La ausencia de planificación parece ser la impronta del gobierno de Daniel Noboa. Al menos, hasta ahora. A tono con la informalidad que caracteriza a nuestra política, el primer mandatario ha decidido aplicar una estrategia de improvisación que le ha dado resultados impensados.
En 2023 improvisó una candidatura presidencial que, contra todo pronóstico, lo llevó a Carondelet. El punto extremo de esta decisión fue la selección de Verónica Abad como binomio. Luego improvisó una alianza legislativa con el correísmo que le permitió aprobar leyes indispensables para la coyuntura, pero que a renglón seguido terminó en una confrontación áspera e intransigente. Improvisó una declaratoria de guerra interna que ha resultado un completo fracaso, pero que, sorprendentemente, no le perjudicó en términos electorales. Improvisó una catastrófica respuesta a los apagones, pero que fue olvidada apenas se normalizó el suministro de electricidad. Acaba de improvisar una mayoría legislativa cuya finalidad no está nada clara, pero que le permite neutralizar de un tajo a la oposición correísta. Y así, la lista de improvisaciones podría ampliarse.
Por ahora, la situación no ha experimentado modificaciones sustanciales. La deleznable propuesta de convocar a una asamblea constituyente, así como la presentación de la ley para combatir a las economías ilegales, se enmarcan en la misma lógica señalada: la imprevisibilidad. Nadie sabe a ciencia cierta hacia dónde ni cómo piensa transitar el gobierno. No asistimos a la típica difusión de globos de ensayo, tan propios de la política nacional, sino a improvisaciones en todo rigor.
Lo insólito de la situación es que le ha funcionado al régimen. Una combinación tóxica entre errores garrafales e improvisaciones no le impidieron a Noboa arrasar en las últimas elecciones. Lo más obvio era que el electorado le pasara una costosa factura.
¿Qué implicaciones tiene este fenómeno político? ¿Será que la improvisación se está convirtiendo en una eficaz estrategia política acorde con el signo posmoderno de los tiempos? ¿Estamos transitando de la sociedad líquida a la sociedad gaseosa?
Donald Trump, una impetuosa e irreflexiva figura de la política mundial, ha demostrado que las improvisaciones se pueden rectificar o manipular a su antojo. Que conmocionen la economía o el equilibro global resulta secundario. Se trata de efectos secundarios inevitables, pero aprovechables. El objetivo es mantener una iniciativa que, a pesar de ser altamente riesgosa, genera ventajas inmediatas. La incertidumbre como conducta.
No obstante, existen serias y sobradas dudas respecto de la perdurabilidad de esta estrategia, sobre todo en países con una inestabilidad crónica como el Ecuador. En economía, por ejemplo, la apuesta del gobierno por un modelo exclusivamente empresarial puede proyectar un espejismo de bienestar inmediato y transitorio para ciertos segmentos de la población, pero a riesgo de excluir a enormes masas de gente. Los estallidos sociales estarán a la vuelta de la esquina. Y frente a esa amenaza, la improvisación se transforma en simple palo de ciego.
Mayo 22, 2025
