Hubo un célebre incidente que se dio en la Universidad de Salamanca en octubre de 1936, en media guerra civil española. Miguel de Unamuno, entonces el mayor pensador español de la época y rector de la universidad, hizo una encendida intervención condenando el discurso de odio que ya se estaba imponiendo como consecuencia del fanatismo político franquista. Ahí soltó la famosa frase “Venceréis, pero no convenceréis”, que, a la luz de lo que hoy está ocurriendo en Europa, no resultó tan profética como esperábamos.
El discurso fue interrumpido violentamente por el general José Millán Astray, un reconocido militar mutilado de guerra y fundador de la Legión Española, al grito de “¡Viva la muerte, muera la inteligencia!”. La acción estuvo secundada por un grupo de falangistas que echaron mano de sus pistolas y obligaron a que Unamuno tuviera que salir del recinto universitario escoltado.
Los detalles del incidente están atravesados por múltiples versiones, propias del apasionamiento de la situación, así como de las interpretaciones de quienes narraron el hecho. Al final, este quedó registrado para la Historia como una confrontación ideológica crucial para el mundo, no solo para España. Lo que ocurrió las siguientes cuatro décadas solo confirma la tragedia que trae implícita la imposición del autoritarismo, la intolerancia y el fundamentalismo religioso en una sociedad.
Casi un siglo después de ese dramático episodio, hoy saltan las alarmas en contra de otra forma de inteligencia, que algunos consideran una amenaza para la humanidad, aunque desde lógicas y perspectivas diferentes. Para lo fascistas españoles, la inteligencia, asociada con la actividad intelectual, era vista como un rival para la hegemonía del pensamiento único impuesto desde la fuerza militar. Para los actuales críticos de la inteligencia artificial, este invento tecnológico está provocando la deshumanización de la capacidad de pensar. Al paso que vamos, advierten, las computadoras terminarán reemplazando a los cerebros.
Ha bastado un simple incidente (los ciberataques autónomos de Open AI y Hugging Face) para que el terror de las películas de ciencia ficción se instale en el planeta. Nada que no se advirtiera desde hace varios años, y que provocara la indignación de los más fervientes y radicales defensores de la informatización de la vida. Sin embargo, ni las más crudas evidencias generan una mínima reflexión en estos devotos de la tecnología informática. El colapso global de los procesos de aprendizaje revelados por la prueba PISA, que tiene relación directa precisamente con el colapso de la capacidad intelectual de los estudiantes, les tiene sin cuidado. El negocio va primero.
No obstante, los riesgos de la IA son tan obvios y extremos que han provocado la reacción de algunos de los principales gurús de la innovación desbocada de esa tecnología. El argumento central: que la IA también puede ser utilizada por poderes perversos con fines totalitarios. Como si medio milenio de desarrollo científico no nos hubiera demostrado que la tecnología tiene de todo, menos de neutralidad política. Ahora, estos asustados ciberpaladines abogan por la muerte de la inteligencia artificial, cuando ya puede ser demasiado tarde.
Septiembre 13, 2026
