Capítulo 2
Las Hambres

Alguna vez pensó Oliver Jagord en su familia. Alguna vez la pensó intensamente, con amor. Su familia era un recuerdo muerto. Era una fotografía colocada estratégicamente en una esquina de su cerebro y que con los años se amarilleaba y sus esquinas se doblaban hacia dentro, en un gesto de dolor. Se trataba de una serie de personajes más afines a su fantasía que a una realidad palpitante. Se inventó un perro, una gata, canarios. Se inventó una mujer que rezaba por él cada noche, y que al amanecer, y siempre con prisas, se santiguaba y murmuraba su nombre: Oliver. En la alta fantasía, alguno de ellos, de sus hijos, descreyó de su apellido, pero era solo para poder obrar a favor de la causa paterna sin temor a que lo vinculen. Él pensaba que ellos estarían por ahí, entregados a la vida, pensando en él, esperando que un día tuviera las formas de escapar de prisión y no buscarlos para no ser capturado de nuevo. Alguna vez en prisión, Jagord llegó a imaginar que uno de sus hijos, Rita, se acostó con un guardia y lo durmió a besos, y en un arrebato de astucia copió las llaves y que cada noche dejaba abiertos los candados para que su padre intuyera que podía escapar. Si nunca probó suerte fue para no desampararse ante la evidencia de que eso no pasó, de que Rita tan solo vivía en un estado de negación paterna. Así era Jagord, y era un poco más Jagord cuando limpiaba sus uñas con las de la otra mano o cuando escardaba sus dientes, lo que dibujaba en su cara una mueca atroz. Y era completamente el ser humano Oliver Jagord cuando despertaba de sus ensoñaciones con la certeza de que no tuvo hogar y que el calor de una mujer amorosa era tan solo un deseo fervoroso.
Cada tarde una lluvia distinta. En este sitio, acosado por pinos que soñaban con ser árboles navideños, llovía como si el cielo diera las buenas tardes. Llovía mucho y llovía que daba placer ver llover. Y daba miedo ver cómo llovía, o cuánto llovía. A veces se podía ver la lluvia desde debajo de la lluvia. Y se podía ver la segunda lluvia, la que esconde tan bien y celosa la primera lluvia, esa de gotas más gordas y más flacas, la que cae de costado o inclinada, jugueteando, la que no moja pero acatarra. La segunda lluvia que empuja a la tercera y hace que esta nunca aparezca. La segunda lluvia que es la que pintan los que no son pintores sino artistas. Los que dicen que han pintado un paisaje soleado y se mofan por lo bajo al ver en ese cuadro solo lluvia. Llovía y daba calor o frío, y dependía todo de cuán cálida había sido aquella mañana. Llovía y granizaba y llovía y paraba para volver a llover. Llovía a pesar de ser miércoles o de ser domingo, a pesar de que los días transcurrían indiferentes a los terrícolas, que para desgracia de algunos no se sentían analizados, estudiados por alienígenas siniestros o un dios que procura mejorar su propia creación. Llovía encima de las fresas, de los interminables cultivos de arroz y sorgo, llovía como algunos comen, atragantándose, sin el menor deleite. Llovía y sin embargo era viernes por la tarde y en otro lado ya era de noche. La gente colgaba su ropa de tendederos y llovía, y cuando la quitaban llovía un poquito más. Reinaba en la ciudad un pacto que nadie firmó entre la lluvia y las cosas y entre la lluvia y las cosas y las personas que, cuando dejaba de llover, extrañaban a la lluvia. Los perros se bañaban en agua de la lluvia y se secaban porque mojados causaban espanto. Los gatos huían de la lluvia y cuando se guarecían la miraban a ver qué otra cosa ofrecía. La lluvia, para un mendigo, era una bendición. Los peatones deambulaban con las manos en los bolsillos, palpando su dinero, contándolo con la mente, y al pasar junto a un pedigüeño sentían que ese billete o que esa moneda estorbaban, o estaba de más, y no podían esconderle a su consciencia el remordimiento de no compartir su dicha.
Sofía disponía sobre su mesa un paraíso para el paladar como quien coloca la mejilla en una posición amorosa. A ella sí daba ganas de decirle que hacía un día espléndido.
Jagord veía de lejos la lluvia y por un arrebato de exclusivo romanticismo se prometió abandonar el pueblo el día exacto en que no lloviera. Se incorporó y ya de pie interpretó el rol de quien jura, mano a la altura del corazón, palabras selectas, mirada excepcional, todo un menú de disfraces que le dieron comodidad para no tardar en causarle melancolía. Ya había jurado que la lluvia sería la causante de su huida y pensó que él mismo, en alguna otra situación, había sido un experto en aniversarios y fechas. ¿Qué hacía ahora entregándose al azar del clima?
