lunes, junio 15, 2026

Nosotros los de siempre (I)

La publicación por capítulos de la novela de Carlos Vásconez, Nosotros los de siempre, es un experimento decimonónico que se ancla en la modernidad. Vásconez ha confiado en Plan V para publicar una novela por entregas, como un ensayo en el cual los lectores son los beneficiarios. Primer capítulo. Las cosas largas.

Carlos Vásconez

Por: Carlos Vásconez

Capítulo 1

Las cosas largas

Carlos Vásconez, escritor.

Atrás quedaba la sombra, al menos la idea de esta. Todo era oscuridad cuando el tren anunció su arribo con esa torpeza de todo lo que es muy largo. Una campanita que no tintineaba, una voz de dragón que se despereza, los vagones de atrás que, adormilados, parecían no entender a los frenos, eran las formas que le daban al aviso. Jagord esperaba ansioso, miraba sobre sus hombros, empuñaba dentro del bolsillo algo parecido al coraje, un revólver de bajo calibre que no sabía que estaba descargado. La fuga de prisión había sido un éxito, podía ya llamarse fuga y no esperanza, que era una palabra que había aprendido a detestar. Todos la decían, como todo repetían que Dios pone en su debido lugar a cada uno, de ahí el odio a ese ser. Dios tenía barba, como todo en prisión, y estaba acorralado por sus propias decisiones, caso contrario qué era eso de hacer de los humanos su diversión. Sí, Jagord, como tantos otros, había concluido que, sencillamente, grandilocuentemente, Dios estaba atado a lo que le divertía, y no había en todo el cosmos nada que lo entretuviera más que los presos y sus rutinas y sus invenciones mínimas: jugaban con cosas insulsas, soñando con ambición en que eso era vida. Tampoco sabía Jagord, aterido por el frío, con los ojos vacíos de quien no recuerda el lugar en el que dejó su propia alma, que nadie lo estaba buscando, que no se había dado señal de peligro y que todos en la ciudad descansaban tranquilos y confiados en que el sistema penitenciario cumplía a cabalidad con su cometido.

Si alguien, en mitad de la estación, hubiese gritado, por el motivo que fuere, “¡piojoso maldito!”, él se hubiese revirado, rascándose la cabeza. Si otro hubiese levantado la voz al cielo con un “¡hijo de puta!”, apenas habría alcanzado a agachar la cabeza y asentir lenta, sinceramente. Los apodos le quedaban como no la ropa. Su cuerpo no era un cuerpo normal. Tenía deformidades por doquier, producto del tiempo en que la naturaleza no lo conoció, en que la naturaleza no surtió sus efectos constructivos sobre él. Tal vez un brazo, una pierna más largos que los otros. Tal vez el olvido del alfabeto. Sea por la razón que fuere, Jagord no encajaba ni siquiera en la mirada de la gente. Verlo inspiraba algo similar a ser testigo de un accidente. Ese dolor ajeno que se incorpora en la boca de quien ve el dolor del prójimo, que el prójimo no sabe manifestar, porque el que vive calla, y que obliga al espectador a exclamar un “¡auch!” que aflora de las mayores honduras del estómago.

Lo más raro es que Jagord, Oliver de nombre de pila, quería escribir. No había escrito nada en mucho tiempo, incluso lo embargaba el temor de que la escritura lo había abandonado, como si esta renegara de quienes no saben cumplir su palabra, y sospechaba, aterrorizado, que quizá había perdido la capacidad de hacerlo. La última vez lo habían forzado a estampar su firma en una declaración de que en la prisión trataban de maravilla a los reos. La sensación de los forcejeos le duró meses en la muñeca derecha. Pensó que escribir es una forma de la libertad. Ahora escribió con la imaginación algo en el cielo, y el cielo estaba negro, y en su imaginación la tinta solo podía ser negra, así que lo borró de inmediato porque además era ilegible y de inmediato también perdió la sensación de libertad y regresó a sus pensamientos turbios.

El ojo del tren no era amarillo, no iluminaba el sendero. El maquinista debía conocer la ruta de memoria. En la otra mano llevaba el billete y lo agitaba como si abanicara a un fantasma aturdido y acalorado. A las diez menos quince de la noche ese gesto era un error que delataba su ansiedad.

