Hay una de las enseñanzas más profundas de la civilización occidental que, paradójicamente, seguimos ignorando después de casi tres milenios. No proviene de un tratado de ciencia política ni de una moderna teoría constitucional. Proviene de un poema épico escrito por Homero hace aproximadamente 2.700 años: La Odisea.
Cuando Odiseo está a punto de navegar frente a las sirenas, Circe le advierte que ningún hombre ha sobrevivido después de escuchar su canto. No porque las sirenas sean invencibles por la fuerza, sino porque seducen la voluntad. Prometen conocimiento absoluto, placer, gloria y satisfacción inmediata. Todo aquel que las escucha termina convencido de que desviarse del rumbo es la mejor decisión posible. Y ese convencimiento es precisamente el camino hacia la destrucción.
Lo verdaderamente extraordinario de Odiseo no es su valentía, sino su humildad intelectual. Él no dice: «Yo seré diferente. Yo sí podré resistirme». Al contrario, reconoce que llegará un momento en el que dejará de ser dueño de sí mismo. Comprende que habrá un instante en el que su propio juicio dejará de ser confiable.
Por eso ordena que lo aten al mástil de la embarcación y les exige a sus hombres que, aunque grite, amenace, suplique o les ordene desatarlo, no le obedezcan bajo ninguna circunstancia.
En ese instante nace una de las lecciones políticas más importantes de la historia: la verdadera fortaleza no consiste en confiar ciegamente en la propia virtud, sino en aceptar que el poder y la tentación pueden derrotar incluso a los mejores hombres si estos no se imponen límites antes de enfrentarlos.
Siglos después, esa misma idea se convirtió en el corazón del constitucionalismo moderno. James Madison comprendió que el problema no era únicamente cómo controlar a los ciudadanos, sino cómo impedir que quienes gobiernan terminaran dominados por las tentaciones inherentes al poder. La corte constitucional, la división de funciones del Estado, la independencia judicial, la libertad de prensa, los organismos de control y los contrapesos institucionales no fueron creados porque se desconfiara de un presidente en particular. Fueron diseñados porque se desconfía de los efectos que el poder produce sobre cualquier ser humano.
Las instituciones son las cuerdas que atan al gobernante al mástil antes de que comiencen a cantar las sirenas.
Cuando un juez de control constitucional declara inconstitucional una decisión del Ejecutivo, cuando un medio de comunicación investiga y cuestiona al poder, o cuando una figura de la talla del expresidente Osvaldo Hurtado critica duramente al gobierno de Daniel Noboa por considerar que existe una vulneración a la separación de poderes y a las libertades públicas —comparándolo incluso con las prácticas autoritarias que en su momento denunció durante el gobierno de Rafael Correa—, no necesariamente está actuando por deslealtad hacia el presidente de turno ni por afinidades o diferencias ideológicas. Está siendo leal a un compromiso mucho más importante: el pacto constitucional. Ese mismo principio inspiró a la tripulación de Odiseo. Cuando el héroe, seducido por el canto de las sirenas, les suplicó que lo desataran, ellos se negaron. A los ojos de Odiseo, en ese instante parecían desobedientes; en realidad, eran los únicos que permanecían fieles al acuerdo que habían sellado antes de enfrentar la tentación. Así también funciona una democracia sana: las instituciones existen para decirle «no» al poder cuando este pretende sobrepasar los límites que la Constitución le impone, incluso si ese «no» incomoda al gobernante o provoca la reacción de sus partidarios. Porque la verdadera lealtad en una república no se debe a un hombre ni a un gobierno, sino a las reglas que protegen a todos de los excesos del poder.
La democracia no puede depender de la buena voluntad de quien ocupa el Palacio de Gobierno. Depender exclusivamente de la virtud personal del gobernante es construir un sistema demasiado frágil para resistir la naturaleza humana.
Por eso Lord Acton advirtió que «el poder tiende a corromper, y el poder absoluto corrompe absolutamente». No porque todos los gobernantes nazcan corruptos, sino porque el ejercicio prolongado del poder modifica lentamente la percepción de la realidad. Poco a poco aparecen las justificaciones: creer que solo uno sabe lo que conviene al país; asumir que toda crítica es una conspiración; interpretar los límites legales como obstáculos injustos; confundir el interés nacional con el propio; convencerse de que acumular más poder es necesario para hacer el bien.
Ese es, precisamente, el canto de las sirenas.
Ningún presidente está completamente inmunizado contra esa seducción. No lo estuvo Rafael Correa, ni Lenin Moreno, ni Guillermo Lasso, ni lo está Daniel Noboa, ni lo estarán quienes aspiren a gobernar el Ecuador en el futuro. Cambian los nombres, cambian las ideologías, cambian los discursos; pero la naturaleza del poder permanece sorprendentemente constante.
Por eso, la pregunta verdaderamente importante no es quién llega al poder, sino qué tan firmemente permanece atado cuando llega a él.
Las democracias maduras no se construyen buscando líderes perfectos, porque esos simplemente no existen. Se construyen diseñando instituciones suficientemente fuertes para impedir que incluso un buen gobernante pueda convertirse en un mal gobernante cuando el poder comience a transformarlo.
En ese sentido, aceptar límites no es una muestra de debilidad política. Es la expresión más elevada de la responsabilidad democrática. Solo quien comprende sus propias debilidades está dispuesto a someterse al imperio de la Constitución y de la Ley.
Cuando un presidente intenta debilitar la independencia judicial, desacreditar sistemáticamente a la prensa libre, judicializar penalmente a la oposición, capturar los organismos de control o eliminar los contrapesos institucionales, en realidad no está acortando simples trámites administrativos. Está rompiendo una a una las cuerdas que mantienen al barco lejos de las rocas.
Y cuando finalmente escucha el canto del poder absoluto, ya no queda nadie capaz de impedir el naufragio.
La historia demuestra que los países rara vez colapsan porque sus ciudadanos pierdan la libertad de un día para otro. Generalmente comienzan a deteriorarse cuando sus gobernantes convencen a la sociedad de que los controles institucionales son innecesarios, incómodos o estorbos para gobernar con eficacia. En nombre de la eficiencia, de la seguridad, de la emergencia o incluso de las mejores intenciones, las cuerdas empiezan a desaparecer.
Solo cuando el barco comienza a hacer agua se comprende por qué existían.
Quizá la mayor enseñanza de Homero, hace 2700 años, sea que la libertad política no consiste en permitir que el gobernante navegue sin restricciones. La verdadera libertad consiste en construir instituciones capaces de limitarlo antes de que la embriaguez del poder lo convenza de que él mismo está por encima de las reglas que juró respetar.
Esa es la diferencia entre una república sólida y el culto a un caudillo.
El Ecuador no necesita presidentes que prometan ser inmunes al canto de las sirenas. Necesita presidentes lo suficientemente sabios y humildes para aceptar que también pueden sucumbir al poder y, precisamente por eso, defender con firmeza las instituciones que los mantienen atados al mástil de la Constitución.
Porque cuando esas cuerdas permanecen firmes, quizás el gobernante se frustre, proteste o sienta limitada su voluntad. Pero el barco sigue avanzando.
Y cuando el barco sigue avanzando, gana toda la Nación.