Sofía disponía sobre su mesa un paraíso para el paladar como quien coloca la mejilla en una posición amorosa. A ella sí daba ganas de decirle que hacía un día espléndido. En los parlantes del local sonaba algo que parecía el Concierto de Brandeburgo. A las diez el salón se llenaba de viajeros que tomaban el tren a diario para ir a las minas. Gente festiva, misteriosa, humilde, altiva, pillos al fin. Y Sofía disponía los manjares con todo su encanto en cada mesa, sin discriminación alguna. Incluso Laurent sentía simpatía por “el mudo”, como lo llamaba ante su hija. Su hija de los hombros color miel, del pañuelo anudado en la garganta que caía con pena sobre su pecho poco pronunciado, de aristócrata decimonónica. Su hija que era el recuerdo de lo que su madre quiso ser: una bella damisela complaciente a los caprichos de Laurent, la mujer más deseada de la comarca, que al hablar se mordía el labio inferior. Sus caderas no se expandían hasta el infinito, aunque algún mal poeta así las cantara, solo estaban donde estaban y no había mejor lugar para ellas. Sus ojos eran claros y las medias que usaba estaban remendadas por alguien que si no era niño pasaba muy bien por uno, al punto de hacerle menear las caderas con una cadencia de metrónomo y expandirlas hasta el infinito.
De vez en cuando el acomodador del tren descendía y aprovechaba sus tres cuartos de hora para compartir un café humeante con Jagord. Le regocijaba cuando eso se daba, cuando lo escuchaba hablar sin medida. Al café lo soplaba, pero el aliento era cosa extraña en él, aunque no dejaba de esforzarse.
En la ciudad aprendió a contar hasta diez en idioma nativo y a comprender que aquella chica no se llamaba Sofía sino Sogria. “Es decir que con la pérdida del habla propia también se pierde el entendimiento del habla ajena”, se malhumoró.
Sofía le pidió una noche que le expusiera su caso. Aflojó la bombilla de la mesa siete y se sentaron bajo esa opacidad. Resaltaban los ojos. La dentadura de ella. Las luces de los trenes hacían de las sombras una coreografía espectral. Jagord estaba empapado. Fue curioso pero él se cuidó de no decir ninguna tontería. Ella arrastró hacia él un papel y un lápiz y le explicó con la sonrisa que adornaba su carita angelical que lo que quería era un retrato de toda la vida de Jagord. Él lo entendió. Trazó una silueta de hombre, la señaló y se apuntó a sí mismo con el lápiz.
—Ah. Eres tú. Entiendo.
Sofía asintió.
Luego dibujó lo que significaba una boca, parecía hambrienta, y sobre ella y con parsimonia trazó una equis brusca y abarcadora.
Sofía cogió el papel, le clavó la mirada, le clavó un beso sobre la equis. Se quitó el papel del frente y como un rapto besó la boca de Jagord que no sabía en qué hueco esconderse. El dolor lo inmovilizó. Sofía mordió una lengua mordida por otros dientes, sintió a sus dientes ocupar el lugar de otros. Una mordida sobre lo mordido.
No era la boca ni era la lengua, era todo lo que Sofía quería ser lo que le explicó, con lujo de detalles, que se trataba de una traductora de heridas. Hay de esas mujeres, sentenció para su complacencia Jagord, casi siempre están en los hospitales. Ven una herida y saben con precisión qué la produjo, el tiempo que tomará su cicatrización, la cantidad de besos apasionados que recibirá, y no solo los ungüentos y fármacos de los que dependerá para su restablecimiento como carne viva. Alguna de las chicas del prostíbulo aquel debe tener esta marca. Con ver, con tocar, incluso con lamer o con presentir una llaga pueden identificar las aflicciones al pie de la letra. Para seguirlo besando sin hundirse en su dolor sino para sanarlo, aunque fuera de momento, Sofía tenía que acomodar todo su cuerpo, trasladar el peso a la otra nalga, apoyarse más resueltamente en su pantorrilla izquierda, subir su mentón, y entonces desaparecía el dolor que Jagord le transmitía boca a boca.
—Por eso no hablas—, le dijo al cabo y los ojos de Jagord veían al piso sin encontrar las huellas del camino de huida—. Te mordiste la lengua.
Por dos días no se vieron.
Al tercero regresó a la estación, empujado por el hambre, y al mesón, empujado por un par de hambres.
En la ciudad aprendió a contar hasta diez en idioma nativo y a comprender que aquella chica no se llamaba Sofía sino Sogria. “Es decir que con la pérdida del habla propia también se pierde el entendimiento del habla ajena”, se malhumoró. Sogria no era Sofía. Sofía tenía miedos de mil y un ángeles castigadores y de la furia de Dios y creía que su padre lloraba todas las noches aferrando contra su pecho un escapulario que guardaba bajo tres llaves. Sogria se tocaba sus partes íntimas debajo de la sábana. Sogria maldecía cuando no ganaba a la canasta, pero agradecía sinceramente, profundamente, devotamente a Dios cuando ganaba. “Gracias, mi Dios, por este don que me has dado”. Sogria soñaba en tatuarse. Tenía en mente la pata de un conejo, para que la suerte la acompañara. Ese nombre no le gustó a Jagord, quizá lo que no le gustó fue no entenderlo a la primera oportunidad y ahora sentirse estúpido. Así que prefirió vejar al nombre. Incriminarlo. Librarse gracias a él del disgusto de no haberlo captado. “Ese no es nombre de un ángel. Es tosco”, recapacitó. Y cursi: “Su nombre debería ser Delicia”. Al cabo, trató de pronunciarlo en el parque, cuando durmió a la puerta de una iglesia. El beso no había surtido efecto, decidió, decisión que lo alentó a regresar a la estación, porque qué más daba si al fin y al cabo no se trataba de una sanadora.