De una manera retorcida que distinguía en sus ganas de volver sobre sus pasos, amaba la vida de prisionero que con los años le había metido en la cabeza que ser delincuente es malo, y un prófugo es un delincuente.

Como toda estación de tren, el eco estaba de sobra. El susto de nuestro héroe también. A cada paso de los viajeros quedaba él a uno de un ataque cardíaco.

Su ropa no era cómoda. Tampoco lo necesitaba, pero le estorbaba en la entrepierna y también le fastidiaba en algo la textura de la tela. Era todo remiendos, trozos de ropajes de hombres muertos. ¡Había visto tantos! ¡Tantos habían expulsado su último quejido a su lado, en el otro catre! De todos ellos recogió un poco, hasta confeccionarse un traje a la medida, una epidermis ajena y frankensteiniana que cosió con esmero y paz en sus largas desveladas. La primera vez se quedó con un pedazo de pantalón de Aigar Torpanton, él fue el iniciador de esa suerte de ritual que tenía, un poeta que dormía todas las noches rezándole a un dios distinto que durante el día se había inventado y al que agradecía por existir solo para él y por inspirarle una nueva oración. “Las plegarias son poesía llevada a su nivel extremo, a su cumbre más elevada. Desde ellas se puede contemplar el mundo y solo así se canta”, afirmaba. Jagord sabía que Aigar Torpanton era un hombre bondadoso. Así que de trajes mortuorios hizo su traje de escape. Pensaba que esos muertos lo conducirían por las sombras, con lealtad y precisión.

Pero nunca habría imaginado el ardor que le causaría esa mezcla de telas y remiendos. Toda su piel le reclamaba que se rascara y el no hacerlo le causaba un resquemor aún mayor y que incrementaba su nivel de concentración hacia él mismo. Si hubiese habido algo con qué compararlo, habría sido un enamorado a quien el desengaño trastocó todo el futuro imaginado e incluso ya planificado. De una manera retorcida que distinguía en sus ganas de volver sobre sus pasos, amaba la vida de prisionero que con los años le había metido en la cabeza que ser delincuente es malo, y un prófugo es un delincuente. Así que además de sentirse mal por sentirse perseguido se sentía también traidor.

Estaba demasiado quieto para alguien normal, pero el frío era un buen cómplice de su inmovilidad. Solo lo que lleva muerte inspira quietud. Si no está muerto, lo inmóvil es asesino. Tales ideas se magnificaban y aún ¿aclaraban? en la mente atormentada de ese hombre.

—¡Tanto tiempo para pensar y tan pocos recursos para hacerlo! —se burlaba de él y todos en el pabellón un siniestro gendarme que les obligaba a comer jabón.

Si un viajante despistado le hubiese preguntado, habría acertado a responder, con mímica, como mucho, que no sabía en qué año estaba. Tampoco se ubicaba muy bien en la época del año, aunque con ver los árboles y una pizca de especulación, podía acercarse bastante.

Del tren descendieron tres hombres y una mujer de gran elegancia que llamó su atención. Se trataba de una señora de otra época, se le veía en la vestimenta que desconocía la palabra placer, o por lo menos esta se le había quedado colgada de un perchero en una dirección que un urbanista borró del croquis de una ciudad. El tercer hombre, el más voluminoso, miró desconfiado a Jagord, era el esposo pero parecía el sirviente que le llevaba sus valijas con prolijidad ejemplificadora a aquella dama. Daba pasos pensados de antemano, como quien busca sus propias huellas para no pisar sobre ellas. En cambio la dama daba pasitos de enano, de quien nunca entendió el concepto de tranco. Jagord la imaginó virgen, esta noche podía imaginar cualquier cosa y en todo equivocarse. Su imaginación se le desbordaba, así que imaginar a aquella mujer de ese modo era un aliciente, bálsamo de sus ideas.

Jagord hablaba mal su propia lengua, desde niño, cuando le dijeron en letanía y coro que la hablaba mal, y por eso y otras razones decidió ya no hablar.

