miércoles, julio 22, 2026
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Pocho Álvarez

Pocho Álvarez

Cineasta.

Palabra permanente: Jorgenrique

“Bofetadas de la historia”, diría Adoum, que se repiten una y otra vez y al parecer serán una constante en esta guerra interna país, necesitado de luz, de voces y palabras necesarias: Jorgenrique.

                                           

Soy tributante y ciudadano, estoy gastado y eso se ve en la fatiga con que entran mis ojos cada día en mi zapatos…

Una palabra crítica, articulada a la ternura; una voz escrita desde el palpitar universal de quienes fueron los condenados de la pobreza; un bisturí en letras, Los cuadernos de la tierra, rompieron el silencio de ese relato oficial, para decir sobre el nosotros y nuestra historia-geografía, desposeída de derechos, eso que ahora llaman «población y territorio de sacrificio»; que Dios trajo la sombra a este equinoccio andino y puso en estas tierras El sol bajo las patas de los caballos.  Este quehacer del tiempo y su conjugación como historia, no quedó congelado en el ayer. Cambiaron los amos y dominios, los siglos y los calendarios, los caudillos y sus gobiernos, pero nunca, nunca dejó de ser pasado y aún se mantienen, para la des-vergüenza de la política  y sus engendros, Las imágenes de un Pretérito presente incrustadas en nuestro mañana como porvenir.

Cuando no se tiene patria todavía sino una tristura irremediable debajo del orgullo, patria es el bolsillo de la memoria…, nos dijo quien este junio del 2026, celebraría cien años, Jorgenrique Adoum (Ambato 29 de junio de 1926 – Quito 3 de julio del 2009). Su aliento, quince años y más después de su partida, son letras que viajan como las semillas en el viento de la cordillera llevando sobre el tiempo y sus borrascas, vida, resistencia y rebeldía. Una diáspora  sustentada en el amor como esencia de la conjugación del nosotros. Por ello, en este Ecuador de hoy, sitiado por las violencias y los exterminios, por el estado de sitio y los decretos emergentes como constitución y gobierno, evocarlo en sus letras y escritos, en su ensayos y poesía, en sus novelas, es una necesidad que emerge como el oxigeno de las lecturas necesarias, que sostienen la resistencia para seguir bregando en este Ecuador amargo.

Nadie sabe donde queda mi país, lo buscan entristeciéndose de miopía: no puede ser, tan pequeño ¿y es tanta su desgarradura, tanto su terremoto…?, nos dejó diciendo como interrogante a la familia, ayllu, nación o país que hemos edificado, en esta mitad de la Tierra, territorio de dos latitudes. Una suerte de reclamo a lo que somos y hemos construido desde los tiempos del segundo día, desde nuestro nacer como estado nación; un nosotros de cuatro regiones, 14 nacionalidades y 18 pueblos indígenas ignorados y excluidos, habitantes desde siempre de este espacio llamado Ecuador. Fuimos y somos un acuerdo nación de imaginarios y de ilustres ricos excluyentes que, a pretexto de gobierno y “democracia”, buscaron y sostienen aun la imposición del negocio y el dominio del interés particular como progreso, por sobre todos los principios y derechos de los otros, los otros nosotros, mayoría que somos.

Así, bajo el mercado del voto y de las botas, hemos sepultado —y lo seguimos haciendo— el objetivo superior y más profundo de un plural: la construcción de una humanidad posible, un nosotros universal que sea guarda y proyección, sostén y memoria, alimento y semilla del concepto humanidad. Una hermandad solidaria que  –al menos– no proclame la diferencia como defecto, ni repita los errores del pasado: someter o exterminar a los diversos y al distinto, a las minorías y los débiles, a la infancia y adolescencia, a las mujeres y los otros.

“Porque tú, individuo, aislado, alicaído, con el vientre pegado al paladar que te sabe a medalla, eres inofensivo; mejor apágate la luz, deja para algún día los rencores ponte en toque de queda, escribió a manera de epitafio de ese, nuestro conformismo e indolencia plural que practicamos frente a todo lo que nos pasa geografía adentro; la enfermedad y la agonía de la salud pública y sus cadáveres diarios, por ejemplo, sepultados en el negocio del dolor, la desatención y la indiferencia, métete en ti, prolóngate durmiendo para que vuelvas a amanecer, heroico de puro testarudo, a leer las nuevas instrucciones para hoy como un estado de sitio…” porque el tema seguridad, en el ADN que nos habita, significa equiparar servidumbre con soberanía, permiso y venia para que las botas extranjeras y sus armas, sean impronta y bendición de nuestro mañana, en esta “guerra interna” que nos han vendido como argumento para ser gobierno en estado de excepción permanente, solo decretos para asegurar impunidad a la fuerza y a las botas; así, “las bofetadas de la geografía” volverán a repetirse, una y otra, y otra vez.

“La conocí golpeándose contra el silencio del poder en esa plaza donde el pueblo acude cada vez que necesita recordar que el monumento fue erigido a su independencia y no a su servidumbre…”, os recordó para siempre, al ver a Luz Elena increpando, averiguando al poder sobre el paradero de sus hijos desaparecidos en el mismo tiempo en que nacía Daniel, el actual presidente de Ecuador. Eran los años finales de la década de los ochenta, cuando Carlos Santiago y Pedro Andrés desaparecieron en manos de la fuerza pública.

Quién iba a imaginar que, casi cuatro décadas después, el dolor de ser  “huérfana al revés dos veces…”, se iba a duplicar en una ironía cruel con Josué, Ismael, Steven y Nehemías, los cuatro niños de las Malvinas de Guayaquil, torturados y desaparecidos por la fuerza pública, junto a 51 niños y adolescentes que la ONU y organismos de derechos humanos señalan han ocurrido en el mandato de quien nació, quien diría, cuando los hermanos Restrepo desaparecieron; y él, desde su anacrónica juventud,  iba a ser hoy –cuatro décadas después–, responsable político de esta tragedia país que se repite potenciada de nuevo milenio y silencio de cartón.

“Bofetadas de la historia”, diría Adoum, que se repiten una y otra vez y al parecer serán una constante en esta guerra interna país, necesitado de luz, de voces y palabras necesarias: Jorgenrique. Por ello es inevitable evocarlo, como contraste del silencio cementerio de un gobierno y una subsecretaría de cultura, que ignoran y buscan olvido para quienes, con su luz de letras, encumbraron a su pueblo y lo enseñaron a leer y sentir “patria”, un estado nación poco grato con sus intelectuales y artistas.

 

                                   Queda prohibida la lucha de clases ha dicho el Presidente, y sigues aguantón y cobarde, solo porque el instinto, él también quien lo creyera, te colgó su letrero: SE PROHIBE MORIR

 

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