Continuaron con los besos como una especie nueva de restauración, algo que según Sogria había sido experimentado con notable éxito en la antigua Mesopotamia y en la América septentrional.
La no-sanadora, en cambio, había preparado su nuevo encuentro. Lo llamó desde la puerta del mesón de Laurent. Lo llamó desde la puerta que daba a la bodega. Lo llamó desde la pared del fondo. Luego de hacer gárgaras con un brebaje ácido y aliviador, lo besó, mordiéndole en la mordida. Hedor a animal, salvaje, no doméstico, fragancia a estofado de vida. Jagord supo que no habría perfume que podría esconder ese olor y supo, asimismo, que nada le libraría de ese olor de sus manos que se atrevió a ponerle encima, o debajo, que es más arriba todavía. Las enfermeras vocacionales llevan impregnado el olor a remedio. Ellas son entonces algo como un remedio. El alivio fue notorio. Mejor que el de sanar de una caries. Esa noche durmió en el salón, en la silla de doble asiento acolchonado, perdido en los colores apagados por la falta de luz del tapiz, apenas le era posible distinguir entre sueño y vigilia, pues poseían la misma textura permeable, oscura, aterciopelada, en la que Jagord deambulaba en un estado de febril letargia. Lo mordió una araña a la que mató al virarse por el mordisco, que en el sueño creyó que era un remanente de los de Sogria.
Imaginó a Sogria que soñaría con él. Tal vez eso habría aspirado la joven, de alguien habérselo preguntado, pero lo que soñó fue algo informe, aburrido, un retorcido pero gigantesco mechón de pelo, que era una hierba, que era un tapón de vino rebelde que se oponía al descorche. ¡Ay, las mujeres hermosas, para venir a dañar los anhelos de los hombres!
Continuaron con los besos como una especie nueva de restauración, algo que según Sogria había sido experimentado con notable éxito en la antigua Mesopotamia y en la América septentrional. La no-sanadora confiaba en haber dado con una cura que calaba hasta el espíritu mismo.
¡Maldito día para dejar de llover!, Jagord clamó a los cielos. Su promesa había dado réditos y pensó que debía cumplirla. Ahora las palabras, que ya no las necesitaba, regresaban a su boca. La sanación le permitía incluso saborear las exquisiteces del mesón de Laurent. Quería decir Sogria, darle las gracias.
Trepó porque de otro modo jamás hubiera sabido qué hacer, al tren que lo llevaría lo más lejos de él mismo, ante el pañuelo al viento de ella.
Las rieles se abrían senda entre árboles altos y opacos y arbustos que hacían el papel de lo que hay antes del fin del mundo. Pero el tren fantasmal era necio.
Tragó saliva Jagord que tuvo sabor a saliva y no a herrumbre. A saliva de Sogria y no a la herrumbre que el tiempo acomodó en las hendiduras de su lengua. Hasta el humo tuvo un sabor, podía masticarlo, lo hacía.
Y de un soplido que emergió de debajo del corazón, como el lobo que echa al traste porquerizas, alcanzó a decirlo con nitidez:
—Gracias, Sogria.
Lo repitió, feliz, gritando:
—¡Gracias Sogria!
Sogria la sanadora no lo escuchó.
A veces realizaba un listado mental de las personas que conoció en prisión. Su pabellón estaba repleto de dementes y gente inútil; ni siquiera era indispensable el empleo de grilletes para mantenerlos quietos. Su naturaleza les impedía actos de violencia o intentos furtivos de reclamar nada. Eran seres apagados, en quienes no se divisaba el menor indicio de luz. A su pabellón lo conocían coloquialmente como “El faro oscuro”, y no era un nombre fortuito. No había electricidad, salvo en ciertos rincones específicos, en donde colocaban una estufa alrededor de la cual se sentaban todos en invierno y otras noches heladas.
Todos ellos habían sido recluidos de la sociedad por crímenes absurdos, la mayoría había traicionado a un amigo poderoso o había renegado de su religión, a la que en ese lugar podían aplicarse con fervor de santo. Es decir que sobraban quienes ahí se sentían a gusto.
Oliver Jagord tenía algo que decir, lo tenía en la punta de la lengua, las otras palabras se amontonaban detrás, empujándola.