El frío le invitaba a silbidos a que subiera rápido al tren y cuando trataba de dar medio paso lo inmovilizaba, como en un absurdo juego infantil de tira y afloja. El silbido era una mala copia del que emanaban los silbatos en el pabellón, pero para el efecto daba resultados. Se había levantado de un brinco. Buscó algo debajo de él, alrededor. Le hacía falta una tercera pierna, pero esta no le surgiría de súbito, cruzaba los dedos porque eso no ocurriera ya que lo delataría, de un modo extraño, por entero sospechoso. Aunque sonrió, o lo que sea que fuera eso, al pensarlo.

Jagord hablaba mal su propia lengua, desde niño, cuando le dijeron en letanía y coro que la hablaba mal, y por eso y otras razones decidió ya no hablar. Fue un maestro de escuela el que lo golpeó, regocijándose en el intento, para que pronunciara correctamente la r, pero la r era a veces l o un vacío en la palabra. El maestro, golpe a golpe, incrementó el diámetro de ese vacío, logrando que ahí entraran todas las palabras. El tiempo de recluso y su desprecio por los de su clase le habían atorado la mitad de las consonantes que extraía de su garganta con tirabuzón. Dio por hecho que alcanzó a articular bien la pregunta. Sí, ese tren iría adonde quería ir, muy lejos. Subió y el calor de la calefacción le dio la espalda al frío. Ya no quería huir aprisa, y, contrario a todo pronóstico, ahora podía sentarse a descansar.

La señora de su vagón de primera clase lo vio de pies a cabeza y debió parecerle alguien noble porque no dudó en dormirse de inmediato. Él prefirió no verla, encajado en su cabeza residía el concepto de que eso de andar sin mujeres por doce años podía equivocarle expectativas y anhelos. Dejó que su mirada se perdiera por la ventanilla y la oscuridad exterior. Primera clase era una novedad, se había animado a adquirir un boleto tan caro porque se convenció que nadie habría pensado en buscarlo entre los pudientes. Acaso sí de polizón en un vagón de carga.

Su nombre completo era Oliver Jagord Okloba. Era inteligente a la medida en que un prisionero puede serlo, con unas manos que siempre sintió ajenas porque no tocaban lo que quería tocar. Su imaginación era prodigiosa. Cuando olía el aroma de un viñedo recordaba a su difunto padre asegurándole que ese era sin duda el nombre más hermoso del mundo. ¡Para venirlo a malgastar tanto petimetre que lo llamaba en aras de torturarlo durante su tiempo en prisión!

No quería dormir. Hacía malabares para no rendirse. A medianoche, exhausto, lo despertó de un susto el golpe que el revólver dio al piso de madera. Se le había deslizado del bolsillo. Aturdido, vio los ojos de su acompañante de camarote que le saltaban de sus cuencas y que había cambiado de forma radical la primera impresión que el hombre le causó. No durmieron un solo instante el resto de la noche. Tuvo todo el tiempo del mundo para recapitular su fuga e incluso jactarse del óptimo resultado de un plan casi improvisado. Veía su reflejo en la ventana del tren que se deformaba y volvía a su contorno original según las luces de la línea férrea. A veces creía verse dormido, no le gustaba soñar en sí mismo.

A las cinco y cuarenta bajó en el primer andén que ubicó. Bajó por temor a que esa mujer lo delatara. Esa mujer jamás lo habría hecho, muerta de miedo a cualquier tipo de represalia.

Nadie le había solicitado el billete. La carestía de un celador le causó una sensación de vértigo; en realidad era hambre.

Fue al baño de la estación. Se sentía desconcertado, aturdido. “A veces la noche trata de noquearnos para que durmamos, para que le seamos fieles”. No podía mantenerse en pie por más tiempo. Durmió en posición fetal alrededor del escusado. Cuando abrió los ojos, alguien golpeaba con desesperación la puerta. Al abrirla, ¡qué otra opción tenía!, un sujeto anormal por lo grande lo empujó hacia la pared, inmovilizándolo como antes lo hizo el frío, y sin empacho alguno descargó sus riñones enfrente del desconocido. Se llamaba Oto. Era de ascendencia rusa. Para disculparse por el gesto tan brusco Oto le invitó el desayuno.

