Estábamos almorzando en Guayaquil, junto a Jaime Mantilla. Habíamos ido a visitar las oficinas de Edimpres y a conversar con el personal. En ese momento una llamada telefónica informando que una persona, que se identificó como liquidador designado por la superintendente de Compañías, la correista Suad Manzur, exigía ingresar a las instalaciones de Diario Hoy. Estaba en curso una impugnación sobre una supuesta causal de disolución; no obstante, de pronto una resolución ordenando la liquidación de la compañía dueña del diario HOY; sin debida notificación, sin espacio a acciones legales para atacar esa resolución, se tomaron la administración para terminar de sellar la suerte de un medio de comunicación emblemático, en el que se forjaron grandes firmas de opinión desde su fundación en 1982. Paradójico, que algunas de esas firmas se convirtieron en huiñachiscas de Correa y mostraron su rastrerismo e impudicia.
En esos días, Correa rompía periódicos, denunciaba la libertad de prensa y pensamiento; bloqueó la publicidad a los medios independientes. El propósito: asfixiarlos financieramente.
Otrora, las superintendencias eran entidades autónomas. Pero, cuando los autoritarios, acomplejados e inseguros por la crítica, requieren silenciarla, todo principio institucional y de certeza legal se va al carajo. Usan sin ningún escrupulo lo que tengan a mano; y así sucedió con el diario Hoy y en estos días se ha reeditado con diario Expreso. Lo hizo con la comunicadora Catrina Tala, cuya compañía fue allanada por orden de la superintendencia. Nunca visto. Una entidad de control allanando una entidad como si fuese fiscalía. Pero, cuando se impone una voluntad abusiva, la ley es ese papel que se coloca en el cuarto de baño.
Dêjâ vu: diario Expreso ha cometido varios atentados contra la majestad de este nuevo poder abusivo. Publicar una entrevista incómoda al ambiente doméstico; mantener entre sus directivos a un abogado que parece le ganó algún juicio —de los abundantes que matiene Noboa y que explicaría el obseso deseo de tener a los jueces a su orden— y dar cabida en su página editorial a dos periodistas, severos críticos de esta reedición de abusivos. La bajeza de la venganza convertida en política usando a los lamepisos que ocupan altos cargos en la estructura del Estado.
Parece consigna acabar con la prensa libre. Y en mucho se ha convertido en realidad. Radios emblemáticas y voces en otros tiempos confiables han sucumbido al encanto de la vanidad y de la dulzura de las cuentas financiadas. Que degluten el mal sabor de ver a sus colegas hostigados; y optan por seguir acariciando la mano del poder.
He estado en puestos de gobierno y en la Asamblea y entiendo el conflicto perenne entre poder y prensa. Es un conflicto retador y profundo; y muchas veces enriquecedor. Es un reto intelectual y ético enfrentar las críticas y las entrevistas escabrosas. Eso forja una democracia. Eso consolida el contrapeso que hace falta para balancear el ejercicio del poder. Pero, cuando falta sobriedad democrática, capacidad de enfrentar la crítica, formular conceptos, articular ideas, es mejor fulminar el riesgo de verse desnudo frente al escrutinio periodístico. También es mejor anular la crítica ciudadana; repartir amenazas (“cuídate, que el man es peligroso”, me ha dicho varios, entre emisarios y comedidos); hostigar hasta doblegar. Y probablemente tenga éxito. Pero si de algo sirve la historia y los hechos, la verdad es que en poco el poder se agota, el poderoso brinca a los techos y los perseguidos y hostigados, siguen por las calles libres y conformes.