Cuando se esforzaba le salía un sonido. Un ladrido. Pero no sonaba a ladrido canino. Era un ladrido humano, de licántropo. Posiblemente estaba probando decir su nombre, su apellido, acordarse del sabor de la j, o del olor que el chasquido de la propia lengua emana cuando alguien raspa la r contra ella. Quizás el problema estribaba en que ya no se acordaba bien cómo dibujar cada letra, al menos no de manera artificial, es decir mecánica, sino de formas subconscientes, porque de que escribía las escribía de memoria en el aire, las hallaba ahí, en la silueta de una nube o el bamboleo de una hoja de árbol desprendida.
“Si alguno de ustedes hubiese sido detenido y puesto a las órdenes del polígrafo, ya tuviera yo a seis o siete gendarmes pisándome los talones. Y no los incrimino, queridos ladrones, porque yo actuaría de igual modo.
El tren de los fantasmas no daba miedo. Miedo era la idea de que lo persiguieran. No leyó en un diario, pero podía intuirlo, acerca del triunfal escape de un grupo de reos y de cómo las diligencias policiales habían conseguido atrapar a tres de cuatro fugitivos. Los habían encontrado por los indicios de habían dejado desperdigados en su ruta de escape. El olor a lo que recién toma el sol; el sonido falseado de quien quiere pedir permiso pero que deja un eco de sabores perdidos. No recordaba el apodo de dos de ellos. El uno era un tal Nutria, al otro lo llamaban Capitán América. Los apodos nunca estaban de acuerdo a las personalidades en la cárcel. Su nombre, Jagord, que quizá hubiese identificado, no asomaba en ningún renglón, tampoco su apodo. ¿Habían cumplido con la promesa de meñique de no delatarse en el caso de que el destino les fuera ingrato? “Si alguno de ustedes hubiese sido detenido y puesto a las órdenes del polígrafo, ya tuviera yo a seis o siete gendarmes pisándome los talones. Y no los incrimino, queridos ladrones, porque yo actuaría de igual modo. No porque seamos débiles y sucumbamos sin más ante las pruebas, sino porque estamos enseñados a pensar de nosotros lo peor, a pensar que somos lo más débiles que existe, y que por eso mismo cometimos fechorías que nos llevaron tras barrotes. Es la baja autoestima, la única capaz de moldear a un hombre”, les decía en su cabeza; su corazón los perdonaba de antemano.
El viaje duró cinco días. El destino, sea cual fuere, estaba lejos. El tren era cómodo. Ninguna casa, ni de paso ni la que tuvo en la infancia y adolescencia, le causó esa sensación de estar en casa. Es decir que mi hábitat es huir, se reprochó para pasar a urdir la noción de que eso en definitiva no estaba del todo mal.
El tren no paraba. Solo lo hacía para que suban y bajen algunos alimentos y a trabajadores de fábricas de lana y militares que cubrían varios frentes en cuarteles inhóspitos. A veces trepaban mujeres que no eran las mismas cuando meses después se las recogía en el mismo sitio. Parecían haber sido objeto de experimentos científicos de envejecimiento veloz.
Mal le supo mucho de la comida que un descastado cocinero les brindaba a los pasajeros. Su redescubierta capacidad palatal le permitía revelar ciertos sabores primarios y amarlos o repudiarlos. Los sentidos generan la crítica, meditó. Y yo soy el crítico culinario ideal.
Una bañera para hombres. Cerca de veinticinco pasajeros de su sexo. La limpiaba con esmero antes de usarla. Antes de usarla ya había alguien reclamando su turno. Si estaba afuera de prisión y sin saber cuánto tiempo podría gozar de esta libertad, prefería darse baños como Dios manda.
Cuando algún desmedido azotaba las puertas, recordaba que tenía un revólver, pero ya no, nunca más, las ganas de usarlo. Nunca más por el momento.
Las mujeres no eran diferentes a los hombres, pero no entendía cómo se demoraban menos tiempo que él en la bañera y salían relucientes y diáfanas, como su lengua, como si estuvieran preparadas para una noche de gala.
Se quedaba prendado del paisaje. No era ni de lejos tan cautivante como el tapiz del mesón de Laurent. A veces jugaba entre los dedos con las pocas monedas que tenía en los bolsillos, para entretenerlas y que no huyeran, quería creer.
Ay, la comida, que desde el primer bocado daba toda la impresión de tratarse de sobras. No podía concebir que ese banquete permanente estuviera a su disposición. Solo verlo lo saciaba, antes apenas había imaginado comida así al punto de despachar esas ideas de inmediato. Todo en prisión era hambre, la quietud le era igual al hambre. Pensó que, para ampliar el castigo, las autoridades deberían llamar a las cárceles “Las Hambres”, además de resultarle más coherente. El camino en cambio le resultó suculento, le devolvió el apetito, le hizo sentir a su estómago y descubrir de ese modo que la vida está ahí, no en el cerebro, no en el corazón. Esos otros dos le resultaban un par de embusteros o acaso guardianes cuya misión es desviar la atención para que la gente piense en la muerte. “Estómago igual a vida”, pensaba, y pensaba todavía más: “cerebro y corazón igual a muerte”. Y entonces devoraba cuanto alimento se hallaba al frente, como un suertudo que ha ganado la lotería y que come un gourmet entero para de esa forma destrozar lo que fue y dejar el espacio limpio para lo que vendrá. Y que, claro, al verse imposibilitado de comerlo todo, descubre, para su desasosiego, que el pasado seguirá presente, pudriéndose y volviéndose incomible.
