El gobierno del poco comunicativo presidente Noboa ha tenido, como era previsible en un contexto tan complejo, que lidiar con asuntos internos de difícil solución y también internacionales graves de los que no ha salido bien librado.
El primero de estos últimos, la olímpica metedura de pata de designar a la vicepresidenta Abad como “colaboradora de paz entre Israel y Palestina” con sede en Tel Aviv. ¿A quien se le ocurre hacer tal disparate? Por más que el presidente tenga la atribución constitucional para encargar a su vicepresidenta cualquier función tanto sobre temas domésticos cuanto en el exterior, lo cual incluye ser titular de una embajada, es descabellado que piense que la señora Abad pueda ayudar a resolver tan centenario conflicto sin que nadie se lo haya pedido y sin que, seamos honestos, el Ecuador pueda hacer mayor cosa cuando hasta las grandes potencias no lo han podido hacer. Por lo demás, esa figura político-diplomática es inexistente.
¿Dónde estuvo la flamante e inexperta canciller para explicarle al presidente que ese encargo no existe en el derecho internacional? ¿Dónde estuvo la canciller para recomendarle que no era procedente y que, si quería tenerla lejos del Ecuador, por las razones que fueran, le nombrara, por ejemplo, embajadora en Sudáfrica?
En este caso, que consumió buena parte de los primeros quince días del mandato del joven presidente la canciller no dijo ni pio, no salió a los medios a explicar la incómoda situación y menos aun a comunicar cual había sido la solución que se había dado a este desaguisado. Este inédito episodio dejó mal parado al Ecuador en el concierto internacional.
Decenas de miles de compatriotas que se ven obligados a salir del país en condiciones de extrema vulnerabilidad dejando en el Ecuador a sus familiares y seres queridos. El ministerio de la silenciosa canciller no se ha pronunciado personalmente para nada.
Otro caso, aun más delicado, es el relativo a la solicitud de asilo diplomático a México del exvicepresidente Glas. Acciones patéticas se sucedieron: antes mismo de que se solicite el asilo y de que el señor Glas esté como simple huésped en esa misión diplomática, la cancillería recomendaba, mediate una declaración escrita, que Ecuador esperaba que el gobierno de México analizara detenidamente, como si no lo fuera hacer así, el pedido de Glas ya que no se trataba de un perseguido político sino de un individuo requerido por la fiscalía para que se presente a declarar su versión sobre un caso de peculado. No se escucho ni una palabra por parte de la silenciosa canciller quien no dijo esta boca es mía. Era de esperar que, frente a un caso de semejante dimensión política, considerando el personaje que solicitaba el asilo, la importancia del país ante el cual se requería el asilo y sus importantes relaciones de éste con el Ecuador, la canciller daría alguna declaración en persona. Pues no, el silencio y su ausencia fue su respuesta.
Y qué decir de la migración. Decenas de miles de compatriotas que se ven obligados a salir del país en condiciones de extrema vulnerabilidad dejando en el Ecuador a sus familiares y seres queridos. El ministerio de la silenciosa canciller no se ha pronunciado personalmente para nada a pesar de que su cartera tiene a su cargo todos los temas de movilidad humana.
La opinión publica merece explicaciones de la responsable de estos asuntos directamente a través de los medios, no mediante las frías redes sociales escritas, boletines de prensa o comunicados redactados por sus eficientes subordinados de carrera. Tiene que ser la canciller en persona quien de a conocer el porqué, el cómo y el cuándo se va a producir una acción relacionada con la política exterior. Con su explicación, al menos, se evita en parte el papelón que una decisión de esta naturaleza puede producirse. De ahí la simple pregunta ¿hay canciller?
