Desde hace seis meses, los ecuatorianos nos enfrascamos, al menos un par de veces al día, en la pregunta ¿y tú, qué crees que va a pasar con todo esto? La conversación termina generalmente en el acuerdo de que mucho se han robado, que el vidrio se rompe y que son divertidos sopapos le da el Presidente al loco del ático. Medio año de peloteo político y no logramos formular la pregunta correctamente ¿qué irá a pasar? Con la economía, con la educación, la democracia, la institucionalidad, la salud, la seguridad o el trabajo.
En un semestre hemos escuchado al Presidente apenas nueve minutos de cadena nacional para dar alguna pista económica, con sabor a puntada sin hilo porque más allá de concesiones tributarias no alcanzamos a ver estrategias económicas concretas. Las atroces denuncias de abuso en el sistema escolar nos indignan en la crónica roja, pero no hay señales de redención estructural del sistema educativo. La mayoría de inversiones públicas están salpicadas de corrupción, pero los contratos siguen en marcha y ni se menciona una necesaria auditoría a la contratación pública. Y así, en cada dirección en la que se mire, vemos los escombros y sus ratas. Lo grave es que la sociedad entera se sumerge de cabeza en la telenovela política y ni la clase política, ni la organización social, ni la sociedad civil, logran cuajar un boceto de respuesta a la trágica pregunta: ¿Qué irá a pasar con este país a la deriva?
