miércoles, abril 29, 2026
Ideas
Fernando López Milán

Fernando López Milán

Catedrático universitario. 

Mercado Central

Cuando los ojos ven y constatan que el mundo está mal hecho, seguir el viaje imaginario de las hormigas en el piso del mercado es, para un hombre, lo mismo que para un niño conjurar el miedo a los fantasmas tapándose los ojos con las manos.

Las dos son viejas. Mayores, quizá de setenta años. Y en el Mercado Central se dedican a transportar los bultos pesados de las compras en unos carritos de fierro. Como no alcanzamos a llevar los bolsos hasta el taxi, buscamos ayuda. “No asoma la señora”, dice mi esposa, refiriéndose a una de las mujeres que unos momentos antes andaba cerca del puesto de frutas. La vendedora de frutas se ofrece a buscarla. Mientras ella se dirige a la izquierda de su puesto, mi mujer y yo miramos hacia la derecha. En el mismo instante en que mi esposa descubre a una de las señoras y le pide que nos ayude con los bolsos, la vendedora aparece con la otra. ¿Y ahora?

Los profesores de ética tendrían, en este encuentro de necesidades y expectativas que debemos resolver, un buen ejemplo de dilema moral. Yo, acobardado por la delicadeza de la decisión, elijo hacer mutis por el foro y mi mujer se queda con todo el peso que significa ser árbitro sobre sus hombros. Estar en medio de algo puede ser no solo comprometido, sino doloroso, sobre todo si la decisión que se toma implica favorecer a una persona en perjuicio de otra. Una de ellas perderá todo lo que la otra gane. Y el mal o el bien que cualquiera de ellas reciba no dependerá de su elección, sino de la decisión de un tercero que ni siquiera las conoce.

La situación se presenta de la siguiente manera: a la derecha, mi esposa y la mujer a la que había llamado y, a la izquierda, la vendedora de frutas con la mujer que había traído. Yo, fuera de la escena, me ocupo en observar con extrema atención unas hormigas inexistentes en la baldosa del mercado.

Estar en medio de algo puede ser no solo comprometido, sino doloroso, sobre todo si la decisión que se toma implica favorecer a una persona en perjuicio de otra

Las cuatro mujeres se miran entre sí sin saber qué hacer. Mi esposa se disculpa con la señora a la que le ofreció el trabajo y, al mismo tiempo, la vendedora de frutas dice: “Es que, señorita, yo ya le fui a buscar a La Gata. Gatita, coge vos y lleva”. “Ya, señorita, no hay problema, para otra vez me lleva a mí”, zanja la cuestión, con dignidad, la señora de la derecha.

“La Gata” acomoda las cosas en su carro y salimos en busca de un taxi. Yo avanzo viendo fijamente al frente mientras me pregunto si no será bueno darle el dólar que cuesta el viaje a la señora que se quedó sin el trabajo. “No vale la pena”, arguyo contra mí mismo, pues eso significaría asignarle la categoría de mendiga.

Un dólar, y de dólar en dólar ir juntando lo mínimo necesario para cubrir las necesidades del día. Sí, Jorge Guillén, cuando “los ojos no ven, / saben. El mundo está bien/hecho. Pero cuando los ojos ven, como ahora, y constatan que el mundo está mal hecho, seguir el viaje imaginario de las hormigas en el piso del mercado es, para un hombre, lo mismo que para un niño conjurar el miedo a los fantasmas tapándose los ojos con las manos. Hay que renunciar, a veces. Hay que descansar, a veces. Hay que hacer, a veces, mutis por el foro.

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