba oscuro y se bamboleaban las farolas en las callejuelas. Tener esas farolas era un buen implemento artesanal que le daba a la ciudad un sentido más rústico, aunque se trataba de una urbe cosmopolita. En sustancia el olor del invierno era como en casa cuando en la montaña ha llovido y hace buen clima. Mordisqueaba aquel olor como un perro cuando su amo le sopla al hocico, pero el Transiberiano estaba a punto de partir. Casi corrí, y, siniestro, me detuve a comprar un atado de cigarrillos. Cambié el ritmo de las cosas y empecé una amena charla de gestos con el cigarrero. Le pregunté por la ciudad, le pregunté si ahí había guerra. Le pregunté por un cinematógrafo. Le pregunté por los árboles que hacían tanta falta. Mi camarada solo esperaba. Ni él ni yo comprendíamos nada y me recorrió el espinazo la sensación de que en cambio Jagord lo comprendió todo al pie de la letra. Sin despedirme, caminé de nuevo y de nuevo mordisqueé el olor del invierno. Llegamos tarde y yo sentía los ojos de Jagord contenerse y hacer peso a ambos lados de su cara para que la sonrisa no aflorara y se desternillase con la escena jocosa que estaba a punto de suceder: inevitablemente tendríamos que dormir en la estación en espera del siguiente tren que pasaría a las cinco de la mañana, cosa que para él era hasta confortable ya que en el fondo extrañaba el piso frío y duro, pero a lo que yo no sabría cómo sobrevivir. ¡El bastardo lo entendía todo!

Atrás Novosibirsk, nos alejamos sin aspecto plañidero en serpenteo y siseo del tren. ¿Las cosas que evolucionan cada vez causan menos ruido? Dos camarotes, lo más separados posibles, como un matrimonio que en medio de la Luna de Miel ha descubierto que lo suyo es un error. Yo iba al vagón de fumadores y no encendía un cigarrillo, pero tenía al atado sobre la mesa. Lo desesperaba, igual a lo que hacía Jagord conmigo. Lo iba a buscar y no estaba meditando en posición de loto, no estaba leyendo a Lord Byron para rebosar esencia romántica, no estaba dormido para recobrar fuerzas ni tampoco estaba a un paso de cortarse la yugular. El tren era todo encanto y artificio. Otro mundo, todo ambiente cerrado lo es. Llegamos al tramo que todos conocen como el “Doble Atardecer”. Había que ver por las ventanas de la derecha del tren en marcha. El tren subía una pequeña cuesta redoblando el paso y cuando se encumbraba podía verse el último arco del sol desaparecer por segunda vez. Jagord estaba sentado en la otra fila de bancas, en las de la izquierda y se regocijaba con nuestra ingenuidad: nunca vimos en verdad ni la primera y menos la segunda puesta del sol, aunque no faltaba quien presumía ser el único que alcanzó a divisarla.

No lo había pensado antes; lo pensé entre el sorbo de té y el mordisco de una magdalena. Le exigí que abriera la boca y me dejara auscultarle, mientras presumía de no saber de otorrinolaringología y entendía para mis adentros, sin parar de hablar, que solo los presuntuosos desconocen lo que hacen y que buscan explicaciones de sus actos en el hecho de acompañarlos, adornarlos con palabrería. Lo hizo, abrió sus fauces, y yo, el amaestrado, metí ahí mi cabezota sin temor a ser degollado. La vergüenza de su aliento y su dentadura de masticador de estiércol eran el resorte que le atraía los labios uno al otro. No hallé nada raro, ningún hueso atravesándole la garganta, ni indicios de pus, y, aprovechando la oportunidad, tampoco di con palabras materializadas que le obraban el doble milagro de hacerse visibles pero matarlo en el intento de desahogarlas. Solo di con una boca muy roja, una enorme cicatriz, un implemento que en su caso estaba de sobra.