Un mormón que todavía y por siempre (en términos propios) defendía a Smith, pregonaba la poligamia como una necesidad.
—La mujer nace con la posibilidad de imaginar al hombre con el que copula. Cierra los ojos y este es otro, el que se le antoje. El hombre hace lo mismo en las prácticas masturbatorias, con la desventaja de que al hacerlo, durante el coito pierde toda opción de mezclar a su mujer con otras. Ellas aprovechan esa desventaja propiamente masculina. Por eso es indispensable hallar un equilibrio entre la carne y la mente y es en esas circunstancias en que la poligamia toma su razón de ser.
Su contertulio estaba acostumbrado a hablarle a desconocidos y a pensar que estos quedaban tan absortos con su prédica que no tenían palabras para refutarla. Era mensaje para las otras mesas. Para que se enciendan los ánimos. Pesca a río revuelto.
La voz del mormón hubiera sido la mía de haber sido yo un mormón y haber podido hablar con esa facilidad para decir vaciedades, así, tal cual, pensó Jagord mientras se incorporaba y se limpiaba con el dorso de la mano la comisura de la boca. Buen espécimen para probar el tiro al blanco, y se alejó palpando el bulto del bolsillo falso de su abrigo.
Gracias a esa clase de personajes, el viaje fue placentero. Como si de un milagro se tratase, a veces se oía el inexistente silbato del tren anunciarse con alegría infantil.
Lind Ho-Mu señaló el mar. No el mar. El fin del mar. Donde el mar caía. Jagord vio su dedo firme y la uña larga para tocar el laúd. Alguno en alguna parte tendría una vacante para ser tocado por esa garrita ansiosa y afilada.
¿Cómo había perdido todo sentido del viaje? Se sentía en casa en todo lado, y eso le borraba de la cabeza la sensación de movimiento.
Lind Ho-Mu no vestía kimono. No era un asiático común. Tampoco sus ojos denotaban su nacionalidad. Pero su habla era la de un hombre de oriente extremo que aprendió a amar el mar. Las olas se dejaban ver en sus palabras. Iban y volvían con muchas sorpresas, y había que temer cuando caían en sosiego.
Pidió limosna unos días. Los lugareños no eran dadivosos con excepción de los terratenientes. Le tocó en suerte uno que le enderezó el sendero con unas pocas miles de monedas.
Le advirtió a Jagord que embarcarse hacia oriente era una muy buena manera de perder la pista de regreso a casa.
—Donde nace el sol, yo, tú, cualquiera puede renacer —parecía haberse preparado toda la vida para decir esa frase, o por lo menos que estaba tan acostumbrado a decirla que sonaba a quien repite una clase magistral en varias universidades con el mismo propósito de ser alabado por su tan original conclusión—. Va para allá y ya está más de vuelta que si lo hiciera hacia poniente. La ilusión es confusa. El espejismo se convierte en espejo. Se ven los restos de lo que uno dejó como si fueran los restos que uno debe recoger de otro y rearmarlos. Usted me comprende.
Pidió limosna unos días. Los lugareños no eran dadivosos con excepción de los terratenientes. Le tocó en suerte uno que le enderezó el sendero con unas pocas miles de monedas. Adquirió un pasaje clandestino. Cuando le preguntaron dijo lo único que podía decir: se llamaba Sogria. Aquella tarde se rio de su ocurrencia.
El navío contrabandeaba tiburón. Aletas. Se alimentó de estas hasta que los vómitos sacaban de él más de lo que metía. No comer no era nuevo.
No le gustaba descamisarse. Había dos mujeres que por el día se asoleaban en cubierta y que en la noche no dejaban rastro de existencia. Hijas o amantes del capitán. Alardeaban de siluetas de orquídea. Bruma y Lalá. Lalá era alta. Bruma, más bien regordeta y achatada en los polos. Las veía y se imaginaba que podía dibujarlas. Borraba los bocetos, a alguno lo lanzaba al mar. En alguno, les hacía el amor a las dos.
En el fondo del mar nadaba un ángel. Los ángeles siempre eran aéreos, incluso para los marinos, pero alcanzó a concebir lo que los ángeles son de verdad: seres alados que usan sus alas para bucear. Los ángeles son de agua, se contentó. Dios venía con el agua al principio de los tiempos. En el agua estaban sus hijos, los que le daban razón de ser al padre.
