Algo menos de la mitad de las llamadas que recibe el teléfono de emergencias 911 son falsas. Un 47 por ciento, indican los últimos cálculos. Estos personajes, según los voceros del 911, formulan pedidos de comida a domicilio y gastan supuestas bromas. No solo saturan este servicio, crucial en los momentos de pandemia que vivimos, sino que ocupan a sus operadores e impiden el acceso a personas que realmente necesiten comunicarse con urgencia. ¿Quiénes son los protagonistas de estas acciones? ¿Por qué lo hacen? ¿Qué les motiva? ¿Indisciplina social? ¿Inconsciencia?
El caso, apenas un ejemplo, podría parecer anecdótico si no relevara un aspecto del carácter social del conglomerado nacional. Es muy alto el porcentaje de ecuatorianos que en las distintas ciudades no percibe las consecuencias de ejecutar una llamada falsa. Esta conducta se parece a la de quienes sin ninguna razón incumplen las medidas de disciplina social y de confinamiento que la presencia de la Covid 19 nos ha impuesto. Es similar a la de quienes se solazan en producir y en difundir noticias falsas y afectar a la colectividad con rumores, desinformación o simplemente mentiras.
Esos comportamientos contrastan con los de los miles de ecuatorianos que cumplen actividades esenciales en diversos órdenes de la vida social. Y lo hacen con solidaridad, compromiso, abnegación, incluso sacrificio, pues ponen en peligro su salud y bienestar. Estos trabajadores generosos son los médicos, personal de enfermería y de otras áreas de la salud que enfrentan la enfermedad permanentemente. También lo son quienes producen, venden y entregan a domicilio las medicinas no solo para enfrentar la pandemia sino para mantener a raya otras enfermedades. Merecen nuestro reconocimiento quienes producen alimentos a diario y los comercializan; los que los compran y los dejan en nuestras puertas para permitir que otros miles puedan quedarse en casa, o entregan comida a compatriotas con necesidad de mayor apoyo para su subsistencia. Otro grupo meritorio es de los miles de ecuatorianos que prestan servicios de seguridad, como policías, militares y guardias privados; y los periodistas que con sus coberturas diarias ofrecen información fiable y completa. Y, por qué no, el personal del sector financiero que está dispuesto a apoyar a sus clientes, para que no abandonen la seguridad de sus hogares. Todos estos ecuatorianos laboran sin descanso, con riesgos y sin buscar aplausos ni agradecimientos, que los obtienen, por cierto.
No solo saturan el 911, servicio crucial en los momentos de pandemia que vivimos, sino que ocupan a sus operadores e impiden el acceso a personas que realmente necesiten comunicarse con urgencia. ¿Quiénes son los protagonistas de estas acciones? ¿Por qué lo hacen? ¿Qué les motiva? ¿Indisciplina social? ¿Inconsciencia?
La actitud de aquellos, los primeros, no evidencia confraternidad, empatía, responsabilidad y peor sentido de cooperación o de civismo. ¿Serán estos los individuos que se aburren en sus casas, que no pueden desarrollar actividades productivas, creativas y saludables? Puede ser. Tal vez forman parte de este segmento porque no han logrado aprender a encontrarse consigo mismos, a cuidarse ni a acompañarse y por ello el encierro se vuelve un desafío imposible de enfrentar.
Pero están a tiempo. Probablemente aún nos quedan algunas semanas de cuarentena y estas podrían ser ocasiones de oro para emprender en aprendizajes, uno de ellos el de conocernos más, enfrentarnos a nuestros miedos y ansiedades y volvernos más sanos y fuertes. Observarnos hacia adentro, cuestionarnos y asumir decisiones. Una situación tan excepcional no puede ser desaprovechada. Este es un momento que a pesar de lo terrible y doloroso nos brinda una oportunidad única en nuestras vidas.