No me había fijado en las manos de Jagord. No sé el motivo de mi descuido. ¿Cómo olvidar que las manos traducen muchas cosas? Eran unas manos que (no exagero) debían pertenecer a otra persona, alguien más grande. Unas verdaderas tenazas. No es necesario recapacitar para notar que una persona carente de caricias, al estar frente a unas manos descomunales como las suyas se le haría inevitable pensar en ¡cómo sería…! Intenté que escribiera en papel y que de su boca siempre a medio limpiar (era como si las servilletas fueran inservibles en su caso) saliera el sonido que el dibujo representa. Abría la boca y más bien era como tragara aquella a, o que entre su dentadura entrecortada se perdiera esa i. Tomaba el lápiz y desaparecía entre sus dedazos, como por arte de magia, como aquellas vocales. ¡Qué gran metáfora de sí mismo!, pensé mientras trataba de colocarlo, al revés que un niño, para quien no está diseñado un lápiz por su tamaño, entre sus dedos torpes, para encircular y adecentar de mejor forma una o.

De modo que de a poco descubrí que lo mejor con mi amigo (a quien en mi interior daba todas las cualidades de un Sancho Panza; lo que, evidentemente, hacía de mí un Quijote, sin sus delirios, pero tampoco con sus bríos y valentías) era ver llover. Imaginar a la gente en las pequeñas colinas, atrás de la lluvia, anhelando subirse a nuestro tren, al que solo imaginan detrás de la lluvia, y conocer a alguien como yo que les dé sentido a sus existencias. Y es que mi sacrificio por mi amigo implicaba una serenidad rayana con la santidad. Así que ante mi nueva santidad debía ocupar con dignidad ese rol.

Uno diría que el paisaje estaba leyendo con fijación a Lawrence Durrell, y que envidiaba su manera sensible, maquillada ante el tocador, de describir a Alejandría y trasladarla al cuerpo amplio de una mujer, Justine. La sutileza con la cual reverenciaba el baile, no vuelo, de las gaviotas. Cuclillos y aun buitres sarnosos las remedaban, en danzas ridículas de aleteos desacompasados, como alcohólicos que se creen Baco o Dioniso sin haber siquiera bebido lo suficiente. El color de las copas de los árboles era de un espantoso verdemoco, estaba carcomido por manchas purulentas y no exaltado por un brillo incorporado a los árboles y que la luz extraía a fuerza de amor. Todo era plano e interminable hasta que se rompía en montañas de picos mal trazados por un aprendiz de dibujante, en un asalto de mal gusto que ningún artista escogería para plasmarlo en su lienzo. Una cadena montañosa interrumpió el horizonte. Eso también era un mensaje. Sentado los dos ante la ventana, sin la incomodidad de tener que interrumpir nuestros silencios con algún comentario ingenioso, acodados en su marco y abismados por ese paisaje, me sentía en verdad formar parte de algo sobrenatural. El tren de los fantasmas se acercaba a algo. Al pie de las montañas se obstinaron en nacer lagos transparentes y que en realidad se veían muy sólidos, como témpanos de hielo que emergían del Infierno. Si veía mi reflejo ahí, es que yo estaba tratando de escapar de ese sitio pudibundo. Pero no vi nada porque no había nada que ver ahí. Todo había adquirido para mí el poder comunicativo que no tenía antes. Desde las flores más sencillas hasta los dijes de perla y diamante de algunas pasajeras de primera clase me decían algo con una nitidez que no alcanzaban ni los mismísimos seres humanos. ¡Cuánta humanidad descansaba en las fiambreras, en el humo de los cigarrillos, en la horma del zapato del acomodador, en el diente de plata de la señora Torpies, en la palangana y en el bastón del príncipe Arriey de Bosnia, en el chaleco color miel de un hombre misterioso que solo escribía, levantaba la cabeza como para tomar aire y volvía a escribir! ¡Cuánta humanidad había en Jagord que podía desperdigarla en las criaturas inanimadas con la sobriedad de un mesías de lo que no es visto!

