Si lo perfecto es enemigo de la óptimo, lo óptimo es enemigo de lo posible, sobre todo en un mundo tan imperfecto, innoble y voluble como la política. Ahí, lo defectos y miserias humanas parecieran ensañarse con la esperanza; proponerse objetivos sublimes es el camino más corto a la candidez o al fracaso.
El colapso del sistema político y de su sucedáneo electoral tiene trastornados a quienes todavía apuestan por las salidas institucionales convencionales a la crisis nacional. Por ejemplo, a quienes mantienen la fe en el vetusto régimen de partidos. En el fondo, no admiten que el modelo liberal de representación, que prácticamente ha normado la política en los últimos tres siglos, muestra graves signos de agotamiento. Y mucho más en democracias raquíticas como la nuestra.
A pesar de las evidencias en contra, siguen sosteniendo que la crisis se debe a la inexistencia de partidos sólidos y de representantes virtuosos, como si esos dos elementos fueran suficientes para optimizar el funcionamiento de nuestras instituciones. Basta echar un breve vistazo al pasado para constatar lo opuesto: las representaciones políticas siempre estuvieron diseñadas para escamotear no solo la voluntad, sino los imaginarios colectivos.
Hace 50 años se desarrolló un itinerario que pomposamente se calificó como de retorno a la democracia. En ese proceso, la ley de partidos fue concebida como la panacea que sacaría al país de la informalidad política. Poco –y con escasas excepciones– duró el experimento. Las viejas lógicas patrimonialistas, oligárquicas, pragmáticas y arbitrarias terminaron imponiéndose. A la vuelta de la esquina estábamos otra vez sometidos a las típicas conductas atrabiliarias de la llamada clase política.
Sin embargo, y a pesar del descalabro general, se sigue insistiendo en la misma fórmula, como si la Historia no avanzara y las sociedades no cambiaran. Para bien o para mal. Una reflexión elemental sobre el peso y el rol de las redes sociales serviría para darse cuenta de la inutilidad de las formas tradicionales de comunicación política. Y, en consecuencia, de los límites a la representación entendida desde ópticas igualmente anacrónicas.
Los partidos políticos, tal como han sido desarrollados en los últimos siglos, evidencian signos irreversibles de obsolescencia. Y el mayor problema es que no estamos discutiendo con qué vamos a reemplazarlos. Simplemente nos limitamos a rasgarnos las vestiduras frente a su descomposición. No soportamos el hedor del cadáver, pero al mismo tiempo nos negamos a enterrarlo.
Hoy asistimos a un nuevo –y probablemente más aterrador– episodio de nuestro drama electoral. Las próximas elecciones no solo serán la constatación de la decrepitud partidaria, sino de la perversión de la representación política. Y la solución no radica en reanimar un modelo de partidos cuyos estertores solo anuncian su fin.
Agosto 21, 2026