El día era de abril. Era idéntico a cualquier noche. La única diferencia radicaba en que las noches absorben a las sombras, mientras que los días las multiplican.

Estaba en un lugar que no solo desconocía sino del que no podía pronunciar su nombre. Carecer de la capacidad del habla le había adiestrado la capacidad de comunicarse con el resto de su cuerpo, en particular con su cara, con sus ojos trigueños y con la boca, cuya rectitud o curvatura describían con sobriedad lo que quería decir. Él se creía un inútil para expresarse, mas el dolor domestica hasta al mejor plantado.

El día era de abril. Era idéntico a cualquier noche. La única diferencia radicaba en que las noches absorben a las sombras, mientras que los días las multiplican. Jagord sabía que esconderse de día era una locura. De día solo podía aspirar a ser una sombra del montón.

Oto le preguntó sobre su procedencia. Los ojos de Jagord estaban cansados, tenían el peso en la mirada de quien recién ha llorado. Pero esos ojos llevaban sin llorar una eternidad. No recordaba la sensación del llanto. Sus lágrimas se apuraban en convertirse en legañas. Los ojos de Jagord explicaron que llegaba de un lugar insensato, un lugar forjado por el hombre para la destrucción del hombre, el calco de lo que los hombres creen que es el Infierno, un lugar en el que las leyes no entran. Oto también era un ex convicto. También había sido encarcelado demasiado tiempo por un delito menor. A él no lo habían torturado. Llevaba cuatro años como devoto de la Virgen Mora. Nada de eso comprendió Jagord.

En las cercanías horneaban pan. El olor del pan lo atraía. En prisión era el único aroma decente que respiraba. “Las putas no hornean pan, por eso debes hacerlo”, le había sugerido un hombre que nunca volvió a ver en la prisión. Al comienzo no lo entendió.

Se despidieron con un estrechón de manos. Jagord recorrió el pueblo en menos de veinte minutos. El camino era viejo, lamido por capas sobrepuestas de asfalto reciclado. La capilla estaba sucia. Situado en el altillo, un nido de palomas hacía las veces de Espíritu Santo, en una paupérrima pantomima. En cambio y al doblar la esquina, lo que por las noches era una especie atrofiada de prostíbulo relucía de limpio. Las chicas, las cuatro más la matrona, lavaban las aceras y toda la fachada luego de que se iba el último cliente. Su empeño sustituía al que no dedicaban al amor. Al día siguiente las chicas trabajaban de costureras y confeccionaban unas magníficas camisas de hombre. Tenían que rebajar sus ganancias casi a cero para venderlas. En el pueblo eran las mujeres las que vestían a sus hombres, pretendiéndose un inexistente buen gusto. Aunque pequeño el poblado, era notable la cantidad de personas que vivían allí. Apelotonadas, como aquellas palomas, era por eso que no se deshacían de estas a pedradas. En un canchón, jugaban un fútbol retorcido, con árbitro incluido, en el que dos personas por equipo podían tomar el balón con las manos, pero sin capacidad de anotar en la portería rival. No lo vio mucho, no veía mucho nada. La primera mujer que le habló lo consideró sordo. De una extraña manera, lo era.

Las palomas despegaban a su paso y él sentía que le tenían repulsión, o tal vez era temor. “Están solas a un nivel superlativo; necesitan sentirse perseguidas, objeto del deseo de venganza de cualquiera. ¡Qué no darían por saber que las odio!”, farfullaba, o quizá se llenaba de rencor hacia las cosas que son libres. Debatía interiormente sobre qué provocaba él en todo lo que había a su alrededor. Tiraba del puño de la camisa y lo atrapaba con los dedos hasta perder en gran medida la sensación y tensar de tal forma la prenda de vestir que le dejaba la impresión de ser parte de un todo. Se llevaba a la boca y ensalivaba todo lo que podía en un proceso similar al de quien ahoga a una mascota adorada para que no le cause pena cuando muera de causas naturales. Ahogaba así a los monosílabos que sí era capaz de pronunciar. Ahogaba las músicas secretas que podían descomponer el silencio de su garganta. Para él el silencio no estaba hermanado con la oscuridad sino con la luz. Cuando veía la luz su corazón detenía los taconazos como si debajo les hubiesen acomodado una serie de almohadillas. En cambio el ruido estaba concatenado definitivamente a la oscuridad. Cuando apagaban las luces en prisión, empezaban a oírse los alaridos, los gemidos de dolor, las cadenas de las almas en pena y el eco de los sueños de placer de algunos reos que eran el vaticinio de una jornada temible del día siguiente en la que ellos tratarían de volverlos realidad a costa de los mal persignados. Y era entonces cuando aprendía de la igualdad entre seres humanos, ya que todos en la cárcel se parecían demasiado por las mismas grietas y arrugas que la pesadilla de no dormir les dibujaba con astucia de un Miguel Ángel en las caras ateridas y desanimadas. Eran caras de quien espera una mala nueva y que sabe que no va a hacer otra cosa por todo un día. Cuando volvía en sí, no le quedaban babas en la boca ni espacio seco en la manga. Volvía en sí con algo que remedaba al entusiasmo del deber cumplido.

