Una rutina de maquillaje profesional incluye limpieza, oxigenación, hidratación y cobertura de imperfecciones. Para quienes padecen enfermedades cutáneas o cargan cicatrices visibles, puede ser una herramienta que les permita transitar con menos violencia en una sociedad que todavía discrimina a quien se ve diferente, donde la juventud y la belleza siguen pesando en las posibilidades de acceder a un trabajo digno o de ser considerado competente.
En 2026, el maquillaje incorpora componentes tecnológicos y los expertos en la materia saben que, con una buena base profesional, como la que se utiliza en el cine y la televisión, se pueden tapar tatuajes y eliminar todos los rastros de cicatrices. Algunas marcas funcionan tan bien que casi siempre se nos presentan personajes de diversas áreas que lucen perfectos (más aún con el surgimiento de la IA).
Cuando funcionarios estatales que han desempeñado un rol cuestionado en instituciones nefastas para la democracia y los derechos humanos se presentan bajo el maquillaje de activistas movidos por causas nobles, llevan ese maquillaje a niveles cínicos. Para reforzar su posición, instrumentalizan el dolor de las víctimas y el trabajo sin descanso de quienes defienden causas justas.
Hace dos semanas presencié, con asco, el desempeño de estos personajes maquillados, activos en el servicio público, lo cual ya se ha convertido en una rutina diaria. Funcionarios que, plenamente conscientes de sus pecados, fingen escuchar con empatía cuando una víctima, entre la indignación y las lágrimas, relata cómo su sufrimiento se intensifica como consecuencia de la persecución estatal que padece por exigir sus derechos.
La náusea casi me embarga al ver que quien se acercó a besar en la mejilla a un defensor de derechos humanos empobrecido y amenazado fue precisamente la misma persona que decidió mirar hacia otro lado mientras firmaba órdenes para que se vigilara, se acosara y se violentara el derecho a la privacidad. Dirigentes gremiales, ambientalistas, políticos catalogados como de oposición, periodistas, tuiteros, caricaturistas, fundaciones, sacerdotes o cualquier hijo de vecino malparado que le cayera mal al todopoderoso de turno sufrieron las consecuencias de su silencio, pagando con su tranquilidad, su salud física y mental, e incluso con pérdidas económicas que se extendieron a su núcleo familiar.
La misma persona decidió ordenar y callar mil excesos, como el uso de dinero estatal para comprar licor de lujo por cientos de dólares, y consintió que muchos choferes institucionales llevaran a los funcionarios a atender asuntos privados en autos estatales. Porque, claro está, el maquillaje es importante… no se podía llegar a las fiestas del círculo más selecto del movimiento sin él.
Maquillaje indispensable para engañar a miles de personas y aparentar conocimientos en las funciones que desempeñan, aunque cometan error tras error. Un engaño que parecería infalible, porque les asegura reconocimientos por parte de colectivos o de ciudadanas y ciudadanos que ignoran su pasado, pues hoy posan para la foto como referentes.
La fealdad del alma puede esconderse bien, si es el caso, detrás del bótox, del rubor bien aplicado y de una vestimenta oscura. Sin embargo, la memoria es inmune al maquillaje. Estos funcionarios maquillados no pueden comprar a todos los que los vieron, no pueden eliminar todas las pruebas en su contra y no podrán ahogar las memorias de sus crímenes impunes, porque residen en cada trayecto de vida alterado.
Todo es cuestión de tiempo; guardarse un par de años no es suficiente. Al juicio por sus pecados graves le seguirá, con más fuerza, el juicio por aquellos que ya sabemos que están cometiendo. Su afán por maquillarse les hace pasar por alto que su modo de operar deja huellas imborrables, pistas por donde menos se imaginan. Llegará el tiempo, pues, como dice el adagio popular… no hay plazo que no se cumpla ni deuda que no se pague.
