“Lima está más cerca de Londres que del Perú”. Doscientos cincuenta años después, la frase que se atribuye al alemán Alexander von Humboldt está más vigente que nunca. Tal vez en ningún otro país de Sudamérica la herencia colonial está tan viva y se traduce en una honda división por raza y clase. Aún hoy, el color de la piel y el lugar de nacimiento marcan a millones de personas para un destino de abandono estatal y falta de oportunidades, o si eres parte de alguna élite económica para una vida extremadamente holgada.
Los resultados de las elecciones del 12 de abril reflejan ese Perú dividido entre Lima y el resto del país, entre lo urbano y lo rural, el Perú de las contradicciones culturales y los abismos económicos.
Por un lado, está el Perú de la extraordinaria diversidad de ecosistemas, donde los arándanos, las paltas o las anchovetas son las mejores del mundo; ese Perú que sirve a la mesa la abundancia de su mar, sus selvas y sus montañas. Además, encontramos el Perú minero, aquel que es conocido mundialmente por sus exportaciones de cobre, oro o hierro. Ese es el Perú que, a través de la riqueza en recursos naturales, se ha sometido a los capitales transnacionales y ha engendrado un número significativo de millonarios locales, satélites de las oligarquías tradicionales que se asentaron en Trujillo, Lima o Arequipa desde antes de la independencia. Esos millonarios, de acuerdo con Julio Cotler, no moverían ni un dedo para cambiar el modelo primario-exportador del país.
En contraste, está el Perú profundo, aquel que describieran José María Arguedas, José Carlos Mariátegui y Manuel González Prada. A ese Perú nunca llegaron los réditos de la riqueza biológica y mineral del país. Ese Perú profundo sufre las consecuencias sociales y ambientales de la extracción de los recursos naturales. Las manos de esos trabajadores sostienen a las ciudades desde la economía informal y la precariedad. A ese ejército de informales se sumaron cientos de miles de desplazados a causa de la violencia que desató Sendero Luminoso en los ochenta y noventa. Muchos se asentaron en Lima, ese Leviatán que concentra un tercio de los habitantes del país.
En el Perú, más del 70 por ciento de la economía es informal. A pesar de tener la moneda más sólida de Sudamérica y unos índices macroeconómicos consistentes, la desigualdad persiste y la inestabilidad impregna lo cotidiano. No es solamente la fragilidad política y jurídica que se refleja en los ocho cambios bruscos de presidentes de la última década. Es la inestabilidad como una sensación compartida de que es posible perder lo poco que se tiene en un parpadeo a causa de los vaivenes de la política, la acción de la delincuencia o la falta de protección del Estado. Es la inestabilidad como un sentimiento de vulnerabilidad que deriva de tener un trabajo ocasional sin seguro de salud ni de vejez, de vivir al día.
Esa constante deriva política marca el terreno donde se juega la segunda vuelta. Por eso, las promesas que apelan al miedo son tan populares y las estrategias de ‘mano dura’ ganan votos, como los toques de queda, la militarización (con tropas nacionales y extranjeras) de las operaciones contra la delincuencia, la construcción de mega cárceles o las deportaciones masivas. El imperativo de inmediatez opaca los debates sobre la necesidad de atacar las causas estructurales de las desigualdades que generan violencia, de reformar el sistema de justicia, de pensar estrategias a largo plazo. La sensación de fragilidad en que sobrevive la mayoría de los peruanos es similar a la de Ecuador. En las elecciones, las élites siempre se alimentan de esa desesperación cotidiana de la gente, para convencer a través del miedo a la mayoría de los peruanos.
El fallido Plan Inca, la hoja de ruta del autodenominado gobierno revolucionario de las fuerzas armadas (1968-1975), liderado por el general Juan Velasco Alvarado, fue tal vez el último esfuerzo deliberado por pensar estrategias a largo plazo, por cambiar la estructura oligárquica de dominación, por reinsertar al Perú en el mercado mundial ya no a través de las exportaciones de recursos naturales, sino de productos con valor añadido.
La reforma agraria, la más cabal del continente, si bien no logró desarrollar el mercado interno para productos locales, democratizó la tenencia de la tierra y golpeó definitivamente el dominio de los latifundistas. La nacionalización del petróleo y los minerales buscó sin éxito financiar una estrategia de industrialización con participación equitativa de inversionistas privados y sindicatos de trabajadores. Velasco Alvarado colocó al Perú de los setenta en la vanguardia del movimiento de países no alineados en el marco de la Guerra Fría. Pero tal vez el mayor logro fue la creación de una conciencia de clase, la formación de un sustrato para la organización social. Es precisamente ahí donde hoy se genera debate y se discuten las alternativas al actual modelo de libre mercado que apuntaló el gobierno de Alberto Fujimori (1990-2000).
En la segunda vuelta está en juego la prevalencia del modelo que genera riqueza y, a la vez, desigualdad; aquel que sacrifica la naturaleza, la herencia cultural y el extraordinario patrimonio arqueológico del Perú en nombre del desarrollo económico. Un debate imprescindible, entonces, es el de la redistribución de la riqueza mediante impuestos a los millonarios locales y a los capitales transnacionales. También está sobre la mesa la discusión sobre si es justo o no mantener los índices macroeconómicos funcionales al dominio del mercado y a la atracción de inversión extranjera directa (IED) o si el Estado debe o no gobernar el mercado y exigir que los empleos que genera la IED sean socialmente justos, con remuneración adecuada y provisión de seguridad social, y que sean, además, ambiental y culturalmente responsables.
Uno de los mayores legados de Aníbal Quijano es pensar a la sociedad latinoamericana, su estructura y la lucha de clases, no desde una perspectiva enteramente local, sino como una dinámica conectada a la influencia de las potencias mundiales.
Perú es actualmente el epicentro regional de la disputa geopolítica entre China y Estados Unidos. Las potencias no solo compiten por asegurar el acceso a las materias primas esenciales para la transición energética (que son abundantes en el Perú), sino también por la supremacía sobre el patio trasero. La historia se repite, la riqueza en recursos naturales parece ser una maldición recurrente. La creciente demanda global de minerales debe ser pretexto para formular una política industrial enfocada en generar empleos y agregar valor a las materias primas y para negociar mejores términos de inserción en el mercado mundial. Eso también está en juego en la segunda vuelta.
Por lo sucedido en los últimos días, después de un caótico escrutinio, los finalistas que participarán en el balotaje serán Keiko Fujimori, populista de ultraderecha y Roberto Sánchez, el candidato de la izquierda, vinculado al depuesto mandatario Pedro Castillo. Las posibilidades de que Sánchez gane, en la segunda vuelta, son mayores porque Fujimori tiene un techo electoral demasiado marcado, que no le alcanzaría para vencer a Sánchez, quien tiene mayores posibilidades de crecimiento
[1] Pedro Alarcón es investigador asociado al Global Forum Democracy and Development. Ha sido docente invitado e investigador postdoctoral en varias universidades de América Latina, Europa y África. También ha sido consultor de organismos multilaterales y de la cooperación internacional.
