Es evidente que, en los últimos años, la mariguana ha salido definitivamente del clóset en el que se había refugiado por el temor a ser eliminada por una de las peores y más absurdas guerras de la humanidad: la guerra a las drogas, con peores características de las guerras santas de la Edad Media.
Lo cual querría señalar que las nuevas éticas y estéticas respecto al cannabis han sufrido cambios radicales en la población general y, sobre todo, en ciertas autoridades y países, como Uruguay en el que el expresidente Mujica dio el más insólito paso al respecto.
Los grupos sociales actuales no piensan, ni sienten, ni viven la mariguana con los criterios, juicios y prejuicios vigentes hasta inicios de este siglo. La sociedad del 2015 es muy diferente a la de entonces. Hoy existe más libertad que en esa época, ahora se acude menos al arma de la culpa moral y social para dominar. Hoy se acepta que la realidad de las drogas es mucho más compleja que aquella que presentaron los poderes en el siglo XX. En la actualidad, el mismo poder ya no se atreve a seguir atacando, lanza en ristre, a una realidad que va mucho más allá de la cosa en sí misma, de la mariguana como sustancia. Por ejemplo, el cannabis dejó de ser cosa para convertirse en realidad simbólica desde el momento, más mágico que histórico, en el que llegó a formar parte de prácticas ceremoniales, ritualísticas y sociales de las nuevas generaciones.
Hasta comienzos de este siglo, la prohibición y penalización de la mariguana se transformó en uno de los temas trascendentales del poder político. De hecho, sostener y ampliar la guerra a las drogas en el territorio propio se convirtió en uno de los buenos indicadores de trascendencia internacional para cualquier mandatario sudamericano. Sin embargo, al comenzar la segunda década de este siglo, el discurso da un giro que sorprende a todos. En efecto, exmandatarios latinoamericanos denuncian públicamente, no solo el rotundo fracaso de la guerra a las drogas sino, sobre todo, la necesidad urgente de todos los países latinoamericanos de cambiar de ideología y de política. Se pide la despenalización de las drogas y su inserción en la cultura.
Este nuevo discurso no solo que demuestra la ineficacia de la guerra sino también sus evidentes inmoralidad y maldad por su ineficiencia y su crueldad en el trato a usadores y a pequeños traficantes. Además, busca se legitimen los usos recreativos y medicinales de la mariguana. Los primeros en escandalizarse con esta propuesta fueron las instituciones internacionales que han medrado con el tema y la práctica de esta guerra. Para otros, esta guerra se convirtió en una suerte de estrategia de sobrevivencia del poder que se apoyó en el nuevo catálogo de la vieja ética para sostenerse y recibir a cambio muchos beneficios sobre todo de carácter económico. Es importante la reacción de numerosos Estados de los Estados Unidos que han aprobado el uso medicinal de la mariguana e incluso su uso recreativo.
Al respecto, en los últimos años se ha producido una auténtica revolución cognitiva. El primer paso del cambio fue el reconocimiento de que nada es por sí mismo ni bueno ni malo. Por ende, las plantas de mariguana, de amapola o de coca no son malas. En sí mismas poseen idéntica bondad a la del trigo y de la uva, del maíz y el maguey: su bondad o maldad depende del uso que se les dé. En segundo lugar, el criterio de bondad o de maldad no puede ni surgir ni ser impuesto exclusivamente desde el poder. En este ámbito, son importantes e incluso definitorias las éticas colectivas que no necesariamente responden a los intereses del poder.
Mujica pasó el umbral de los discursos y de las grandes proclamas. Se decidió por el camino complejo pero quizás más justo y adecuado: despenalizar el uso recreativo de la mariguana. No se dejó amilanar por la prepotencia de aquellas voces que ya medraron de la guerra y que estuvieron acostumbradas a mirar la presencia del mal hasta en la sopa. Escuchó la voz de la cultura de las nuevas generaciones, escuchó a la cultura que mira hacia adelante. Mujica no se dejó amedrentar por el poder y la supuesta bondad de las éticas que siempre aparecen en el discurso como las salvadoras del mundo pero con las que se ha perseguido y asesinado a la diferencia, al otro en tanto diferente.
Los procesos recorren sus caminos. De hecho, el 20 de este mes, un grupo de cuarenta ciudadanos registró el primer club de cultivadores y usadores de mariguana en Montevideo. Lo hizo en el Ministerio de Educación y Cultura. Quienes deseasen asociarse al club deberán pagar una membresía de 300 dólares y, para tener derecho a 40 gramos, cancelará mensualmente unos 55 dólares.
En general, para el poder construido en la tradición y los prejuicios nunca ha sido fácil dar giros que impliquen modificar la tradición y construir nuevos saberes y otras actitudes en la vida cotidiana. Por otra parte, el poder tiende a ver y a denunciar los cambios, pero solo excepcionalmente se dedica a analizarlos, valorarlos e incluso a asumirlos si fuese el caso.
Al poder le fascina el mundo llano, sumiso, estable. La estabilidad de esta clase de poderes se sostiene en el acatamiento irrestricto de las normas y en la ecolalia de su discurso. El poder duerme tranquilo cuando todos repiten, en coro, sus enseñanzas. Pero se enferma de insomnio y violencia cuando se lo contradice.
Mujica se atrevió a romper con los paradigmas del poder. Y, al hacerlo, asumió las características de las culturas contemporáneas en las que las drogas están presentes y actúan en la cotidianidad. Sabiamente, miró y escuchó a su población joven y no solo al mandamiento del poder mundial. Hay que luchar en contra de la pobreza, en contra de todo tipo de violencia social que discrimina y que divide la población en buenos y malos ciudadanos. Esas divisiones son absolutamente medioevales y se sostienen en prejuicios de carácter religioso, social y cultural.