Jagord tenía manos suaves. Era inevitable que en noches de insomnio se preguntara por qué no las había usado para cosas prácticas, abrir cajas fuertes, esculpir en mármol, tocar piano. Eran manos extrañamente suaves y duras a la vez, con esa dureza de lo irrompible, como una caja fuerte o una escultura en mármol o una melodía perfecta. Sus compañeros de celda, que fueron pocos, lo temían por esas manazas. Imaginaban lo que podría hacer con esos apéndices, a veces lascivamente, la mayoría de las veces con terror auténtico. Esas manos eran una extensión de su silencio. Manos de quien sabe el lenguaje de señas en varios idiomas.

¿Por qué no intentaba romper los garrotes? Daba toda la impresión de si se lo proponía quebrarlos como a cuello de pollo. Claro que la prisión tenía varios muros que sortear, no se veía fácil la idea de un escape. Debía ser a la vieja usanza: un túnel cavado con esas manazas. Tenacidad (literal) y paciencia, las soluciones para escapar del infierno, o para construir el cielo, que no daba lo mismo ni tenía esa intención.

Entre reos se sabe que las personas con extremidades de ese tamaño están en prisión por ellas mismas. Si se tiene algo, hay que usarlo, a final de cuentas. O, en su defecto, como si se tratara de un Síndrome de Pinocho, son las partes que lo condujeron a uno a estar entre cuatro paredes las que no dejan de crecer. Crecían, sin duda alguna. Tratando de rozar algo que estaba muy lejos. Algo hermoso como la vida misma.

Tampoco es que estaba cansado, estaba más podrido que cansado. A la mujer de sus sueños no la veía en la cara de ninguna caminante. Se esforzaba y nada. Se arrepentía de ver tantas veces lo mismo.

Ahora dormía mal. La libertad no le daba sueño. Ya soñó mucho en prisión. La prisión acuna. Cuando dormía, casi no soñaba. Cuando sí, la suya era una posición incómoda. Como a Adán de su costilla, de su muslo le nacía una mujer. Pesadilla o sueño húmedo, era, sin capacidad de evitarlo, una mujer la protagonista. A veces esta bailoteaba y causaba un incómodo ruido que retumbaba por horas en la vigilia. El sol en él no cumplía con su labor despertadora. Tampoco el canto de los gallos o las campanas de una iglesia cercana. Despertaba por su cuenta y a veces lo embargaba la sensación de no haber dormido. Tampoco es que estaba cansado, estaba más podrido que cansado. A la mujer de sus sueños no la veía en la cara de ninguna caminante. Se esforzaba y nada. Se arrepentía de ver tantas veces lo mismo. Tenía grabado un signo en su brazo. Significaba amor, lo que de donde había huido no quería decir nada bueno.

