Fue en los tiempos del correato cuando se prohibió publicar los nombres y apellidos de las víctimas de la violencia y también los de sus victimarios. Tan solo se trataba de un niño violado o asesinado cuyo nombre no debía importar a nadie y por lo mismo se lo debía ocultar y callar. Se trataba de una suerte de secreto de Estado. Además, el niño ya estaba muerto y a nadie le interesa armar un escándalo.
Por otra parte, ¿cómo asegurarse de que ese niño y esa niña dicen la verdad? Por ende. Callar constituye la salomónica respuesta ante el oprobio cuyas marcas permanecerán ahí durante toda la vida. El tiempo no borra la ignominia.
Esto lo demostró ese grupo de adultos que, armados de una nueva valentía, se presentaron en público a denunciar que, cuando niños, fueron abusados sexualmente por ese cura a quien los incautos habían levantado un monumento en vida.
Los abusadores sexuales de niños y niñas son verdaderos asesinos a quienes se les “debería colocar una gran piedra en el cuello y luego arrojarlos al mar. No lo digo yo. Lo dijeron los profetas y redentores de la antigüedad.
Porque, lógico, en un mundo de derechos, es preciso precautelas el nombre de la víctima y también y sobre todo la identificación del victimario, ese ciudadano que no necesaria permanece a los bajos mundos de la pobreza y la delincuencia. Al contrario, con frecuencia el abusador está en casa o, como profesor, en el aula de la escuela.
No hacen la excepción los niños, de todas las edades, sobre todo los más pequeños que mueren en las manos de algún pariente cercano víctimas de incontenibles violencias domésticas. Posiblemente, fallecerán pasados muchos días de cuando fueron agredidos. Un tiempo con el que, malévolamente, se oculta la verdadera razón de esa muerte. Al final, todos tienen las manos limpias y todos duermen en paz.
Fue en los tiempos del correato cuando se prohibió publicar los nombres y apellidos de las víctimas de la violencia y también los de sus victimarios. Tan solo se trataba de un niño violado o asesinado cuyo nombre no debía importar a nadie y por lo mismo se lo debía ocultar y calla
Suena horrible, doloroso, incomprensible, pero es cierto: a los niños los asesinan sus parientes más cercanos. Sí, porque son ellos los principales filicidas.
Se trata de un asesinato que rompe con tos los principios y normativas que hacen la cultura de todos los pueblos. ¿Cómo es posible que sea la madre quien termine dando la muerte, de muchas formas posibles, a ese niño al que solo hace pocos días trajo al mundo? Desde luego, todas esas muertes serán remitidas a otras causas.
Por desgracia, no todos los niños y niñas que vienen al mundo han sido voluntariamente llamados desde el deseo. Para no todos esos hijos e hijas que llegan hay una mamá y un papá que los espera.
En las últimas décadas, se han producido cambios importantes y justos en torno a la sexualidad. De ese machismo dominante, se ha pasado a la libertad y a la legitimidad de los deseos. Sin embargo, casi nada se ha hecho para educar a las nuevas generaciones en los temas de una sexualidad asumida desde la libertad y la responsabilidad.
Los campos de la erótica se han ampliado abarcando cada vez más a chicas y muchachos que se encuentran entre los trece y quince años. Hay nuevas eróticas que incluyen el hacer el amor. Nada los detiene. Los métodos de control de la natalidad, si bien es cierto están teóricamente al alcance de todos, no siempre son accesibles a chicas y muchachos. No es fácil para un muchacho, y menos aun para una chica, la adquisición de preservativos.
Y, lo peor, el colegio habla de todo menos de las nuevas sexualidades. Maestras y maestros saben del problema y, sin embargo, todos prefieren el silencio
