Por supuesto, no se trata del juego de policías y bandidos que divierte mucho a los pequeños. Se trata nada menos que de nuestra policía algunos de cuyos miembros han sido detenidos con las manos en la masa. También se sospecha que formarían parte de ciertas bandas criminales que tienen en vilo a algunas ciudades como Guayaquil, Santo Domingo y Quito.
Parecería que lo que debería ser la excepción, en nuestra policía se hace cada vez más frecuente. Sería sumamente grave si se convirtiese en la regla. En efecto, cuando un oficial del más alto nivel aparece involucrado en la red de corrupción del narcotráfico, entonces todo se viene abajo. Porque ya no habría en quien confiar. Cuando una sociedad pierde la confianza depositada en su policía, se queda infinitamente desprotegida.
Quizás desde nuestros prejuicios y sostenidos en la imagen del antiguo policía honorable, y muy solidario, dejamos de mirar mejor a lo que también acontece en una institución cuyo valor de significación es clave para la sociedad.
Por ende, no podríamos permanecer impertérritos ante la noticia del involucramiento de este general, no solo en una corrupción puertas adentro, sino que se habría convertido en una suerte de líder del mal en las calles de la ciudad.
Ninguna sociedad puede confiar más en una policía cuyos altos mandos poseen miembros que han optado por el mal. Nunca me agradó la metáfora de la manzana podrida que, más rápido de lo que se imagina, contamina a todas las demás. Sin embargo, es lo que podría suceder en la policía nacional.
Con este general en sus filas y en sus más altos mandos, la Policía Nacional requiere hacer un alto en su vida para poner en evidencia a todos aquellos miembros que les han sido infieles. Es necesaria una posición inquebrantable de justicia y honorabilidad para deshacer esos núcleos de corrupción y deshonestidad que se han incrustado en el cuerpo real y simbólico de la Policía Nacional.
Ninguna sociedad puede confiar más en una policía cuyos altos mandos poseen miembros que han optado por el mal. Nunca me agradó la metáfora de la manzana podrida que, más rápido de lo que se imagina, contamina a todas las demás. Sin embargo, es lo que podría suceder en la policía nacional.
¿Cómo pensar que los súbditos podrían mantenerse éticamente sanos si su general se ha convertido en contumaz y vulgar delincuente?
Más allá de lo imaginado, lo cierto es que la gran corrupción habría invadido a una institución llamada a proveer de seguridad a la ciudadanía e incluso a ciertas instituciones públicas. ¿Acaso no protegen día y noche al Presidente de la República?
¿Cómo los ciudadanos comunes podrán confiar en una institución cuando se sabe que incluso sus generales se involucran en actos corruptos? Hablemos claro, siempre ha habido policías corruptos, tanto como militares, abogados o profesores. Pero la diferencia radica en que el policía es como una suerte de ángel protector del que dependen y en quien confían los ciudadanos, de día y de noche.
El otro puede ser nuestro dios protector o nuestro demonio destructor. El mal aprendió tempranamente a disfrazarse de bien. En especial el otro del poder. Un policía es un profesional con poder, un poder que no poseemos los ciudadanos comunes y corrientes pero que nosotros le hemos otorgado para que nos proteja del mal. Para que nos proteja incluso a nosotros de nosotros mismos.
Urge una purga en la población policial, comenzando por sus altos mandos. No es posible que lleguemos a preferir irnos con el ladrón a recibir la protección de un policía corrupto. Pero posiblemente también una redefinición de sus funciones. Dejar pasar lo acontecido equivaldría colocar una bomba de tiempo en la seguridad ciudadana.