El muchacho a quien Jagord conocería como Apolo, traía consigo un listado de actividades que debía cumplir. Lo traía como si jaloneara de una cuerda al asesino de sus progenitores. No sonreía. Le sorprendió a Jagord sentir reparo por ese par de ojos kirguises y la doble pelliza de piel ¿de reno? desabrochada, que pensó autóctona de Siberia. Era un muchacho de espíritu cansado, que caminaba como los ancianos en prisión, contando sus pasos o preparando un poema para su muerte, con el simple objetivo de tener algo que hacer. En el rostro de Apolo no había espacio para una sonrisa como en otras caras no hay cabida para un tercer ojo. Apolo se llevaba las manos con insistencia al rostro, y daban la impresión de que eran manos de ciego que a tientas buscaban esa sonrisa. Las manos terminaban aquella expedición cansadas, sudadas y con una decepción que se la quitaba tronándose los dedos. Al rato la decepción regresaba a sus manos que se las miraba con detenimiento inculpatorio por no poder esculpirle esa sonrisa añorada. Se visualizaba a sí mismo el resto de su vida exhibiendo una gran y blanca sonrisa, demostración fehaciente de donaire y dominio de sí que todos sabrían alabar. No lo sabía Apolo pero cuando se extraviaba en sus ensoñaciones, tenía una sonrisa encantadora.

Luego de pedirle una moneda, algo que Jagord estaba a punto de hacer por su cuenta pero que la paranoia le detenía en seco, entendió que era una de sus misiones. Leyó el papel que contenía una lista inverosímil de cosas, entre las que destacaban aprender a leer el futuro con cartas mágicas y salvarle la vida a una mujer huérfana, pero Jagord no comprendía el idioma en el que estaba escrito.

El chico no había llegado sino hasta el segundo punto. La letra era de alguien que había aprendido a escribir por sí solo y no era la letra de Apolo.

El chico parecía cansado y Jagord parecía el cansancio. Por mero instinto de supervivencia se arrimaron el uno al otro y entre los dos empezaron a pedir limosna al frente de la capilla. Tuvieron fortuna, de manera especial porque sin dificultad alguna habrían pasado como padre e hijo. El árbol bajo el que se cobijaban atraía por su aroma a las damas de la alta sociedad que se enternecían con la escena. Estas, a sus maridos y pretendientes, que eran los más. La pudibundez del muchacho, que frisaría los trece años, y el deterioro en el habla de Jagord provocaban en los demás la urgencia por sentirse buenos. El listado que llevaba era una gran estrategia para encontrar su vocación. Había comprendido muy temprano que los hombres deben sacar adelante un oficio y ser conocidos por este. Era un chico muy inteligente, de una astucia inusitada, acaso porque su madre debió tener mellizos y su cuerpo se contentó con uno, a quien le dio el cerebro de dos personas. Por eso también inspiraba algo de miedo en quienes lo veían, lo que también servía para que le dieran ya no una sino a veces dos monedas, para evitar una represalia de su parte. Aunque con Jagord y su calidad de pasar por una sombra hacían muy buen tándem.

Jagord juntaba las manos y las acercaba al rostro. Soplaba aire caliente que las avivaba. De su boca apenas salía un hilito maloliente de vaho. Las manos le apestaban por unos segundos. ¿Hace cuánto que dejaron de dolerle las muelas? Si su aliento no era insecticida, tal vez solamente ya estaba acostumbrado también a ese dolor. Tal vez ese dolor era el causante de su silencio rotundo.

El chico parecía cansado y Jagord parecía el cansancio. Por mero instinto de supervivencia se arrimaron el uno al otro y entre los dos empezaron a pedir limosna al frente de la capilla.

Por la noche iban a comer a una fonda. Dormían, espalda contra espalda, en una covacha abandonada pero que no estaba mal del todo. Había un colchón, había madera y una chimenea para que sirviera de algo. Habían olvidado cortar el suministro de agua de la que bebían como salvajes borrachos del norte. Incluso había un libro que el niño mentía leer, en el que se inventaba una triste historia, distorsión de la suya. Jagord se contentaba con oír su voz.

Después de casi un mes en que cierta comodidad y la compañía mutua les había devuelto algo de la alegría de vivir, Apolo tomó en sus manos, que se habían suavizado al recibir tanta moneda, el papelito y con sus ahorros salió sin despedirse de Jagord a pesar de que este lo vio irse con paso firme y la frente en alto por la calle principal.