Ahora pienso como el mormón, se reprochó. Dejaba de pensar en esas cosas para pasar a pensar en sus perseguidores y en cuánto estarían perdidos, buscándolo en lugares tan remotos. Veía al detective encargado del caso rascándose la cabeza.
En silencio repetía las gracias a Sogria.
Una mañana, Bruma olvidó un libro en cubierta. Tapa dura. Hoja marchita como separador de página. Lo podía leer. Lo leyó. En este, un hombre perdía a su hijo al nacer y tan solo se narraba la seguidilla de emociones suyas y de la madre que resumían la vida del nonato. La intensidad del lenguaje lo desasosegó. Ya no sabía si lo había soñado pero en algún lado había el sepulcro de un hijo suyo. ¿O fue niña?
Bruma le arranchó el libro de las manos a diez páginas del final. No saber el final tornó en espectaculares a sus noches. Inventaba uno y otro, desde el ridículo de que todo era un sueño hasta el espeluznante en el que se sentaban los esposos a tomar café y a pensar en procrear a otra criatura.
Bruma le dejó el libro los siguientes días. Jagord no lo leyó. Lo veía y temblaba de los nervios de que sus ideas no fueran las dispuestas por el autor.
Al desembarcar y todos por superstición dar sus dos primeros pasos sobre el pie derecho, igual a si jugaran a la rayuela, Bruma se cuidó de tropezar con Jagord.
—Lo siento.
Jagord notó el lunar falso en la mejilla. No notó la peluca ni que tenía las piernas de un atleta que nunca ganó una competencia. Le dio el arrebato de borrárselo, chupándose el dedo, frotándolo contra su cara, como si lo metiera ahí a la fuerza.
—Ah. Tú eres el que me robó el libro. Y no eres bueno respondiendo.
Silencio. El revólver habría sido un buen solucionador del tema ese del silencio.
—Déjame que te cuente un secreto.
Se acercó tanto a su oído que no distinguió bien las palabras “No lo he acabado y muero por saber qué pasa al final. Cuéntamelo”.
Jagord no habría dado con fórmula alguna de contestación. El aliento de esa mujer delataba que había estado en altamar por varias semanas. Olía a arenques. Olía a rocío de agua salada impregnado en los dientes.
—Encontrar a alguien que lee es extraño en mar abierto. Ni el capitán ni ningún tripulante llevan libros. Si leen, lo hacen en tierra. Mi padre leía, era un buen hombre que por leer mucho supuso la burla de mamá, quien no podía comprender que los libros le den algo al mundo. Él me contaba cuentos de noche, y en ellos la heroína emprendía viajes lejanos con una fortaleza de espíritu que la hacía invulnerable a los accidentes, a las malas personas y a los sentimientos negativos. Papá siempre me vio lejos de mi madre, incluso en apariencia y en manera de ser. Mírame ahora, ¡ja!, en lo que me he convertido. Soy ella, salvo que con un hombre diferente por turno.
La voz se le quebraba.
Soplaba un viento que tiritaba a Bruma. Jagord tenía que abrazarla. Buscó la estela que el barco dejó en su trayecto que ya no estaba por ningún lado.
¿Es decir que acá está lo más lejos de mí mismo a lo que puedo aspirar?
Era notorio que el mundo empezaba a crecer desde ese muelle. Todos los mundos empezaban en ese muelle. Jagord silbó y un taxi salido de otro siglo, con chófer de otro siglo, se detuvo. El frenazo sonó a nuevo. Aunque contorsionándose, el chófer le abrió desde dentro la puerta trasera del lado del copiloto.
Bruma se abrazó a sí misma. Era un abrazo que parecía un autorretrato, un poco condescendiente.
Allá, parecía decir Jagord y el chófer, mórbido al ver que ese hombre abandonaba con la palabra en la boca a una mujer, tras revirar la visera de su gorra beisbolera, presionó el acelerador a fondo. Pronto todos los mundos adquirían una luz afín a las sombras. Ya sabemos que a Jagord le sentaban a las mil maravillas las sombras y que en la noche él era una pequeña ráfaga de luminosidad que no podía pasar desapercibida porque escuchaba cuando otros hablaban.
Escuchar le sirvió en algunas iglesias. Había iglesias, capillas, mezquitas por doquier. Estaban regadas para escoger la que tuviera adentro a Dios de una forma nítida. En las noches y ubicado ya en la gran ciudad, visitaba una tras otra, primero apostado a la puerta, con la mano cóncava implorante. Pensó: “Esto que piso no es tierra, es sangre coagulada y quemada por el calor, por eso necesitan tantas iglesias; las iglesias se levantan en lugares donde el oprobio y la maldad tuvieron sus momentos cúlmenes”. Al cabo, entraba y seguía los rituales de los feligreses. Movía los labios imitando a los cantos y rezos y se santiguaba o realizaba la venia a conveniencia. Se iba antes de la mitad de la ceremonia, casi siempre inquieto porque en ese lugar no estaba Dios, o por lo menos Dios no estaba como en el tapiz del mesón de Laurent o en el listado de actividades de Apolo.
