lunes, mayo 4, 2026
Ideas
Rodrigo Tenorio Ambrossi

Rodrigo Tenorio Ambrossi

Doctor en Psicología Clínica, licenciado en filosofía y escritor.

Violencia extrema

El asesinato de Fernando Villavicencio sigue clamando justicia. A una Justicia que tiene los ojos vendados y los oídos sordos.

Finalmente, contra viento y marea, a alguien se le ocurrió legitimar la tenencia de armas, supuestamente, para su personal protección. Pero, tal como se había previsto, peligrosamente se ha incrementado el número de muertes violentas. Particularmente en ciertos lugares de la costa. En ciertos espacios de nuestra sociedad, la vida no vale nada. Y, lo que es más grave, se ha incrementado la convicción de que cada quien está autorizado a hacer justicia por mano propia.

Es cierto que, en no pocos espacios sociales, la vida no vale nada y menos todavía la vida de un niño e incluso de una mujer. Paralelamente, nadie se acercará a las autoridades para legitimar la posesión de su arma. Y, justamente como se había previsto, la ilegalidad se ha convertido en la norma. De esta manera, la violencia extrema se ha incrementado al mismo ritmo de los ajustes de cuentas por mano propia.

El asesinato de  Fernando Villavicencio sigue clamando justicia. A una Justicia que tiene los ojos vendados y los oídos sordos.

De hecho, han crecido las muertes y las heridas por arma de fuego. En ciertos espacios urbanos, no pocos se han convencido de que son dueños de la vida y de la muerte de los otros, en especial de sus reales e imaginarios enemigos o adversarios.

Cuando la policía o las FF.AA. ingresan en una casa que se halla bajo sospecha, lo primero que encuentran son muchas armas y gran cantidad de pertrechos.

La legitimación de la tenencia de armas constituye uno de los más graves errores sociales. Lo que acontece, día tras día, en los Estados Unidos, es un ejemplo de lo que sucede cuando las armas circulan libre y legítimamente en la población civil.

Por otra parte, la libre tenencia de armas da cuenta de la debilidad de los poderes públicos que, de alguna manera, creen que, con su arma al cinto, pueden arreglar, no solo los conflictos personales, sino también los sociales. Se trata de esos problemas que los poderes legítimos no se atreven a enfrentar a causa de ancestrales ineficiencias y de las perennes complicidades. 

Por ende, en ciertos espacios de la sociedad, se prefiere el personal arreglo de cuentas. No pocos se han convencido de que la única justicia eficiente es la que se aplica por manu propria. El ojo por ojo y el diente por diente tempranamente se introdujeron en nuestra ética personal e incluso en la ética social y política.

¿Acaso el papá no regaña a su hijo porque no se ha defendido en la escuela de ese compañero que, supuesta o realmente, le molesta o le agrede físicamente?

En numerosos sectores sociales, ser grande supone ser valiente y ser valiente implica, casi necesariamente, irse de golpes para defenderse o reclamar derechos. Se podría decir que somos violentos tanto por naturaleza como también por cultura. 

La nuestra es una sociedad eminentemente violenta, en especial con niñas y niños. A ratos se tiene la impresión de que el único lugar seguro es la casa. Pero tampoco eso es del todo cierto. En efecto, es preciso reconocer que son muchos los hogares que se caracterizan por la violencia incluso llevada al extremo por ciertos papás que ignoran o nada quieren saber de los derechos de sus hijos.

También la escuela es un común escenario para las violencias: hay profesores muy convencidos de que la letra con sangre entra. Ante las preguntas de su maestro, el niño responde que ese moretón en la cara es el producto de una caída. Miles de niños y niñas tropiezan diariamente con la correa, la mano o el puntapié de un padre ofuscado y cruel. Demasiados adultos domésticos saben poco de respetos y ternuras.

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