Para entonces Apolo ya constituía su escudo, sin él no hallaba sentido a pedir caridad. Lo hizo una última vez. Un hombre de capirote que alardeaba de su condición de médico, le preguntó por el muchacho. Su voz daba a entender que no era curiosidad sino temor a que le hubiese hecho algo. Le dio dos monedas, indicándole que la segunda era para el menor de edad y para Jagord todo fue todavía más claro.

A las seis de la tarde entró al prostíbulo. Morada confortable. Mujeres gráciles. Le afeitaron. Le untaron ungüentos bajo las axilas y le besaron los labios con suavidad. Lo alimentaron con café y unas magdalenas rellenas de manjar. Lamentó no haber llevado antes a Apolo a degustarlos y a ser besado, máxime dado el caso que a él eso le daba igual. Le obsequiaron un sombrero de un viajante que lo había olvidado en el lugar y que creía la matrona que era solo un pretexto para volver a reclamarlo.

A las nueve se soltó un chubasco. En el camino y sin razón recogió unas magnolias que dejó en una banca. A las once menos quince subió con sumada lentitud al mismo tren que lo había dejado allí. Escogió pero antes buscó el mismo camarote. Esta vez estuvo solo y tampoco durmió sino hasta que el sol ya estaba en lo alto. Rezó muchas veces pidiéndole a Dios por Apolo y esas mujeres solitarias y encantadoras.

—Buenos días—, fue lo que oyó.

Respondió a medias. Ap ap ap ap. Sus ojos acabaron la respuesta. Las legañas eran excelentes mensajeras.

—Es el final del trayecto, caballero. Desde aquí solo se puede volver. Hay conexiones a otros destinos. Lo que le recomiendo es que tome la línea oriental. Esa nos lleva lo más lejos de nosotros mismos y parte en menos de una hora. Hasta entonces, y como última recomendación, coma un bocadillo en el mesón de Laurent, la atención es impecable y hay sándwiches excelentes con una mostaza que parece robada de un banquete celestial.

¡Vaya si el hombre hablaba! De tanto hablar, algo adivinaba.

—Como usted, hay muchos que huyen de sus mujeres y de otras desgracias. Yo no he podido hacerlo. Me he quedado atorado en este tren. La gente que aquí se conoce es tan variada que parece salida de un museo de amenidades. Si usted gusta, lo acompaño al mesón de Laurent. Así aprovecho y yo también como algo en mi tiempo de descanso.

Al fondo del mesón había un tapiz de una sutileza digna de palacio británico del cual Laurent estaba orgulloso.

—Por ese pedazo de papel Laurent no se ha ido. Lo ama demasiado como para dejarlo en ninguna parte. Y por esa misma causa ha elevado el nivel de su cocina a altitudes inverosímiles. Basta con probarla.

El sujeto sentía que el uniforme le calzaba a la perfección, verlo daba igual a apreciar a un gánster acariciando un gato que no se cansa de rasguñarle las manos. La comida que le pidió le supo normal, nada del otro mundo. Los garbanzos no tanto pero el sándwich estaba jugoso. Laurent era un excelente anfitrión. Se desvivía por sus comensales, rindiéndose a su menor virtud y alabándola con honestidad. Su hija Sofía lo superaba. Él no guiñaba el ojo como ella. No era coquetería, lo aprendió de la madre que ya no estaba y no se lo podía quitar de la cara. De haberlo pensado, tampoco habría querido. Algo de su mamá debía conservar, no bastaba con su padre. Jagord pensó que era un muy buen prototipo de esposa. Laurent creía lo contrario. Laurent la conocía bien. Ella, además de los dos dedos de frente, tenía un caballo en un establo cercano, que enloquecía con el frenazo de los trenes, cosa que lo había esterilizado.

El tren que lo llevaría lo más lejos de sí mismo tenía una tarifa que no alcanzaba a cubrir. También lo antecedía la leyenda de ser un tren que transportaba fantasmas. No se sentiría muy mal entre ellos, muchos años hará que había resuelto que fantasmas son los que llenan las prisiones.

Su hija Sofía lo superaba. Él no guiñaba el ojo como ella. No era coquetería, lo aprendió de la madre que ya no estaba y no se lo podía quitar de la cara. De haberlo pensado, tampoco habría querido.

