martes, mayo 26, 2026

Las ventosidades, en referencia a Vientos de agosto, de Carlos Arcos Cabrera

El escritor Carlos Vásconez cedió a Plan V la publicación del texto de su presentación durante el lanzamiento de la novela Vientos de agosto, del escritor Carlos Arcos.

Carlos Vásconez

Por: Carlos Vásconez

Si lo que intentamos cuando leemos o cuando escribimos (es decir, cuando creamos) es que la memoria se fortalezca, resulta inevitable preguntarnos si la memoria debe ser revitalizada o si es preferible modificarla un poco. Jorge Luis Borges aseguraba que lo único que cambia es el pasado, porque lo reconstruimos con el menor intento de sostenerlo en vigencia. El pasado, es decir, la memoria, es morosa y también juguetona. Somos nosotros su juguete favorito. Cuando un escritor se propone la tarea de escribir una novela de matices y formas varias, estamos ante el intento de conservadurismo natural, de que la voz y la palabra no sea tanto viento sino además roca y fluidos. Carlos Arcos Cabrera, connotado escritor ecuatoriano, aceptó el duelo (puedo ver entre las capas del tiempo que por eso Vientos de agosto empieza por una justa de esgrima) de confrontar al tiempo y darnos una idea del por qué de una ciudad y su extensión, un país con su idiosincrasia. Y es que cuando recorremos esta novela, en cada página hay una nueva muestra de lo que quisimos forjar como rostro de un sitio delimitado al que conocemos como Ecuador, pero para eso hay que ir hacia sus profundidades. Ecuador es Riobamba y Riobamba es cada uno de sus habitantes, y cada uno de sus habitantes es uno de ellos, el resumen de lo incumplido, diríamos.

Portada de la última edición de la emblemática novela de Carlos Arcos Cabrera.

Quizás empecé de forma vaga. La literatura puede empezar así, puede incluso ser en su totalidad vaga, porque la literatura es tan solo un reflejo de la vida, y viceversa. Esta vaguedad, sin embargo, no se muestra en esta novela que es un continente, porque contiene una infinitud de personajes con los arquetipos muy bien establecidos. Cuando ellos charlan, es como si fuéramos nosotros el contertulio que aporta con el silencio que hace falta para que un diálogo sea preciso. Cuando ellos mueren, presenciamos, no sin dolor, afectados, cómo el último hálito vital colma la habitación, y oímos entonces hablar a los muertos. Vientos de agosto es todo lo contrario a la vaguedad: es un entramado de circunstancias y de personajes que nos pueblan. Quiero decir que la habilidad de nuestro autor nos vuelve a nosotros el lugar donde mejor pueden hospedarse. Quizás, por extensión, nos convirtamos en Riobamba, epicentro de la trama novelística, ciudad amortiguada por un futuro incumplido. Iba a crecer y se quedó en el pretérito imperfecto que muchas veces mataría por convertirse en futuro.

Alfonso Reyes justificaba su opinión de que un libro debe bastarse a sí mismo como defensa y crítica en que nadie sería capaz de profundizar en los misterios que contiene una composición narrativa como el avezado lector.

(Si indagamos un poco, nos encontraremos una idea recurrente. Más bien, un sentimiento, una acaso necesidad humana como es la venganza. Shakesperianamente, hamletianamente, el detonante narrativo, o que crea la diégesis que nos lleva hasta el Más Allá, es el incumplimiento de una petición, pero también una sensación constante de que hay que cumplir con una venganza, así sea la del exilio del Edén al principio de los tiempos. ¿Toda gran literatura habla de ello? Es posible.)

Alfonso Reyes justificaba su opinión de que un libro debe bastarse a sí mismo como defensa y crítica en que nadie sería capaz de profundizar en los misterios que contiene una composición narrativa como el avezado lector. Lo hacía, Reyes, no obstante, mientras desmenuzaba tal o cual libro. Vientos de agosto solo necesita lectores, eso es verídico hasta la saciedad, pero no evitaré conducirlos mentalmente adonde a mí me condujo esta relectura. La lectura original, que según creo data del año 2005, un par de años después de su publicación o también popularización (estamos ante un libro que ha sabido permanecer vigente, situarse en el hoy; esa es una de las grandes virtudes que tan solo las grandes piezas artísticas y literarias consiguen), me dejó perplejo porque hallé indicios de una narrativa propia de ingleses de mediados del siglo XX. Esta relectura me trajo, con mayor claridad, la visión de un libro estilo laberinto, con múltiples digresiones, en el que se acumulan autores y obras de primer orden universal. Los diálogos que sostienen los personajes, incluso con los fantasmas, me lleva a Mario Vargas Llosa, pero no tanto la tan apreciada por el autor La casa verde, sino más bien hacia Conversación en la catedral. En cambio, aquellos capítulos pares que corresponden al niño, cuyo monólogo interior roza constantemente la poesía, me habla, ¡cómo no!, de una influencia de William Faulkner, en particular de El sonido y la furia, lo que deriva siempre en James Joyce y su Ulises. De Faulkner añadiré el título del libro. Vientos de agosto nos transporta a Luz de agosto. Recordemos que un buen libro es una máquina de transporte, a veces incluso en el tiempo, a veces incluso a través de nuestro propio tiempo.

