domingo, mayo 3, 2026
Ideas
Juan Cuvi

Juan Cuvi

Master en Desarrollo Local. Director de la Fundación Donum, Cuenca. Exdirigente de Alfaro Vive Carajo.

Piedra filosofal y política nacional

Hoy reaparecen dos recetas prodigiosas que supuestamente nos conducirán a la felicidad nacional: la elaboración de una nueva Constitución y la reforma al sistema de partidos. Como si, en el primer caso, no bastaran las veinte y tantas constituciones que hemos puesto en práctica con resultados más bien infructuosos.

El fetichismo jurídico se está entronizando como consigna nacional. Esa vieja y desgastada idea de que las leyes cambian la realidad por arte de magia amenaza con bloquear aún más las escasas posibilidades de salir del pantano de la informalidad política y de la crisis crónica. La desesperación por la debacle institucional empuja a mucha gente a invertir la lógica. Olvidan que las únicas leyes que se sostienen en el tiempo son aquellas que surgen de procesos sociales concretos, de la evolución de la Historia. No al contrario.

La impotencia puede ser mala consejera. La angustia que genera la inviabilidad política del Ecuador alimenta las versiones celestiales respecto de la solución de los problemas del país. Muchos políticos y analistas hacen conexiones místicas con las concepciones mágicas de las sociedades arcaicas, y encuentran en las normas jurídicas la respuesta milagrosa a nuestra incertidumbre general.

Hoy reaparecen dos recetas prodigiosas que supuestamente nos conducirán a la felicidad nacional: la elaboración de una nueva Constitución y la reforma al sistema de partidos. Como si, en el primer caso, no bastaran las veinte y tantas constituciones que hemos puesto en práctica con resultados más bien infructuosos. Sin embargo, desde distintas posiciones y candidaturas presidenciales se insiste en la realización de una nueva Asamblea Constituyente para elaborar, esta vez sí, la carta magna definitiva. Porque la constitución de los 300 años está, además de obsoleta, más rasmillada que ceja de pugilista.

En medio de tantos delirios refundacionales, se impone una pregunta obvia: ¿Por qué un nuevo marco constitucional va a cambiar la cultura política de los ecuatorianos? ¿Será que las bandas criminales y los narcotraficantes se someterán a la ley en un acto de súbita transustanciación? ¿Empezarán los empresarios morosos a cumplir con sus obligaciones tributarias imbuidos por una fervorosa sensibilidad social?

Con la ley de partidos políticos sucede algo similar. La crisis de la mediación entre sociedad y Estado está en crisis a lo largo y ancho del planeta. La figura del partido político, tal como la conocemos desde el inicio de la modernidad, ya no cumple con su cometido. No es la ley la que falla; son las nuevas referencias culturales de la posmodernidad las que exigen otras formas de organización política. Solamente el miedo a estas nuevas expresiones incita a la recuperación de las vetustas fórmulas institucionales.

La piedra filosofal es un elemento que tiene la propiedad de convertir cualquier metal en oro. Junto con el elixir de la vida, más conocido como el secreto de la eterna juventud, han sido el sueño perenne de los poderosos. Descubrirlos es, aún ahora, una obsesión de científicos extraviados y de millonarios codiciosos, que quisieran evitar el vaciamiento de las arcas y el deterioro de la carne. Como estas ilusiones legales que pretenden subsanar el vaciamiento de la política y el deterioro de la democracia.

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