Cuando ejercía el cargo de secretario de seguridad, me comentaron de un proceso de investigación de lavado de activos, en colaboración con una agencia estadounidense, contra un empresario ecuatoriano vinculado al negocio de seguros. Dentro de esa investigación había aparecido sus vínculos con Anderson Boscán. A los investigadores les llamó la atención los aportes que recibían las compañías de propiedad de Boscán y de su socio Luis Vivanco, los vínculos con un testaferro del “empresario” de los seguros; el uso que Boscán y su esposa hacían del avión privado de aquel sujeto; y la vida de opulencia de estos individuos disfrazados de periodistas, que contrastaba con la frugalidad y vida austera de quienes son verdaderos periodistas.
Me hicieron conocer sobre las intenciones políticas de esta alianza financiera entre la mafia de los seguros y sus periodistas a sueldo: atacar a la consulta popular que contenía una pregunta peligrosa: la extradición. Fue por octubre de 2022. La información incluía el intento de vincular a una institución financiera con lavado de activos; tal como sucedió recientemente cuando un deslenguado funcionario público generó tal rumor. La Posta estaba dentro de investigaciones, no por decisión mía sino por sus vínculos con sujetos investigados por posibles delitos.
Como tenían muchos recursos económicos y vínculos con policías y ex policías, obtenían información. También llegaron a tener la colaboración de un funcionario, con rango de ministro, muy cercano al presidente Lasso, a quien bautizaron como “garganta profunda”. A partir de esas filtraciones concluyeron que, en mi calidad de secretario de seguridad, los perseguía. En algún momento, me enteré luego, se había realizado un principio de investigación en un hotel de Quito. Vivanco había llamado eufórico a un ministro a reclamarle por mi supuesta persecución: “el Anderson estaba alojado en el ese hotel” e informó que estaba en la suite privada de un ex policía conocido como El cura; y estamos seguros —había dicho Vivanco— “que la investigación es contra él”. Paranoia propia de los que cuidan su rabo de paja.
Boscán y Vivanco se juraron en mi contra, aparte de haberse jurado enemigos del gobierno del presidente Lasso. Arropados en la libertad de expresión, en el respeto profundo del gobierno a esa libertad; emprendieron campañas de ataque de desprestigio. Luego se vería que, aparte del vínculo con la mafia de los seguros, eran “ñaños” de capos del narcotráfico; y socios en política de quienes se coludieron para derrocar al gobierno.
Inventaron unos chats con Norero; les pedí rectifiquen, pero insistieron perversamente en tal puerca mentira. Y sabían que era mentira porque la fraguaron ellos mismo. Inventaron una supuesta tenencia de recursos en paraísos fiscales; usaron los mismos documentos que circulaban por manos correístas y que los usaron para presentar una denuncia ante fiscalía. De esos mismos documentos aparecía, con claridad meridiana, mi inocencia, que luego de dos años fue declarada judicialmente. Nunca repararon en el daño que hacían con su perversidad subsidiada por intereses torcidos.
Pero estos hechos, que afectaron mi gestión e impidieron se puedan llevar a cabo las acciones previstas para construir un sistema de seguridad nacional, palidecen frente al montaje infame del llamado caso Gran padrino.
Para identificar los nexos políticos basta con leer los post, publicados en redes sociales, de quienes hacen defensa acérrima de Boscán y Vivanco. Esos fueron a los intereses políticos a los que sirvieron consciente y cínicamente. Todo empezó con el armado de un organigrama arbitrario para mostrar, sin evidencia alguna, vínculos del gobierno de Lasso con la mafia albanesa. Y de falsarios contratos corruptos en empresas públicas, derivados de ese ficticio vínculo.
La campaña fue bien armada y mejor financiada. El gobierno del presidente Lasso había ordenado la liquidación de Seguros Sucre, caverna en la que se alojaba la manipulación corrupta del negocio de aseguramiento a los bienes estatales y se había iniciado una arremetida potente contra los Noreros, que empezó por declarar al narcotráfico como amenaza para la seguridad del Estado, lo cual resintió a los financistas de La Posta. Compraron la información de una investigación inconclusa, llenaron los vacíos con infamias y llegaron a la Asamblea con cajas llenas de papeles en blanco y eran recibidos por los torres, los muentes, las veloz y las pazmiños, que eran parte del aparataje político-mediático armado para acorralar al presidente Lasso.
Del pozo de la mentira ha sacado la cabeza uno de los periodistas que trabajó en La Posta, muy bien remunerados por cierto, pues el dinero fluía tan abundantemente como el alcohol. De la primera entrega, este periodista revela la mutilación de la información, el acomodo de los hechos y sobre todo que el montaje servía a algún interés aún no mencionado; pero que, con certeza, será alguno de quienes los repletaron de dinero, viajes y lujos.
En algunas oportunidades, en entrevistas y declaraciones el presidente Lasso aludió a estos vínculos oscuros; a esta alianza perversa entre delincuencia y periodismo. La sociedad y los periodistas se negaron a reconocer públicamente lo que en privado, de forma casi unánime, reconocían y deploraban la condición mercenaria de La Posta.
El viento de los tiempos despeja lo que se oculta. Y parece ser que empezará a reflotar la verdad y que a cada infeliz payaso o bastardo sea ubicado en el lugar que diferencia la integridad de la impudicia.
