sábado, abril 11, 2026
Ideas
Marko Antonio Naranjo J.

Marko Antonio Naranjo J.

Abogado educado en Ecuador, Estados Unidos, y Europa; docente universitario

“No political party, no president, no leader will save us”

Sería conveniente no pedestalizar al político; esto ayudaría a evaluar conscientemente lo que este propone, sus actos y sus omisiones. Aunque esto no quiere decir que no existan políticos de carácter que quieran ayudar a un país; seguro existen, y muchos.

Estimados lectores: quisiera, antes que nada, aclarar que la idea central de esta columna no es la de transmitir esa idea nihilista-postmodernista de que todo carece de sentido. Mas bien, en estas líneas quiero abordar brevemente ciertos temas que son importantes para entender, strictu sensu, el contexto político actual de este país. Así, empezaré citando una frase que me cautivó hace un par de semanas; la leí en una de las obras del autor James Robison titulada The Absolutes: “Ningún partido político, ningún presidente, ningún líder nos va a salvar”.

Esta aseveración, la cual creo es totalmente acertada, provoca una fractura en la relación entre ciudadanos y sus gobernantes. Esta fractura constituye un golpe importante a la mentira que vende la izquierda (y los liberales también) de que el Estado es la panacea para los problemas sociales y, más aun, el antídoto para aniquilar la Naturaleza Humana misma. Para aquellos que aún se atrevan a creer en esa terrible idea, mi deseo es que tengan la madurez necesaria para recapacitar y dejar de creer en “brujas y unicornios”.

Primero que nada, no dejarse hipnotizar por la tan aclamada democracia. Reconocer a los demagogos que se esconden tras la máscara de esta es apremiante. Roger Scruton, uno de los pensadores políticos más importantes que tuvo el Reino Unido, dijo que: “la democracia es simplemente un medio para alcanzar el poder, y así, liberarse de las demandas inmediatas de la multitud”.

Sócrates, por otro lado, decía que uno de los defectos latentes de la democracia es que la política se infesta de demagogos, naciendo así los autoproclamados protectores y héroes de la nación. Este país sin duda ha experimentado y comprobado muy de cerca el peso de esas palabras. ¿Cuántos héroes y supermanes se ha puesto en Carondelet? Esa falsa idea de que un ser humano puede ser el salvador de toda una nación nace de algo más que la democracia misma.

El político de hoy promete la creación de leyes para erradicar la maldad del país. Sin embargo, parece ser que se le ha olvidado que el lado obscuro del hombre está presente en todos, sin excepción alguna.

El problema yace en el hecho de que nos atrevimos a cambiar, como decía George H. Nash, la tradición arquetípica del pecado original por la absurda idea de la inherente bondad del ser humano. Se cree que el hombre, por naturaleza, es bueno; se ha aceptado como cierta la mentira neomarxista de que, con tan solo tocar los botones de la ingeniería social, el hombre puede encontrar la perfección. Así, ha quedado en el olvido la ineludible imperfección de nuestra naturaleza humana. Goethe dijo: “todos los hombres están en ella (la naturaleza), y ella (la naturaleza) está en todos los hombres”

La negación de la naturaleza del hombre ha permitido creer que el político es ese ser perfecto; es ese ser elegido –puro y sin intereses personales–. Un ser que puede sacrificarse a sí mismo, a los suyos, y sus conveniencias (políticas, económicas y, en fin, las que tenga) por el bien de los demás. ¿En serio, damas y caballeros, creen que un simple mortal, como cualquiera de nosotros, se sacrificaría a sí mismo por el bien de todos? ¡Eso significaría la perfección! Richard Rohr dice que no hay estructuras ni personas perfectas. Yo, por supuesto, le creo a él. Aceptar nuestra naturaleza no nos hace cínicos contemporáneos (filosóficamente hablando). Mas bien, nos protege de las peligrosas falsas esperanzas que son, como también dice un escritor americano, catalizadoras del resentimiento en las personas.

Jung, en este mismo sentido, no estaba equivocado: reconocer la existencia de la “sombra” (la naturaleza del hombre) es el camino para vivir en verdad. También es cierto que la verdad, como decía Nietzsche, es peligrosa; él dijo que la fuerza de nuestro espíritu es medida por la cantidad de verdad que podemos tolerar. Sin lugar a duda, la verdad no es para todos; no todos pueden lidiar con ella. Sin embargo, queda en los hombres y las mujeres la elección de seguir la ridícula y cómoda idea erasmista de vivir en la ignorancia para ser felices, o el difícil, pero liberador, camino de y hacia la verdad.

Según aquellos que hablan en nombre de la democracia, el país se ha convertido en un nuevo país del occidente; un país que está ganando la guerra de los cuatro vientos y que parece ser campo fértil para el laissez-faire. El político de hoy promete la creación de leyes para erradicar la maldad (y todo lo que esta incluye en strictu sensu) del país. Sin embargo, parece ser que se le ha olvidado que ese lado negativo de la humanidad, la cual es la generadora de la mayoría de los problemas sociales, no es una cuestión binaria. Pues, el lado obscuro del hombre está presente en todos, sin excepción alguna.

El futuro de un país no puede depender de un solo individuo; no se puede confiar, ni por comodidad ni por ignorancia, en que un gobierno será la salvación. El carácter de un hombre no se forma por la extirpación de su naturaleza humana o del Id, como diría Freud, sino por su fuerza para no dejarse dominar por esta.

Todos, hombres y mujeres, son capaces de dar rienda suelta a ese lado vergonzoso de su naturaleza, así lo dice la experiencia y la academia. Por ejemplo, un título universitario no es garantía del carácter de una persona; los actos más atroces cometidos por la humanidad fueron llevados a cabo por personas con los más altos grados universitarios. La creación de leyes y de enmiendas constitucionales tampoco van a ser la cura. Países súper desarrollados, que se pueden dar el lujo de reconocer a sus habitantes, prácticamente, el derecho a todo; países en donde existe la absurda idea de que el acceso a internet constituye un derecho humano, no han sido capaces de erradicar la corrupción, la violencia, y en fin la naturaleza humana de sus naciones.

¿Y entonces qué queda por hacer? Antes que nada, el ciudadano haría muchísimo si dejara de creer en “brujas y unicornios” (“ningún partido político, ningún presidente, ningún líder nos va a salvar”). El futuro de un país no puede depender de un solo individuo; no se puede confiar, ni por comodidad ni por ignorancia, en que un gobierno será la salvación. El carácter de un hombre no se forma por la extirpación de su naturaleza humana o del Id, como diría Freud, sino por su fuerza para no dejarse dominar por esta.

Sería conveniente no pedestalizar al político; esto ayudaría a evaluar conscientemente lo que este propone, sus actos y sus omisiones. No dejarse embrollar por ecuaciones absurdas, como por ejemplo: “no quiero lo que es tuyo porque yo ya lo tengo”. Se debe recordar que nada, absolutamente nada, es garantía del carácter de un político, ni de nadie. Esto no quiere decir, de ningún modo, que no existan políticos de carácter que quieran ayudar a un país; seguro existen, y muchos. Sin embargo, que ese análisis y elección se la haga de la forma más objetiva posible; sabiendo que el único Hombre que fue y ha sido capaz de, en serio, sacrificarse a sí mismo por el bien de la humanidad fue asesinado en una cruz.

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