Una lectura de la situación del mundo actual conviene hacerla desde el punto de vista del principal actor de la política internacional. El último documento Estrategia de seguridad emitido por la administración americana, versión más reciente de la Doctrina Monroe, constituye la guía más eficiente para explorar esta compleja coyuntura.
Desde el ingreso de la fuerza militar, naval y aérea de los Estados Unidos al Mar Caribe, hasta la incursión que “extrajo” a Nicolás Maduro y su esposa de la fortificación más poderosa de Venezuela, la comunidad internacional ha quedado pasmada y confundida.
La convulsión en que se desarrolla el relacionamiento internacional desde el acceso al poder del presidente Donald Trump, al parecer, no tiene límites. La agitación militar, a pesar de las promesas de paz, se ha profundizado a partir de su segunda administración. Esa conmoción alcanza todos los ámbitos.
Era lo que se esperaba. Ese pronóstico venía desde que Donald Trump anunció su ingreso a la política. Se lo conocía a partir de su actividad empresarial. Lo que no estaba previsto era la fuerza con que lo haría, en uso del poder político, económico y militar, así como el variado tipo de acciones que, luego, provocaría una sacudida mundial sin precedentes.
El antecedente se encuentra en la primera administración de Trump (2017 – 2021) que dio fin a la globalización, a la fórmula neoliberal del Consenso de Washington y al aperturismo a ultranza. El modelo fue transformado en el mismo lugar en el que se originó.
La primera modificación del Tratado de Libre Comercio de América del Norte, TLCAN, fue el ejemplo más sugestivo. De otro lado estuvo el inicio del resquebrajamiento de la alianza para la seguridad occidental, a través de presiones a los socios europeos de la OTAN, a fin de incrementar sus presupuestos destinados al armamentismo.
Se diría que, desde entonces, Trump ha sido el artífice de la post globalización, con el retorno al proteccionismo y al nacionalismo. Eso implica que promovió un cambio radical en la política de su país, con énfasis en el comercio exterior y en lo migratorio.
Ese cambio apareció como una audaz jugada electoral (2015). Hasta ese entonces, para muchos, resultaba poco creíble que alguien en los Estados Unidos pueda oponerse al libre comercio, tal como había sido concebido en ese país. La incredulidad fue mayor cuando a esa política comercial —a la que se atribuyó varios males— se unió el deseo de los estadounidenses de recuperar el disminuido poder americano.
En otros términos, el movimiento MAGA (hacer nuevamente grande a los EE. UU.), se ha tornado en la flamante expresión del actual “interés nacional” de los Estados Unidos de América. El concepto de “interés nacional”, es una manifestación esencial de política exterior que, para el caso de los Estados Unidos, es ejecutada a través de un conjunto de actos de carácter geopolítico.
Detrás de esta serie de sucesos se encuentra una visión del mundo: la oposición a la globalización (neoliberalismo) y la llegada de la post globalización (proteccionismo) y, por supuesto, el punto de vista de cada Estado en cada época. El enfoque actual de los Estados Unidos de Donald Trump es distinto de aquel que fue impuesto por su país después de la Segunda Guerra Mundial, y muy diferente al que vino luego de la caída del muro de Berlín. En cada una de esas coyunturas se encuentra un orden mundial de diversas características.
Los actores estatales y no estatales surgidos luego de 1945 —al menos en términos teóricos— han hecho el intento de respetar las instituciones y el modelo establecido; esto es, aquellas normas que regulan los vínculos de la comunidad de naciones, denominado derecho internacional.
Una de las ramas de interpretación y pensamiento de las relaciones internacionales, y seguramente la más popular, es conocida como realismo. Esa concepción es con la que se ha identificado tradicionalmente a EE. UU. Esta doctrina de lo pragmático dice sustentarse en axiomas de lo que es verdaderamente el ser humano. Sus conceptos, en términos muy simples, parten de la idea de que, en la humanidad, desde un inicio, dada su naturaleza, existe caos y desorden y rige una anarquía permanente.
Este mundo convulso y en conflicto exige de cierto orden, que no surge naturalmente del consenso pacífico entre los Estados. Por tanto, por seguridad es de “interés” de cada uno acumular poder, con el fin de imponer su lógica de estabilidad y equilibrio, dentro de su propia concepción del mundo.
El objetivo político es la paz entre los Estados y una forma de obtenerla es mediante el relacionamiento conforme normas comprendidas en el derecho internacional. No obstante, las leyes internacionales también se las impone mediante el poder y la fuerza bajo ciertas condiciones.
En la coyuntura actual, se puede concluir que hay una desintegración del orden político internacional vigente hasta hace poco. Esto implica que el derecho internacional no es útil según lo ha determinado quien tiene la fuerza y el poder.
La determinación se produce por la supuesta afectación a la seguridad derivada de la migración agresiva y el narcotráfico que se origina en “nuestro” hemisferio, (el posesivo en palabras de la Casa Blanca) pero, también, por los “excesos” de las democracias europeas, que han quebrantado principios de libertad de opinión, de expresión y organización política. No es aceptable, se dice, excluir ni censurar a agrupaciones de derecha radical, como lo han hecho países europeos, en donde se castiga ideas que dieron origen a la Segunda Guerra.
Si hoy Latinoamérica está dividida y en silencio, las distancias entre Estados Unidos y Europa son cada vez más profundas: no se reducen a una cuestión presupuestaria para mejorar la defensa de occidente, a través de la OTAN. Ahora “la preocupación no es Rusia ni China, sino la misma Europa”, según palabras del vicepresidente Vance. Así, el asunto es de carácter ideológico, que implica cuestiones de identidad política y evoca la nueva estrategia que cuestiona esos “valores comunes” y reconfigura “nuevas” alianzas.
A partir de ese postulado, no hay cuestionamientos a la invasión rusa a territorio ucraniano ni al fraccionamiento de su unidad geográfica, ya que no existe una razón importante -desde el punto de vista estadounidense- que anime a sostener el añejo pacto de seguridad compartida. Es urgente, más bien, se insiste, el control del petróleo, las tierras raras y la toma de Groenlandia, dado el “interés nacional” y la seguridad de quién tiene el poder y la fuerza.
¿Cómo llegó los Estados Unidos a este punto? La respuesta se encuentra en el documento Estrategia de seguridad, o Doctrina Donroe, como la ha denominado el mismo presidente Trump, a la antes llamada Doctrina Monroe. Es el poder que siempre los Estados Unidos ha buscado.
Esto supone el fin del multilateralismo, el retorno a fórmulas de preguerra e implica el poder de la fuerza sin reglas: ¿Soberanía? ¿Democracia? ¿Elecciones? ¿Derecho Internacional? ¿Derechos Humanos? Estados Unidos está a cargo.