Su primera palabra fue “Sogria”, y yo creí que era mi avance. Cuando él me explicó con su subsiguiente silencio que eso más bien era una especie de estancamiento, mi desilusión rayó la bronca. Quise insultarlo, pero descubrí que él me estaba insultando con su espalda que me apuntaba directo, y otra lección me fue dada: los humanos detestamos todo lo que nos señala y que carece de punta. Sus ojos estaban plantados en un paisaje externo. Y vio algo que entonces le abrió la boca y le destrabó la lengua. La coincidencia fue fastuosa y ciertamente monstruosa. Vio un tapiz, o vio lo que había en un tapiz.

La vergüenza de su aliento y su dentadura de masticador de estiércol eran el resorte que le atraía los labios uno al otro. No hallé nada raro, ningún hueso atravesándole la garganta.

“Tapiz”, soltó y yo casi caigo del espanto. Porque eso era esa palabra, un grito de espanto, horrísono, majestuoso, el susto de toda una vida.

La locomotora no se detuvo. Él vio con precisión quirúrgica lo que el tapiz del mesón de Laurent exhibía. Un trozo de cielo y tierra en comunión que se movía, sus ráfagas, sus sobras. Porque eso quedaba de la contemplación de las ventanillas y por la prisa del ferrocarril, solo quedaban sobras del mundo. Alguna vez de niño concebí la idea de que al ver algo apasionante, bello, lo aconsejable sería cerrar los ojos para que la imagen no escapase, incluso con fuerza, presionando párpado contra párpado. Al ver a Jagord recordé aquella idea y descubrí que en realidad debía hacerse todo lo contrario si lo que uno pretende es capturar y fusionar con todo nuestro ser una escena memorable o un capítulo irrepetible. Hay que abrir los ojos y nublarlos, inintencionalmente, por supuesto, ya que la intención absorbe toda la concentración que demanda ese ejercicio de captura, o rapto, si se quiere, ya que nadie nunca volverá a mirar con aquellos ojos ese mismo panorama, ni nadie nunca más sentirá cómo el alma se traslada al otro objeto a un nivel de desalmarnos por completo. Lo visto y lo que ve terminan siendo uno solo. Y eso durará por toda la eternidad. Y si encima existe la suerte de que un testigo, en sus cinco sentidos, presencie el prodigio, podrá cundir por la tierra al igual que un temblor o un tsunami, al igual que un orgasmo de la naturaleza que causa cosquillas en todo aquel que esté sobre ella. Así deben sentir las pulgas o los microbios cuando un cuerpo, que no es el suyo pero al que lo habitan (entonces ¿sí les pertenece?), llega al éxtasis.

“Tapiz”, repitió, pero esta vez de su voz emanó una tristeza digna de colgarse en un museo como exposición permanente.

Yo vi el tapiz, o paisaje, da lo mismo, que él vio. Pero nunca podría ser capaz de mentir que sentí a mi cuerpo fundiéndose con el mundo. Eso no pasó. Y si hay un detonante real a mis ganas de conocer a Sogria y si algo marcó ese después en el que Jagord creyó que todo no era sino una pesadilla, y de otra persona, además, fue mi envidia por poseer algo que fuera tan poderosamente bello, o excelso. “Si el tapiz, o lo que sea que ha visto Jagord causa semejante conmoción universal, ¿cómo será ella, que era lo único que sabía decir?” (Y un imperceptible ataque de desasosiego copó mi ser. Me di cuenta, pero sin apenas percatarme en ese instante de que sucedía, que por culpa de Jagord, de su personalidad que había ocupado mi atención durante las últimas semanas, me veía yo incapacitado para percibir en su magnitud lo que estaba en frente nuestro.)

Seguí con mis clases el día y medio que faltó para llegar a la estación y fingir yo que moría de hambre con el firme propósito de estar cerca de ella cuando él la abordase. La imaginé todo al detalle, quitándome un sombrero de copa imaginario, besándola en la mano suave, asegurándole que todo lo que Jagord había mencionado sobre ella era pobre ante la realidad, y luego mintiéndole al oído que él me habló y mucho sobre sus cualidades, que no dejaba de hablar, que no actuaba ante ella y el mundo sino que simplemente su arrolladora belleza le robaba las palabras, se las limitaba, lo volvían tartamudo y estúpido en grado sumo.