Tiempo y viento se conjugan en una novela escrita de forma desenvuelta o desenfadada, en la que hay placidez al entrar, y también hay seriedad y algo del sentido de humor que debe campear entre sus páginas, entre líneas. Carlos Arcos Cabrera trata con compasión y piedad a sus personajes. No los juzga; difícilmente daremos con una sentencia moralista en alguno de sus rincones. Él cuenta la carga invisible de Pompeyo, quien recibe un encargo, que, perdonen el adelanto, no logra cumplir. Pompeyo es de por sí un nombre que nos evoca la destrucción por fuego. El fuego de cada uno de sus personajes logra que esta ficción, o estas ficciones, para ser más sincero, combine discrepancias y absurdidades de una forma natural. Carlos Arcos Cabrera ha hecho las cosas de la forma que exige más esfuerzo, para que nosotros no hagamos ese esfuerzo. Recordemos que la claridad, diafanidad y sencillez son el reto de todo escritor de narrativa, y lograr eso es muy complicado. Lo lograron Joseph Conrad o Henry James o John Banville, y para eso sacrificaron la mitad de sus almas, que ahora las tenemos con nosotros.

Una ciudad crece siempre en torno a uno de sus personajes, a quien marca el compás de los bailes, de los desmanes, de quien resulta casi imposible no hablar.

Carlos compone, con cuidado, limando los bordes para que las piezas no desencajen, una novela total. Posee hilo conductual, una suerte de McGuffin, algo que la alienta a cada instante para que no pierda su temple; como Roberto Bolaño, nutre la historia de pequeñas historias, que vuelven a la general encantadora. No olvidemos nunca que la misión de toda literatura es encantar, causar sueños, entretener. De forma paulatina, forja una novela de aspiraciones que parecería haberle sido dictada por Dios mediante sus sueños, como les hablaba a Aarón o a María. En una novela total, lo que importa es contar qué hará cierta gente a pesar de todo. Nada más.

Si algo puedo detectar sin mayor esfuerzo es la metáfora sobre “creación” que recorre estas páginas. Docto en casualidades, Carlos Arcos teje la noción de que todos tienen la capacidad creativa en las yemas de sus dedos. Esa ventura y también generosidad de su parte, nos conduce a una tesis que a veces queremos evadir: la de la tristeza, fruto del crear. Cuando salimos del jardín primigenio, aprendimos a mentir, a crear, y con esto vino acompañada la tristeza.  Amar es una forma de crear. Se crea algo superior a nosotros (verbigracia, la Comedia dantesca en que el amor o Beatriz, como sea, supera a todo. A todo, repito). Y crear una ciudad, tarea de Pompeyo, es crear un laberinto, un juego mental, un problema que nos atañe a todos. El epígrafe del Capítulo XV es decidor en este sentido. Lo extrae de un libro de Malcolm Lowry e lustra mejor mi afirmación: “Post coitum omne animal triste est. No siempre ha sido así”. De tal modo, ¿lo que queda del acto creativo es solo tristeza, mientras creamos no lo somos? Ese sentimiento rebosa en el espíritu de los pobladores de Vientos de agosto.

No podemos descartar la importancia en esta novela de la ciudad. Lo he aludido antes. Penetro un poco en sus arcanos. Grandes novelas han indagado con éxito en ciudades universales. Que Arcos Cabrera escogiera para esta a Riobamba llama la atención al comienzo, pero pronto, por el dominio del lenguaje, percibimos el acierto intrínseco en esta elección. Si bien Lawrence Durrell dibujó Alejandría en torno a Justine, mujer entre las mujeres egipcias, o Malcolm Lowry lo hizo en Bajo el volcán, como una pintura de Jacques Laruelle, aquí el rostro que está tratando de destacar es el del lector. “Si en tu cara no entra mi mundo, mi mundo no cabe en ningún lado”, decía Paul Celan. Y ya conocemos de sobra el cuento de Borges sobre el trazo de una ciudad con todos sus detalles y que trazaba la imagen de una cara. Una ciudad crece siempre en torno a uno de sus personajes, a quien marca el compás de los bailes, de los desmanes, de quien resulta casi imposible no hablar. En otras palabras, del generador de chismes. ¿Cómo se le puede conceder, a Pompeyo Pastrana, cuyo nombre evoca a una de las grandes desgracias naturales de la historia, le reestructuración de una ciudad entera? Su proyecto siempre estará destinado al fracaso.

En agosto volamos cometas. En agosto, el viento juega con las faldas de las chicas. En agosto nos sentamos bajo los árboles a hacer poco más que soñar. En agosto algunos aprenden a rezar, porque, sencillamente, no tienen mucho más que hacer. En agosto, como diría el Negro en esta obra, podemos seguir el dictado del corazón, a lo que se le llama honestidad.

La sexualidad y el erotismo en estas páginas no están velados o prohibidos. No. Lo que sí parece estar prohibido es el éxtasis, la saciedad; parecería que las cosas no pueden acabar ni con la muerte, y que eso es el mayor suplicio: despertar luego de emborrachar y violar jóvenes, y no verlas por ninguna parte, como si tan solo hubiesen sido fantasmas. Esta es una alegoría de la desesperación: ni siquiera el mal tiene memoria.

Vientos de agosto es una de las primeras novelas de nuestra literatura; o sea, de algunas literaturas. Mi consejo es que no se lea como el recuento de varias vidas ni el laberinto sin centro ni Minotauro. Léasela como si el viento de agosto nos despeinara la cabellera y, así, nos acomodara las ideas.

 

Carlos Vásconez

Carlos Vásconez

Escritor

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