jueves, febrero 12, 2026
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Paúl Trujillo

Paúl Trujillo

Gestor de capital privado, con un masterado en Riesgos Financieros.

La tribulación del héroe y la tentación del poder

La pregunta de fondo no es si Aquiles —como su homónimo griego— saldrá victorioso en esta batalla. La pregunta es qué tipo de victoria se busca.

Joseph Campbell sostuvo que, más allá de culturas y épocas, los pueblos se cuentan siempre la misma historia: la del héroe que es llamado, probado y transformado. En ese itinerario simbólico, la tribulación no es un accidente; es el corazón mismo del viaje. Es el momento en que el héroe enfrenta no solo a un adversario externo, sino a sus propios límites, a la duda, al fuego purificador que define si está destinado a caer o a trascender.

Cuando trasladamos esa estructura mítica a la política contemporánea, descubrimos algo inquietante: el poder también narra historias, y muchas veces necesita héroes y villanos para sostenerse. La figura del alcalde de Guayaquil, Aquiles Álvarez, situada en el centro de una confrontación con el gobierno nacional, parece insertarse en ese esquema. No se trata solo de una disputa administrativa o jurídica; se trata de una narrativa en construcción. Y toda narrativa política eficaz necesita un antagonista claro.

La historia demuestra que los gobiernos, cuando atraviesan momentos de desgaste, tienden a externalizar sus fracturas. Crear un “enemigo visible” permite proyectar hacia afuera los errores propios: las ineficiencias, las promesas incumplidas, la incapacidad de resolver problemas estructurales. Ese espejo —en el que se reflejan todos los males— puede ser un recurso estratégico, pero es también un juego peligroso. Porque el fuego que pretende consumir al adversario puede, con la misma intensidad, devorar al que lo enciende.

Aquí emerge la hybris del poder: esa desmesura que lleva a creer que la fuerza política basta para controlar las consecuencias. La historia está llena de gobernantes que, convencidos de su cálculo perfecto, terminaron fabricando su propio antagonista. La némesis no surge del azar; surge de la soberbia. Santayana lo recordó con una advertencia que, aunque repetida hasta el hartazgo, no pierde vigencia: quien olvida el pasado está condenado a repetirlo. La política latinoamericana —y la ecuatoriana en particular— ofrece múltiples ejemplos de líderes que, en su intento por anular a un rival, terminaron fortaleciéndolo.

La tribulación, entonces, no es solo del alcalde. Es del sistema político en su conjunto. Para el gobierno de Daniel Noboa, esta confrontación puede representar una oportunidad de cohesionar a su base más dura, de reactivar identidades y lealtades. Pero también puede profundizar su desgaste si la ciudadanía percibe que se trata de una pugna personal más que dé una solución a los problemas reales del país. Para el correísmo y el resto de la oposición, la tentación es evidente: subirse al caballo del conflicto y capitalizar el momento. Sin embargo, esa estrategia también implica riesgos, porque convertir cada crisis en combustible electoral erosiona la institucionalidad que todos dicen defender.

Y en medio de este tablero simbólico y estratégico está la ciudad. Guayaquil no es un mito; es una realidad viva, con ciudadanos que enfrentan inseguridad, precariedad y desconfianza. Cuando el Consejo municipal convoca a salir a las calles para medir fuerzas, el lenguaje deja de ser alegórico y se vuelve tangible. Ya no hablamos de arquetipos, sino de cuerpos, emociones, tensiones. El rito de paso se vuelve colectivo.

La pregunta de fondo no es si Aquiles —como su homónimo griego— saldrá victorioso en esta batalla. La pregunta es qué tipo de victoria se busca. En el mito clásico, el héroe que supera la tribulación regresa transformado y trae un beneficio para su comunidad. Si esta confrontación no produce transformación ni aprendizaje, sino solo polarización, entonces no estaremos ante un viaje heroico, sino ante una repetición trágica.

Tal vez la lección más profunda del monomito no sea la glorificación del conflicto, sino la conciencia de que toda tribulación revela el carácter. En ese sentido, tanto el gobierno como el alcalde —y la oposición— están siendo puestos a prueba. No por la fuerza de sus discursos, sino por la altura de sus decisiones. Porque en política, como en los mitos, el verdadero héroe no es quien derrota a su adversario, sino quien logra que la comunidad salga fortalecida del fuego.

Y esa es, finalmente, la tribulación más difícil.

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