Preocuparse de hacia a dónde vamos y por qué medios es la razón de ser de la política. Si esta se ha desprestigiado es por quedarse en el corto plazo y en la retórica. Es lo que ocurrió en el debate presidencial, con excepción de Andrea González. Por cierto, ella manejó una estrategia inteligente para llegar a un amplio sector del electorado, entendiendo que el formato del debate no permitía extenderse en la propuesta de gobierno. Optó más bien por dar a conocer su línea de pensamiento para que los electores se interesaran por conocer su plan de gobierno, en el que se detallan las propuestas. Y algo, que no es menos importante, es que se valió del debate como un medio para compensar la austeridad de su campaña que no puede competir con “chequeras infinitas”.
La novedad que trae este planteamiento es la invocación al Yasuní, que contó con el voto favorable de los ciudadanos en la consulta popular convocada por el gobierno de Guillermo Lasso. Dejar el petróleo bajo tierra fue la decisión que triunfó en las urnas. González la volvió a levantar como bandera de su propuesta.
Su estrategia consistió en dirigirse a los sectores que votaron en favor de salvar el Yasuní de la depredación provocada por la extracción del petróleo. Tales sectores han venido luchando desde el gobierno de Rafael Correa sin que sus reclamos fueran atendidos. Se trata de los pueblos amazónicos y de una clase media ilustrada que se duelen del daño ambiental y se empeñan en detenerlo.
¿Quién le rodea a usted? le pregunta Diario Expreso en una entrevista. Ella responde: “las mismas personas que han trabajado con nosotros” Dando a entender que no es Sociedad Patriótica ni Lucio Gutiérrez los que forman parte de su equipo.
Esta refrescante posición de Andrea González deja a un lado la vieja controversia entre neoliberalismo y estatismo. Pues ambas plataformas ideológicas colocan a la economía por encima de la ecología y ninguna ha podido reducir la pobreza y el desempleo, dando amplio margen a la propagación de la delincuencia organizada y al narco-tráfico.
Este nuevo planteamiento abre las puertas a un gran acuerdo nacional entre las fuerzas progresistas que fragmentadas no han podido constituir una alternativa viable de cambio social., entre otras cosas por seguir atadas a un ideario obsoleto. Tender puentes entre distintas miradas: la ecológica, la económico social y la cultural daría a la política otra perspectiva. Otro ingrediente que postula Andrea González es la construcción de un frente anticorrupción que fue el gran legado de Fernando Villavicencio.
Quedan así claramente delimitadas las posiciones que afloraron en el debate y que le dan al proceso electoral una luz que oriente más responsablemente la decisión ciudadana. Desde luego, no hay que perder de vista los momentos de este proceso. Si este planteamiento necesita tiempo para madurar hay que ponerse a trabajar desde ya. El futuro no se construye de la noche a la mañana, y malograr el presente es reeditar el pasado.
El debate presidencial no fue inútil. Pudimos conocer a los candidatos, sus aciertos y limitaciones y defectos. Algunos estaban más preparados que otros y lanzaron ideas novedosas, con relación a la justicia y al agro. No cayeron en la diatriba ni en las ofensas personales. Guardaron la compostura. El presidente Noboa no pudo ser acorralado. Mostró que muchas de las propuestas de los debatientes, él ya las está emprendiendo mal o bien. Luisa González mantuvo un modesto perfil por debajo del encuadre de su participación en las elecciones pasadas. Pero los dos punteros en la intención de voto fueron opacados por una tercera candidata que dio la sorpresa. Si Andrea González no puede esta vez convertirse en la tercera vía, tiene grandes posibilidades de ser una figura descollante para el 2029, para lo cual no debe cejar en una metódica y perseverante capacitación en ciencias y técnicas de gobierno.
