Hay amistades que te salvan sin hacer ruido. Que te escuchan cuando el mundo te pesa, que te hacen reír cuando más lo necesitas, que te recuerdan quién eres cuando tú misma lo olvidas. Las amigas verdaderas no sólo acompañan los buenos momentos: también te empujan a crecer, te enseñan a soltar, a confiar, a volver a empezar.
Y un día te das cuenta de que, sin ellas, no habrías llegado tan lejos.
Esas relaciones que cultivas por décadas siguen nutriendo tu camino hoy.
Hay amigas que llegan justo cuando más las necesitas, sin que las llames. Que te abrazan con una mirada, que entienden tus silencios y celebran tus logros como si fueran suyos. Y no es casualidad: en cada etapa de la vida, Dios te pone al lado a las personas exactas que te ayudan a crecer.
A veces una amiga te enseña el valor de la paciencia, otra te recuerda tu fuerza cuando flaqueas, y otra simplemente te hace reír hasta que se te pasa la tristeza. Sin darte cuenta, cada una va dejando una huella, una lección, un pedacito de sabiduría que te hace mejor persona.
Ellas son ese espejo que te muestra lo que eres y lo que puedes llegar a ser. Son parte de tu proceso, de tu historia, de tu crecimiento.
Yo he pensado mucho en eso después de cada reunión, de cada charla con mis amigas. A veces me pregunto: ¿cuál de esas seré yo? ¿La que hace reír, la que da fuerza cuando flaqueas o la que nunca olvida un cumpleaños y te manda un emoji de tortita?
A veces una amiga te enseña el valor de la paciencia, otra te recuerda tu fuerza cuando flaqueas, y otra simplemente te hace reír hasta que se te pasa la tristeza.
Son esa red que te sostiene sin juzgar, que se ríe contigo y que cruza la ciudad si cambiaste de zona para estar presente en el momento más importante.Con el pasar de los años vas creando recuerdos, llenando ese álbum de memorias. Y un día, sentada en tu sofá con una taza de té, recuerdas cómo esa amiga te defendió ante un comentario injusto, o te prestó dinero cuando no te alcanzó la quincena.
Esa amiga que se fue de viaje a Europa y se acordó de ti, trayéndote un pequeño souvenir, como quien deja una señal de cariño que viaja miles de kilómetros.En mi grupo de amigas conversamos de todo, excepto de dolencias y del precio de las cosas —porque una de ellas dice que eso es “pavoso” hablarlo—, mientras otra nos cuenta sobre su viaje a París y el “buen panorama” masculino que observó.
Mis amigas no sólo me acompañan en momentos de baja energía, sino también me transforman.
Son las cómplices que me secundan todas las ideas, que contribuyen a mi salud mental, las que entienden y respetan los momentos tristes, pero también celebran los logros como si fueran suyos.No puedo dejar de dedicarles este artículo a mis amigas: Cecilia, Elizabeth, Alexandra, Judith, Priscila, Elsy, Irma, Sandrita, Luisana y Wendy F.
Y un enorme abrazo para Elizabeth Mendoza, en su reciente matrimonio. Que su vida esté llena de risas compartidas, sueños cumplidos y un amor que crezca cada día más fuerte.
