Investigar no es sinónimo de escribir bien. Lo digo porque en el periodismo se ha vuelto costumbre llamar «investigación» a casi cualquier texto que costó trabajo. Pero una noticia bien trabajada, un análisis interesante, no se equiparán con lo que significa investigación, como género periodístico. Son géneros distintos, con exigencias metodológicas distintas, y confundirlos le hace un flaco favor al lector y al oficio.
Es cierto que hay principios básicos que se repiten desde la noticia hasta la investigación: verificar, contrastar, citar bien. Pero cada género responde a una pregunta distinta y le promete al lector algo distinto.
La noticia, por ejemplo, informa un hecho nuevo. Su valor está en la oportunidad, en la coyuntura: qué pasó y cuándo. El reportaje, en cambio, profundiza un hecho ya conocido: suma fuentes, contexto, narrativa. No necesariamente descubre algo, pero profundiza el tema. El análisis interpreta o conecta datos y patrones que ya existen: puede ser una tendencia, una narrativa que circula, un comportamiento en redes. En este caso aporta una lectura, no necesariamente un hallazgo e incluso dando datos interesantes, no es una investigación. El explicativo, por su parte, aclara: toma un tema complejo y lo hace comprensible. Su función es pedagógica.
La investigación es harina de otro costal. Es el único género que exige producir un hallazgo que no existía antes del reporteo: fuentes propias cultivadas durante meses, solicitudes de información que a veces tardan semanas en responderse, un dato que nadie tenía hasta que alguien, con método, tiempo y terquedad, lo buscó y lo encontró.
Hay investigaciones que van todavía más lejos: las que se hacen en serie, con seguimiento durante meses o años, volviendo una y otra vez sobre el mismo caso a medida que aparecen nuevos documentos, nuevas fuentes, nuevas piezas del rompecabezas. Ese tipo de trabajo no se improvisa ni se produce en una semana de cierre (o menos); es una apuesta de tiempo y de recursos que pocas redacciones pueden sostener, y que por eso mismo merece llamarse por su nombre.
Ninguno de estos géneros vale menos que otro. Una buena noticia bien verificada tiene tanto mérito como una investigación de meses; cada uno cumple una función que el otro no puede reemplazar. El problema no es la jerarquía, sino darle la etiqueta de «investigación» a lo que en realidad es un reportaje bien hecho, o un análisis bien argumentado. Hacer eso es hacerle una promesa distinta al lector sobre qué tan sólido es lo que va a leer.
Lo más grave es cuando esa etiqueta se usa no por error sino para «mostrarse»: para que el texto suene más importante de lo que es. Eso ya cae en la deshonestidad intelectual. Es, además, una forma burda de querer ganar audiencia, fondos o adeptos prostituyendo el oficio: se explota el prestigio que la palabra «investigación» todavía conserva entre los lectores para conseguir clics, financiamiento o seguidores que ese trabajo, honestamente descrito, quizás no conseguiría.
Esta devaluación tiene además otra consecuencia, más grave: crea «periodistas» que no lo son, pero que usan el nombre del periodismo para victimizarse. Que alguien sin formación ni oficio desinforme escudándose en esa etiqueta es un problema, pero al menos podría entenderse, nunca justificarse, por los intereses que suelen rondar detrás de esas operaciones. Lo que resulta impresentable es que un reportero, un periodista o un director de medio recurra a lo mismo por «competir», por «resaltar», por ganarle la agenda al de al lado. Ahí ya no hay excusa de ignorancia ni de intereses ajenos: es el propio oficio traicionándose desde adentro.
El periodismo no necesita inflar sus géneros para justificar su valor. Necesita nombrarlos bien.
Y en Ecuador, donde los colegas que investigan reciben amenazas, se exilian y algunos pierden su vida por el oficio; decir investigación a lo que no lo es, al final termina irrespetándolos.