El día era bueno. Soplaba una brisa desde occidente. Brisa equivocada. Era de esas brisas marinas que ya en la playa perturban un poco los ánimos. De esas brisas que amarillean los ojos. Cuando alguien pretende sacar fotografías luego de tomar “la brisa”, contagian a la lente, al obturador y por fin a la impresión de ese color hepático. Por eso las fotos amarillean. Por eso pierden algo de actualidad y se vuelven eternas.

Jagord me miró. Parecía decirme “dame valor”, pero desde el nacimiento de mi envidia ya no estaba seguro de qué me decía aquel pobre hombre. Aquel pobre hombre que de pronto perdió sus cualidades para mí y que ya era de nuevo apenas un mendigo que escondía un secreto que seguro lo hacía merecedor de la horca o por lo menos el apedreamiento público. Fue entonces cuando empecé a descubrir sus debilidades, o quizá convenga decir sus normalidades, pues de pronto le costaba trabajo ponerse de pie luego de un par de horas sentado. Incluso creo que si yo hubiese agudizado un poco más las artes del entendimiento, de las que fui poco nutrido desde mi gestación, habría detectado en Jagord con mayor presteza las cataratas que le encogían el ojo derecho, ¿o era el izquierdo?, y la malformación en los brazos, esa ausencia de musculatura que es natural aún en el más flojo de los mortales. Que nadie me pregunte nunca la razón, pero empecé a verlo como si tuviera frente a mí a un amante de muñecas inflables, a alguien que las probaba antes de ofertarlas en el mercado (si no, no entiendo aquello de “de buena calidad” con lo que las auspician), que no utiliza su cuerpo ni para darse autosatisfacción y que, en todo caso, ha adiestrado de tal modo a su imaginación que apenas con un poco de rasgos eróticos alcanza un relax en peligro de extinción, pero que es el mismo con el que conviven los curas. ¿Sería él hombre de claustro?, sospeché. Claro, cómo no me di cuenta antes, me reté.

Se contó los dedos de la mano. Eran cinco, aunque no le hubiese causado la menor angustia que de pronto hubiera desaparecido alguno o que hubiera uno de más. Los contó dos veces y dio diez en ambas ocasiones. Tampoco le importó. Solo contaba como en cuenta regresiva para despegar o arrancar con su fantasía. Ya estaba por la veintena cuando fui yo quien, sin su ingente necesidad de aspirar oxígeno, me abalancé adentro del local, raudo, hermoseado por la enorme desfiguración de Jagord, quien en su rostro acuñó todos los miedos de que Sogria no estuviera, de que hubiese sido un sueño o un fantasma, o, y esto hubiese sido lapidario, que no lo reconociera. Yo solo vi el tapiz y mi anonadamiento fue tal que tardé en descubrir que entre mi mirada y el tapiz estaba Sogria, que no era parte de esa maravilla del arte humano, que lo suyo era habitar un escalón más arriba de la media, de la mayoría, de quienes hemos nacido de mala madre y hemos tratado de reconstruirla con los años.

En ella se había concentrado la evolución, era el resumen de lo que los humanos soñamos en ser, el resumen de todo lo que ha pasado hasta la fecha y que ha tenido o no importancia. Caminaba a hurtadillas, queriéndose robar algo, y yo sospecho que lo lograba con tan solo alzar la mano, como si pidiera su turno para hablar. Bastaba verla para pensar en Aleluya y en que esa palabra se dibujara en nuestra boca, incapaz a su vez de pronunciarla.

Un mal poeta habría asegurado en mi lugar que habría estado a un chasquido de morir. Yo puedo asegurar que el chasquido no hizo falta. Morí dos veces. Cuando se movió. Cuando se fue a verlo a Jagord, llamándolo por su nombre. ¿Cómo identificó a ese espantajo? Ah, claro, me dije, si ha sido siempre igual de espantajo.

Se me atornilló Sogria en la pupila. Entró girando, como un trance hipnótico, como una bailarina de cajita musical. Pero con el mismo dolor de un tornillo.