Esa imposibilidad suya de hablar con excepción de un “Gracias Sogria”, cuyo sonido era casi el de dos sílabas repetidas en desorden, cosa que él sabía, acunaba en sus honduras una víbora de resentimiento para con el mundo que lo encarceló que no sabía con qué veneno matar de una buena vez.
En ese vasto territorio, rincón del universo que se alejaba a diestra y siniestra como si su propósito fuera escapar de sí mismo, nada parecía comprender la noción de mal augurio. Todo daba buena de suerte. Las flores olían durante el día y durante la noche se dedicaban a invocar en su lenguaje cifrado a cada uno de los perfumes que se les habían escabullido. Les daban permiso solo de paseo, pero cuando el sol se ponía la obligación de regresar a su lecho era inminente. Se veía que las mujeres no lloraban. Las casas no estaban hechas para el llanto. Pero en cambio, los hombres sentían la imposición de hacerlas muy mujeres, en un sentido burdo, y por eso necesitaban de sus lágrimas para ellos sentirse muy hombres. Las escandalizaban. Se volvían patriotas, guerreaban. Si no en contra de otros países sí, siquiera, en contra de algún que otro vecino. El aire era irrespirable. No por tóxico, no, lo era porque como los perfumes, huían con estos, enamorados. Lo que quiere decir que no todos volvían a sus lechos, con sus madres las flores. El viento enmarañaba con su danza a cuanto aroma se le acercase y lo llevaba a él mismo. Jagord sacaba sus avisadas naricillas por una pequeña ventanilla que no se abría nunca por completo y respiraba, en intento por hacerse de un poco de esa mezcla de aire y perfume. Se le dilataban las fosas nasales. Al cabo se tumbaba hacia atrás, como quien acaba su último cigarrillo, el que le permitieron por último deseo antes del patíbulo. Estaba seguro Jagord que saldría adelante, siempre y en cualquier lugar. Si salí de esa prisión para ser otro. En aquella prisión no había jardín. La mezcla de olores era de otro estilo. Pensaba con lucidez, cualidades que se le avivaron al pasar tanto tiempo emparedado e inflexible. Algo de él debía flexibilizarse. En la cárcel la imaginación es de mucha utilidad. Se sentía orgulloso de no haber sufrido violaciones. Un hombre de barba montaraz le había sugerido: Si te atrapan en una noche horrísona, muérdete un dedo, arráncatelo, o por lo menos una uña, así entenderán que eres capaz de todo. O de poco en poco, y esto es lo verdaderamente sensato, sácate un diente, todas las noches emplea tus últimas reservas de fuerzas en moverte una clavija hasta desenclavarla. Cuando ellos atenten contra tu pudor, finge que te esfuerzas y extráela, dales un susto del diablo, que vean en ti a Satán. Exhibe la muela en un colgante. Y no digas nada, no alardees. Eso sería peor. Solo ve de un lado al otro, banderéate. ¡Y nunca leas, nunca leas!, que eso es conjurar un trato con los muertos. Sí, méate encima, cágate encima, embadúrnate con tus heces, cómelas, si te es posible, pero jamás eyacules, no permitas que sepan que algo te gusta, que una mínima cosa, fracción de lo que fuere, te brinda un atisbo de placer, porque ellos, todos, lo huelen todo, y terminan por pensar que es en ellos en quien se piensa, ¿en quién si no, si aquí lo femenino ha muerto? Haz que te tengan asco. Y si no te bañas, mejor por ti. Y si no comes, mejor por ti. El olor de la carne es el olor de lo que ingieres. Y la carne llama a la carne. Aquí, mientras más muerto estés, mejor. De esa estirpe era la sabiduría entre condenados. Y por el amor de Dios, que ni se te ocurra quejarte o rezar. Eso aquí llama al demonio. Y eso que Jagord era sentimental, chapado a la antigua al punto de llevarse bien con el mundo.
Una vez en el desierto. Frío entre las telas y la piel. El exterior era peor. No dormir lo abrigaba, era su aliento el que se quedaba rondándolo, indeciso, sin saber a dónde ir.
