Nace otro helado día invernal en Worcester, Massachusetts, a las cinco de la mañana Jorge se levanta para ir a trabajar en una tienda donde empaca ropa. En una ciudad con un transporte público pésimo, espera por su colega, quien le suele hacer un ride por una módica tarifa. En eso llega su primo Manuel, quien regresa del turno nocturno. Ambos comparten una pequeña habitación ubicada junto a las lavadoras en el sótano de una casa, un barato cuarto minúsculo, con una cama cuyo uso se optimiza y les permite enviar más dinero a sus familias o acrecentar la cuenta bancaria que se vaciará para montarse un negocio o construirse una casa muy grande, la antítesis del cuartito del basement, cuando decidan regresar. Manuel dormirá hasta medio día en la cama que acaba de dejar su primo. La “cama caliente” es una práctica común desde finales de los años 70 del siglo pasado, realizada por los emigrantes latinoamericanos que quieren ahorrar al máximo el fruto de su trabajo en las fábricas de la costa noreste de Estados Unidos.
Los ecuatorianos que emigraron por la reducción del Estado en los 90 y en el 2018 o que lo han hecho por la crisis financiera del 99 o por la debacle económica recrudecida desde hace cinco años, pueden despertar abruptamente de su sueño americano. El fenómeno migratorio de este segundo cuarto del siglo XXI inicia con cambios drásticos. La política de deportaciones del presidente Trump trae consigo desequilibrios en la economía en los países al sur del Río Bravo, especialmente en el Ecuador y El Salvador.
Las deportaciones masivas no solo significan un duro golpe a la economía familiar de los migrantes que dejará de contar con un ingreso fijo, sino que incide en la economía nacional ya que las remesas que envían los compatriotas desde el extranjero (5 a 6 mil millones de dólares por año) son cruciales para el Ecuador, país dolarizado sin moneda propia. Si se reduce drásticamente el envío de esas divisas, que ocupan el segundo lugar entre los ingresos del país, la misma dolarización se pone en riesgo.
Las medidas migratorias también agudizarán el desempleo, los deportados llegan a incrementar el 3,2% de desempleo absoluto y no podrán generarlo fácilmente desde la inversión de sus ahorros en emprendimientos. No la tendrán tan fácil con las tasas usureras de la banca y con un entorno de inseguridad y extorsión generalizado. Los emigrantes, además, regresan a una sociedad que no consume como debería porque no tiene un ingreso adecuado para hacerlo.
Donald Trump inició su segundo mandato con agresividad, deportó a cientos de colombianos esposados como si fueran delincuentes y de inmediato el presidente colombiano Petro protestó por el trato dado a sus compatriotas. La presidenta mexicana Claudia Sheinbaum también confrontó a su par del norte ante una situación similar y planteó que apoyaría decididamente a sus connacionales expulsados de suelo gringo. El ecuatoriano presidente Noboa, quien se dio modos para asistir a la nueva investidura del presidente Trump, por su parte, ha hecho mutis ante los vuelos diarios que, desde fines de enero, vienen cargados de compatriotas deportados, mientras su canciller Sommerfeld ha musitado que el gobierno no puede meterse en la política migratoria de Estados Unidos…
La actitud lacayuna del presidente Daniel Noboa, nacido en Estados Unidos y que ha seguido al pie de la letra las recetas del Fondo Monetario hacia el nuevo mandatario gringo se complementa con su reciente declaración de que su gobierno también grabará con aranceles a las importaciones mexicanas. Si Trump lo hace con 25%, Noboa lo hará con 27%. Esta medida que tendrá quizás una reacción similar por parte del gobierno mexicano perjudicará los exportadores ecuatorianos, en especial cacaoteros, en su actividad comercial en un mercado de 130 millones de mexicanos. Ya pedía Napoleón que le libren de los ignorantes con iniciativa.
Por si fuera poco, con la deportación masiva viene la suspensión de la ayuda económica estadounidense y dentro del modelo seguido por los tres gobiernos neoliberales recientes, no tendrá compensación. Parece ser la única vía inmediata para resistir el vendaval de decisiones internas y externas es fortalecer nuevamente el Estado. Guste o no, es el Estado el mayor empleador en todos los países de América Latina.