Fue de regreso al mesón de Laurent y se perdió en la contemplación del tapiz. Sus colores se confundían en él con el aroma que ya tenía impregnado. Se aproximó con paso firme y cuando estaba a punto de abrir a consciencia sus fosas nasales para olfatear el germen de las virtudes de aquella pieza artística, fue detenido de súbito por la sonrisa de Sofía que se interpuso entre él y el pedazo de papel estampado. A cualquiera le hubiese parecido una buena forma de entablar diálogo con aquella postulante a princesa de sueños, pero Jagord trató de evitarla sin caer en descortesías. Dio un paso atrás en espera de que Sofía hiciera lo mismo. Ella empezó a mover la cabeza con insistencia. Entonces Jagord la miró al detalle. Vista bien, era una beldad ambulatoria, como salida de aquel tapiz aunque en el tapiz destacaba la ausencia de figuras humanas.

—Ni lo piense. Si papá se entera, lo convierte a usted en confeti.

No entendió ni una sílaba, entendió que corría peligro. Pero lo entendió todo entre sonrisas cómplices.

Abandonó su pensamiento, acatando lo que en la boca de Sofía no era pero merecía ser una orden real. Ya estaba habituado a abandonar las cosas. Esa sonrisa suya estaba al servicio de la humanidad, igual a como lo están los puentes, por esta se podía cruzar a un espacio más amplio y complaciente. Así lo pensó Jagord. Pensó también que ella podía escucharlo.

Laurent dormía en el piso de arriba. El salón estaba casi siempre abierto. Laurent lo usaba para exhibir su tapiz, Dios sabe a quién se lo había robado. La presencia de esa pieza artística le confería a Laurent y a su local un aire de enigma que enaltecía a sus platos y a sus atenciones, que nunca eran pocas. Había leyendas que variaban según la época del año o la traducción empleada por algún extranjero. Primaba una que aseguraba que en el fondo Laurent aspiraba que el auténtico propietario desembarcara de un vagón de primera clase y le exigiera que se lo devolviese, y, entonces, él lo retaría a exponer las razones por las cuales el tapiz estaría mejor en sus manos, duelo que sabía muy bien que no perdería de ninguna manera, ante ningún jurado. Que en eso soñaba Laurent con recurrencia, decían los más arriesgados. En eso y en que Sofía fuera entonces el premio de consuelo de ese aristócrata británico, quien, al verse perdido por completo moralmente, ofertaría que a cambio de no molestarlo jamás con demandas y abogados emperifollados, se quedaría con la mano de su hija. Es decir, que el tapiz quedaría en la familia. Era un sueño que no le quitaba el sueño sino más bien lo enraizaba más.

Cuando le preguntaban si ese rumor era verídico, Laurent sacaba como de la nada una sonrisa estridente que servía a la perfección como respuesta retórica para en un chistar ceder el paso a su ausencia todavía más decidora.

Jagord bebió una mezcla de hierbas y aguardiente que le aclaró la garganta. Sorprendió a Sofía con unos balbuceos, sonidos que remedaban el arrastre de una punta de hierro sobre madera, como algo que quisiera dejar un surco para depositar ahí luego alguna semilla, pero que en este caso solo serviría como sepulcro de esta.

Sofía se excusó al tercer trago. La botella estaba vaciándose deprisa y su padre lo notaría al día siguiente. Le explicó, en lenguaje de mudos, que podía descansar en una silla de doble asiento acolchonada. Jagord se lo agradeció juntando las palmas de las manos y reclinando ligeramente la cabeza.

Antes del alba, tenía pegadas las narices al tapiz que veía de cerca cual cegato. Olía a lo que olía Sofía después de tres tragos.

Sin meditarlo, a las diez de la mañana estaba pidiendo una moneda en la puerta de la estación. Un par de policías, luego de una breve discusión de quién lo haría, le aventó una que atrapó como si él mismo la hubiese lanzado al aire en un gesto de preguntarse por su fortuna. Los policías lo buscaban a él, pero él se había olvidado que alguien podía buscarlo. Solo quería entrar al salón de Laurent y con una buena excusa volver a oler a Sofía.

 

Carlos Vásconez

Carlos Vásconez

Escritor

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