No trató de presentarnos. Dijo Sogria y Sogria sonrió. ¡Qué fabuloso que debió sentirse el tan desdichado! ¡Poder decir una palabra y con esta provocar que la luz del mundo se encendiera!

Mis celos me quisieron matar una tercera vez, pero Sogria era una reinventora. Ustedes son amigos, ¿eh?, y apetecen mis gramillones con huevo y verduras al escabeche. Regreso en un momento.

No tardó ni ese momento. O el momento fue tan flexible que yo no lo sentí, sumergido en los matices y las formas del tapiz, hombro con hombro con Jagord, llenos sus ojos de lágrimas que lo dejaban verlo mejor. A veces contener el llanto es una manera de divisar otros aspectos del mundo. ¿No se jura por ahí que los artistas entornan los ojos o los empañan para encontrar otros ángulos a la perspectiva ocular? No sé si lo he mencionado antes pero aprendí a no llorar gracias a la miserable depresión. Por un momento somos felices, una felicidad que va y viene. No sé si sea posible otra forma de felicidad que en la espera. Ver una pieza de arte es esperar. Esperar que el milagro se concrete en el interior de cada uno y germina hasta la piel, hasta estremecernos la piel, hasta que cambiemos de piel. Así se estremecen los anfibios, así las sierpes, que de tanto milagro mudan su corteza y se reinventan con frecuencia enfermiza.

El día era bueno. Soplaba una brisa desde occidente. Brisa equivocada. Era de esas brisas marinas que ya en la playa perturban un poco los ánimos. De esas brisas que amarillean los ojos.

Daba ganas de cantar. Cantar por cantar. Así, como cuando uno ve un maizal. Mejor sería decir que lo que tiraba para fuera era un tarareo feliz. Daba ganas de comer pato. Es la única carne que sin sal sigue siendo buena. Como un eco entre las piedras, el asombro se fue apagando entre nosotros para darle paso a la espera de Sogria. Cuando volvió con los platos que, por sorpresa, no eran pato sino los gramillones que ella había ofrecido, estábamos acomodados en una mesa, cuadrada y todo, ante dos juegos de cubiertos, plateados y todo. Rematamos con una tarta. Se oía en el fondo el crujido amortiguado de los frenos de las ruedas de los trenes que paraban y arrancaban de nuevo. Cabellos pelirrojos de Sogria. Ojos apagados, de quien ha trabajado desde el alba. Tres notas de un violín lejano. Las almas mendigas captan esos sonidos. Sogria a punto de tararear una melopea extinta. A menudo el mundo se anuncia de manera ruidosa. Este no era el caso. Se removía en nuestro interior un crepúsculo lento, invitación a recostarse. Sogria nos dio a entender que ahí podríamos dormir. Jagord no consideró mi presencia como un atentado. Yo caí como una piedra en una silla de doble asiento acolchonada del fondo. No sé dónde durmió Jagord, o si lo hizo, pero no sentí su presencia en toda la noche. Sí, en cambio, el ronquido leve de Sogria, quien no sabía roncar. Su garganta estaba manufacturada para llevar un collar de perlas, no algo tan burdo como son los ronquidos.

De pronto, yo solo supe algo curioso. Curioso era verme jugando un juego del que ignoraba las reglas. La regla de Jagord era verme detrás suyo, como un inquilino de su necesidad. Yo, que hasta ese instante me sentía su promotor, su agente, su impulsor, de súbito volví a ser el hazmerreír. Quien pagaba las cuentas. Actor de reparto. El entrevistador, no el entrevistado. El suplente que ansía con todo el ímpetu la desgracia del titular. El que fue abandonado por una mujer a quien consideraba inferior pero que, gracias a su abandono, subió varios escalones por encima de uno. Era Sancho, y era Watson, y era Adso; nunca el Quijote o Holmes o Baskerville. Mi juego era inventarme que sabía jugar. Eso, sencillamente, era inadmisible ya. Debía cambiarlo.

Vi bien a Sogria. Le sonreí.

 

Carlos Vásconez

Carlos Vásconez

Escritor

Más Historias

Más historias