Jagord miraba a la distancia igual a como veían los sembradores de maíz la inmensidad que les tocaba cubrir con el arado, como si fuera lo único que hay el mundo: espacio entre ellos y sus anhelos. La veía como autoestopista. En un autobús. En la carretera, era raro, las horas transcurrían lentamente. Las horas se agolpaban, amontonadas era fácil escogerlas y era cuando el pasado venía al presente sin rugosidades y con autoridad, pasando de nuevo. También, contemplaba las cosas como si en ese momento las descubriera y nunca antes nadie las hubiese visto, lo que daba como respuesta una quietud maravillosa por parte de esas mismas cosas, que se sentían halagadas, igual a si las estuviese retratando o fotografiando en su última versión original antes de pasar al conocimiento del público. Las horas iban más rápido en los pueblos y en las iglesias, su sitio favorito, donde el tiempo pasaba contando eternidades. No entendía cómo había ciclistas en esas pistas interminables, ¿cuándo llegaban a alguna parte? Millas en que no se divisaba un comedero, un motel de paso, una gasolinera. “La acometiente inmóvil muda y silenciosa carretera se quejaba en un arrebato de fuerza de la brea…”. Una vez en el desierto. Frío entre las telas y la piel. El exterior era peor. No dormir lo abrigaba, era su aliento el que se quedaba rondándolo, indeciso, sin saber a dónde ir. Encendió un mechero. El milagro de la luz. Con su luz iluminó el cielo. Cuando lo apagó, las estrellas eran más y más brillantes. El viento se portaba furioso cuando provenía del nordeste. Cuando soplaba del sur, acariciaba, disculpándose en nombre de su hermano mayor y sus brusquedades, arreglando detrás de él el tiradero que dejaba a su paso. Aquí todos han regresado a sus casas, se dijo y creyó que lo había dicho en voz alta. Miró sobre su hombro con terror, a ver si alguien o algo lo escuchó. Eso sí, y era esto lo particular del caso, de vez en cuando se oía a lo lejos el canto de algún gallo.
En los pueblos desperdigados a la vera del camino, igual a cochinadas de ovejas, oía motes del talante: “Hay que confesarse”, “Dios oye a quien habla”, “Hay que perdonarse”, “El principio y el fin es el Verbo”, “La oración interna nos eleva, la externa nos hace uno con Él”.
Dormía en albergues, se convirtió en un experto en hallar goteras, a veces lo hacía en un callejón oscuro y casi nunca en los parques: “Porque la gotera era muy grande”, y reía. Sus andrajos le concedían el privilegio de la caridad mundana. Alguien respondió a su mano cóncava, sin ninguna necesidad, que todavía no era tan pobre como para dar caridad. Como los atletas saben que algo les va a ocurrir en sus musculaturas antes de que eso suceda o incluso de que se den los primeros indicios de aquello, las personas con alguna discapacidad entienden que alguien quiere decir algo subterráneamente antes incluso de que las palabras salgan de la boca. Aquel hombre había buscado una oportunidad para repetir lo que había leído y que en lo profundo creyó de inmediato. Jagord lo desilusionó al no proferir ninguna respuesta. Se trataba de un reto. Le había prometido, en nombre de todo el mundo, que cuando dijera una verdad así de inequívoca, el mendigo en cuestión demostraría con su rabia y sus impulsos que no merecía recibir caridad alguna. La inmovilidad a la que estaba acostumbrado Jagord más su mutismo, desconcertaron al ironista al punto de que no tuvo otra reacción sino la de sumirse a una verdad adversa a lo que él solo había cultivado en su yo interno. Como caridad, se ofreció a sí mismo. Como caridad y como disculpa. Alargó su mano y tomó la mano que en ningún momento dejó de estar alargada de Jagord (¿cómo no me crece el brazo?, se preguntó varias veces), tiró de él con fuerza y lo levantó. Con Jagord se irguió una nubecilla de polvo. Empezó a caminar y, avergonzado por la ignominia en la que había caído, terminó detrás de Jagord, casi empujándolo en dirección a un Banco en cuya puerta hizo un esfuerzo por no entrar y del que extrajo, en presencia del mendicante, una alta suma de billetes que no dudó en dárselos, metiéndoselos por los bolsillos y por donde cupieran. Jagord estaba en otro lado. Tenía la atención puesta en su costado, en el bolsillo falso de su abrigo. ¿Cómo no se había percatado de que ninguna alarma nunca advirtió la presencia del revólver? A final de cuentas había pasado por innúmera cantidad de fronteras, aduanas, servicios de guardianía. Pero que en un Banco no se dé señal de arma, era desde inverosímil hasta, paradójicamente, señal de alarma.
El hombre parecía ser presa de un hurto. Lloraba sin quebranto, lo que llamó la atención del guardia. Pero el turno de este estaba por concluir y es posible que ese día hubiese sido el cumpleaños de su hija ya que ante el primer arrebato que tuvo de dar un paso al frente y averiguar qué ocurría tuvo más bien el instinto de detenerse, a raya, de esquivar un destino que no le apetecía justo para esa fecha. A la mierda todo menos mi nena, pensaría, y dejó que concluyera. Los vio salir como entraron, y quien empujaba al otro era el cliente de la entidad financiera. El otro no hacía nada salvo contemplar la escena y esperar que acabara. Se despidieron y entonces el guardia detectó algo, la mano del mendigo subiendo a la altura de las costillas y palpando algo que, evidentemente tieso, descansaba ahí. Dio por hecho que desde un principio tuvo razón, que su ojo seguía afilado. Dio por hecho que los malhechores vuelven a la escena de un crimen, y, si tuvieron éxito en una primera ocasión, intentan perpetrarlo una segunda vez. Cosas aprendidas en la academia tan bien que hay quienes deciden que se trata de ideas propias. Eso le dio serenidad, profunda.
